Archivo por meses: junio 2006

Funeraria

Que la pequeña pantalla puede dejar ídem a la grande con productos muy superiores es un hecho que tiene en las series de la cadena norteamericana HBO un reflejo ejemplar. Tengo encima de la mesa la tercera temporada de “A dos metros bajo tierra” (Six feet under), la maravillosa serie creada por Alan Ball y que es uno de mis placeres predilectos que me reservo para un tiempo de vacaciones. La veo en dvd porque escucharla doblada seguro que es pecado mortal. Como hace mucho tiempo que vi la segunda temporada he rebobinado un poco la memoria y he empezado revisando el precioso episodio 7 de dicha temporada y a partir de ahí voy a continuar hasta completar la habitual tanda de 13 que me deposite, al fin, en la tan ansiada tercera entrega.

“A dos metros bajo tierra” es un serial que se debate entre la vida y la muerte y cuyos capítulos tienen forma de lápida. Cada entrega comienza en el instante de la muerte de un ciudadano anónimo, el consiguiente inserto en pantalla de su esquela (nombre y apellidos; año de nacimiento y muerte debajo y entre paréntesis) y su posterior aparición en la funeraria “Fisher & Sons” donde será convenientemente tratado. Allí asistimos a las vicisitudes de los vivos (las peripecias de los miembros de la familia Fisher) y a su contrapunto representado por la presencia silenciosa del difunto de turno y su propia circunstancia colándose durante unas horas por debajo de las puertas.

Todo aquí es un gozo, empezando por los maravillosos títulos de crédito y el collage musical que los acompaña al compás del más allá y el más acá, impagables en su diseño y realización. Impecable el trabajo de casting para poner piel y carne a un elenco de personajes, todos, los principales y los secundarios, ricos en matices y en profundidad psicológica, de una singularidad extraordinaria. Maravillosos los guiones, la fotografía, los escenarios, los encuadres; cuidados al extremo los detalles (los fundidos en blanco como pincelada sutil que remite al hecho trascendente de la muerte presente en cada fotograma), y, sobre todo, el tempo de la narración (sorprendentes los intensos momentos de introspección, de intimidad sobrecogida y de silencio conseguido en un medio, el televisivo, que tiende a sentirse incómodo ante estas cosas)

Todavía recuerdo en la primera temporada (desapareció posteriormente) la aparición de una breve y recurrente ráfaga incidental de música que llevaba incorporado el olor de la tierra recién removida, el estremecimiento de la luz de una vela solitaria, un latido que se extingue y una mano buscando consolar la congoja del pecho mientras la mirada se eleva a un cielo que atesora preguntas y misterios ilimitados.

e-mail

Me han enviado un correo electrónico desde una estación de metro de Suecia para decirme que las fuentes a veces parece que ríen, y que va a haber una fiesta con papel de colores, algún poema, un secreto a media voz y un poco de licor de almendras. También pone que hay un estanque en el que se refleja Septiembre y que en una foto sale un susurro mío (la foto es de ayer).

Personaje

Uno de los documentos más queridos que conservo en mi videoteca es la filmación en 1987 de las sesiones de grabación del Concierto para piano nº 23 en La Mayor de W.A. Mozart por el mítico e inolvidable Vladimir Horowitz, aquí ya octogenario y en una de sus últimas apariciones, acompañado por la felliniana Orquesta del Teatro de La Scala dirigida por el recientemente desaparecido Carlo Maria Giulini.

El documento no tiene desperdicio tanto por su valor histórico como por el juego que dan al espectador la cantidad de detalles interesantes que la filmación revela y que no están presentes en el disco que se comercializó posteriormente. Todos esos jugosos detalles darían para hablar largo y tendido. Entre ellos destaca con luz propia la aparición de un personaje por el que siento especial debilidad, la incomparable Wanda Toscanini Horowitz, esposa del pianista e hija del legendario director de orquesta, Arturo Toscanini. Wanda Toscanini Horowitz, que no Wanda Horowitz Toscanini, repárese en el detalle, era una mujer de fuerte carácter y arrolladora personalidad, cualidades sin duda heredadas de su padre (qué miedo daba Toscanini cuando ponía a parir a sus violinistas en los ensayos, escuchas sus gritos y se te ponen los pelos de punta!). Tal era la personalidad de esta mujer que en el documental merece su propio título de crédito sin que desempeñe un papel protagonista en el transcurso del mismo:

Wanda siempre estaba ahí, cerca, por si acaso, diciendo lo que le parecía bien y lo que no, con ese gesto de la mano que parece decir: “ese piano tiene que estar un poco más a la izquierda”. Y siempre estaba acompañada por una corte de señoras indescriptibles, como salidas de otro tiempo, que sólo estaban allí para hacer bulto, mención especial a la señora de rojo, a la derecha de la imagen.

