Archivo por meses: mayo 2006

Cena

Le tenía preparada una sorpresa a Sergio y una noche, hace un par de semanas, le cité en un lugar no habitual. En ese momento descargaba con intensidad una tormenta impresionante y las calles estaban colapsadas por el tráfico. “¿Dónde vamos?”, preguntó él. Y yo le respondí: “No nos vamos, nos quedamos aquí” y le indiqué que se diera la vuelta. Estábamos a las puertas de un hotel que tiene uno de los mejores restaurantes de la ciudad. “Bienvenido a la cena de celebración de tu graduación”, le dije, y tras un par de segundos de sorpresa sonrió con satisfacción. Yo tenía en mente esa celebración desde hacía mucho tiempo y por la mañana había reservado una mesa. Cuando entramos en el comedor ya estaba preparada. Sergio lo miraba todo con cierto estupor desde la puerta y la encargada del restaurante me guiñó un ojo en señal de bienvenida mientras tomaba nota a un grupo de extranjeros.

Cuando nos sentamos a la mesa, la expresión de Sergio pasó del estupor inicial a la satisfacción tras un divertido gesto de aprobación; se frotó las manos y reparó en que la lluvia torrencial que se veía a través de los amplios ventanales era el complemento más adecuado a la velada que estaba a punto de comenzar. A Sergio la lluvia le relaja. También le gustó la lamparita que había a un lado de la mesa. Cuando la encargada se acercó a saludarnos le dije que esa noche nos tenía que tratar especialmente bien porque estábamos de celebración. “¿Y qué se celebra?” Ella ya lo sabía porque habíamos hablado por la mañana pero desempeñó su papel a la perfección y con mucho afecto. “Celebramos la graduación de este chico”. Y tras darle la enhorabuena nos prometió que la cena estaría a la altura del acontecimiento. Y así fue.

Mientras tanto, hablamos largo y tendido sobre muchas cosas: el proyecto fin de carrera, el bienestar alcanzado junto a su novia, el carnet de conducir, sacado a la primera, vaya lo que está cayendo ahí fuera, la incertidumbre sobre el futuro laboral, qué bueno está este sorbete de limón, y poco a poco las otras mesas se fueron vaciando. Fue todo un detalle que la encargada se acercara para decirnos que tranquilos, que como nos veía en amena conversación nos podíamos quedar cuanto quisiéramos y que le comunicaría al recepcionista del turno de noche que estábamos arriba y que sin prisa. Así que nos sacó una botella de licor, aportación de la casa a la celebración, y le dimos las gracias por partida doble. Sergio le pidió entonces que apagara las luces del comedor excepto la lamparita de la mesa. En un primer instante, ella dudó, le pareció una descortesía de cara a los clientes dejarnos en penumbra pero él insistió: mejor así para hablar, dijo. Yo apoyé la propuesta y tras encogerse de hombros nos dijo: “Pues como queráis; buenas noches chicos”. Se escuchó un click y la mayor parte de la luz se esfumó. El amplio y silencioso comedor quedó en la penumbra y nosotros estábamos frente a frente en torno a la acogedora luz de la lamparita. Afuera seguía lloviendo con fuerza y de vez en cuando se divisaba el resplandor de un relámpago.

Y nos quedamos solos.

Nos encontrábamos muy relajados, y nos pareció divertido disponer de todo aquel espacio para nosotros solos, sin reloj. Y con la botellita de licor. Un brindis y a seguir charlando. Me llamó la atención comprobar que el cambio de ambiente propició en ambos un cambio en el tono de voz, más bajo, que a su vez vino acompañado por silencios más largos y por nuevos matices en la conversación, que se volvió más cómplice, confidencial; más profunda en un sentido emocional. Sergio evocó con nítida minuciosidad el recuerdo del primer día que vino a clase, con 9 años; recordó todo lo vivido durante los años que estuvo viniendo a casa. Hablamos de la salud. Me hizo sonreir cuando me anunció que el día de su boda yo tenía reservado un sitio en la primera fila, y la sonrisa se convirtió en risa cuando me dijo que, en realidad, eso era lo único que tenía seguro para ese día, de momento. Otro brindis.

Fue entonces, entre una cuestión y otra, cuando empecé a darme cuenta de que Sergio hablaba de mí en pasado. Incluso cuando se refería al futuro inmediato. Por unos intantes estuve ausente de la conversación, sopesando la posibilidad de que la conjugación de los tiempos verbales pudiera tener relación son ese puntito doloroso que se había alojado, de improviso, en el pecho; y de pronto tuve la sensación de que aquella cena era una despedida, idea absurda, lo sé, o no, ahí estaba el problema. El caso es que recuerdo perfectamente que Sergio estaba explicándome con su apasionamiento habitual algo relativo a una teoría de Stephen Hawking sobre la gravedad y los agujeros negros y yo sentía cómo la fuerza de la gravedad de una tristeza densa hacía decaer progresivamente mi ánimo hasta que me dije a mí mismo que aquéllo era una tontería y volví a la conversación: la saga de “El Padrino”, una aventura gráfica cojonuda que te tengo que pasar, aquel viejo y destartalado volumen de los Nocturnos de Chopin que a Sergio le gustaba por viejo y destartalado. Y así fue transcurriendo el tiempo y la conversación, con el telón de la lluvia al fondo, la penumbra muda del amplio salón, las palabras y las risas alrededor de la lamparita de luz amarilla. Hasta que nos quedamos en silencio. Mirándonos.

Hay momentos, breves, en los que la ausencia de palabras puede alcanzar un valor más rico, intenso y profundo que 10 años de vivencias compartidas.

