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Mudanza 12 abril, 2006

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentarios , trackback

Estoy de mudanza. Cambio de ordenador. Desde hace unos minutos ya tengo conexión a Internet, lo digo como alguien que se cambia de casa y al que le hace ilusión decir “ya tengo luz” o “ya tengo agua corriente”. Pues así es. Lo demás te lo puedes imaginar: es una locura. Cambiar de ordenador es como cambiar de domicilio, todo se acumula en cajas que luego, poco a poco, deberás ir colocando en su nuevo destino. En una mudanza ocurre que encuentras aquellas cosas que estaban tan al fondo, olvidadas por completo, que sólo hacen notar su presencia con cierta mirada de reproche cuando has vaciado todo y sólo quedan las cuatro paredes y cualquier movimiento que haces produce eco. Mudar de ordenador tiene algo de ejercicio de arqueología, por la de cosas antiguas y perdidas que te encuentras de sopetón. Si no fuera por eso daría mucha pereza. Y luego viene la fase de adaptación al nuevo hogar. Para empezar, el ratón hace click con una dulzura atractiva y el teclado tiene las teclas negras como un clavecín (el otro las tenía blancas). Su pulsación es silenciosa y segura, y de momento eso me despista un poco porque mientras escribo este post se me ha deslizado alguna nota falsa por no estar concentrado. Quiero aprovechar estos días de fiesta para hacer la mudanza completa (otra expresión típica de quien se muda de casa, ¿ves?). De momento, voy y vengo de una máquina a otra y espero recuperar la normalidad en breve.

Radiografía 10 abril, 2006

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Me siento algo desconcertado, es verdad. He ido al médico a última hora de la tarde porque sentía un molesto dolor en la muñeca derecha que surgió cuando el otro día, al terminar de estudiar en el piano, de la manera más tonta, hice un mal movimiento con la mano al ir a coger el volumen de las Sonatas de Mozart. El dolor desapareció pero hoy ha vuelto y se ha presentado de manera no precisamente amable. El traumatólogo ha dicho que tenía toda la pinta de ser un pequeño esguince y yo le he manifestado mi preocupación porque el martes que viene tengo que tocar. ¿Con esas manos?, ha preguntado, incrédulo. Pues sí, con estas manos. Y el rollo de siempre: que es técnicamente imposible que alguien pueda tocar el piano con esas manos. Y yo le he respondido con mi propio rollo de siempre: que desde que perdí las manos encontré mi sitio ante el piano y que estoy muy cómodo, de verdad. De hecho, le he dicho que toco la integral de las Sonatas de Mozart, menos una, puñetera, y que vale, no seré Brendel, pero que a mis 36 años considero que tengo criterio suficiente para saber que no estoy haciendo una chapuza. El hombre se ha encogido de hombros mientras certificaba que ninguna de las 8 prótesis funciona ya, cosa que, lo reconozco, me ha sorprendido: yo pensaba que alguna todavia lo hacía.

Volviendo al asunto de la muñeca, el médico ha dicho que seguramente era un pequeño esguince pero que me iba a hacer una radiografía para echar un vistazo y cuando se la ha traído la enfermera se ha llevado las manos a la cabeza. Al parecer, mi muñeca está peor que mis dedos; es más, ha dicho que si no fuera porque me tenía delante, viéndome mover la muñeca arriba y abajo sin ningún problema, aseguraría a la vista de la imagen que examinaba al trasluz que el dueño de esa mano no podría articular apenas movimiento alguno. Ha llamado a dos colegas que nada más entrar y sin necesidad de indicación alguna han dirigido su mirada hacia la pantallita blanca desde donde se exhibía la radiografía: uno ha dicho “Madre mía” y el otro “ufff”, con tre efes por lo menos.

Por mi parte yo no sentía ni frío ni calor, no sé si me explico, era como si hablaran de otro pero, al mismo tiempo, pensaba que debería empezar a intranquilizarme, sobre todo cuando han dicho que debía evitar caerme, o por lo menos evitar echar las manos hacia adelante para amortiguar el golpe dado que a la suma de desastres que veían en la imagen había que añadir una osteoporosis galopante que convertía mi muñeca en algo parecido a una figurita de porcelana. Les he preguntado que si la cosa estaba tan mal, cómo era posible que yo pudiera tocar y el médico se ha señalado la cabeza y ha pronunciado la palabra “voluntad”, añadiendo que para mí tocar el piano debía ser una necesidad tan grande que la cabeza se las había arreglado para adaptar las manos al teclado de manera que pudiera seguir haciéndolo, a pesar de las circunstancias. Si ese instante hubiera formado parte de un telefilme americano, yo me habría sentido poco menos que un héroe pero, para ser sinceros, me ha entrado cierta angustia y unas ganas repentinas de llorar que he reprimido yendo al grano: ¿hay posibilidad de estar en condiciones el martes de tocar el piano? Y el médico me ha respondido diciendo que si me veo capaz, que adelante, que lo haga, porque mis manos tienen los días contados.

