Archivo por meses: mayo 2006

Programa

Hoy hace 15 años que dí mi último concierto de piano como solista. El tiempo pasa volando. Tengo el programa de mano delante de mí y mientras lo recorría con la vista ha pasado por mi cabeza, en un instante, todo lo acontecido aquel día. Preparé a conciencia ese programa a sabiendas de que iba a ser el último y eso introdujo un factor psicológico añadido que, sin duda, empapó cada una de las interpretaciones, aunque el público no fuera consciente de la intención que impulsaba cada pulsación. Pero yo fui consciente de cada uno de los segundos de ese recital, descontando compases al mismo tiempo que algo por dentro se ponía en íntima comunicación con todos y cada uno de los presentes. Fue una de las experiencias más intensas y hermosas de mi vida.

Visto hoy en día, me sorprende comprobar que después de tantos años tocaría lo mismo, con la salvedad de que de las obras entonces seleccionadas sólo podría ser capaz de tocar en su integridad una. Lo habitual es que un instrumentista vaya ampliando repertorio: yo lo he ido reduciendo. Está claro que soy un caso atípico. Federico Mompou y Claude Debussy compartieron la primera parte del concierto, y Wolfgang Amadeus Mozart ocupó él solito la segunda.

Conservo intacto el “sabor” táctil de “La catedral sumergida”, de Claude Debussy y gracias a ese registro mental puedo volver a sentir mis manos plenamente desplegadas y los tendones tensionados para abarcar los imponentes acordes que resuenan en el corazón de esta pintura tonal. Hay gente de mi entorno que asistió a ese concierto y que no ha vuelto a hablar de él desde que mis manos empezaron a no poder delinear la planta de esa catedral, o el trazo libre de un arabesco. Supongo que lo hacen por prudencia, aunque para mí no supuso un trauma afrontar que debería conformarme con dibujar cositas sencillas. Eso sí: el día que perdí el uso de mis manos sólo lamenté haber perdido un acorde que existe, fugaz, en el interior de “la Isla alegre” de Debussy. Desde entonces lo intuyo desde la orilla.

