Archivo por meses: julio 2006

Bliss

Me he quedado de piedra.

El otro día escuché los 3 minutos y 56 segundos del segundo movimiento de la Sonatina para clarinete y piano de Joseph Horovitz (1981). Se lo enseñé a mi vecina del 49 (como en los anuncios de detergente) y me dijo que a veces creía que podría quedarse a vivir en 3 minutos y 56 minutos de música. Eso es que le gustó. No me extraña. La obra es preciosa, el pianista es más compañero que acompañante (como dice Brendel) y el clarinetista (Julian Bliss) tiene maneras de poeta. De este último me llamó la atención la elegancia del fraseo, la sensibilidad y la inteligencia musical aplicadas a la interpretación, y un evidente dominio del control de la emisión del sonido aún tratándose de un sonido con tendencia a una voluminosa presencia.

Pues bien, se lo envié a varios amigos a quienes pensé que les podría resultar interesante y me acabo de encontrar en el correo un mensaje de una antigua alumna cellista que me escribe desde Irlanda para decirme:

“¿Quieres ver al clarinetista? Agárrate.”

Si me lo dijera por teléfono le podría contestar “sí” o “no” pero como es un correo electrónico sólo me queda agarrarme y abrir el fichero adjunto y he aquí lo que me he encontrado:

Ahora se entenderá que haya empezado este post diciendo que me he quedado de piedra. Resulta que Julian Bliss tenía 14 años (!) cuando grabó la pieza en el 2003 para el sello EMI, o dicho de otro modo, el músico que toca con esa elegancia y sensibilidad lo que estoy escuchando (ahora justamente no porque si escucho música no puedo escribir y viceversa, uno no es perfecto) sigue teniendo 14 años cada vez que pongo la grabación, cosa que he vuelto a hacer inmediatamente mirando a la foto, claro.

Hay cosas que le desconciertan a uno. Mucho.

Lista

Desde que era pequeño he querido ser de mayor, por este orden:

-El señor que manejaba la grúa en las obras.
-Supermán
-Maquinista de tren de mercancías (sólo por las tardes)
-Jefe de estación (a cualquier hora)
-Propietario de la Isla de Quirrin
-El señor que ponía las banderas en la playa (verde, amarilla, roja)
-Recepcionista de hotel (para dar las llaves de las habitaciones)
-El señor que encendía las luces de Navidad en las calles (todavía espero serlo)
-Jaime Aldás
-Proyeccionista de cine
-Director de orquesta
-(el Conde de Montecristo, pero esto no se lo digas a nadie)
-Productor ejecutivo de una serie de televisión (buena)
-Madre
-Padre

Ahora a veces creo que no me apetece mucho ser mayor.

Archivo

El verano pasado puse en el atril una de las “Goyescas” de Granados al volver a escucharla en la entrega de premios del Concurso Internacional de Piano de Santander. Me gustaría aprovechar estos días para anotar algunos aspectos de esta pieza, joya donde las haya, ahora que la he vuelto a escuchar con los ojos así que, de momento, recupero del archivo el post que escribí en su día, le quito el polvo y lo pongo aquí para ir haciendo memoria.

Gratitud

No es muy común en un blog que un post trate sobre los comentarios de otro post pero eso es justamente lo que voy a hacer hoy. Me gustaría referirme a los comentarios que ha recibido el post de ayer y que, a diferencia de lo que ocurre en esta pantalla, pueden leerse de tirón al final del texto correspondiente haciendo click

aquí

Hacer feliz a una persona es una tarea muy sencilla. El secreto consiste en pronunciar unas palabras de aliento cuando sabes que se necesitan. Sale muy barato: a veces con una palabra es suficiente: “ánimo”. Por supuesto, nadie está obligado a hacerlo, faltaría más. Siempre he procurado no utilizar mi circunstancia personal para suscitar la atención de la gente a no ser por causa mayor, por necesidad de una ayuda puntual e inevitable. Para mí es una cuestión de ética: por respeto hacia los otros y por respeto a mí mismo. Pero qué duda cabe que en momentos determinados la palabra de apoyo se agradece infinitamente y los comentarios recibidos hoy son una muestra de una solidaridad que se ha extendido a llamadas de teléfono, mensajes de móvil, versos trazados en la nieve blanca del papel y hasta la foto de una tarta, con la promesa de la misma incluída. Saberse querido es una de las cosas más hermosas que le pueden pasar a uno, la mejor de las medicinas.

Estos días se celebran las fiestas patronales en mi ciudad y la gente anda muy desperdigada por ahí como es natural. Que a pesar de eso haya quien se asome un instante para saludar te reconforta. De la misma manera, recibir muestras de cariño por parte de personas de las que no conoces ni el rostro ni el color de la voz (me refiero ahora a la comunidad de lectores que ha ido concentrando este blog con el paso del tiempo, visibles e invisibles) resulta igualmente reconfortante.