Siempre me fascinó la relación entre Horowitz y su mujer. Él, con su personalidad afable; ella, con su mirada y sus maneras cortantes. Formaban una pareja muy curiosa en la que él parecía desempeñar el papel de hijo más que de marido. Observemos la siguiente secuencia de imágenes: llama mucho la atención que nada más sentarse al piano, la atención de Horowitz se ocupe en buscarla con la mirada, como solicitando su aprobación para empezar a tocar:

Y una de las acompañantes advierte la llamada y lo comunica a Wanda. Casi se puede oir la voz que acompaña a esta imagen: “creo que su marido le llama”. Y ella: “¿eh??”

Y tras obtener la atención deseada (mamá me mira), el gesto de Horowitz muestra una evidente satisfacción:

Lo curioso es que, en los descansos, siempre hay una distancia entre ellos. A veces, la señora de rojo hace de muro de separación, demostrando que tiene un cometido que cumplir en el cotarro. Es de alabar la prudencia con la que se inclina hacia atrás, quién sabe si intimidada por la posibilidad de llevarse un mordisco:

Pero otras veces a lo mejor tiene que ir al lavabo a empolvarse la nariz. Da lo mismo, la separación sigue existiendo:

Omnipresente Wanda. En la breve rueda de prensa improvisada en el estudio, Horowitz atiende de manera afable las preguntas de los periodistas y en el momento en que alguien le pregunta su opinión sobre los grandes pianistas de hoy, Wanda deja oir tajante su voz: “siguiente pregunta” sin mover un ápice su pose de perfil entre despreocupado y a punto de sacar el colmillo que la hace tan auténtica.

Teoría

Estos días andan los chavales de exámenes y yo sigo sin aclararme con los nuevos planes de enseñanza musical, la verdad. Ahora te matriculas en la asignatura de Armonía, la de toda la vida, (“así me lo aprendí yo”) y te pasas un año, como corresponde, aprendiendo a enlazar acordes sin quintas ni octavas paralelas, directas y ocultas (que equivalen a las faltas de ortografía en un texto escrito), a resolver el acorde de séptima de dominante sobre la tónica, a aprender a formar los acordes alterados de subdominante: la sexta napolitana, la sexta alemana, y demás nacionalidades y cuando llega el examen final de Junio resulta que consiste en escribir una biografía de medio folio de Berlioz, por ejemplo, que, digo yo, debería ser cosa de la asignatura de Historia de la Música. Me pregunto si ésto será un guiño práctico sobre la fusión de las artes.

Es tal el barullo organizado que, si te dedicas a dar una clase particular de armonía, tienes que estar preparado para hablar de las novias que pudo haber tenido Haydn, no vaya a ser que suspendan a los chavales por no saber tan trascendente dato. No es broma. Por ese motivo, y una vez terminado el temario del curso oficial de Armonía, los últimos días me he dedicado a revisar a fondo cuadernos para tomar el pulso a lo que los chavales hacen en la clase oficial (visto que en Armonía importa cualquier cosa menos la Armonía), y de esta manera saber por dónde pueden ir los tiros. Y me he encontrado con una sarta de disparates realmente alarmantes.

Leo en unos apuntes distribuídos en clase sobre Brahms: “En 1840 se creía en los sentimientos”. Interesante observación. Al parecer no se creía en ellos en 1839. Me pregunto si ahora habremos recuperado la fe en ellos y, ya puestos, me pregunto también qué coño, con perdón, tiene que ver eso con Brahms. ¿Qué aporta? No menos interesante es el apartado dedicado a explicar las características de su estilo. Pone: “Abusa bastante de las sextas” y luego añade sagazmente: “(casi demasiado)”. Y se te pone cara de bobo. Uno se sitúa ante el universo sonoro de una obra de Brahms y yo creo que en lo último que repara es si abusa o no de sextas, si hay segundas, cuartas, o medias. ¿Qué más da? Pero el caso es que la observación en sí es tan ridícula como si en literatura nos dijeran que Borges abusa bastante de la letra “h”, y nos advirtieran: “(casi demasiado)”. Cuidado.