Entrevista

EMEJOTA: Buenas noches, emejota.
emejota: buenas noches.
M.J: perdone el retraso, pero no contaba con que me iba a llamar a estas horas.
m.j: no se preocupe, yo tampoco lo sabía. Si quiere lo dejamos para otra ocasión…
M.J: no, no, por mí no hay problema; además, llevaba tiempo intentando concertar esta conversación pero es usted una persona muy ocupada.
m.j: más bien yo diría que preocupada.
M.J: ¿Y por qué?
m.j: pues no lo recuerdo bien, la verdad, yo creo que siempre ha sido así.
M.J: ¿Ya empezamos con evasivas?
m.j: en absoluto. Oiga, ¿sabe usted que en las primeras películas de Almodóvar aparecía una actriz con el nombre de Eva Siva?
M.J: la verdad es que no, pero tampoco creo que ese dato pueda aportar gran cosa a esta conversación.
m.j: no crea: a mí me preocupó bastante cuando dejó de aparecer.
M.J: ¿Tan atractiva era?
m.j: la verdad es que era un poco cardo, pero me pregunté si se habría muerto de cáncer o algo peor.
M.J: usted tiene tendencia a ver siempre el lado catastrofista de las cosas. ¿No se ha parado a pensar que a lo mejor se casó?
m.j: ¿y esa posibilidad le parece menos catastrofista acaso?
M.J: disculpe pero el que hace las preguntas soy yo.
m.j: tiene razón, perdone. ¿Le apetece un trozo de bizcocho untado con nocilla? No le he ofrecido nada.
M.J: gracias pero no debería, la línea, ya sabe.
m.j: sí, la línea, ya sé.
M.J: ¿Nos va a decir finalmente lo que ocurrió el jueves por la noche?
m.j: el jueves, el jueves…
M.J: le refresco la memoria, no se preocupe. El jueves usted salió a cenar y algo debió ocurrir para que no pudiera reprimir el llanto mientras regresaba a casa.
m.j: se olvida decir que encima del paraguas llovía.
M.J: eso es accesorio.
m.j: quizá para usted, pero yo le doy mucha importancia a los detalles.
M.J: y yo también; por eso precisamente me gustaría preguntarle, ¿qué ocurrió exactamente?
m.j: en realidad, nada distinto a lo ocurrido en la cena de hoy, con Mila, Javier, Raquel e Iván en la cual, por cierto, me he reído mucho. Y sin embargo me siento igual.
M.J: pero no ha llorado.
m.j: no; tampoco ha llovido.
M.J: me parece que no lo entiendo.
m.j: yo tampoco, ese es el problema. En realidad creo que he entrado en crisis.
M.J: ¿y sabe la causa de esa crisis?
m.j: no tengo ni idea. Reconozco los efectos pero no la causa o las causas.
M.J: ¿Y qué efectos son esos?
m.j: variados, pero quizá uno de los más destacados es que me siento emocionalmente desbordado y eso hace que me paralice y me cueste expresarme, sobre todo por escrito. Mire, de pronto me siento delante de este blog y no sé qué hacer y me agobio un poco.
M.J: a lo mejor es que no tiene nada que contar.
m.j: justamente lo contrario.
M.J: …y no le sale.
m.j: eso es. Y de alguna manera lo necesito. En realidad, si he de serle sincero, por eso le he llamado a usted.
M.J: si lo he entendido bien, me ha llamado a estas horas para que consiga que se exprese mediante las respuestas a mis preguntas.
m.j: efectivamente.
M.J: curioso.
m.j: si usted lo dice…
M.J: ¿Qué siente en estos momentos?
m.j: algo parecido a una tristeza espesa y una sensación de pérdida.
M.J: ¿ha perdido algo o a alguien recientemente?
m.j: que yo sepa no, pero es como si hubiera ocurrido algo así. De hecho, llevo unos días sintiendo una extraña sensación de soledad.
M.J: pero usted es una persona acostumbrada a eso.
m.j: ya, eso es lo raro: que estando acostumbrado, me sienta solo. Y lo que es más: que me sienta solo no sé de qué o de quién.
M.J: la verdad es que tiene usted una personalidad algo paradójica: es un solitario que, sin embargo, encuentra en la comunicación pública una necesidad esencial, bien entre las amistades, bien entre públicos numerosos en el desempeño de sus funciones profesionales.
m.j: cierto, pero luego necesito volver a mi territorio, solo. Hay una parcela que es privada y que prima sobre las demás cosas.
M.J: no me saldrá misántropo a estas alturas.
m.j: al contrario. Si me permite la cita unamuniana…
M.J: adelante, adelante.
m.j: pues quítese de en medio porque el libro está detrás de usted. Gracias. Mire, dice: “mi amor a la muchedumbre es lo que me lleva a huir de ella. Al huirla la voy buscando.”
M.J: no sé qué decir, la verdad.
m.j: pues no diga nada, pero hágame el favor de volver a colocar el libro en su sitio, así no me levanto.
M.J: corríjame si me equivoco pero al oirle he recordado lo suyo con las ventanas. Usted da mucha importancia a mirar a través de las ventanas. Afirma que mirando a los transeuntes se aprenden muchas cosas.