La madrugada estaba bien avanzada y antes de abandonar el salón, Sergio quiso inmortalizar la velada sacando una foto con su móvil (es esta de aquí al lado: a él se le ve contento, yo intento que la fuerza de la gravedad no me pese demasiado). También quiso llevarse el pequeño vaso de cristal donde se había servido el licor para tener un recuerdo de lo que calificó como una noche inolvidable. Una vez en la calle, y viendo que seguía lloviendo con intensidad, insistió en que me llevara su paraguas ya que él llevaba capucha en su sudadera. Cuando Sergio insiste es difícil llevarle la contraria. Abrió el paraguas, lo puso en mi mano y dijo: “a ver si te vas a resfriar o algo”. Nos despedimos acordando que lo habíamos pasado muy bien y él se marchó por allí y yo por aquí. Al llegar al otro extremo del paso de peatones algo me hizo darme la vuelta y le vi marchar, con las manos en los bolsillos, con el paso de alguien que marcha contento; le oí silbar. Le seguí con la vista y entonces, de manera inesperada, me puse a llorar. No lo puede evitar. Me sentí ridículo, me ví desde fuera y me imaginé la estampa de un tipo debajo de un paraguas llorando a moco tendido. Pero no lo pude evitar. En aquel momento no lo supe pero unas lágrimas eran de satisfacción emocionada al ver al chavalín que conocí en pantalones cortos convertido ya en una persona con muchos valores y decidida a iniciar su vida de adulto, como tiene que ser; las otras lágrimas se resistían, de alguna manera, lo reconozco, ante eso. Supongo que hay momentos en que ambos tipos de lágrimas pueden convivir en un mismo llanto. Esa noche me sentí, por primera y única vez en mi vida, padre. Y me sentí zarandeado por las emociones.

Cuando llegué a casa me cambié de ropa y todavía confuso por lo sucedido me senté ante el monitor del ordenador, abrí el blog y empecé a escribir: “Yo venía esta noche de una cena tan contento y arriba del paraguas llovía a jarros y debajo me he puesto a llorar, un poco. Suelo llorar en pretérito perfecto. A la segunda frase estoy acostumbrado pero la primera plantea ciertas incógnitas para cuya resolución necesito algo de tiempo; ahora no sabría explicarlo.”

Pero hoy sí. Y me he quedado tranquilo, al fin.
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Visitas de Sergio a “La Idea del Norte”: 29 de Octubre de 2005, 9 de Abril de 2006, 13 de Mayo de 2006.

Enseñanza

Arnold Schönberg, en 1947:

“Los analistas de mi música habrán de comprobar lo mucho que yo, personalmente, debo a Mozart. No es que esto les ayude a valorar mi música, sino a entender a Mozart. Y a los jóvenes compositores les enseñará lo que es esencial que aprendan de los maestros y la manera de aplicar esas lecciones sin perder personalidad”.

Toma ya.

Silencio

Este fin de semana el Papa cruzó las puertas del campo de exterminio de Auschwitz con gesto compungido y me ha llamado la atención que no se haya reparado suficientemente en la pregunta que lanzó al aire en un determinado momento de su discurso y que fue formulada en italiano:

“¿Por qué, Señor, permaneciste callado?”.

Me parece altamente significativo que tal cosa haya sido dicha por el cabeza de lista de la Iglesia; seguro que en el pasado más de un infeliz terminó en la hoguera de la Inquisición por exponer algo semejante y ahora viene este hombre al que le sigue sentando fatal el blanco y por una vez se le ocurre plantear una pregunta tan sensata como revolucionaria porque pone a las claras en evidencia un malentendido ancestral: Dios no ha creado al hombre a su imagen y semejanza sino justamente al revés: la vanidad del hombre ha creado a un Dios a su medida, incapaz en el fondo de asumir su digna insignificancia.

“¿Por qué, Señor, permaneciste callado?”. Pues porque Dios no sabe conjugar los verbos: no sabe hablar, pero tampoco callar, ni decidir, ni castigar, ni premiar. Es absurda una noción de Dios así, humano, y, sin embargo, nos empeñamos en ello: la vecina de enfrente le pide a Dios que su nieto apruebe las oposiciones o que la nuera salga bien de su operación de varices y el gesto, comprensible por humano, es también, por humano, el colmo de la soberbia y de la ingenuidad: como si Dios no tuviera otra cosa que hacer; como si Dios pudiera levantarse con el pie izquierdo de la siesta y decidir que en el examen toque el tema que el nieto no se ha estudiado o que en el quirófano el cirujano corte donde no tenía que cortar.

Dios tiene que ser otra cosa.

Ayer me decía mi abuela que el otro día se le cayó al suelo un vaso y que la mala suerte quiso que un trocito de cristal fuera directo a su ojo. Dijo que lo primero que hizo al sentir el impacto fue gritar: “¡Ay, Santa Rita, madre gloriosa y alabada, que no me quede ciega; sorda vale pero ciega no por el amor de Dios!”, y nos dejó a todos de piedra por el énfasis que puso en la reconstrucción de los hechos; después vino a decir, con otras palabras, que había sido Santa Rita la que le había permitido ver el “Salsa Rosa” del sábado donde, por cierto, la folclórica agonizaba sin que la Virgen de Regla se diera por aludida, al parecer. Yo hice una sutil e irónica observación diciendo que, en todo caso, la responsable de que el cristal no causara estropicio en el ojo de mi abuela habría sido Santa Lucía, que a todos nos conserve la vista, y no Santa Rita, que para otra cosa servirá, digo yo, pero mi abuela dijo que no, que había sido Santa Rita y que seguro, vamos.