A unos y a otros mi más profunda, emocionada y sincera gratitud.

Avería

Ya estoy aquí otra vez. Ahora aquí es mi casa, el hotel ya no. Y ahora viene lo de la avería. Primero se ha averiado mi ordenador portátil. Luego me he averiado yo.

Me explico.

El miércoles por la tarde, dando un paseo por la orilla del mar, sentí que me quedaban dos o tres gotas a lo sumo de elixir en el cuerpo, pero no le di mucha importancia. Me encontraba bien. He conocido temporadas en las que entre una dosis y otra podían pasar perfectamente diez días pero ahora no; ahora el tiempo entre dosis está en unos tres días. Lo último que hice antes de salir de casa la madrugada del domingo fue administrarme la dosis así que no es del todo raro que el miércoles tuviera la sensación de que me quedaban dos o tres gotas a lo sumo. No fue sugestión. En realidad, la sensación la tuvo primero el costado derecho y para cuando me senté a escribir a una amiga las muñecas dijeron “ay”. Yo hice como que no pero eso fue lo que dijeron: ay. Llevar en el equipaje el medicamento es un rollo, por aquello de que tiene que conservarse en frío durante todo el trayecto y luego pedir unos permisos especiales para que te lo guarden y… Eso, un rollo. Sí, ya lo sé, todo es cuestión de ponerse a ello pero confieso que quise hacer una prueba; quizá sería más exacto decir que quise probarme. Estar relajado a orillas del mar siempre ha sido visto con agrado por mi sistema inmunológico. Quería ver si en condiciones apropiadas el cuerpo respondía mejor.

A pesar del aviso, por la noche me encontré bien. Nos reímos mucho en la cena, dimos una vuelta por las bulliciosas calles dando buena cuenta de unos helados, nos encontramos con un verdadero museo: un salón recreativo muy ochentero en el que unos treintañeros hacían fila, babeando, ante la mítica ¡Moon Cresta! (sobra decir que entramos, claro). Y luego aún nos asomamos a ver el mar de noche, un espectáculo que sobrecoge bastante sobre todo si no hay luna porque la negrura de arriba se confunde con la de abajo y te da la sensación de estar en un balcón suspendido al borde de un abismo infinito.

Pero a las 6:30 de la mañana he abierto los ojos con la certeza de que algo no iba bien. Y es curioso porque más que dolor, lo que he sentido es un característico pesar que se te pone en el pecho, como una aflicción ante la que los médicos se encogen de hombros por más que les dices porque no la encuentran convenientemente registrada en números en los análisis. Sólo el doctor Rotés comprendió perfectamente esa desconcertante sensación, similar a si te hubieran comunicado una desgracia. No es muy agradable, la verdad. Me he incorporado y me he quedado sentado en la cama con la cabeza apoyada en las manos y los codos apoyados en las rodillas. Sin fuerzas. Y de repente me he acordado de Javi, mira tú por dónde. Javi es mi mejor amigo. Un dicho popular afirma que quien tiene un amigo tiene un tesoro. Si eso es cierto yo soy millonario. Me decía Javi el otro día entre sonrisas que es que lo nuestro no es normal, y es verdad. Nunca hemos interferido en la vida personal del otro (Javi vive ahora lejos y tiene una novia a la que todavía no conozco) pero nuestra amistad es sólida y profunda desde que éramos chavales y eso es algo de lo que nos sentimos particularmente orgullosos.

La víspera de las vacaciones nos reencontramos después de mucho tiempo a la hora en la que Javi suele desayunar, las 12:30, y en un momento dado me dijo con su voz pausada y tranquilizadora que no había porqué tener miedo. Y de esas mismas palabras me he acordado yo a las 6:30 de la mañana y he decidido hacerle caso porque, la verdad, tenía miedo, lo vengo teniendo desde hace un tiempo, de ahí sus palabras del otro día, aunque no sé bien a qué tengo tanto miedo. A veces creo que a todo. Es como un presentimiento, una aprensión, qué se yo.