m.j: y es verdad. Yo llevo mirando a través de la ventana del salón la mitad de mi vida y tengo la teoría de que cuando observas a una persona que camina distraída captas detalles que en la cercanía pasan desapercibidos. En la cercanía las personas expresamos otras cosas, no digo que más verdaderas o más falsas, pero sí otras distintas.
M.J: ¿alguna vez ha sentido un interés especial por alguna de las personas que ha contemplado a través de la ventana?
m.j: sí, en tres o cuatro ocasiones; sobre todo aquellas personas que ves con frecuencia. Llegas a aprenderte sus horarios, es como la llegada de un tren, permítame la comparación.
M.J: interesante. Y dígame, ¿alguna vez ha sentido la tentación de saber algo más de esas personas?
m.j: claro, le confieso que en alguna ocasión hasta me he llegado a hacer el encontradizo.
M.J: ¡Qué me dice!
m.j: no me haga sentir un bicho raro, por favor.
M.J: ¿Y ha llegado a establecer contacto…?
m.j: nunca. Mire, en realidad, el cristal es una barrera; miras y proyectas algo en alguien: conocer a esas personas rompería el morbillo generado por la especulación. Es un juego interesante, no se crea.
M.J: pero puede que al conocer a esas personas se encuentre con algo verdaderamente interesante, y digo “verdaderamente” en el sentido literal.
m.j: no digo que no.
M.J: sin embargo, usted disfruta mucho con el contacto directo…
m.j: sí, disfruto mucho con mis amigos. Y en el trabajo disfruto mucho comunicando emociones ante un público numeroso, soy una especie de voyeur algo exhibicionista…
M.J: casi nada.
m.j: … pero en el trato personal, prefiero la intimidad del tú a tú antes que los grandes grupos.
M.J: esta noche usted ha cenado con un grupo.
m.j: sí, pero no era numeroso.
M.J: ¿quiere decir que si hubiera sido más numeroso…?
m.j: no habría ido a esa cena.
M.J: ¿y qué excusa habría puesto?
m.j: ninguna, hace años que soy muy sincero. Los que me conocen ya saben cómo soy. Recuérdeme que en otro momento le cuente lo de que desde que decidí ser sincero me empezó a subir la tensión.
M.J: lo anoto.
m.j: sí, anótelo. Como decía, cuando me invitan a cenar (cosa que ocurre muy pocas veces) suelo preguntar si se trata de una cena sinfónica o de cámara.
M.J: melódico eufemismo, si me lo permite. ¿Y por qué no se siente cómodo en una cena “sinfónica”?
m.j: quizá por el ruido de timbales. Ahora en serio, antes era muy crítico conmigo mismo…
M.J: y lo sigue siendo.
m.j: no me interrumpa, por favor, que pierdo el hilo. Yo antes era muy crítico conmigo mismo y hubo un tiempo en que pensé que todo se debía a un problema de ego.
M.J: me he perdido.
m.j: camine hacia la luz, no es tan difícil: cuanta más gente, menos visible eres, menos protagonista. Pero aunque quise creer que esa era la causa, terminé por claudicar. Esa no era la causa.
M.J: ¿y por qué entonces ese empeño en creer que era un problema de protagonismo?
m.j: sencillamente, por buscarle una explicación. Me incomodan las incertidumbres. En realidad creo que en un grupo numeroso nos comportamos de una manera distinta: somos “menos” nosotros que en otras circunstancias. A mí me estimulan las múltiples posibilidades que ofrece el contacto cercano, cómplice. De la otra manera las energías se dispersan.
M.J: me ha llamado la atención un paréntesis que ha pronunciado antes: “Cuando me invitan a cenar (cosa que ocurre muy pocas veces)”. ¿No suena a reproche?
m.j: de verdad que no. De hecho, a veces es una suerte.
M.J: pero hoy ha dicho que se siente solo.
m.j: sí, pero me sentiría igual o peor con mucha gente alrededor.
M.J: pero usted es una persona sociable, no le cuesta relacionarse…
m.j: eso no tiene nada que ver.
M.J: ¿por qué dijo una vez que tenía miedo a enamorarse?
m.j: siguiente pregunta.
M.J: permítame que insista, ¿usted se ha enamorado alguna vez?
m.j: “quien lo probó lo sabe”. Contéstese usted mismo.
M.J: yo creo que sí.
m.j: muy sagaz. Bravo.
M.J: no sea tan mordaz. Oiga, la verdad es que tengo la sensación de que esto no ha terminado de arrancar; quiero decir que hemos empezado a hablar y no hemos llegado a nada concreto.
m.j: lógico, ya le he dicho que me cuesta expresarme en momentos así. Disculpe si le he hecho perder el tiempo.
M.J: para nada, de hecho, si me lo permite, me gustaría repetir la experiencia con una pauta previamente determinada. Creo que han despuntado muchos temas que merecerían un desarrollo, pero es que hoy me ha pillado viendo la tele…
m.j: ¿le interesaría llevarse una película siberiana?
M.J: ¿Siberiana?
m.j: al menos lo parece.
M.J: pues ahora que lo dice, desde que he entrado me ha llamado la atención esa copia de “La carrera del siglo”.
m.j: ay, no me ponga nostálgico además pero llévesela, ande.
M.J: Muchas gracias, ¿algo que añadir antes de terminar?
m.j: ¿puedo saludar?

