Abogado

Estaba dando una clase cuando ha sonado el teléfono y era el abogado de la familia:

-Tienes que venir conmigo al Juzgado.

Mi proverbial fatalismo ha vuelto verticales las líneas del pentagrama que en ese momento tenía ante mis ojos, cual barrotes carcelarios, y he intentado que mi alumno no me notara inquieto pero sólo se me ha ocurrido preguntar

-¿Qué es lo que he hecho, por el amor de Dios!!!

Al parecer nada, sino todo lo contrario. Eso ha dicho el abogado, lo contrario, hombre, lo contrario (lo ha dicho dos veces y eso me ha tranquilizado algo). Tenía que ir a firmar unos papeles y él me iba a acompañar. Cuando termines la clase, tranquilo (sólo ha dicho una vez “tranquilo” pero me ha tranquilizado todavía más que lo anterior, habiéndolo dicho dos veces).

El abogado ya era abogado cuando yo jugaba en la terraza de mi casa a tirar globos de agua al patio en pantalones cortos. Eramos vecinos. Es un hombre bueno y muy inteligente. Lo de abogado va en tercer lugar. Es tan inteligente que siempre está sumido en su mundo de pensamientos de tal manera que al ir a buscarle minutos después he tenido que recordarle, para empezar, que me había llamado hacía un rato para acompañarme al Juzgado donde debía firmar algún papel. Ah, si, ha dicho. Por la calle he tenido que rectificarle la trayectoria dos veces: una para que no se equivocara de dirección (el juzgado está a la izquierda, no delante) y otra para que no se chocara con unas jardineras de aproximadamente un metro de altura (estaban rebosantes de flores. Rojas).

Al entrar el edificio del Juzgado en el campo de visión he empezado a sentirme nervioso. A mi me pasa como a Hitchcock, que le daba mucho miedo la autoridad, igual me pasa a mí. No es que no la respete, es que me impone y me asusta; me paraliza. Me da miedo cualquier tipo de autoridad en uniforme. Para mí, entrar en unos grandes almacenes y pasar por delante del tipo de seguridad de la puerta es un trago difícil. Me entra una sensación horrorosa de que van a empezar a saltar las alarmas o que de repente me van a coger por los brazos y me van a llevar a un cuarto minúsculo del que saldré para pasar doce largos años en un algún presidio sin que nadie me haga caso. Lo peor es que lo paso tan mal que me pasa como a Mister Bean, que miro de refilón al vigilante de los grandes almacenes, o al Policía de la estación de tren y cuando me devuelven la mirada yo miro para otro lado con nerviosismo y entonces me digo por dentro que ya he metido la pata porque me acabo de convertir en un peligroso sospechoso y que seguro que en ese momento están utilizando su walkie-talkie para detenerme a pie de escalera.

Hablando de escalera, hay una con muchos peldaños para acceder al juzgado y cuando la culminas te encuentras con la confirmación de tus temores: un agente de seguridad con chapas metálicas y cordones y la mirada fría te hace pasar por un detector, esa es otra, el suplicio del detector, a ver si va a sonar algo, una tuerca milimétrica de alguna prótesis, que digo yo que llevarán cosas de esas, sino cómo se van a poner, y seguro que me van a hacer pasar una y otra vez mientras me despojan de la ropa, como si fuera un striptease infernal. El carnet, por favor, dice el agente. Dios santo, el carnet, en qué bolsillo estaba el carnet, sobre todo las manos, el temblor, que no te tiemblen, que no adviertan tu nerviosismo, a ver si no vas a salir de allí, que no se caigan al suelo las monedas, las llaves. Sobre todo, cuidado.

Ya estamos dentro. Cuando me encuentro tenso me sale contar las cosas en presente, el pretérito perfecto es un poco más relajado. Mientras me toman los datos el abogado va a saludar a un señor que supongo que también será abogado pero que seguro que no está tan sumido en sus propios pensamientos como el mío porque tras cinco interminables minutos le advierte con un gesto de mi presencia y entonces mi abogado emite un desolador: ah, coño, si no me acordaba ya. Y eso se suma al estupor que me ha producido que el vigilante, o policía, o las dos cosas, haya dicho, tras tomarme los datos, que adelante, gracias; es como si no me lo terminara de creer.

Ahora nos ves sentados en un banco de madera de respaldo alto. Sale en muchas películas pero seguro que ese mismo no es. Hay algo en ese banco que no encaja, lo pienso mientras esperamos ante una puerta donde pone “Decanato”. Estamos sentados los dos, el abogado y yo; si nos miras de frente, desde la puerta del Decanato, él está a la izquierda y yo a la derecha. Me da por ponerme a pensar en él, que sigue sumido en sus pensamientos y no dice nada, y de repente me doy cuenta de que se ha hecho mayor, que los hombros se le vencen un poco, la cara está surcada de arrugas, y entonces recuerdo que fue el propio abogado un día, una mañana temprano, cuando todavía era vecino y no abogado hasta las diez, fue él la persona encargada de decirme que mi padre se había muerto la noche anterior, aunque eso ya lo sabía yo sin que nadie me lo hubiera dicho. La mujer del abogado, vecina como el abogado pero no abogada como él, le dio en ese momento vueltas con fuerza al cola-cao que me había preparado esa mañana en la que el desayuno sabía raro, porque el desayuno es en la casa de uno no en otra, y porque parecía que quemaba lo de dentro aunque el vaso parecía muy frío, o al revés, de eso sí que no me acuerdo.