Entonces di un paso más allá y dejé caer que lo lógico habría sido que ni Santa Rita ni Santa Lucía hubieran permitido el disgusto de mi abuela y entonces se quedó callada. Aproveché para poner el ejemplo de Teresa de Calcuta, elevada a los altares a golpe de desgracia (ajena). Siempre me ha llamado la atención que la misma institución que tiene la potestad de convertirle a uno en Santo por la Gracia de Dios no eleve una protesta ante ese Dios por los daños permitidos previamente. El sufrimiento de muchos seres humanos es el premio de unos pocos elegidos: ser Santo cotiza caro en desgracias. Tenía razón Saramago cuando dijo, sin ninguna coña, que la religión se nutre del dolor y de la muerte. Más razón que un santo. Una vez vino un cura a verme cuando tenía 14 o 15 años y me dijo con gran emoción que Dios se me había revelado a través de mi dolor. Yo me rebelé ante eso, que me pareció repugnante, y luego me dieron ganas de revelarle la gracia de un dolor en los huevos (con perdón).

Mi abuela seguía callada pero me miraba con los ojos muy abiertos porque en el fondo siempre he sospechado que a ella le habría gustado que yo fuera monaguillo. Luego en el telediario salió el Papa diciendo lo de “¿Por qué, Señor, permaneciste callado?” justo al lado de los 5.000 muertos del terremoto de Java y ya no dije más.

Aniversario

Hoy hace un año que me instalé en estas latitudes y comencé a escribir este blog. Un año en este blog dura 327 textos, según acabo de comprobar, todos ellos (salvo excepciones excepcionales) encabezados por una sola palabra aunque por muchas razones (que me parece que en su momento fueron dichas). Vistos en fila, un año después, forman un inventario desconcertante y enigmático puesto que yo mismo no recuerdo qué pueden albergar la mayoría: Alquimia, Duda, Instante, Juego, Paréntesis, Deseo, Luz, Nana, Aparición (mira, de este sí que me acuerdo, cómo olvidarlo), Memoria, Paseo

En un año pasan muchas cosas, algunas permanecen más o menos igual y otras cambian. Hace un año era domingo y hoy es lunes, por ejemplo. El primer post lo escribí a media mañana y ahora me cuesta creerlo, porque “La Idea del Norte” fue reclamando poco a poco, sin darme cuenta, un espacio en las madrugadas, para poder escribir a media voz y sin la prisa del día. Recuerdo también que al terminar de escribir el primer texto dejé encendida la luz del porche por si venía alguna visita extraviada y un año después 28.000 visitantes han echado un vistazo en algún momento a la nevera. Eso ha sido lo más sorprendente para mí, todavía lo sigue siendo. Siento una mezcla de pudor y emoción aventurera, de timidez y complicidad cuando dejo escritos unos pensamientos y al día siguiente compruebo, indefectiblemente, que han sido recogidos por alguien en Pozuelo de Alarcón entre las 8 y 10 y las 8 y media de la mañana. Es un ejemplo entre muchos. Me pregunto quiénes serán (quiénes sois); imagino los rostros, qué dicen por dentro cuando sus ojos resbalan por estas líneas, por qué vuelven, por qué vinieron, por qué se van y me pregunto también por sus propias historias.

Yo empecé este blog por dos razones fundamentales unidas entre sí: para satisfacer una necesidad íntima de comunicar y para aprender a hacerlo de manera fluida por escrito, cosa nada fácil en su momento: yo tuve que abandonar una colaboración escrita en una revista (una columna que se llamaba “La Idea del Norte”, mirá tú qué casualidad) por la enorme dificultad que suponía para mí entregar puntualmente un texto semanal. Haber logrado redactar un texto diario con relativa soltura a lo largo de este tiempo es una satisfacción personal importante. Con el tiempo he descubierto nuevas y estimulantes motivaciones para mantener este cuaderno de bitácora abierto: he descubierto, por ejemplo, que “La Idea del Norte” es un espejo en el que me miro para descubrirme a mí mismo; de alguna manera siento que a veces consigo poner ante mí las piezas ordenadas de un puzzle que andaba desordenado por dentro y al hacerlo cobra sentido. Y también tengo la sensación de que un blog es un espacio a explorar de ilimitadas posibilidades creativas y que, por lo que a mí respecta, en un año apenas he dado unos pasos por la geografía de este Norte imaginario. Estoy convencido de ello.

Hoy, como hace un año, sigo dejando una luz en el porche. Vaya un recuerdo afectuoso para todos los que pasaron por aquí y dejaron su huella antes de marcharse; un abrazo para los incondicionales, los de diario, y un saludo para aquellos que recalen el día de mañana y vean estas letras escritas cuando quizá ya no quede nadie en casa. Hay una contraventana que se queja un poco cuando sopla el viento.

Golpe

Esta madrugada he acusado el golpe.

Obsérvese el matiz: no he acusado un golpe, he acusado el golpe. Lo primero introduce el matiz de lo imprevisto, de lo inesperado; lo segundo dice lo contrario. Pues yo esta madrugada he acusado el golpe. Y es que también en la mente funcionan las leyes de la física y la gravedad. Es como el efecto de una pelota al caer: cuando te das un batacazo contra el suelo, lo primero te duele, mucho, pero luego hay un efecto rebote en el que, momentáneamente, te sientes suspendido en el aire, y entonces a lo mejor dejas pasar las horas por el placer de verlas pasar, alguien te habla de la luz de noviembre en una botella e incluso te pones a ver “El quinteto de la muerte” y te ríes un buen rato. Pero sabes que la pelota volverá a caer, esta vez con menor impulso, de tal forma que se queda quieta en el suelo todo el rato y te sale el moratón.

Los psicólogos dicen que cuando estás deprimido lo ves todo negro y a mí me desconcierta semejante exhibición de agudeza deductiva. Pero yo los desconcierto a ellos cuando les respondo si ese no será el estado real, que no ideal, de las cosas dado el panorama circundante en el que nos movemos, ellos y nosotros, aunque haya una mesa por medio (el que hizo esa mesa también está incluído en el lote).

En fin, no es momento para entrar en eso. Quizá en otra ocasión. Ahora ha venido mi hermano: mi hermano es un héroe. Quizá no viene a cuento afirmar eso en este post pero a mí me apetecía decirlo. Antes ha venido mi abuela de 94 años que ha dicho que últimamente no oye nada pero que no se va a poner audífono hasta que no sea vieja.