Conjugaciones

Yo venía esta noche de una cena tan contento y arriba del paraguas llovía a jarros y debajo me he puesto a llorar, un poco. Suelo llorar en pretérito perfecto. A la segunda frase estoy acostumbrado pero la primera plantea ciertas incógnitas para cuya resolución necesito algo de tiempo; ahora no sabría explicarlo. Me pregunto a mí mismo por lo sucedido y me respondo que yo venía esta noche de una cena tan contento y que arriba del paraguas llovía a jarros y debajo me he puesto a llorar, un poco. Y no consigo salir de ahí. Todavía.

A lo más que alcanzo es a decir que lo semáforos guiñaban su ojo anaranjado y que el aire olía muy bien a mojado pero, para ser sinceros, esos matices no aportan nada a la cuestión esencial. En el ascensor me he acordado de que en el colegio nos enseñaban a diseccionar las frases, partiéndolas en trocitos. Quizá eso sirva de algo: esta noche estaba tan contento (lo estaba, y lo estoy). Llevaba paraguas porque llovía a jarros (llovía a jarros pero ahora sólo llueve, creo). Debajo del paraguas me he puesto a llorar (me he echado a llorar pero ahora no estoy llorando, ni siquiera un poco, lo que vuelve a demostrar que tengo tendencia a llorar en pretérito perfecto aunque, mira lo que son las cosas, me acabo de dar cuenta de que el gerundio me pone mariposas en el estómago). Tendrá que venir el futuro para convertirse en presente y aclarar un poco las cosas para que las pueda poner en un post.

Foro

Ya pasó lo de Bergman y pasó bien. La asistencia ha sido generosa y la gente ha seguido la exposición en atento silencio; el trato dispensado por parte del personal ha sido espléndido y yo me lo he pasado francamente bien. ¿Qué más se puede pedir? Pues una visita a la planta de los dvd´s después de la charla para comprar un par de rarezas (creo que una es siberiana, y si no, lo parece) y “Los amantes”, de Louis Malle, que sigo con Malle aunque a síncopas, por el trabajo. Por allí había un chico joven y un matrimonio mayor buscando el Mozart/Bergman y me han sonreído entre las estanterías de novedades y de cine de autor. Luego nos hemos tomado una coca cola (light). La tarde era espléndida, azul y sol, la temperatura justa y en el viaje de vuelta hemos tenido conversación distendida e interesante. Hoy he disfrutado mucho trabajando, comunicando. Pocos placeres hay similares a sentir en las miradas ajenas correspondencia a las palabras dichas. Mañana les proyectarán la película y creo que sí, que se van a sentar a verla con mirada cómplice. Otra cosa será ver qué pasa con la película siberiana que me he traído, si es que es siberiana. Desde luego, lo parece.

Invitación

Esta tarde, en el Forum de la FNAC de Zaragoza (19:00 h), presento en conferencia la adaptación cinematográfica de “La Flauta Mágica” que Ingmar Bergman realizó para la televisión sueca en 1974 y que ahora, con motivo del aniversario mozartiano, recupera en dvd la Filmoteca FNAC. Hoy es la conferencia y mañana se proyecta la película. La entrada es libre para ambos eventos así que a no ser que me leas desde Canadá (que haberlos los hay, y fieles, saludos) y te caiga de paso y te apetezca, pues quedas invitado porque llegas a tiempo.