Pero el colmo viene cuando te encuentras con un ejercicio de análisis. En una hoja tamaño A4 aparece una miniatura pianística. La generosa mano del profesor aporta una pista al alumno al deslizar el nombre “Mendelssohn” debajo de un título indescifrablemente alemán. El enunciado del ejercicio propone buscar en la obra las principales características del estilo de Mendelssohn, cosa que podría hacerse si no fuera por la pequeña salvedad de que la partitura en cuestión es de Schumann (!), y para más sonrojo una de las melodías más divulgadas y archiconocidas a nivel popular de sus “Escenas de Niños”, Op. 15. Ver para creer. Pero el lunes, a las 11:30, examen.

Abogado

Estaba dando una clase cuando ha sonado el teléfono y era el abogado de la familia:

-Tienes que venir conmigo al Juzgado.

Mi proverbial fatalismo ha vuelto verticales las líneas del pentagrama que en ese momento tenía ante mis ojos, cual barrotes carcelarios, y he intentado que mi alumno no me notara inquieto pero sólo se me ha ocurrido preguntar

-¿Qué es lo que he hecho, por el amor de Dios!!!

Al parecer nada, sino todo lo contrario. Eso ha dicho el abogado, lo contrario, hombre, lo contrario (lo ha dicho dos veces y eso me ha tranquilizado algo). Tenía que ir a firmar unos papeles y él me iba a acompañar. Cuando termines la clase, tranquilo (sólo ha dicho una vez “tranquilo” pero me ha tranquilizado todavía más que lo anterior, habiéndolo dicho dos veces).

El abogado ya era abogado cuando yo jugaba en la terraza de mi casa a tirar globos de agua al patio en pantalones cortos. Eramos vecinos. Es un hombre bueno y muy inteligente. Lo de abogado va en tercer lugar. Es tan inteligente que siempre está sumido en su mundo de pensamientos de tal manera que al ir a buscarle minutos después he tenido que recordarle, para empezar, que me había llamado hacía un rato para acompañarme al Juzgado donde debía firmar algún papel. Ah, si, ha dicho. Por la calle he tenido que rectificarle la trayectoria dos veces: una para que no se equivocara de dirección (el juzgado está a la izquierda, no delante) y otra para que no se chocara con unas jardineras de aproximadamente un metro de altura (estaban rebosantes de flores. Rojas).

Al entrar el edificio del Juzgado en el campo de visión he empezado a sentirme nervioso. A mi me pasa como a Hitchcock, que le daba mucho miedo la autoridad, igual me pasa a mí. No es que no la respete, es que me impone y me asusta; me paraliza. Me da miedo cualquier tipo de autoridad en uniforme. Para mí, entrar en unos grandes almacenes y pasar por delante del tipo de seguridad de la puerta es un trago difícil. Me entra una sensación horrorosa de que van a empezar a saltar las alarmas o que de repente me van a coger por los brazos y me van a llevar a un cuarto minúsculo del que saldré para pasar doce largos años en un algún presidio sin que nadie me haga caso. Lo peor es que lo paso tan mal que me pasa como a Mister Bean, que miro de refilón al vigilante de los grandes almacenes, o al Policía de la estación de tren y cuando me devuelven la mirada yo miro para otro lado con nerviosismo y entonces me digo por dentro que ya he metido la pata porque me acabo de convertir en un peligroso sospechoso y que seguro que en ese momento están utilizando su walkie-talkie para detenerme a pie de escalera.

Hablando de escalera, hay una con muchos peldaños para acceder al juzgado y cuando la culminas te encuentras con la confirmación de tus temores: un agente de seguridad con chapas metálicas y cordones y la mirada fría te hace pasar por un detector, esa es otra, el suplicio del detector, a ver si va a sonar algo, una tuerca milimétrica de alguna prótesis, que digo yo que llevarán cosas de esas, sino cómo se van a poner, y seguro que me van a hacer pasar una y otra vez mientras me despojan de la ropa, como si fuera un striptease infernal. El carnet, por favor, dice el agente. Dios santo, el carnet, en qué bolsillo estaba el carnet, sobre todo las manos, el temblor, que no te tiemblen, que no adviertan tu nerviosismo, a ver si no vas a salir de allí, que no se caigan al suelo las monedas, las llaves. Sobre todo, cuidado.