Quinteto

Si en la portada del programa de mano aparece este patrocinador:

y en su interior este elenco de solistas:

entonces no hay duda: acaba de empezar “El quinteto de la muerte” (“The Ladykillers”, 1955) bajo la batuta de Alexander Mackendrick para regocijo nuestro. Anoche tuve la posibilidad de revisarla en su reciente e impecable edición en dvd (qué colorido, Dios mío!). El cine británico vivió en los años 50/60 el apogeo de dos productoras modestas que dieron al mundo una buena porción de títulos inolvidables especializándose en dos géneros específicos: el terror (Hammer) y la comedia (Ealing).

Las comedias de la Ealing poseen unos ingredientes inconfundibles: costumbrismo de campiña inglesa y trenes a vapor, el te a las cinco y policías de mostachos generosos, todo ello aliñado con fina ironía por un equipo de chefs de alta cocina: Charles Crichton, Alexander Mackendrick, etc. Pero de entre todas ellas, “El quinteto de la muerte”, que acaba de cumplir unos estupendos 50 años, brilla con una luz especial. Hay grandes comedias y comedias perfectas. Y aquí todo se mueve impulsado por un engranaje de precisión en el que la inspiración y el talento rezuma en todos y cada uno de sus fotogramas, empezando por el pleno acierto en el reparto y acabando por la feliz dirección de Mackendrick.

La historia nos sitúa en Londres, en 1955. Una dulce anciana, la señorita Wilberforce (Katie Johnson) decide alquilar unas habitaciones de su casita victoriana poniendo un anuncio. Pronto suena el timbre de la puerta. Vayamos a ver quién es:

Es el Profesor Marcus, encarnado de manera grotesca y genial por Alec Guinnes. Viene a alquilar un par de habitaciones para que él y sus amigos puedan ensayar a Bocherini. Encantadores. En realidad, ninguno de ellos es músico. Se trata de una banda de delincuentes que pretenden reunirse para idear un minucioso plan que les lleve a robar las cajas blindadas de unos furgones en la estación del ferrocarril cercana a la casa. Cada tarde, todos ellos llegan con los estuches de sus instrumentos musicales, saludan afectuosamente a la señorita Wilberforce y suben por la escalera hacia la habitación de ensayo donde, tras cerrar la puerta, ponen en marcha un tocadiscos para hacer creer a la inocente ancianita que están entregados al estudio.

Lo que no cuenta ninguno de ellos es que la señorita Wilberforce es una anfitriona muy atenta, demasiado atenta. Con sus pequeños nudillos llama una y otra vez a la puerta, provocando el consiguiente revuelo en la habitación para esconder los planos del atraco y coger los instrumentos musicales antes de abrir y escuchar de la dulce y pausada voz de la ancianita el ofrecimiento de una reconfortante taza de te.

El ofrecimiento va acompañado de largas peroratas que los ladrones escuchan con resignación y forzada cortesía.

Mientras tanto, nosotros apuntamos en la lista de parecidos razonables, no sin cierto asombro, que la señorita Wilberforce tiene un aire indudable a Pepe Isbert.

La comedia posee abundantes “artefactos” de guión típicos del género; pequeños detalles insignificantes que, o bien contribuyen a crear atmósfera (como la música de Bocherini, leit-motiv que se convierte en involuntario y certero retrato musical de la anciana, o que todos los cuadros de la casa estén torcidos debido a que la estructura ha cedido por los bombardeos de la guerra, o que la viejecita tenga que dar unos golpes con el martillo a las cañerias para que salga el agua con la que llenar la tetera) o bien son susceptibles de adquirir una importancia decisiva en el transcurso de la trama, como el paraguas que la señorita Wilberforce siempre olvida (a veces no es conveniente olvidar un paraguas, aunque el hombre del tiempo no anuncie chubascos).

Hay gags memorables, como la reunión de ancianitas parlanchinas que acuden a casa de la protagonista a tomar el te enfundadas en sus sombreros de plumas. Hay un momento en que el espectador no acierta a distinguir entre ellas y los loros que la señorita Wilberforce cuida en su salón. Destaca también la toma en picado de los convoys de mercancias, ángulo que revela a los vagones vacíos como improvisados ataúdes de emergencia. Y destaca igualmente la planificación de las secuencias del robo (que en algunos momentos caricaturiza las convenciones del género mediante encuadres que parecen sacados de una tira de cómic)

“El quinteto de la muerte” es una partitura deliciosa. Los músicos llegan al concierto confiados y dispuestos a interpretarla a la perfección porque la han estudiado a fondo. Pero nadie ha reparado en que la dulce señorita Wilberforce está sentada en la primera fila. ¿Acaso importa? Nunca se sabe. Música, maestro Mackendrick.

Interpretación

Ayer me tomé mi primer día de descanso y, aunque tuve que dar una clase temprano, pasé el resto del día fuera. El día fue espléndido. Regresé en tren, donde pude llegar a cerrar los ojos durante un rato confortado por el vaivén y cuando llegué a casa me vi inmerso en una verdadera pesadilla kafkiana de malentendidos y malinterpretaciones sobre lo escrito aquí el día enterior.

La gente es la hostia.