Si lo piensas resulta extraño: yo he ido al médico con un dolor en la muñeca, un pequeño pero afilado aguijón perfectamente localizado, y he salido con la muñeca a punto de hacerse añicos e inmovilizada por un artilugio que es el responsable de que este post lo esté contando despacito (estoy tecleando a-s-í, v-e-s?). Es una forma de hablar, claro, en realidad yo ya sé que he entrado con la muñeca en esas condiciones… con la salvedad de que no lo sabía. Por mi parte le he dicho al médico que si según su teoría ha sido mi fuerza de voluntad o una fuerte necesidad interior la que me ha llevado a seguir usando las manos contra todo pronóstico, lo que acababa de oir no tenía porqué afectar un ápice mis hábitos. No ha contestado.

Yo no me engaño: sé que la enfermedad tiene las cartas ganadoras, las tiene desde el principio de la partida pero para mí, pulsar una tecla es tan importante como respirar, de alguna forma es lo que me mantiene en pie. Mi corazón late (blanca, negra, blanca, negra) a 88 pulsaciones (una por tecla del piano). Y esa es mi carta comodín, que guardaré celosamente entre mis manos hasta el día en que no pueda evitar que se resbale y caiga al suelo. Y yo soy muy testarudo. Pero mucho.

Estoy bien, de verdad.

Graduación 9 abril, 2006

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Pongamos que es el viernes por la mañana y que Sergio me ha citado en una cafetería. Mientras le esperamos podemos hacer memoria:

(click)

Mientras recordabas ha llegado Sergio, que se ha quitado sonriente sus gafas de sol y las ha dejado encima de la mesa y hemos pedido dos coca colas (light). Nos ha dado incluso tiempo a intercambiar algunas frases (Sergio es muy puntual siempre) y como sigue siendo viernes por la mañana igual debería recurrir de aquí en adelante a redactar el post en pasado pero creo que no lo voy a hacer, quizá porque lo sucedido sigue rondando mi cabeza como si acabara de pasar. De alguna manera tengo la sensación de que todavía me estoy llevando el vaso de coca cola a la boca cuando, inesperadamente, Sergio deja caer, como de pasada, apresuradamente, mirando para otro lado, que la semana anterior fue su graduación y que no me quiso avisar y el cubito de hielo me enfría el labio superior mientras en el resto del cuerpo noto como si me acabaran de echar un jarro de agua fría pero intento disimular normalidad (torpemente, todo sea dicho) interesado por obtener respuesta a esta pregunta:

¿Preferías que no fuera a tu graduación?

La pregunta está formulada sin ninguna intención aviesa, lo escribo con una mano en el teclado y otra en el corazón, sino que está hecha con el objeto de conocer su opinión desde el respeto a su decisión. Y Sergio responde que claro que quería que fuera y para mi sorpresa se me pone a llorar. Y yo intento poner todo el afecto tranquilizador del que soy capaz en la siguiente pregunta: ¿y entonces por qué no me dijiste nada, hombre? Y el jodido de él me dice que por si me daba un mareo en el viaje, y yo me quedo unos segundos mirando como un imbécil por la cristalera de la cafetería viendo cómo unas mamás llevan sus carritos de bebé por el parque sin capacidad de reacción.

No sé qué es lo que me ha paralizado del todo: si lo imprevisto del anuncio, la decepción consiguiente, después de años imaginando pasar juntos ese momento tras tantos momentos difíciles, la sorpresa por la contradictoria respuesta, el estupor por la justificación (por si te mareas en el viaje) que te indigna un poco y no te indigna nada, no podría indignarte porque viene de Sergio, o quizá, en fin, porque ahí delante tengo a un hombre hecho y derecho tapándose la cara con las manos y se me ha puesto un nudo en la garganta. Pero hay que actuar.