Ya estamos dentro. Cuando me encuentro tenso me sale contar las cosas en presente, el pretérito perfecto es un poco más relajado. Mientras me toman los datos el abogado va a saludar a un señor que supongo que también será abogado pero que seguro que no está tan sumido en sus propios pensamientos como el mío porque tras cinco interminables minutos le advierte con un gesto de mi presencia y entonces mi abogado emite un desolador: ah, coño, si no me acordaba ya. Y eso se suma al estupor que me ha producido que el vigilante, o policía, o las dos cosas, haya dicho, tras tomarme los datos, que adelante, gracias; es como si no me lo terminara de creer.

Ahora nos ves sentados en un banco de madera de respaldo alto. Sale en muchas películas pero seguro que ese mismo no es. Hay algo en ese banco que no encaja, lo pienso mientras esperamos ante una puerta donde pone “Decanato”. Estamos sentados los dos, el abogado y yo; si nos miras de frente, desde la puerta del Decanato, él está a la izquierda y yo a la derecha. Me da por ponerme a pensar en él, que sigue sumido en sus pensamientos y no dice nada, y de repente me doy cuenta de que se ha hecho mayor, que los hombros se le vencen un poco, la cara está surcada de arrugas, y entonces recuerdo que fue el propio abogado un día, una mañana temprano, cuando todavía era vecino y no abogado hasta las diez, fue él la persona encargada de decirme que mi padre se había muerto la noche anterior, aunque eso ya lo sabía yo sin que nadie me lo hubiera dicho. La mujer del abogado, vecina como el abogado pero no abogada como él, le dio en ese momento vueltas con fuerza al cola-cao que me había preparado esa mañana en la que el desayuno sabía raro, porque el desayuno es en la casa de uno no en otra, y porque parecía que quemaba lo de dentro aunque el vaso parecía muy frío, o al revés, de eso sí que no me acuerdo.

El caso es que seguimos en el banco del “Decanato” y estoy reviviendo la escena, y no ayuda nada reparar en el recipiente cuadrado y translucido que en el techo acoge a los fluorescentes y en el que se ha depositado un residuo amarillento en los bordes realmente triste. Yo estoy pensando en el cola-cao y el frío de aquella mañana y no puedo evitar hacer un movimiento así, con el hombro derecho, para tocar el hombro izquierdo del hombre que me dio la noticia con mucho tacto y que esta mañana está a mi lado para ayudarme y viejo; y de repente me dice si sé a qué hora juega esta noche Inglaterra en el Mundial y como tengo un nudo en la garganta apenas acierto a decir:

-no sé

y él me pregunta que “cómo” y yo trago saliva para volver a decir, un poco más largo,

-no tengo ni idea

con un poco más de presencia.

Nos llama el señor del decanato. Hola, hola, el carnet, por favor, aquí tiene, confirma usted que es emejota? eso creo, cómo dice usted? que si, claro, y pienso que a ver si la vamos a liar, casi pido perdón. El funcionario escribe en el ordenador con pericia, que no con pereza, y yo me fijo en una toga colgada de un perchero y esa verticalidad negra de pliegues severos me impresiona tanto que dirijo la vista a todos esos archivadores de cartón que me recuerdan el registro de la Conservaduría General de Saramago, ay, donde se almacenan Todos los Nombres, el suyo también, dónde estará, el nombre y el cuerpo, dónde estás, díme. En la pared hay un folio donde pone: “para divorcios, mandar un mail aquí” y al leer eso echo de menos mi cámara de fotos.

