Cena

Le tenía preparada una sorpresa a Sergio y una noche, hace un par de semanas, le cité en un lugar no habitual. En ese momento descargaba con intensidad una tormenta impresionante y las calles estaban colapsadas por el tráfico. “¿Dónde vamos?”, preguntó él. Y yo le respondí: “No nos vamos, nos quedamos aquí” y le indiqué que se diera la vuelta. Estábamos a las puertas de un hotel que tiene uno de los mejores restaurantes de la ciudad. “Bienvenido a la cena de celebración de tu graduación”, le dije, y tras un par de segundos de sorpresa sonrió con satisfacción. Yo tenía en mente esa celebración desde hacía mucho tiempo y por la mañana había reservado una mesa. Cuando entramos en el comedor ya estaba preparada. Sergio lo miraba todo con cierto estupor desde la puerta y la encargada del restaurante me guiñó un ojo en señal de bienvenida mientras tomaba nota a un grupo de extranjeros.

Cuando nos sentamos a la mesa, la expresión de Sergio pasó del estupor inicial a la satisfacción tras un divertido gesto de aprobación; se frotó las manos y reparó en que la lluvia torrencial que se veía a través de los amplios ventanales era el complemento más adecuado a la velada que estaba a punto de comenzar. A Sergio la lluvia le relaja. También le gustó la lamparita que había a un lado de la mesa. Cuando la encargada se acercó a saludarnos le dije que esa noche nos tenía que tratar especialmente bien porque estábamos de celebración. “¿Y qué se celebra?” Ella ya lo sabía porque habíamos hablado por la mañana pero desempeñó su papel a la perfección y con mucho afecto. “Celebramos la graduación de este chico”. Y tras darle la enhorabuena nos prometió que la cena estaría a la altura del acontecimiento. Y así fue.

Mientras tanto, hablamos largo y tendido sobre muchas cosas: el proyecto fin de carrera, el bienestar alcanzado junto a su novia, el carnet de conducir, sacado a la primera, vaya lo que está cayendo ahí fuera, la incertidumbre sobre el futuro laboral, qué bueno está este sorbete de limón, y poco a poco las otras mesas se fueron vaciando. Fue todo un detalle que la encargada se acercara para decirnos que tranquilos, que como nos veía en amena conversación nos podíamos quedar cuanto quisiéramos y que le comunicaría al recepcionista del turno de noche que estábamos arriba y que sin prisa. Así que nos sacó una botella de licor, aportación de la casa a la celebración, y le dimos las gracias por partida doble. Sergio le pidió entonces que apagara las luces del comedor excepto la lamparita de la mesa. En un primer instante, ella dudó, le pareció una descortesía de cara a los clientes dejarnos en penumbra pero él insistió: mejor así para hablar, dijo. Yo apoyé la propuesta y tras encogerse de hombros nos dijo: “Pues como queráis; buenas noches chicos”. Se escuchó un click y la mayor parte de la luz se esfumó. El amplio y silencioso comedor quedó en la penumbra y nosotros estábamos frente a frente en torno a la acogedora luz de la lamparita. Afuera seguía lloviendo con fuerza y de vez en cuando se divisaba el resplandor de un relámpago.

Y nos quedamos solos.

Nos encontrábamos muy relajados, y nos pareció divertido disponer de todo aquel espacio para nosotros solos, sin reloj. Y con la botellita de licor. Un brindis y a seguir charlando. Me llamó la atención comprobar que el cambio de ambiente propició en ambos un cambio en el tono de voz, más bajo, que a su vez vino acompañado por silencios más largos y por nuevos matices en la conversación, que se volvió más cómplice, confidencial; más profunda en un sentido emocional. Sergio evocó con nítida minuciosidad el recuerdo del primer día que vino a clase, con 9 años; recordó todo lo vivido durante los años que estuvo viniendo a casa. Hablamos de la salud. Me hizo sonreir cuando me anunció que el día de su boda yo tenía reservado un sitio en la primera fila, y la sonrisa se convirtió en risa cuando me dijo que, en realidad, eso era lo único que tenía seguro para ese día, de momento. Otro brindis.