Ya he conseguido poner la doble barra final al trabajo, que ha costado, la verdad. La tarea de síntesis en un tema inagotable no es cosa fácil: hay que tener cuidado con la tijera, tener pulso firme para hacer el corte. Y luego está la presentación audiovisual, aquí fundamental y por lo tanto especialmente cuidada. Voy a comenzar hablando de la obra musical y su circunstancia para, a continuación, ponernos en la piel de Bergman y comprobar cómo resuelve la tarea de traducirla en imágenes. Pretendo asentar los cimientos y luego adentrarnos en el edificio. Ante la imposibilidad de detenernos en cada uno de los detalles, haré de guía a través de los pasillos mientras abro puertas que muestren el comienzo de un sendero que incite a una posterior exploración individual. Una vez asentado un tema, centrado el espectador en el asunto, dispuesto a iniciar el viaje, la sugerencia es una herramienta de una eficacia indudable, entre otras cosas porque el público deja de ser alguien pasivo para tomar parte activa en el asunto. Mi objetivo es que quien asista mañana a la proyección lo haga con una mirada cómplice.

Tengo impreso el guión y ya he instalado en el portátil el material audiovisual. Me preocupaba no tenerlo a tiempo, el resto no me inquieta, al contrario, me produce un cosquilleo placentero, como cuando de niño te decían que a la tarde ibas al parque de atracciones. Dicho así parecerá que me tomo el trabajo poco en serio y es justamente al contrario, pero lo que ocurre es que este trabajo me apasiona, me siento plenamente feliz haciéndolo aunque en su realización me deje la piel. Así que ahora sólo queda esperar tranquilamente. Como ha salido un día espléndido me he podido dar un pequeño paseo (no he estudiado Raquel pero no me riñas!) y ahora voy a hacer spaguetti, que es miércoles. A lo mejor escribo algo antes de salir, que tengo varias cosas rondando en la cabeza lo que pasa es que son para escribir con nocturnidad aunque luego se lean a las 13:26. Ya veremos. Y antes o después de la conferencia quiero hacer allí mismo un par de compras, aprovechando el viaje. Si necesitas algo de allí me lo dices.

Educar

“Educar es lo mismo
que poner un motor a una barca.
Hay que medir, pensar, equilibrar…
y poner todo en marcha.

Pero para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino,
un poco de pirata,
un poco de poeta,
y un kilo y medio de paciencia concentrada.

Pero es consolador soñar
mientras uno trabaja,
que ese barco, ese niño
irá muy lejos por el agua.
Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia puertos distantes, hacia islas lejanas.

Soñar que cuando un día
esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos seguirá
nuestra bandera enarbolada.”

Gabriel Celaya

Cuadernos de rodaje (VII)

En la sesión de montaje del domingo por la tarde contamos con la inestimable colaboración de la pequeña Teresa que, puesta en pie en su minúsculo taburete y auriculares en ristre, siguió con suma atención las evoluciones del segundo movimiento de la Sonata K332 dando su aprobación. Yo tengo en alta consideración las opiniones de la pequeña Teresa; de hecho, es mi crítica musical favorita. Los niños tienen un instinto especial y ven cosas que nosotros los adultos no acertamos siquiera a vislumbrar.

Parpadeos

Mi lugar favorito de la librería es el limbo, que es como llamo a una estantería oculta al público que sirve de lugar de acogida provisional a aquellos volúmenes que ya han salido de las cajas de novedades pero que todavía están a la espera de ser distribuídos en la sección correspondiente. Varias veces por semana yo voy directo allá, hay confianza. Hoy le he dicho a Ilenka que llevaba una semana sin pasarme por el limbo y me ha contestado que no me va a dejar que pierda la costumbre, y Anabel ha venido a apartar un artilugio que sirve para mover cajas diciendo que no vaya a ser que se caiga alguien, que es la forma cariñosa y cuidadosa que tiene la buena de Anabel de decir que a ver si éste se nos cae y ya verás tú qué plan, lo que nos faltaba, porque está claro que el único “alguien” que se pasa por el limbo soy yo: todavía no me he ganado el cielo. Tampoco el infierno, al parecer.