A veces las cosas son difíciles, muy difíciles de hacer, pero no queda otro remedio. Tengo que hacerle ver muchas cosas a la vez a Sergio y hacerlo con tacto: por un lado tengo que echar mano a la ironía afectuosa aunque sea para tranquilizarle, eso lo primero, y le digo que el mareo le daría en todo caso a él de las dos collejas que se merecía, y consigo que dibuje una sonrisa. Luego le digo que no se equivoque, y se lo digo serio y mirándole fijamente: una cosa es estar enfermo, y otra es ser débil, no lo olvides. Ya lo sé, dice él. No, por lo que veo no lo sabes, le digo yo, así que grábatelo, ¿entendido? Y dice que sí con la cabeza, ya más tranquilo, y dice por lo bajini que ha metido la pata. Y yo no le quito la razón, no puedo hacerlo porque yo siempre le he sido sincero a Sergio, ha sido una prioridad en la que he puesto siempre un empeño especial junto a la de evitar entrometerme en su vida. Así que le digo la verdad: que me he disgustado, y me he disgustado porque él me ha dicho que hubiera querido que yo estara presente en ese momento tan importante y porque a mí me hubiera gustado estar allí, arropándole con el aplauso y un abrazo poniendo colofón a una etapa que no ha estado exenta de dificultades y en la que las personas que siempre hemos creído en él hemos estado a su lado, apoyándole.

Y no le digo todo esto para cargarle de un sentimiento de culpa, sentimiento al que Sergio es propenso, lo sé bien y sé lo que eso le hace sufrir, sino para hacerle comprender que tiene tendencia a controlar los hilos del mundo sin dejar opción a los demás porque le da miedo que pueda ocurrir algo que escape de su control. Y debe empezar a darse cuenta de que el mundo no lo puede controlar uno mismo, en primer lugar porque es inútil, las cosas vendrán cuando tengan que venir, y en segundo lugar porque actuar sistemáticamente de esa manera tiene la consecuencia de que cuando vengan las cosas imprevistas te pillan sin defensas.

Así que efectivamente, ha hecho mal, se lo digo, y también le digo que yo no voy por ahí mareándome, coño, y que si le suelto ese sermón es porque le considero como mi hermano y él lo sabe y que, como tal, tengo que serle sincero y decirle que me ha disgustado, pero también que no se lo tengo en cuenta. Y puedo jurar que ambas cosas son verdad: lo de mi disgusto, no pequeño, y lo de que no se lo tengo en cuenta, cómo tenérselo en cuenta sobre todo cuando me viene a la cabeza esa expresión suya: “por si te mareabas en el viaje” que al mismo tiempo que te hace sonreir por su inocencia, te pone de mala leche y te parte el corazón en trocitos minúsculos de cristal que quedan ahí, esparcidos debajo de la mesa el viernes por la mañana en la que Sergio suelta aquello que tenía atascado por dentro desde hace días según me dice cuando caminamos de regreso a casa (y le creo, porque le conozco). A mí me conforta comprobar que se marcha tranquilizado. Antes le he dicho que le tocaba invitar a las coca colas porque igual al levantarme al mostrador me daba un mareo y se ha reído.

Sergio tenía 11 o 12 años cuando un día me preguntó si yo me iba a morir y sin darme tiempo a responder me dijo que por favor que no.

Vacaciones 7 abril, 2006

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A partir de hoy, con la llegada de las vacaciones, nos quedamos cuatro gatos en este blog. Quizá sea el momento propicio para quitarse los zapatos, bajar la luz y hablar a media voz. En momentos así o se dicen otras cosas o se dicen de distinta manera. Podemos probar.

Visita 6 abril, 2006

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Jesús CarrozaAyer estuvo por aquí Jesús Carroza. Vino acompañado de su madre para participar en un coloquio tras la proyección de “7 vírgenes”, película que abría la Muestra de Cine Español. Es sobradamente conocida mi predilección por esta película pero ayer había un problema: yo estaba a 75 kilómetros. Había otro problema: aunque hubiera estado en casa, yo a ese cine no voy. Que no. Me da grima. La primera y última vez que fuí, agárrate, fue para ver “Wall Street” allá por 1987. Y suficiente. Y para colmo, en ese cine pasa como en la canción de Serrat, la de los fantasmas del Roxy. Imagínate que vas a por palomitas y se te aparece uno, qué haces, a ver, porque hace tiempo que perdí el teléfono de Tristanbraker, mítico cazafantasmas celtibérico. Yo no estoy para sustos. Así que le pedí a mi amigo Julio que le sacara alguna foto para ponerla en el blog y como Julio es buen amigo pues dicho y hecho.

Es curioso que entre las cosas que tenía previstas hacer ayer a 75 kilómetros de casa estaba comprar el dvd de la película, recién salido a la calle. Desde allí (desde el dvd, no desde la calle), Alberto Rodríguez, su director, dice cosas muy interesantes. Le decía yo hoy a Julio que hay una tendencia general a que prime la forma sobre el fondo; y no es que eso sea de por sí malo pero es que con demasiada frecuencia el virtuosismo formal enmascara la ausencia de contenido. Lo que más admiro del trabajo de Rodríguez es que mientras muchos de sus colegas jóvenes parecen tener puesta la cabeza en todo momento en la facturación del conjunto, él la tiene puesta en el instante, y espera paciente sin bajar la guardia porque intuye que ahí hay algo especial.