Fue entonces, entre una cuestión y otra, cuando empecé a darme cuenta de que Sergio hablaba de mí en pasado. Incluso cuando se refería al futuro inmediato. Por unos intantes estuve ausente de la conversación, sopesando la posibilidad de que la conjugación de los tiempos verbales pudiera tener relación son ese puntito doloroso que se había alojado, de improviso, en el pecho; y de pronto tuve la sensación de que aquella cena era una despedida, idea absurda, lo sé, o no, ahí estaba el problema. El caso es que recuerdo perfectamente que Sergio estaba explicándome con su apasionamiento habitual algo relativo a una teoría de Stephen Hawking sobre la gravedad y los agujeros negros y yo sentía cómo la fuerza de la gravedad de una tristeza densa hacía decaer progresivamente mi ánimo hasta que me dije a mí mismo que aquéllo era una tontería y volví a la conversación: la saga de “El Padrino”, una aventura gráfica cojonuda que te tengo que pasar, aquel viejo y destartalado volumen de los Nocturnos de Chopin que a Sergio le gustaba por viejo y destartalado. Y así fue transcurriendo el tiempo y la conversación, con el telón de la lluvia al fondo, la penumbra muda del amplio salón, las palabras y las risas alrededor de la lamparita de luz amarilla. Hasta que nos quedamos en silencio. Mirándonos.

Hay momentos, breves, en los que la ausencia de palabras puede alcanzar un valor más rico, intenso y profundo que 10 años de vivencias compartidas.

La madrugada estaba bien avanzada y antes de abandonar el salón, Sergio quiso inmortalizar la velada sacando una foto con su móvil (es esta de aquí al lado: a él se le ve contento, yo intento que la fuerza de la gravedad no me pese demasiado). También quiso llevarse el pequeño vaso de cristal donde se había servido el licor para tener un recuerdo de lo que calificó como una noche inolvidable. Una vez en la calle, y viendo que seguía lloviendo con intensidad, insistió en que me llevara su paraguas ya que él llevaba capucha en su sudadera. Cuando Sergio insiste es difícil llevarle la contraria. Abrió el paraguas, lo puso en mi mano y dijo: “a ver si te vas a resfriar o algo”. Nos despedimos acordando que lo habíamos pasado muy bien y él se marchó por allí y yo por aquí. Al llegar al otro extremo del paso de peatones algo me hizo darme la vuelta y le vi marchar, con las manos en los bolsillos, con el paso de alguien que marcha contento; le oí silbar. Le seguí con la vista y entonces, de manera inesperada, me puse a llorar. No lo puede evitar. Me sentí ridículo, me ví desde fuera y me imaginé la estampa de un tipo debajo de un paraguas llorando a moco tendido. Pero no lo pude evitar. En aquel momento no lo supe pero unas lágrimas eran de satisfacción emocionada al ver al chavalín que conocí en pantalones cortos convertido ya en una persona con muchos valores y decidida a iniciar su vida de adulto, como tiene que ser; las otras lágrimas se resistían, de alguna manera, lo reconozco, ante eso. Supongo que hay momentos en que ambos tipos de lágrimas pueden convivir en un mismo llanto. Esa noche me sentí, por primera y única vez en mi vida, padre. Y me sentí zarandeado por las emociones.

Cuando llegué a casa me cambié de ropa y todavía confuso por lo sucedido me senté ante el monitor del ordenador, abrí el blog y empecé a escribir: “Yo venía esta noche de una cena tan contento y arriba del paraguas llovía a jarros y debajo me he puesto a llorar, un poco. Suelo llorar en pretérito perfecto. A la segunda frase estoy acostumbrado pero la primera plantea ciertas incógnitas para cuya resolución necesito algo de tiempo; ahora no sabría explicarlo.”

Pero hoy sí. Y me he quedado tranquilo, al fin.
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Visitas de Sergio a “La Idea del Norte”: 29 de Octubre de 2005, 9 de Abril de 2006, 13 de Mayo de 2006.