Hay que elegir procurador, dice el funcionario, qué será eso, me digo por dentro, ni idea, lo dice todo el abogado, yo me fío; se equivoca de dirección para ir al juzgado pero aquí parece dominar la escena. Ya está. Lo ha dicho alguien, que ya está, y también ha dicho, su carnet, aquí tiene. Ya nos podemos ir. En el pasillo nos cruzamos con una mulata de tetas enormes y labios enormes seguida por un policía minúsculo que le mira el culo. Hay una máquina de café y un cartel descafeinado de tóner con las fotos de unos tipos con cara de malas pulgas. Cuando sales a la calle te das cuenta del olor a grapadora vieja que había dentro. Para entonces el abogado ya va unos metros por delante en dirección equivocada.

Entrevista

M.J: ¿Buenas noches?
m.j: sin interrogantes, por favor.
M.J: me alegra saberlo.
m.j: ¿ah, si?
M.J: sí, porque eso quiere decir que se encuentra mejor.
m.j: bueno, voy poco a poco. En realidad he llegado a la conclusión de que más que cargarme con un problema me he quitado un muerto de encima. Y eso es un alivio. Y en cuanto a la salud, he descubierto una cosa muy curiosa…
M.J: soy todo oídos.
m.j: creo que existe una “discriminación positiva”, digámoslo así, en la relación de la gente con enfermos crónicos como yo.
M.J: ¿a qué se refiere exactamente?
m.j: me refiero a que durante muchos años la gente se ha acostumbrado a decir: “mira qué bien lleva lo suyo, oye, yo no podría”, otros llegan a decir que lo mío es “de admirar”
M.J: no se quejará…
m.j: justamente ese es el problema.
M.J: me he perdido.
m.j: muy sencillo. La gente termina viéndote como alguien que no sufre o que no puede sufrir por cosas “menores”. Y en esos casos te quedas solo. Por eso me he dado cuenta de que a veces hace falta decir “oye, a mí también me duele, sabes?” a modo de recordatorio, sin ánimo de suscitar lástima sino como muestra de reafirmación. Una cosa es no ir de víctima por la vida pero otra es ser una estatua arrinconada, ¿no le parece?
M.J: me parece, me parece…. Bueno, no es por excusarme pero yo estuve aquí la otra noche…
m.j: ya lo sé, y no se de por aludido.
M,J: ah, ¿lo sabe?
m.j: sí, me fijé de madrugada que me había dejado en la estantería la copia de “La carrera del siglo” que le presté. Pero la dejó en un lugar algo incómodo para el profesor Fate, sea más cuidadoso la próxima vez. Al profesor Fate le pone muy nervioso Capra.
M.J: vaya, lo siento.
m.j: no se preocupe, ya me encargué yo de solucionar el asunto sin que fuera a mayores.
M.J: es que no quise interrumpirle porque ví que estaba con los auriculares puestos. Brahms, fijo.
m.j: ¿lo dice con cierta sorna acaso?
M.J: créame que no. Oiga, venía por lo del nocturno…
m.j: el Nocturno 14, si no le importa, podríamos confundirlo con los demás.
M.J: ¿Hay más?
m.j: quizá menos, no lo recuerdo.
M.J: el caso es que vengo y me encuentro que ha abierto la caja.
m.j: aclare que es una metáfora, por favor; hoy en día los recuerdos se guardan en cd´s de plástico.
M.J: convendrá conmigo que se trataba de una metáfora adecuada puesto que, digámoslo así, encerró allí todo bajo siete llaves en el transcurso de la tormenta.
m.j: ¡por todos los Santos, qué cosa más cursi!
M.J: todo lo que quiera pero así fue.
m.j: vale, de acuerdo, pero más pronto o más tarde las tormentas pasan.
M.J: ¿qué le llevó a abrir la caja después de tantos años?
m.j: eso mismo me vengo preguntando estos días, se lo aseguro. Vaya usted a saber, esto es como lo de la magdalena de Proust, basta una chispa para que vuelva todo de golpe.
M.J: algo así como lo de la señora de la escalera en los “Dublineses” de Joyce, no?
m.j: exactamente así. Pero no nos engañemos, hoy en día Joyce lo tendría más crudo.
M.J: explíquese.
m.j: hoy la melodía que produce el éxtasis de la señora en lo alto de la escalera y le trae todos aquellos recuerdos del pasado sonaría de algún mp3. Y de vuelta al hotel, todo ese rollo tan bonito se lo contaría a su marido a través del messenger.
M.J: ¡pues sí que cambiaría la cosa, si!
m.j: todavía hay más, no se asuste antes de tiempo. Aún falta el monólogo del marido, hoy en día reducido cruelmente a un emoticon.
M.J: ¿cómo dice?
m.j: que el marido se limitaría a dar como toda respuesta esto:

:(

No corren buenos tiempos para la lírica, permítame el topicazo.
M.J: ¡Calle, calle! Al menos nos queda la nieve, que cae suavemente sobre…
m.j: ¡qué va, hombre! Con el cambio climático ya no hay nieve que caiga.
M.J: ¿ni siquiera nos queda la música de clarinete del final?
m.j: mire, eso sí. El soplo precioso del clarinete. Eso sí quedaría.
M.J: no sé qué decir después de todo lo que ha dicho, la verdad.
m.j: pues reconduzcamos la conversación. Así no me acusará otra vez de irme por las ramas.
M.J: la conversación, sí; estábamos en que de golpe se le han venido los recuerdos encima y ha abierto inesperadamente la caja a la que hasta ahora le tenía pavor.
m.j: así es. Lo he vuelto a revisar todo. Absolutamente todo.
M.J: ¿y qué ha sentido?
m.j
: uf, qué pregunta más complicada…
M.J: tranquilo, no hay prisa.
m.j: algo parecido a dibujar un silencio de nieve.
M.J: me temo que no le entiendo.
NARRADOR: pues yo sí le entiendo y me parece precioso, la verdad.
M.J: ¿y éste qué hace aquí?
m.j: haya paz, haya paz. Es usted un tipo sensible, narrador.
NARRADOR: es que no sabe lo que me ha tocado contar en esta vida…
m.j: lo imagino.
M.J: ¿dibujar un silencio de nieve?
m.j: la expresión no es mía, pero créame que es el recipiente que mejor contiene todo lo que he sentido, lo que estoy sintiendo.
M.J: ¿cree que lee el blog?
m.j: usted y yo sabemos que no.
M.J: (pero una vez lo sospechamos)
m.j: vale, sí, pero… no.
M.J: quién sabe.
m.j: da lo mismo.
NARRADOR: ahora sí que no lo entiendo.
M.J: ¡pues a fastidiarse!
m.j: señooores, tranquilidad. Por aquel entonces usted todavía no estaba en nómina, narrador.
NARRADOR: Esa historia me la tiene que contar algún día.
m.j: (vale)
M.J: ¡es el colmo! ¡tener que contarle a un narrador! ¡para eso está él!
m.j: no se ponga nervioso, terminarán por congeniar, ya lo verá. Bueno, ¿seguimos o ya está?. Le veo hoy un poco disperso y mañana tengo que madrugar porque me tengo que hacer análisis de sangre. ¿Sabe que una vez teniendo la aguja en la vena a la enfermera le dio por estornudar y le dio un espasmo?
M.J: ¡DIOS MIO!!!
NARRADOR: ¡QUÉ ESPANTO!!!
m.j: mira, por una vez se han puesto de acuerdo.
M.J: ¿y qué hizo usted?
m.j: le dije “Jesús”.
NARRADOR: ¿y qué hizo ella?
m.j: me dio las gracias.
M.J: se me han puesto los pelos como escarpias.
m.j: cosas que pasan…
M.J: oiga, pues casi mejor lo dejamos por hoy y si eso vuelvo otro rato.
m.j: que no le intimiden los auriculares, pero tampoco me de un susto de muerte apareciendo de golpe. Ya sabe que el infarto acecha.
M.J: lo tendré en cuenta. ¿Algo que añadir para terminar?
m.j: ¿cuándo sale ésto?

Nocturno 14

“Y aunque tú no has de verlas,
para hablar con tu ausencia
estas líneas escribo,
únicamente por estar contigo”

He cogido un libro de poemas y lo he abierto por la página 14.
La palabra número 14 del poema que allí aparece es “lluvia”.
Me he acordado de aquel primer día que viniste a comer a casa,
un día 14 de hace… muchos años. Después de comer fuimos a dar un
paseo y, de pronto, empezó a llover con fuerza así que regresamos.
Esa tarde, mientras afuera diluviaba, te invité a escuchar un preludio
de Debussy que, días después, te llegaría grabado en un disco azul.
No sé si llovería cuando Debussy compuso su obra, pero descubrirás
que cuando llegas al pasaje que tanto te gusta, han pasado 14 notas.
Hoy tengo sobre el piano un canon de Bach: el tema tiene 14 notas
y su acompañamiento 41, que es el número 14 puesto al revés.
Te preguntarás, quizá, a qué viene todo esto. En realidad, a nada
en especial. Sólo quería decirte 14 veces que sigo acordándome de tí.