El caso es que he bajado con el ordenador para pasar el tiempo y para colmo ha sido ese el momento elegido por el portátil para quejarse. “No puedo con Windows, chico”, ha dicho más o menos. He esperado con resignación ante la mirada perpleja del recepcionista a que fuera una hora prudencial para avisar a mi hermano y ahora viene una elipsis de 400 kilómetros y ya estoy aquí, en casa. Lo primero que he hecho ha sido ponerme una nueva dosis de elixir, claro: 180 euros de elixir, euro arriba, euro abajo. Es el precio de tres días de tranquilidad. Ese es el coste de la vida para mí. Literalmente. Últimamente cuando me administro la dosis no sé si maravillarme o espantarme, pero hoy no le he dado muchas vueltas. Primero, porque me he seguido acordando de lo de Javi (no hay que tener miedo) y luego por lo de la sorpresa, y es que no hacía ni diez minutos que había encendido el móvil cuando he recibido un mensaje suyo que decía:

“Un saludo, amigo”

Así, de repente. Quizá haya sido una casualidad recibir esas palabras en un momento así pero a mí me resulta conmovedora la certeza (porque creo en ello) de que entre las personas pueden establecerse unos vínculos tan poderosos como misteriosos. También me ha resultado conmovedor el mensaje, para qué negarlo, a decir verdad me ha puesto un nudo en la garganta.

Hay una última razón para no haberle dado muchas vueltas a lo ocurrido hoy: he venido guerrero. Quiero decir que he venido fuerte y con ideas. Y con ideas claras, en lo profesional y en lo personal. Modestia aparte, estaré enfermo pero tengo talento para algunas cosas y lo voy a seguir poniendo en práctica. Y estaré enfermo pero tengo vida para compartir y disfrutar con los buenos y verdaderos amigos, apreciando el tesoro de las cosas sencillas como si fueran experiencias únicas: las 33 coca-colas de Raquel (te quedan 33, guapa, que llevo la cuenta!), la visita nocturna semanal de Sergio para ver una peli de terror y luego filosofar hasta el amanecer, o una señora cena que tiene que caer un día de estos con Javi, que nos dejen la botella de licor a los postres y pista libre para contarnos miles de cosas sin hacerle caso al reloj.

Tras la apariencia simple de estas cosas se esconden momentos maravillosos que no todo el mundo tiene la capacidad de valorar. Yo sí. Si algo he aprendido en todos estos años es eso. Lo demás, como dice una querida amiga mía, es lo de menos.

Infierno

El infierno existe y está en el andén principal de la estación subterránea de Paseo de Gracia de Barcelona. Hoy recogen los medios locales que en el andén hay 34.4 grados húmedos y mal ventilados y que luego entras a los vagones del tren y súbitamente la cosa baja a veintitantos. Yo conozco bien ese infierno. Bajas las escaleras y te adentras en un tunel que es un horno. Es horroroso. Hace unos años, un mediodía de sábado de finales de Julio, sudando por todos los poros del cuerpo y suplicando que el puto tren llegara YA ví con asombro que en el andén de enfrente estaba Eduardo Punset sentado con cara infinitamente triste, maletín negro de los de médico de antes y enfundado en una gabardina marrón. Necesité un Aquarius de la máquina expendedora de bebidas y entonces vino un tren que barrió la imagen de Punset. Cuando el tren arrancó, un minuto después, el andén estaba vacío. El Aquarius era de naranja.

Yo tenía pensado acercarme a Barcelona para hacer una visita a Audenis pero, mira, visto lo visto he cambiado de opinión. Casi mejor: me he asomado por internet sabedor de que Audenis suele cerrar por estas fechas y resulta que no, que cierran en Agosto. Pero he buscado en el catálogo dos de las partituras que pretendía comprar y resulta que no las tienen. Las he encontrado en una tienda inglesa a precio razonable y en buenas ediciones: la Sonatina para clarinete y piano de Joseph Horovitz, cuya parte de piano ya estoy tocando con los dedos sobre la superficie del agua (el clarinete ya le pondrá aire al poema) y la integral de las canciones de Samuel Barber. Definitivamente es un gran invento esto de Internet: te permite entre otras cosas no moverte de la playa. Barcelona para el Otoño.
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Audenis en “La Idea del Norte”: 29 de Noviembre de 2005.

Mar

Pocos placeres hay comparables a flotar boca arriba sobre la superficie del mar haciéndote el muerto. El mar te mece suavemente, arriba y abajo, y la vista se pierde en el azul infinito del cielo. Si te haces el muerto boca arriba sobre la superficie mansa del mar y de pronto recuerdas que el Mediterráneo está invadido por medusas, te sacude un calambre que te hace perder la línea de flotación y como que ya no sientes tanto placer. Los lugareños aseguran (yo diría que hasta se jactan) de no haber visto una medusa en todo el verano. Que así sea, sobre todo que dure, porque no quiero ni pensar la reacción que mi desastroso sistema inmunológico tendría ante la picadura de un bichejo de esos.