El caso es que seguimos en el banco del “Decanato” y estoy reviviendo la escena, y no ayuda nada reparar en el recipiente cuadrado y translucido que en el techo acoge a los fluorescentes y en el que se ha depositado un residuo amarillento en los bordes realmente triste. Yo estoy pensando en el cola-cao y el frío de aquella mañana y no puedo evitar hacer un movimiento así, con el hombro derecho, para tocar el hombro izquierdo del hombre que me dio la noticia con mucho tacto y que esta mañana está a mi lado para ayudarme y viejo; y de repente me dice si sé a qué hora juega esta noche Inglaterra en el Mundial y como tengo un nudo en la garganta apenas acierto a decir:

-no sé

y él me pregunta que “cómo” y yo trago saliva para volver a decir, un poco más largo,

-no tengo ni idea

con un poco más de presencia.

Nos llama el señor del decanato. Hola, hola, el carnet, por favor, aquí tiene, confirma usted que es emejota? eso creo, cómo dice usted? que si, claro, y pienso que a ver si la vamos a liar, casi pido perdón. El funcionario escribe en el ordenador con pericia, que no con pereza, y yo me fijo en una toga colgada de un perchero y esa verticalidad negra de pliegues severos me impresiona tanto que dirijo la vista a todos esos archivadores de cartón que me recuerdan el registro de la Conservaduría General de Saramago, ay, donde se almacenan Todos los Nombres, el suyo también, dónde estará, el nombre y el cuerpo, dónde estás, díme. En la pared hay un folio donde pone: “para divorcios, mandar un mail aquí” y al leer eso echo de menos mi cámara de fotos.

Hay que elegir procurador, dice el funcionario, qué será eso, me digo por dentro, ni idea, lo dice todo el abogado, yo me fío; se equivoca de dirección para ir al juzgado pero aquí parece dominar la escena. Ya está. Lo ha dicho alguien, que ya está, y también ha dicho, su carnet, aquí tiene. Ya nos podemos ir. En el pasillo nos cruzamos con una mulata de tetas enormes y labios enormes seguida por un policía minúsculo que le mira el culo. Hay una máquina de café y un cartel descafeinado de tóner con las fotos de unos tipos con cara de malas pulgas. Cuando sales a la calle te das cuenta del olor a grapadora vieja que había dentro. Para entonces el abogado ya va unos metros por delante en dirección equivocada.

8 pensamientos en “Abogado

  1. Anonymous

    Y qué me dice del señor de bigote que está a la entrada pidiendo el carnet. El que está junto al detector de metales.
    Ese tipo si que es particular.

  2. Anonymous

    A mi me pasa lo mismo.
    Cuando me dicen:
    – El D.N.I. por favor.
    Una voz replica en mi cabeza ¿a que te lo has olvidado? entonces comienza la eterna busqueda en mi cartera; un bolsillo el otro, un lado el otro … hasta que por fin aparece, aunque para entonces ya se han caido algunas monedas al suelo.
    Me pongo tan nerviosa que parece que llevase el veredicto de “CULPABLE” tatuado en la frente y resulta que solo he ido a firmar mi separación.

  3. emejota

    Será el mismo tipo de la placa de metal, supongo, no? A lo mejor es que el miedo no me deja fijarme en bigotes.

    Un saludo.

  4. emejota

    Pues creo que ahora la puedes mandar firmada por mail. Lo pone en la pared, pero no llevaba la máquina de fotos…

    Un saludo.

  5. lucienne

    Te has olvivado de poner la fecha o no lo he visto bien? Quizas es porque es un texto intemporal, uno de los mas bonitos.Aunque “bonito” no sea la palabra adecuada.Me lo copiaré en la escuela.
    Hoy he bajado de la montana, hacia un tiempo de verano fresco y a la vez caliente como me gusta y como hay raras veces en el pleno verano. Hasta aqui hace a veces demasiado calor para mi en verano.En la montana tienes que levantarte a las cuatro si no queres sudar por los caminos, sobre todo a la subida.Y no es mi estilo.Solo “nuestro” J. a veces lo hizo.
    Nada mas para hoy. Hasta pronto, un abrazo fuerte.

  6. emejota

    Espero no tener que volver allí para fijarme detenidamente pero me ha entrado una curiosidad que para qué…

    ;)

  7. emejota

    Hola Lucienne: no, no sé si calificaría de “bonita” la experiencia precisamente.

    ¿Levantarse a las 4?? Eso es levantarse a la hora en la que me suelo acostar yo. Pero a “nuestro” J. le van mucho esas cosas :)

    Un abrazo!

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