Archivo por días: 21 mayo, 2006

Kantika

Kantika korala

Creo que fue Ignacio de Loyola quien dijo que “la admiración produce silencio” y quizá por eso ayer me sentí incapaz de escribir una sola palabra de lo acontecido en el concierto de la Kantika de Leioa. Luego están las emociones: puede que una imagen valga más que mil palabras pero para determinadas emociones el diccionario no tiene palabras. O yo no sé encontrarlas.

Describir lo vivido ayer no es cosa fácil y se acumula en mi memoria como un caleidoscopio hecho de trocitos de momentos: unas palabras de afecto, una mirada tímida, abrazos calurosos, lágrimas de varios colores, sonrisas de colores varios y la muestra palpable y palpitante de que lo de estos chavales es un milagro.

Entrar en el auditorio a primera hora de la tarde y encontrármelos sentados en las butacas con su pequeño equipaje entre las piernas ya me produjo una sensación muy peculiar: todos esos rostros me eran familiares porque los contemplo cada noche en el monitor al final de la jornada y me hacen partícipe de su regalo, aunque desconozco sus nombres. Y ahí estaban. Me sentí como aquella película de Woody Allen en la que la protagonista va diariamente al cine a ver la misma película hasta que un día atraviesa la pantalla y entra dentro de la historia.

Kantika KoralaA partir de ese instante, cada cristalito de color del caleidoscopio de la memoria atesora una historia hermosa: el estupor, compartido por los técnicos presentes, ante la perfecta y armoniosa disciplina en el ensayo; el momento en que me dirigí a ellos para darles la bienvenida y decirles que me acompañan todas las noches un ratito y notar la sorpresa en sus ojos y el atisbo de unas sonrisas; confesarles que me han hecho feliz y que lo agradezco de corazón y que por eso los había traído hasta aquí, para compartir esa felicidad con otras personas; la respuesta a esa confesión en forma de cariñosos aplausos y semblantes sonrientes. Y luego la emoción de la actuación: la alegría de ese Kyrie escrito en lenguaje de jazz, de irresistible belleza; una reprimenda en japonés y una canción escenificada en lenguaje de sordos, “Can you hear me?” (¿Puedes oirme?), que no se refiere a las palabras dichas sino a lo que se dice desde el corazón y que me hizo saltar las lágrimas viendo a aquellos chavales que se llevan una mano al oído y otra al corazón y te miran y yo les contestaba por dentro que sí, que sé de que hablan, cómo no saberlo si les escucho todas las noches porque son el bálsamo que necesita mi corazón.

Luego el pequeño susto por el desmayo de dos niñas (el calor, el esfuerzo; estas criaturas se dejan la piel), la asistencia inmediata, las palabras de consuelo cuando compruebas que el disgusto que se apodera de ellas les duele más que su desfallecimiento. Y el final clamoroso con la sala puesta en pie rendida ante el milagro que estos chicos han hecho posible al hacer de la música una prodigiosa, pura y directa comunicación entre los corazones, consiguiendo uno de esos raros momentos en los que el tipo de música o el acierto en la interpretación son cosas que pasan a un segundo plano porque lo que importa verdaderamente en esos instantes es la vivencia gozosa de un hecho irrepetible. Perderse momentos así, por escasos, es algo a lamentar.

Después, en el lunch, lo primero que buscas con la mirada es a esa criatura y te asombra y te regocija encontrártelo correteando entre risas con un bocadilllo en la mano. Y al pasar a tu lado se detiene y te sonríe. Y así podría seguir mostrando una infinidad de cristalitos de colores de este caleidoscopio de emociones (cada cristalito conteniendo su particular historia: la expresiva timidez de Ander, el piano que extrae Itziar del piano sin que el piano se de cuenta) que la visita de ayer ha provocado en mi interior y que va a dejar en mí, estoy convencido, una huella imborrable.

Al final descubrí que alguno de ellos se llevó del atril desde el que presenté el concierto el par de folios donde había anotado unas palabras. En ellas citaba el encabezamiento del post que les dediqué en su momento: “Yo lo veía todo negro hasta que Basilio Astúlez y su coro de colores apareció en la pantalla del televisor”. Hoy este blog lleva registradas, hasta el momento, 21 entradas desde Bilbao. Todas vienen de Google mediante las cadenas de palabras “Yo lo veía todo negro Kantika”; “Yo lo veía todo negro colores tudela” y similares. Y me he reído mucho.

Enhorabuena y gracias por todo, chicos. Gracias por la visita de ayer; gracias por las visitas que habéis efectuado antes a otros lugares y gracias por lo que llevaréis al corazón de la gente que en el futuro tenga la suerte de encontraros en el camino. Yo os seguiré viendo todas las noches en el monitor.