Ha sido echar la vista hacia los lomos, los gruesos y los delgados, los altos y los bajos, inclinando levemente la cabeza para poder leer los títulos y los autores, cuando lo he visto como en un destello: un apellido y un color. A veces un apellido sumado a un color produce un cosquilleo placentero. El apellido era “Tizón”, y el color es el característico de la colección “Narrativas hispánicas” de Anagrama y enseguida me ha venido a la mente, dicho entre exclamaciones, que Eloy Tizón ha escrito un nuevo libro. Ya tardaba. En una ocasión ya dejé constancia aquí de mi admiración hacia este joven creador que tantos placeres nos deparó con su primera colección de relatos, “Velocidad de los jardines” (de mayor quiero escribir un cuento que tenga un título así), y con su maravillosa novela “Labia” a la que seguiría la estimulante “La voz cantante”, que dejó de sonar hace ya dos años.

Pero ha vuelto, para sorpresa mía, puesto que desconocía que tenía prevista su llegada, aunque de vez en cuando me asomaba al horizonte a ver si las olas traían noticias. Bienvenido sea. Es un nuevo volumen de relatos, trece, seguro que el número no le da mala suerte porque lo suyo, sobre todo, es el relato, y eso sí que es una suerte para nosotros. El libro se llama “Parpadeos” y se abre con el relato “Pájaro llanto” que empieza diciendo:

“Hoy, por primera vez en mi vida, he oído llorar a un pájaro”.

Lo mejor de lo mucho y bueno que han dicho de Eloy Tizón lo escribió Ángel García Galiano y por eso el editor lo recoge en la contraportada. Dice García Galiano que Tizón es un “escritor de asombros y temblores, que defiende para su escritura la misma lentitud germinativa de los jardines. Narrador de la memoria, de la palabra precisa, de la literatura como don de amor, como salvación, como hábito moral con que vestir la absurda (de otro modo) realidad; de ahí su explícito empeño en escribir bien, por asumir en propia carne y sangre que la sintaxis no es sino un movimiento del alma”.

Tizón ya no parpadea en el limbo.

Informe

Esto es muy raro. Me he encontrado en el buzón una carta del hospital conteniendo mi informe clínico sin haberlo solicitado. Pero lo más curioso es que lo he abierto y una de dos: o un virus se ha colado en el ordenador del hospital (anda, sin querer me ha salido un chiste hospitalario!) o bien ha sido redactado por un digno sucesor del eminente doctor Hugo Z. Hackenbush, genial recreación de Groucho Marx en “Un día en las carreras” (y esto no es un chiste, que se lo digan a la señora a la que en la peli le duele la garganta y el doctor Hackenbush le receta una píldora de caballo del tamaño de una pelota de golf diciéndole que con dos o tres litros pasará por el gaznate sin problema).

El informe comienza con una certera observación:

Sexo: Varón.

Luego pone un número de historia clínica de siete dígitos, que es una cifra que siempre me quedo mirando un rato largo mientras me da por imaginar, no lo puedo evitar, la desgracia que le tocó al poseedor del historial, qué se yo, 1.055.827, por ejemplo; si fue varón o hembra y, sobre todo, si fue benigno. Eso sobre todo. Volviendo a mi informe tras esos momentos de divagación me he topado con un dato que me ha dolido:

Número de caso: 0

Uno tiene su amor propio, qué quieres que te diga, y esto es un golpe bajo para la autoestima de cualquiera. A punto de cumplir 25 años como enfermo y todavía no han asignado un número a mi caso. ¿Acaso la veteranía no cuenta? No lo entiendo, la verdad. Luego vienen los datos de la exploración física y empieza poniendo:

Cabeza: normal

Es un consuelo saberlo aunque me queda la duda de si irá con segundas, porque partiendo de la base de que no soy el hombre elefante, digo yo si se referirán al estado interior de la cabeza y yo no me he enterado de esa parte de la exploración, exploración cuyos resultados, para ser honesto, creo que debería cuestionar: normal, normal, mi cabeza no es.