Al parecer yo me he despedido de mi actividad profesional de manera tajante e irrevocable y la noticia ha corrido como la pólvora precipitando una serie de reacciones que, pudiendo herir la susceptibilidad de alguien (y no me extraña), al final me explotó en toda la cara. Y lo que me faltaba. Yo no sé si me expreso mal o si en este pueblo hay quien me lee a la ligera. Cito:

“Ella va a respetar lo que decida” (me refiero a mi socia)
“¿y qué va a hacer mientras decide? (me refiero a mí)
“¿y qué haría entonces? (me refiero a qué haría yo si abandonara, se entiende)

¿Alguien puede deducir de eso una resolución tajante o más bien un momento crítico de reflexión y replanteamiento? Creo que un simple análisis de primaria nos llevaría a la conclusión de lo segundo. Pero el caso es que no, que al final ha sido la gente la que ha decidido que yo he terminado, ahorrándome cualquier periodo de reflexión. Tiene narices. Por algo dice el tópico que “el artista se debe a su público”. Por supuesto, las decisiones personales parten de uno, diga lo que diga el vecino o el Papa, faltaría más, pero lo más curioso de todo es que de esa gente que ha hecho correr el comentario, nadie, léase bien, nadie, me ha llamado o se ha puesto en contacto conmigo para preguntarme nada, para aclarar dudas, para interesarse siquiera por mi estado, a excepción de las palabras afectuosas y solidarias de Julio. Tiene cojones.

Así que hoy es el primer día de mi exilio interior, si se puede decir así. Pero me he levantado muy tranquilo, y lejos de anular la clase que tenía concertada con María, que se presenta a oposiciones para la Comunidad de Madrid, he decidido iniciar con esa clase este periodo que tanto necesito: de comunicación sin contaminación; de cercanía y tranquilidad. He vuelto a impartir una clase desde el Norte, los lectores a estas alturas saben a qué Norte me refiero. Hemos buscado a Schumann, aunque no estaba en el guión; le hemos escuchado en silencio y después le hemos hecho preguntas; a Schumann le gusta que le hagan preguntas, él mismo se encarga de plantearlas, a media voz. Schumann nos ha recomendado que entráramos en un lied de Schubert, porque Schubert no pregunta, Schubert espera. Y luego hemos hecho el camino de vuelta a casa.

A veces pienso que no me extraña que los alumnos vengan recelosos del exterior. Y empiezo a comprender que los alumnos, aprendan o no, refieran que aquí encuentran al menos tranquilidad. No me estoy colgando ninguna medalla. Lo estoy lamentando profundamente.

