Archivo por días: 29 mayo, 2006

Silencio

Este fin de semana el Papa cruzó las puertas del campo de exterminio de Auschwitz con gesto compungido y me ha llamado la atención que no se haya reparado suficientemente en la pregunta que lanzó al aire en un determinado momento de su discurso y que fue formulada en italiano:

“¿Por qué, Señor, permaneciste callado?”.

Me parece altamente significativo que tal cosa haya sido dicha por el cabeza de lista de la Iglesia; seguro que en el pasado más de un infeliz terminó en la hoguera de la Inquisición por exponer algo semejante y ahora viene este hombre al que le sigue sentando fatal el blanco y por una vez se le ocurre plantear una pregunta tan sensata como revolucionaria porque pone a las claras en evidencia un malentendido ancestral: Dios no ha creado al hombre a su imagen y semejanza sino justamente al revés: la vanidad del hombre ha creado a un Dios a su medida, incapaz en el fondo de asumir su digna insignificancia.

“¿Por qué, Señor, permaneciste callado?”. Pues porque Dios no sabe conjugar los verbos: no sabe hablar, pero tampoco callar, ni decidir, ni castigar, ni premiar. Es absurda una noción de Dios así, humano, y, sin embargo, nos empeñamos en ello: la vecina de enfrente le pide a Dios que su nieto apruebe las oposiciones o que la nuera salga bien de su operación de varices y el gesto, comprensible por humano, es también, por humano, el colmo de la soberbia y de la ingenuidad: como si Dios no tuviera otra cosa que hacer; como si Dios pudiera levantarse con el pie izquierdo de la siesta y decidir que en el examen toque el tema que el nieto no se ha estudiado o que en el quirófano el cirujano corte donde no tenía que cortar.

Dios tiene que ser otra cosa.

Ayer me decía mi abuela que el otro día se le cayó al suelo un vaso y que la mala suerte quiso que un trocito de cristal fuera directo a su ojo. Dijo que lo primero que hizo al sentir el impacto fue gritar: “¡Ay, Santa Rita, madre gloriosa y alabada, que no me quede ciega; sorda vale pero ciega no por el amor de Dios!”, y nos dejó a todos de piedra por el énfasis que puso en la reconstrucción de los hechos; después vino a decir, con otras palabras, que había sido Santa Rita la que le había permitido ver el “Salsa Rosa” del sábado donde, por cierto, la folclórica agonizaba sin que la Virgen de Regla se diera por aludida, al parecer. Yo hice una sutil e irónica observación diciendo que, en todo caso, la responsable de que el cristal no causara estropicio en el ojo de mi abuela habría sido Santa Lucía, que a todos nos conserve la vista, y no Santa Rita, que para otra cosa servirá, digo yo, pero mi abuela dijo que no, que había sido Santa Rita y que seguro, vamos.

Entonces di un paso más allá y dejé caer que lo lógico habría sido que ni Santa Rita ni Santa Lucía hubieran permitido el disgusto de mi abuela y entonces se quedó callada. Aproveché para poner el ejemplo de Teresa de Calcuta, elevada a los altares a golpe de desgracia (ajena). Siempre me ha llamado la atención que la misma institución que tiene la potestad de convertirle a uno en Santo por la Gracia de Dios no eleve una protesta ante ese Dios por los daños permitidos previamente. El sufrimiento de muchos seres humanos es el premio de unos pocos elegidos: ser Santo cotiza caro en desgracias. Tenía razón Saramago cuando dijo, sin ninguna coña, que la religión se nutre del dolor y de la muerte. Más razón que un santo. Una vez vino un cura a verme cuando tenía 14 o 15 años y me dijo con gran emoción que Dios se me había revelado a través de mi dolor. Yo me rebelé ante eso, que me pareció repugnante, y luego me dieron ganas de revelarle la gracia de un dolor en los huevos (con perdón).

Mi abuela seguía callada pero me miraba con los ojos muy abiertos porque en el fondo siempre he sospechado que a ella le habría gustado que yo fuera monaguillo. Luego en el telediario salió el Papa diciendo lo de “¿Por qué, Señor, permaneciste callado?” justo al lado de los 5.000 muertos del terremoto de Java y ya no dije más.

Aniversario

Hoy hace un año que me instalé en estas latitudes y comencé a escribir este blog. Un año en este blog dura 327 textos, según acabo de comprobar, todos ellos (salvo excepciones excepcionales) encabezados por una sola palabra aunque por muchas razones (que me parece que en su momento fueron dichas). Vistos en fila, un año después, forman un inventario desconcertante y enigmático puesto que yo mismo no recuerdo qué pueden albergar la mayoría: Alquimia, Duda, Instante, Juego, Paréntesis, Deseo, Luz, Nana, Aparición (mira, de este sí que me acuerdo, cómo olvidarlo), Memoria, Paseo

En un año pasan muchas cosas, algunas permanecen más o menos igual y otras cambian. Hace un año era domingo y hoy es lunes, por ejemplo. El primer post lo escribí a media mañana y ahora me cuesta creerlo, porque “La Idea del Norte” fue reclamando poco a poco, sin darme cuenta, un espacio en las madrugadas, para poder escribir a media voz y sin la prisa del día. Recuerdo también que al terminar de escribir el primer texto dejé encendida la luz del porche por si venía alguna visita extraviada y un año después 28.000 visitantes han echado un vistazo en algún momento a la nevera. Eso ha sido lo más sorprendente para mí, todavía lo sigue siendo. Siento una mezcla de pudor y emoción aventurera, de timidez y complicidad cuando dejo escritos unos pensamientos y al día siguiente compruebo, indefectiblemente, que han sido recogidos por alguien en Pozuelo de Alarcón entre las 8 y 10 y las 8 y media de la mañana. Es un ejemplo entre muchos. Me pregunto quiénes serán (quiénes sois); imagino los rostros, qué dicen por dentro cuando sus ojos resbalan por estas líneas, por qué vuelven, por qué vinieron, por qué se van y me pregunto también por sus propias historias.

Yo empecé este blog por dos razones fundamentales unidas entre sí: para satisfacer una necesidad íntima de comunicar y para aprender a hacerlo de manera fluida por escrito, cosa nada fácil en su momento: yo tuve que abandonar una colaboración escrita en una revista (una columna que se llamaba “La Idea del Norte”, mirá tú qué casualidad) por la enorme dificultad que suponía para mí entregar puntualmente un texto semanal. Haber logrado redactar un texto diario con relativa soltura a lo largo de este tiempo es una satisfacción personal importante. Con el tiempo he descubierto nuevas y estimulantes motivaciones para mantener este cuaderno de bitácora abierto: he descubierto, por ejemplo, que “La Idea del Norte” es un espejo en el que me miro para descubrirme a mí mismo; de alguna manera siento que a veces consigo poner ante mí las piezas ordenadas de un puzzle que andaba desordenado por dentro y al hacerlo cobra sentido. Y también tengo la sensación de que un blog es un espacio a explorar de ilimitadas posibilidades creativas y que, por lo que a mí respecta, en un año apenas he dado unos pasos por la geografía de este Norte imaginario. Estoy convencido de ello.

Hoy, como hace un año, sigo dejando una luz en el porche. Vaya un recuerdo afectuoso para todos los que pasaron por aquí y dejaron su huella antes de marcharse; un abrazo para los incondicionales, los de diario, y un saludo para aquellos que recalen el día de mañana y vean estas letras escritas cuando quizá ya no quede nadie en casa. Hay una contraventana que se queja un poco cuando sopla el viento.