Archivo por días: 5 junio, 2006

Brahms

He vuelto a caer rendido ante Brahms. Admiro profundamente a Brahms. En él se repite el milagro de Bach, que consiste en la fusión indisoluble entre razón y corazón que se multiplica en emociones, aquí siempre apasionadas. El proceso compositivo de Brahms se basa en la progresiva elaboración de los motivos que constituyen una idea musical. A veces esos motivos son puestos de relieve de manera clara, como ocurre en los primeros compases de la Sonata para Clarinete Op. 120 en los que aparece el tema desnudo, sin armonizar y duplicado a la octava, como si Brahms nos quisiera decir: “de aquí va a salir todo lo que sigue”. Pero lo que sigue no sólo provee de una arquitectura formal y un hilo argumental inagotable a las obras; lo que sigue está prodigiosamente subordinado a la emoción sin excepciones.

Si algún día se escribiera una hipotética “Historia de la cadencia en la música tonal: biografía no desafinada” debería figurar obligatoriamente la de la frase inicial del tiempo lento del primer concierto para piano. La cadencia está firmemente asentada en el suelo de la partitura pero Brahms conduce las voces como si reclinara con sumo cuidado en la almohada la cabeza de alguien que descansa. La demora en el reposo (la urgencia que impone la cadencia es esa, reposar) es una solución que convierte en honda poesía aquí un procedimiento del lenguaje musical que empezaba a mostrar señales de fatiga.

Brahms componía en verano. Alquilaba una casita en la montaña suiza y su oronda figura de barba larga se dejaba ver en largos paseos que tenían como finalidad combatir el sobrepeso y en los que encontraba las ideas que luego ponía sobre el papel tras una profunda reflexión. Y a través de ellas se expresaba una voz inconfundible, elegante, arrebatadora y pasional siempre, teñida de una honda melancolía hacia el final.

A mí Brahms me duele. Los verdaderos poetas son aquellos que te hacen sentir por dentro un ay, que es la misteriosísima forma que tiene el alma de manifestar su deslumbramiento ante la pura belleza. Y gozosamente me duelen primores como el segundo concierto para piano (que es primero en tantas cosas), las obras todas para clarinete del crepúsculo (el trío, el quinteto, las dos sonatas con piano), la sonata para violín en La Mayor, recogida a orillas del lago de Thun entre silencios, y tantas otras.

Brahms debió ser un buen tipo, no exento de cierto misterio, caballero hasta el final. La noche de su muerte acudió a su casa un médico primerizo que estaba de guardia y que redactó el siguiente informe: “Ha dormido hasta la una. Le he preguntado si sufría y me ha respondido: Es tolerable. Después se ha adormecido de nuevo. Hacia las cuatro le he puesto otra inyección y le he preguntado si quería beber algo”. Al amanecer el médico salió de la casa y la fiel asistenta doméstica de Brahms tomó el relevo. Fue ella la que refirió haber visto asomar dos lágrimas gruesas de los ojos de Brahms y luego el silencio.

Consulta

Hoy tenía consulta en el médico pero me he vuelto sin entrar.

Estaba esperando mi turno y, de verdad, el cuerpo me ha dicho que no, que lo dejara. Digo bien, el cuerpo, ha sido el cuerpo el que ha mandado la orden a la cabeza. Yo creo que a veces el cuerpo necesita que le dejen en paz un rato o dos y creo que la medicina no contempla esa posibilidad. Pero aunque yo no soy médico, son casi 25 años de paciente, y eso no quiere decir que sepa de medicina ni que vaya de listillo pero sé algo de mí mismo y de mi relación con la enfermedad. Los médicos le llaman “el proceso”. Y no creo que sea un paciente inconsciente o irresponsable, entre otras cosas porque no me puedo permitir serlo. Pero eso no quiere decir que a veces sientas una llamada interior al reposo o a la renuncia; es como si el cuerpo estuviera un poco harto y te dijera: ahora no, que esperen un poco. Y eso es lo que me ha pasado esta mañana y le he hecho caso y ha sido sorprendente la sensación de profundo alivio que he experimentado al salir a la calle. A lo mejor es un poco raro. O no.