Entrevista

EMEJOTA: Buenas noches.
emejota: Buenas noches; no, no se levante por favor, dejémonos de formalidades.
M.J: mientras le esperaba he estado ojeando el “Romancero Gitano” de Lorca. Lo tenía usted encima de la mesa.
m.j: es que de vez en cuando lo utilizo en mis clases. Es muy práctico.
M.J: ¿ah, si?
m.j: si, el “Prendimiento de Antoñito el Camborio” es el mejor tratado de formas musicales que conozco.
M.J: Si no recuerdo mal, decía eso de: “A la mitad del camino/ cortó limones redondos…”
m.j: “…y los fue tirando al agua/ hasta que la puso de oro”. Siento debilidad especial por esos versos.
M.J: ¡Qué casualidad! A mí me pasa igual.
m.j: lógico, usted es una proyección de mí mismo. No pierda los papeles, por favor.
M.J: lo hacía para disimular un poco, comprenda usted. Si se nota que usted y yo somos la misma persona entonces debería revelar que usted utiliza el “Romance de la luna, luna” para explicar los fundamentos del montaje cinematográfico y no sé si eso me gusta mucho, la verdad.
m.j: ¿acaso elegiría un poema mejor?
M.J: no, no es eso. Me refiero a que se supone que debería mostrar, qué se yo, cierta sorpresa ante el hecho, para aportar cierto dinamismo a la entrevista, digámoslo así.
m.j: ahí me ha pillado, quizá tenga razón. A lo mejor tiene que adquirir una pose.
M.J: si quiere, volvemos atrás y hago como que no sé nada.
m.j: no, eso sí que no. Me da pereza volver a escribir todo. Oiga, ¿y por qué no me pregunta qué pinta hablar de montaje cinematográfico en una clase de música?
M.J: me parece bien. Va: ¿qué pinta hablar de montaje si usted da clase de música?
m.j: no, no me gusta así; a ver, ya puestos, póngale un poco más de énfasis. El dinamismo, usted mismo lo ha dicho…
M.J: ¿énfasis?
m.j: sí, utilice un taco si quiere, no pasa nada. Diga “¿y qué coño pinta hablar de montaje en una clase de música?” Y si quiere añada: “a ver, me lo explique, eh?”
M.J: dicho así resulta convicente, ciertamente. Casi me han dado ganas de contestar yo mismo. Pero…
m.j: pero…
M.J: es que no estamos aquí para hablar de Lorca, y usted lo sabe.
m.j: lo sé, pero que conste que es usted el que estaba leyendo a Lorca.
M.J: ahora necesitaríamos a un narrador que informara de que estoy dejando el libro en la mesita de al lado, ¿no?
m.j: eso es fácil, mire.
NARRADOR: ha dejado el libro encima de la mesa y se acomoda en el sillón. Un ligero carraspeo precede al inicio de una conversación.
M.J: Muchas gracias.
m.j: de nada.
M.J: no se ofenda pero se las daba al narrador.
NARRADOR: los narradores no estamos acostumbrados a los agradecimientos y mira que contamos cosas… No sé, me siento un poco azorado, pero, en fin, de nada, a mandar.
m.j: (este narrador es muy educado, se habrá dado cuenta)
M.J: si me habla entre paréntesis no le escucho bien. Oiga, ¿Sabe? Empiezo a sospechar que utiliza estos recursos para despistarme y así ganar tiempo y llegar al final del post sin haber soltado prenda.
m.j: a mí que me registren.
M.J: dígame, ¿ya ha comunicado la noticia?
m.j: de momento sólo a dos personas.
M.J: ¿lo decidió durante el concierto de los niños de Leioa?
m.j: uf, a ver. No exactamente. Digamos que la idea ya estaba dando vueltas en mi cabeza aunque sí, es cierto, los niños de alguna manera me abrieron los ojos.
M.J: entiendo. Usted vio todo aquéllo y comprendió que ese era el momento perfecto para poner punto final a las actividades de Aula Clásica.
m.j: exacto. Creo que es un inmejorable punto final.
M.J: visto así, lo es, desde luego.
m.j: ¿le gustó la actuación?
M.J: ya sabe que sí, no intente pillarme otra vez en un renuncio, me sé mi papel: soy una proyección de usted y todo eso.
m.j: así me gusta.
M.J: ¿y la decisión es irrevocable?
m.j: mire, yo parto de la base de que ahora no estoy en condiciones de tomar una decisión en firme porque no estoy atravesando un momento psicológicamente muy estable que digamos. Estoy atravesando una depresión. Pero creo que hay una relación clara entre mi estado actual y la necesidad de abandonar porque he llegado a una situación insostenible que me ha provocado esta crisis. Y todo tiene su límite.
M.J: ¿y qué opina su socia?
m.j: su actitud ha sido irreprochable porque antes que el negocio y el profesional le preocupa el ser humano. Y le está preocupando mucho. Me conmovió verla emocionada, me conmovió ver que su emoción venía dada por la impotencia de no saber qué hacer para que yo me encontrara confortado. Ante todo quiere que me encuentre bien, que mire por mí. Ella va a respetar lo que decida y lo va a apoyar.
M.J: supongo que las razones que le llevan a tomar esta decisión…
m.j: … son polifónicas y están motivadas porque estoy harto.
M.J: ¿harto de?
m.j: de todo, de que por decir la verdad te conviertas en un ser incómodo y te cierren puertas los concejales, directores, gestores, y rectores de turno. Al final nos hemos quedado solos.
M.J: como los de Tudela.
m.j: es que somos de Tudela, no lo olvide.
M.J: perdone, le he interrumpido con un comentario que quizá no venía a cuento, estaba diciendo usted…
m.j: que no se puede ser honesto, al parecer. Lo de la concejala ayer es sencillamente impresentable y repugnante. Y luego la impotencia de ver una prensa mayoritariamente aborregada y qué se yo, mire, es que no me apetece ni hacer el repaso siquiera, se me están revolviendo las tripas.
M.J: se olvida de las satisfacciones que le ha procurado la gente.
m.j: no, no me olvido. Me llevo un tesoro que para mi queda. La frase más aguda que ha dicho en su vida una “lumbrera” municipal es, cito textualmente, que “a los gestores de aquí nos tenían que dar de hostias”. Lo dice él, que conste. No, la gente no es el problema. Pero no se engañe: también hay mucha hipocresía y en el fondo somos muy individualistas. Cuando se enteren puede que al principio te den palmaditas de ánimo en el hombro y te dirán que qué pena, que lo pienses bien y esas cosas, pero a los tres días ya no se acordarán.
M.J: tampoco lo ponga tan negro.
m.j: lo pongo como es.
M.J: ¿qué es lo que siente?
m.j: en algunos momentos, asco. Y a veces me siento orgulloso de la labor realizada y otras veces siento una lástima profunda por mí mismo, lo cual es bastante lamentable y bochornoso, lo sé. Pero así es.
M.J: tengo entendido que lo último ha sido lo de la concejala…
m.j: no, eso ha sido lo penúltimo; lo último ha sido lo del director, con sus mentiras sistemáticas, que tiene cojones la cosa.
M.J: pues estamos bien.
m.j: no, no estamos bien, usted lo sabe tanto como yo.
M.J: ¿y qué va a hacer mientras decide?
m.j: pues cumplir lo programado. O no. No lo sé, créame. Sólo hay una charla en el horizonte y ya no creo en ella y así no puedo crear. El documental sí, claro, eso sí, eso es otra cosa, aunque hoy, mañana, no, no puedo estar en él. En fín, en este momento no sé nada.
M.J: hmmm, ¿sabe? en el fondo creo que ya lo ha decidido.
m.j: no le puedo decir, en serio. Tal vez. No insista.
M.J: ¿y qué haría entonces?
m.j: regresar a la burbuja de la que salí. Mi circunstancia física me llevó a vivir durante muchos años como en una burbuja: vivir en el mundo pero en la periferia, o quizá fuera de él. “La Idea del Norte”, ya sabe. Le voy a confesar algo: creo que no valgo para vivir fuera.
M.J: pero no le veo a usted conteniendo las ganas de comunicar.
m.j: es que no hay necesidad de contenerlas. Yo me vuelvo a mi burbuja y vuelvo a coger el pico y la pala: escribir, clases con los chavales, con los mayores… Para mí una clase de armonía es un pretexto para hacer una excursión que puede empezar por un preludio de Chopin, efectuar un transbordo al modalismo de una canción de los Beatles y terminar merendando con Antoñito el Camborio. Por ejemplo. Y la haces caminando al ritmo de la persona con la que vas.
M.J: Y eso es algo a lo que usted da mucha importancia.
m.j: exactamente. A mí me importa ante todo la persona que hay en el alumno. Y para eso tenemos que estar los dos frente a frente, solos. De la persona sale el músico. Y si no sale, no pasa nada, pero hay que cuidar a la persona. Eso sobre todo. Educar es una forma de amar.
M.J: ¿puede llamar al narrador? es que debería reseñar este silencio.
m.j: el narrador ha terminado su jornada, lo siento. Trabaja por turnos.
M.J: mire, tómese su tiempo, madure la idea y, si no tiene inconveniente, volvemos a charlar cuando haya alguna novedad, ¿le parece?.
m.j: descuide.
M.J: ¿algo que añadir?
m.j: sí, no me ha devuelto “La carrera del siglo”, así que hoy no le voy a dejar la película siberiana.