Ahora cuenta las líneas de este nocturno, aunque no llueva.

Audición

Hoy he asistido a una audición de fin de curso de alumnos de la Escuela de Música. Desde mis tiempos de estudiante no había vuelto a ir a ninguna. Por lo general son un tostón aunque de vez en cuando ves despuntar a alguien que promete y eso siempre es interesante. Lo peor es el comportamiento de muchos padres. Va a tocar su retoño, pues nada, a abrir la puerta del salón ruidosamente (para qué escuchar a los otros, por Dios) y a entrar en tropel (padres, abuelos, bebé en brazos) sin importarles lo más mínimo que hay otra criatura en ese momento intentando sacar adelante un preludio de Bach. Pero no contentos con eso, cuando su hijo o su hija terminan de tocar se levantan y se van, y eso se escribe así pronto, se levantan y se van, pero hay que pensar que el proceso es bastante laborioso: hay que levantarse moviendo las sillas hacia atrás, coger del suelo algo que se le ha caido al bebé que, como es natural, no ha dejado de monologar en alto, esperar a que los abuelos pasen lentamente en el pequeño espacio existente entre las piernas de quienes están sentados y la fila de delante. Luego se esperan en el pasillo central y cuando ya está la familia reunida dicen un sonoro: “ala, que nos vamos ya”, y aún falta que lleguen a la puerta y la abran de golpe y luego la cierren de un portazo. Para entonces la siguiente criatura ha podido tocar cinco veces la Sonatina de Clementi.

Hoy he bajado porque al final del concierto tocaba Pablo. Al final tocan los mayores. A sus 15 años, Pablo ha tomado conciencia del miedo, del miedo en general, y en los últimos meses el miedo también se la ha pegado en los dedos como una sustancia viscosa que dificulta manejarse por el teclado. Pablo me pidió que le acompañara la tarde del concierto y le dije que por supuesto. Me he sentado atrás, discretamente, en una fila vacía. Pablo y yo tuvimos una larga conversación ayer, que es la misma que llevamos teniendo todas las semanas durante el último año. Sobre el miedo. Pablo ha subido al escenario acompañado por la sombra del miedo pero a los dos compases de comenzar su Albéniz ha salido lo que tenía que salir: el duende en estado puro. El duende en su manifestación más vibrante. Pablo es un chaval enduendado de la cabeza a los pies aunque todavía no lo sabe porque el miedo no le deja mirar. Pero yo sé que el duende desafía al miedo. Y creo que al duende le da tanta rabia ese miedo que aflora enrabietado mostrando su cara más exultante que se traduce en un silencio sobrecogido en la sala, una descarga que sacude los cuerpos, una emoción profunda que aprisiona los corazones y un estupor de las miradas que se dirigen a ese chaval menudo del que emana un fuego que impone profundo respeto y admiración.

El Albéniz que ha brotado de las manos de Pablo ha sido el Albéniz de un pianista inmenso cuyas manos se adaptan al teclado como si estuvieran hechos el uno para el otro; un pianista que no encuentra la música en la partitura porque la música nace de él y de él sale el matiz justo, el rubato maestro, el ataque imponente y hasta el misterio que llena los silencios, aquí rebosantes de sentido. Un pianista poeta. Un poeta enduendado (y aterrorizado). Yo conozco el sufrimiento de Pablo aunque no lo haya padecido en propias carnes. Pero he visto su profundo dolor todas las semanas y he asistido impotente a su progresivo hundimiento personal sabedor de que el duende está ahí, a pesar de todo, esperando a que la tormenta pase para salir al mundo para el que ha nacido Pablo: la música. Por ello sé de sobra lo valiente que ha sido y hoy ha recibido justa recompensa a su valor poniendo una luz en el alma de quienes le escuchaban. Y es que el duende no quiere regalos. El duende regala.

Sigue luchando, Pablo. No estás solo. Animo.