Archivo por días: 26 junio, 2006

Personaje

Uno de los documentos más queridos que conservo en mi videoteca es la filmación en 1987 de las sesiones de grabación del Concierto para piano nº 23 en La Mayor de W.A. Mozart por el mítico e inolvidable Vladimir Horowitz, aquí ya octogenario y en una de sus últimas apariciones, acompañado por la felliniana Orquesta del Teatro de La Scala dirigida por el recientemente desaparecido Carlo Maria Giulini.

El documento no tiene desperdicio tanto por su valor histórico como por el juego que dan al espectador la cantidad de detalles interesantes que la filmación revela y que no están presentes en el disco que se comercializó posteriormente. Todos esos jugosos detalles darían para hablar largo y tendido. Entre ellos destaca con luz propia la aparición de un personaje por el que siento especial debilidad, la incomparable Wanda Toscanini Horowitz, esposa del pianista e hija del legendario director de orquesta, Arturo Toscanini. Wanda Toscanini Horowitz, que no Wanda Horowitz Toscanini, repárese en el detalle, era una mujer de fuerte carácter y arrolladora personalidad, cualidades sin duda heredadas de su padre (qué miedo daba Toscanini cuando ponía a parir a sus violinistas en los ensayos, escuchas sus gritos y se te ponen los pelos de punta!). Tal era la personalidad de esta mujer que en el documental merece su propio título de crédito sin que desempeñe un papel protagonista en el transcurso del mismo:

Wanda siempre estaba ahí, cerca, por si acaso, diciendo lo que le parecía bien y lo que no, con ese gesto de la mano que parece decir: “ese piano tiene que estar un poco más a la izquierda”. Y siempre estaba acompañada por una corte de señoras indescriptibles, como salidas de otro tiempo, que sólo estaban allí para hacer bulto, mención especial a la señora de rojo, a la derecha de la imagen.

Siempre me fascinó la relación entre Horowitz y su mujer. Él, con su personalidad afable; ella, con su mirada y sus maneras cortantes. Formaban una pareja muy curiosa en la que él parecía desempeñar el papel de hijo más que de marido. Observemos la siguiente secuencia de imágenes: llama mucho la atención que nada más sentarse al piano, la atención de Horowitz se ocupe en buscarla con la mirada, como solicitando su aprobación para empezar a tocar:

Y una de las acompañantes advierte la llamada y lo comunica a Wanda. Casi se puede oir la voz que acompaña a esta imagen: “creo que su marido le llama”. Y ella: “¿eh??”

Y tras obtener la atención deseada (mamá me mira), el gesto de Horowitz muestra una evidente satisfacción:

Lo curioso es que, en los descansos, siempre hay una distancia entre ellos. A veces, la señora de rojo hace de muro de separación, demostrando que tiene un cometido que cumplir en el cotarro. Es de alabar la prudencia con la que se inclina hacia atrás, quién sabe si intimidada por la posibilidad de llevarse un mordisco:

Pero otras veces a lo mejor tiene que ir al lavabo a empolvarse la nariz. Da lo mismo, la separación sigue existiendo:

Omnipresente Wanda. En la breve rueda de prensa improvisada en el estudio, Horowitz atiende de manera afable las preguntas de los periodistas y en el momento en que alguien le pregunta su opinión sobre los grandes pianistas de hoy, Wanda deja oir tajante su voz: “siguiente pregunta” sin mover un ápice su pose de perfil entre despreocupado y a punto de sacar el colmillo que la hace tan auténtica.