Kantika

Kantika korala

Creo que fue Ignacio de Loyola quien dijo que “la admiración produce silencio” y quizá por eso ayer me sentí incapaz de escribir una sola palabra de lo acontecido en el concierto de la Kantika de Leioa. Luego están las emociones: puede que una imagen valga más que mil palabras pero para determinadas emociones el diccionario no tiene palabras. O yo no sé encontrarlas.

Describir lo vivido ayer no es cosa fácil y se acumula en mi memoria como un caleidoscopio hecho de trocitos de momentos: unas palabras de afecto, una mirada tímida, abrazos calurosos, lágrimas de varios colores, sonrisas de colores varios y la muestra palpable y palpitante de que lo de estos chavales es un milagro.

Entrar en el auditorio a primera hora de la tarde y encontrármelos sentados en las butacas con su pequeño equipaje entre las piernas ya me produjo una sensación muy peculiar: todos esos rostros me eran familiares porque los contemplo cada noche en el monitor al final de la jornada y me hacen partícipe de su regalo, aunque desconozco sus nombres. Y ahí estaban. Me sentí como aquella película de Woody Allen en la que la protagonista va diariamente al cine a ver la misma película hasta que un día atraviesa la pantalla y entra dentro de la historia.

Kantika KoralaA partir de ese instante, cada cristalito de color del caleidoscopio de la memoria atesora una historia hermosa: el estupor, compartido por los técnicos presentes, ante la perfecta y armoniosa disciplina en el ensayo; el momento en que me dirigí a ellos para darles la bienvenida y decirles que me acompañan todas las noches un ratito y notar la sorpresa en sus ojos y el atisbo de unas sonrisas; confesarles que me han hecho feliz y que lo agradezco de corazón y que por eso los había traído hasta aquí, para compartir esa felicidad con otras personas; la respuesta a esa confesión en forma de cariñosos aplausos y semblantes sonrientes. Y luego la emoción de la actuación: la alegría de ese Kyrie escrito en lenguaje de jazz, de irresistible belleza; una reprimenda en japonés y una canción escenificada en lenguaje de sordos, “Can you hear me?” (¿Puedes oirme?), que no se refiere a las palabras dichas sino a lo que se dice desde el corazón y que me hizo saltar las lágrimas viendo a aquellos chavales que se llevan una mano al oído y otra al corazón y te miran y yo les contestaba por dentro que sí, que sé de que hablan, cómo no saberlo si les escucho todas las noches porque son el bálsamo que necesita mi corazón.

Luego el pequeño susto por el desmayo de dos niñas (el calor, el esfuerzo; estas criaturas se dejan la piel), la asistencia inmediata, las palabras de consuelo cuando compruebas que el disgusto que se apodera de ellas les duele más que su desfallecimiento. Y el final clamoroso con la sala puesta en pie rendida ante el milagro que estos chicos han hecho posible al hacer de la música una prodigiosa, pura y directa comunicación entre los corazones, consiguiendo uno de esos raros momentos en los que el tipo de música o el acierto en la interpretación son cosas que pasan a un segundo plano porque lo que importa verdaderamente en esos instantes es la vivencia gozosa de un hecho irrepetible. Perderse momentos así, por escasos, es algo a lamentar.

Después, en el lunch, lo primero que buscas con la mirada es a esa criatura y te asombra y te regocija encontrártelo correteando entre risas con un bocadilllo en la mano. Y al pasar a tu lado se detiene y te sonríe. Y así podría seguir mostrando una infinidad de cristalitos de colores de este caleidoscopio de emociones (cada cristalito conteniendo su particular historia: la expresiva timidez de Ander, el piano que extrae Itziar del piano sin que el piano se de cuenta) que la visita de ayer ha provocado en mi interior y que va a dejar en mí, estoy convencido, una huella imborrable.

Al final descubrí que alguno de ellos se llevó del atril desde el que presenté el concierto el par de folios donde había anotado unas palabras. En ellas citaba el encabezamiento del post que les dediqué en su momento: “Yo lo veía todo negro hasta que Basilio Astúlez y su coro de colores apareció en la pantalla del televisor”. Hoy este blog lleva registradas, hasta el momento, 21 entradas desde Bilbao. Todas vienen de Google mediante las cadenas de palabras “Yo lo veía todo negro Kantika”; “Yo lo veía todo negro colores tudela” y similares. Y me he reído mucho.

Enhorabuena y gracias por todo, chicos. Gracias por la visita de ayer; gracias por las visitas que habéis efectuado antes a otros lugares y gracias por lo que llevaréis al corazón de la gente que en el futuro tenga la suerte de encontraros en el camino. Yo os seguiré viendo todas las noches en el monitor.

Retorno

Ya estoy de vuelta, al menos de momento. Estoy atravesando un pequeño episodio depresivo que no me pilla de nuevo pero no por eso debo descuidar. En esta ocasión no encuentro una causa clara que lo justifique y eso es algo que me intriga, aunque no me inquieta. En el fondo me siento tranquilo, aunque con los vaivenes típicos de una situación así. Ayer llamé a una psicóloga en la que tengo mucha confianza y me encontré sin quererlo con un gag de Woody Allen: resulta que la psicóloga también está mal, lo cual es el colmo. No digo que los psicólogos no puedan estar malos, los pobres, pero también es casualidad, coño. A mí es que este tipo de cosas me pasan. Siempre. Yo lo siento por la psicóloga (su mal es físico) pero, en fin, permítaseme el egoismo, lo siento sobre todo por mí.

Por teléfono me preguntó si le podía decir por encima de qué se trataba y yo le dije que esa era el problema: que no sé realmente de qué se trata, pero que las emociones se me disparan, inesperadamente, ante detalles cotidianos y que siento el peso de una profunda tristeza cuya causa no acierto a encontrar. Es como si me sintiera de duelo pero sin duelo, no sé si me explico. Ella me dijo con su voz pausada y tranquilizadora que me explicaba perfectamente y me recomendó recurrir a un colega dado que se encontraba en cama. Yo le respondí que si me encontraba peor lo haría pero le pedí que cuando se recupere que me llame. Lo haré, no te preocupes. Gracias. De nada, hombre. Click. A veces algo te dice por dentro cuáles son las manos más adecuadas en las que ponerte.