La recepcionista sonriente de ayer acaba de terminar su turno. Los últimos 20 minutos los ha ocupado en hablar por teléfono con una amiga. La Montse. Han quedado para el sábado para celebrarlo. No sé que es el “lo” pero algo hay que celebrar. Ni lo han dicho ni yo, como es lógico, me he levantado para preguntarlo. Sería surrealista acercarme al mostrador y preguntarle: “oye perdona, que váis a celebrar la Montse y tú?”. Ya puestos le mandaría recuerdos a la Montse pero no es plan. No soy cotilla pero es que estaba solo y ella hablaba alto. Ahora ha venido el recepcionista del turno de noche, que es un tipo fornido, calvo, con voz de bajo y pintas de saber manejarse en las (imagino) procelosas horas de la madrugada con las idas y venidas de los turistas de fiesta nocturna.

Yo como soy un chico muy formal me subo ya para la habitación a ver un poco la tele y a descansar, que el cansancio de ayer ha dado lugar a unas agujetas considerables. Hasta mañana.

Wi-Fi

Ya estoy aquí aunque, bien pensado, una de las cosas que tiene Internet es que estés donde estés siempre es aquí. Ahora, aquí es un hotel que ha resultado tener zona Wi-Fi en la planta baja. Y escribo letras que aparecerán en pantalla igual pero que salen de otro ordenador, el portátil, y lo hacen suavemente, porque las teclas del portátil son muy blanditas. Estoy sentado ante una mesa azul. A mi izquierda estoy viendo el mar y a mi derecha, unos metros más adelante, una recepcionista joven y muy morena me observa y me sonríe cuando levanto la vista del teclado y le dirijo la mirada. (También le sonrío)

Esta tarde me he dado mi primer baño en el mar, pero aviso desde ya que las fotos del posado con el pie “primer baño de emejota” o, como alternativa, “el descanso de emejota a la orilla del mar” no van a salir a la luz a no ser que alguna agencia pague un precio razonable. Siento dar esta noticia a mis seguidores, ahítos de semejante documento gráfico. En fín. Decía que me he dado mi primer baño en el mar y en este momento tengo el cuerpo absolutamente dolorido. Mi forma física es penosa, según he podido comprobar, pero la tarde no es nada penosa sino espléndida: azul, todo azul, y brisa suave.

(nueva sonrisa de la recepcionista y buenas tardes de un camarero que pasa con un par de cervezas; voces extranjeras al fondo)

Ahora estoy esperando a que baje mi hermano, que se ha rezagado un poco más en la playa y se está dando una ducha, y luego nos iremos a dar una vuelta y a cenar. Esto de la zona Wi-Fi me ha puesto bastante contento, así que de vez en cuando me bajaré con el portátil bajo el brazo, que me conozco.

Vacaciones

He empezado a hacer la maleta porque este año sí que me voy de vacaciones. La madrugada del domingo al lunes. Me voy al mar con mi hermano. Nada, cuatro o cinco días pero oye, al menos cuatro o cinco días. Me llevo el portátil por si puedo asomarme por aquí a saludar pero todo depende de la conexión… y del mar. Es tal la fascinación que ejerce el mar sobre mí que una de dos: o entro en un estado contemplativo que pone un calderón encima del compás o me inspira (otra cosa es saber qué me inspira). Con el mar se puede intimar sólo en un instante determinado del atardecer, a veces más pronto, a veces más tarde. Hay que esperar con atención hasta que la luz, el color y los reflejos avisan a los sentidos formando un acorde perfecto escrito en el filo de la línea del horizonte. Voy con la esperanza de encontrarlo.

Memorias

(Diario del 16/XI/2004)

Esta mañana he tocado a Schumann en la radio. La cosa tenía menos de ejercicio narcisista que de modesto homenaje declarado a aquellos experimentos radiofónicos a los que Glenn Gould se entregaba en otros tiempos. Desde hace unas semanas vengo ocupando una “columna de voz” en un rincón del dial. Es una variación de las antiguas columnas escritas del periódico que bauticé como “La Idea del Norte” (otra vez Gould) pero esta vez con el aliento incorporado. La propuesta llegó una mañana por teléfono; a alguien le interesaba lo que denominó mi “peculiar sentido de la observación” y me invitó a ocupar (¿debería decir “okupar”?) un lugar en el aire sin alquileres.

Hoy ha sonado una de las Kinderszenen. Me atraen las múltiples y elásticas posibilidades que ofrece un medio como la radio para cosas así. Y me deja perplejo la idea de que uno ponga las manos en el teclado y que lo que de allí surja atraviese los cables, suba a las azoteas, despliegue las alas e inicie el vuelo surcando los aires, sobrevolando los campos, envolviendo los pueblos, colándose sin permiso a través de las paredes, invadiendo cocinas, oficinas, salas de espera, quedando enganchada de las antenas de los coches que pasan por la autopista… Produce una sensación muy especial que un minuto de música haya podido estar expuesto (potencialmente) a un número de personas tal que no cabría en la mayor sala de conciertos. Llegados a este punto, Juan José Millás escribiría: “Qué raro es todo”.