8 pensamientos en “Cena

  1. Anonymous

    Tiene que ser muy reconfortante anímicamente, recordar como has caminado al lado de un ser que se ha hecho mayor y todavía te necesita…

  2. Anonymous

    siempre que hablas de sergio me emocionas pero al leerte hoy me has recordado lo del principito:
    No sabía bien qué decir. Me sentía muy torpe. No sabía cómo alcanzarlo, dónde encontrarlo. Es tan misterioso el país de las lágrimas.

    estoy segura de que no se ha ido.

    salu2

  3. Anonymous

    para mí la palabra tiene mucha importancia pero acompañada de tu voz aun toma más fuerza. Los matizes al escucharte aquella vez en el dial que ya compartimos fue muy especial. Pero que lo diga en pasado no implica necesariamente que no tenga cabida en mi presente. Es lo que se diece cuando el presente ocurrió hace ya tiempo.
    Estoy segura de que seguirá ahí para tí y, tú para él. Y creo que las personas siguen juntas mientras tiene sentido que lo estén (sentido para ambos en el presente que comparten) pero nunca, nunca desaparecen del otro -de ninguna manera- siempre están ahí con nosotros, nuestro presente y nuestras circunstancias son, fueron y serán parte del otro. Es hermoso comprender cómo quiere el padre o la madre, lo hacen aunque eso pueda significar perder de vista al otro (pero perder de vista nunca implica perder nada de lo que se ha dado o recibido), es un perder de vista circunstancial. Y ni aun ese creo que ocurra. Confío en que lo que leo y escucho no tiene final. Lo aquí cuentas permanecerá entre vosotros por siempre y, en nuestro recuerdo también. Adoro la sensibilidad y, me encantan las lágrimas que coinciden con la lluvia. Eres afortunado y no ridículo por llorar bajo la lluvia…me parece algo hermoso. Gracias por compartir todo esto…existimos mientras alguien piensa en nosotros. Y hoy existes aquí: tú y Sergio.

  4. Lucienne

    Hace tiempo que te queria decir que lo que sientes por Sergio se aparenta mucho a lo que siente un padre… o una madre. Los chavales, sin querer, nos hacen sufrir, a veces como nadie.Pero ahora todo va mejor… Me alegro.La foto, muy salada! Sergio, muy majo y tu, con tu barba de Robin de los bosques y tu mirada… lo del medico torpe no impide de que “rompa” (o atraviesa) la pantalla.
    Un abrazo fuerte y hasta el martes. (El lunes aqui es fiesta.)Te mandaré un saludo desde los Alpes!

  5. emejota

    Anónimo 1: es reconfortante encontrarse con una persona como Sergio, te lo puedo asegurar. Lo que ya no tengo tan claro es que me necesite. Y si soy honesto conmigo mismo debo confesar que eso me alegra mucho y me entristece un poco, todo al mismo tiempo.

    Un abrazo

  6. emejota

    Anónimo 2: a veces yo yampoco sé bien qué decir y me siento muy torpe. Pero creo que en ocasiones se establecen lazos muy profundos que perduran en el tiempo a pesar de que cada cual tomemos caminos diversos. Yo no intervengo en la vida de Sergio, me cuido mucho de hacerlo, pero si un día le ocurriera algo y mi nombre cruza por su cabeza sabe que estaré allí para intentar ayudarle o confortarle en lo posible.

    Un abrazo.

  7. emejota

    Anónimo 3: sólo puedo decirte (por escrito, sin el acompañamiento de la voz) que con tus palabras me has llegado al alma, y que te lo agradezco mucho.

    Un abrazo.

  8. emejota

    Hola Lucienne: en algún lugar de este blog ya expresé con cierta ironía que a mí, de mayor, me gustaría ser madre. Una vez lo dije en una entrevista y la periodista me corrigió inmediatamente: querrá usted decir padre. Y yo insistí: no, no, madre. Padre ya puedo serlo, pero madre no y la experiencia de la maternidad es un regalo que se os ha dado a las mujeres que me parece envidiable.

    De todas formas, la madre de Sergio es mucha madre; tanto como para serlo un poquito también de mí. Así al menos lo siento yo.

    Qué suerte, los Alpes! Buen fin de semana y un fuerte abrazo.

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