Ayer me quedé sin palabras. Hoy no. Y me siento mejor, lo cual es un alivio dado que mañana tenemos que afrontar un día duro: viene el coro de colores de Leioa. Llevo mucho tiempo esperando con ilusión el momento de vivir en directo y de compartir con la gente ese bálsamo para el corazón que veo noche tras noche, antes de acostarme, en el dvd que tengo de ellos. Podría pensarse que, dada mi circunstancia actual, la cosa llega en un momento no muy oportuno pero mi sensación es justamente la contraria: tengo la convicción de que la experiencia me va a resultar reconfortante. La música es un milagro que pone en comunicación algo que sale del corazón y que, de manera invisible pero poderosa, llega a otros corazones. Y los conforta. Y sé que de esas cosas los chavales de Basilio Astúlez saben un rato.

Me estoy tomando las cosas con calma y estoy procurando descansar más. Acabo de redactar unas líneas para la presentación de mañana: breves, sinceras, afectuosas. Los comentarios al post sobre el Día de Internet los iré contestando poco a poco y las cosas que se quedan en el tintero irán tomando forma de post. En estos momentos me siento tranquilo y nada triste y las emociones están en su sitio. No es poca cosa. Las mismas emociones me dicen que mande abrazos y gratitud sincera a muchas personas y que ahora lo mejor es escribir un punto (especificando que es un punto y seguido) y que lo dibuje .

Internet

Hoy es el día de Internet. Ayer no. Mañana tampoco. Es hoy, por lo visto. Supongo que sería ingenuo esperar que Telefónica nos diera el día gratis, o diera mayor velocidad a la cosa, qué se yo. Y lo mismo para las demás compañías. Yo el único “día de” que celebro es la tarde de Julio en la que en el transcurso de una excursión en barca, Carroll comenzó a contar a las hermanas Liddell su Alicia. Yo esa tarde me pongo un poco melancólico, una cosa un poco extraña, lo sé. En fin.

Pero hoy es el día de Internet y me gustaría aprovechar la ocasión para reflexionar sobre un curioso detalle que he observado tras casi un año de experiencia en la blogosfera. La blogosfera impone un férreo sistema diplomático que me desconcierta porque tras su apariencia de cortesía deja una sombra gris que no me termina de gustar. Nada. Me explico: uno va descubriendo blogs y en algunos de ellos encuentra determinadas afinidades que te hacen poner una señal en el mapa, para poder volver. Pero no siempre hay tiempo: hay épocas del año en las que puedes navegar tranquilamente pero hay otras en que te es imposible y entonces descubres un fenómeno curiosísimo: si tú durante un tiempo no comentas en un determinado blog hay muchas probabilidades de que contigo hagan lo mismo. Lógico, pensarán algunos. Pues yo no lo veo tan lógico, aunque sí respetable, por supuesto. A mí lo que me da que pensar es que entonces hay quien te escribe por un interés que no tiene que ver precisamente con lo que expones, sino para asegurarse un share de audiencia a base de diplomacia hueca. Y eso me llama mucho la atención, de verdad. Personamente me afectaría más que alguien comentara por ese motivo que el que dejara de hacerlo.

Por supuesto hay excepciones y hay quien incluso te sigue a sabiendas de que tú no le sigues, sin importarle si tu falta de seguimiento se debe a falta de tiempo o a otra razón, que todo puede ser, para gustos colores. Es lógico pensar igualmente que si uno atraviesa una época de mayor ocupación y, por tanto, menor disponibilidad, u otras causas que le hacen estar con la cabeza en otro sitio, a las otras personas les pueda pasar lo mismo. Vivimos en un mundo muy apresurado. Pero aun con todo es llamativo que, por regla general, tu estrés coincida con el de los otros, vaya ésto con toda la ironía afectuosa del mundo, porque es que coincide, oye: dejas de escribir, te dejan de escribir. Matemático. Que ese efecto no pase desapercibido no supone que me lo tome a mal (sigo manteniendo mi lista de blogs favoritos intacta, aunque en estos momentos no tenga la cabeza en ellos) y me gustaría pensar que esta reflexión no va a ser tomada negativamente; es más, estoy seguro de que por dentro nos vamos a decir “es verdad, esto hacemos”.

A mí me gusta ser claro: hace tiempo que no salgo de visita, al menos no me es posible con la atención y la asiduidad que quisiera. De este paréntesis temporal seguro que volveré echando de menos a algunos pero también descubriré, es normal, que algunos de los vecinos de al lado han tomado un rumbo diferente a cuando los dejaste y en el que a lo mejor ya no encajas tanto (o viceversa). Y no pasa nada. Pero mientras tanto, a mi me sigue tranquilizando pensar que hay gente que está ahí, aunque no les hayas puesto nunca rostro: me tranquiliza saber que ahí está Ferre, con su exquisita meticulosidad y su preocupación por ponerse siempre en el lugar del lector para conseguir transmitir la información con eficacia; me tranquiliza saber que Daniel Naranjo es un poeta que sigue haciendo poemas de papel y palabras, y en ocasiones imagino que me atrevo a pedirle un verso plegado ocho veces con la rima que él quiera. Me tranquilizan las frases de Victoria, enmarcadas en espacios en blanco, y los puntos y aparte de la séptima madrugada y me tranquiliza igualmente saber que allí esta Bart Collins, siempre bien temperado, aunque el dedo índice no sea suyo (él ya sabe a qué me refiero). No sigo porque no me gustaría que nadie se sintiera excluído. No estoy, estando. De momento. Pero vaya un abrazo cordial para todos en este día.