Luego viene un párrafo largo bajo el epígrafe “LOCOMOTOR” y habla de “deformidades con acortamiento mutilante en los dedos 2º, 3º, 4º y 5º de ambas manos. Deformidades mutilantes en los dedos de ambos pies. Limitación severa de columna cervical. Disminución de la movilidad lateral de la columna lumbar”. Hombre, a ver, no es precisamente un párrafo del que uno se sienta satisfecho pero al menos este da en el clavo. Lo que me ha dejado fuera de combate es que a renglón seguido añade:

No artropatía.

Lo juro.

La cosa termina haciendo alusión al elixir, aunque el informe le llama con un nombre mucho menos poético, y afirma que mi respuesta al tratamiento ha venido siendo desde el principio “espectacularmente buena” de manera que por unos instantes me he sentido como cuando en el colegio te ponían un sobresaliente, pero sin monja. También asegura que actualmente me encuentro “asintomático”, así que los dolores que siento desde hace meses desde el cuello hasta la planta de los pies deben ser una errata de imprenta. Consuela saberlo también. A todo esto, el informe viene firmado por un señor al que no tengo el gusto de conocer, aunque él parece estar convencido de que yo soy su paciente. Si le hace ilusión no seré yo quien le lleve la contraria, desde luego.

Medios

Hoy hemos presentado en rueda de prensa el concierto de los chavales de Leioa y casi nos podíamos haber ido a tomar unas copas al bar de al lado con los chicos de la prensa: había el mismo número de personas en la mesa que de periodistas en las sillas. Eso ha motivado que una vez hechos los deberes, los unos hablando, los otros escribiendo, la reunión haya derivado hacia una exposición de reflexiones en voz alta sobre la decisiva importancia de los medios de comunicación como eslabón fundamental en la cadena de divulgación cultural.

Uno de los empresarios patrocinadores del evento, avezado en estas lides, ha dicho con toda la razón que de nada sirve emplear todos los esfuerzos habidos y por haber en traer algo por muy interesante que sea si la prensa no hace lo que, por otra parte, es su obligación: informar, transmitir, ser mediador entre la fuente de información y el receptor. Puedes traer a un premio Nobel pero necesitas, primero, que la gente se entere y luego, por supuesto, que decida libremente si tal premio Nobel le cae simpático como para hacerle una visita.

Yo me he atrevido a decir que todos hablamos de manera recurrente de la carencia de iniciativas culturales, somos especialmente críticos con eso, sobre todo por estas latitudes, así lo opina la gente en los corrillos y los periodistas desde sus respectivos medios. Y hacen bien. Pero a veces da la sensación de que la cultura es una señora a la que estamos esperando porque de un momento a otro va a entrar por la puerta, que es una forma de decir que nuestra actitud ante ella, siendo crítica, es pasiva. Y he añadido que en el contexto en el que estamos empleando el término, la cultura es un proceso complejo en el que intervienen muchos factores y muchas sensibilidades: la sensibilidad de los gestores y programadores para dar con el evento adecuado y la sensibilidad de los patrocinadores (públicos o privados) para comprender la importancia de apoyar un determinado proyecto, por ejemplo; pero también se requiere de la sensibilidad de los medios de comunicación para que asuman la importancia decisiva de su misión como portavoces. Hasta el público, destinatario fundamental del proceso, interviene en esta cadena con su respuesta.

A lo que voy es que es muy fácil denunciar la falta de iniciativas culturales desde una columna de opinión o desde unos micrófonos; y mostrar desde el púlpito mediático los brazos abiertos para acoger, bienvenidas sean, las actividades que en este campo se planteen produce un indudable efecto de cara a la audiencia que, en muchas ocasiones, no se corresponde para nada con la realidad. Por supuesto que el criterio selectivo es libre, tanto para los medios como para el público, pero creo que en todo caso son los medios los que deberían dejar al público la última palabra al respecto, siquiera por respeto. Hoy la prensa no ha estado a la altura. O quizá los niños de Basilio Astúlez o nosotros mismos no estamos a la altura de la prensa. Desde luego, eso no nos influye anímicamente porque tanto nosotros como nuestros patrocinadores como la gente que ya ha empezado a interesarse por la actividad creen en el proyecto y en él vamos a seguir trabajando, con o sin apoyo mediático. Pero lo que está claro es que algo no encaja.