Ayer decía él en el mismo monitor desde el que anoto este post que en “7 vírgenes” comprendió que tenía que poner la técnica al servicio de los actores, porque no eran tales, y que habría sido un error someterlos a los dictámenes de la técnica: no habría podido sacar de ellos lo que sacó, que no es ni más ni menos que la verdad y el alma. Yo creo que Rohmer habría dicho entonces, “esto me suena de algo a mí”. El alma se escondía allí y cuando se sintió descubierta por el paciente y sagaz Rodríguez le hizo el favor de quedarse en la presencia pétrea de Ana Wagener (“no hagas ruido al salir”), en esos pies que asoman de un colchón en la terraza de un amanecer abrasado de Sevilla, en la sonrisa de Ballesta al contemplar silencioso a su chica, en la estampa de la abuela mirando la tele (olor a abuela y a cuarto estar sombreado), en la figura estática y nítida de esos novios intuída al fondo del plano atravesado por ráfagas borrosas de baile y alegría de invitados a la fiesta (secuencia genial como genial es la secuencia del edificio en construcción) y en la vibración mágica que impregna la relación entre el Richi y el Tano, sobre todo. Y en tantas cosas más.

Me dice Julio que a Carroza le están dando clases de dicción pero que Rodríguez le ha desaconsejado que de clases de interpretación para no ahogar al duende. Estupendo consejo. Yo sigo pensando que la carrera de Carroza posiblemente empiece y acabe aquí. La primera vez que lo escribí recibí mails de jovencitas airadas poniéndome verde; yo las comprendo (el apasionamiento es lo que tiene), son ellas las que no me comprenden a mí, pero es que creo que debería ser así porque Carroza es el Richi y el Richi es Carroza. A ver si le dejan dejarse. A ver si se deja dejarse. Difícil.
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Enlaces relacionados: Reconocimiento

Bergman 5 abril, 2006

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La Flauta Mágica de BergmanSi alguien tiene curiosidad por ponerle voz y rostro a estas líneas, queda emplazado en el Foro de la FNAC de Zaragoza el próximo mes de Mayo, en fecha que se concretará en breve. Voy a tener oportunidad de hablar allí sobre la adaptación cinematográfica de “La Flauta mágica” de Mozart que el director sueco Ingmar Bergman realizó en 1975 y que acaba de salir en dvd dentro de la colección “Filmoteca FNAC”. El proyecto me resulta muy estimulante. Pretendo ocuparme por separado de las cuestiones musicales y escénicas que plantea la obra para interrelacionarlas posteriormente poniendo de relieve, de esta manera, la función de Bergman como verdadero intérprete de esta partitura.

El papel de Bergman en este sentido es muy interesante: él, hombre de teatro y de cine, se enfrenta al reto de traducir al lenguaje fílmico una representación escénica sin traicionar los principios de ésta pero sin desaprovechar los recursos de aquél. El espacio escénico teatral es limitado, el cinematográfico es infinito. Conjugar hábilmente ambos es una tarea que a Bergman, sin duda, le debió resultar apasionante, como apasionante nos resulta a nosotros descubrir, desde los primeros compases de la obertura, que el realizador delega en una pequeña espectadora que asiste a la representación (elegida mediante un leve zoom entre el mar de rostros que se asoman a la pantalla) una misión importante: es a través de la mirada inocente y embelesada de una niña por donde podremos acceder a este cuento de hadas, con todo lo que ello supone. Al decidirlo así, Bergman se decanta por una versión muy particular de la historia que opera por reducción en favor de la sencillez de las emociones puras. Es un matiz esencial a tener en cuenta. Los cuentos de hadas hay que vivirlos con corazón de niño.

Tuteo 4 abril, 2006

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Segundo día de estudio en el Yamaha y se puede decir que ya nos tuteamos. La sesión, sin embargo, no ha estado exenta de problemas: se me ha desenfocado la imagen del tacto. Me acababa de dar cuenta cuando ha sonado el móvil y era Javier que llamaba desde la escuela de música. “¡Hola!, ¿dónde estás?” y yo, “en tu casa”. Y nos hemos reído, claro, porque la situación era un poco surrealista.

Le he preguntado si se había dejado algo encendido en la cocina o si había que programar el vídeo o algo así y me ha dicho que no, que era por si todavía no había salido de mi casa para que le dejara un cd que iba a necesitar esta semana para un alumno pero que daba igual, que no había prisa, que mañana si eso. Yo le he explicado que hoy había ido pronto porque a media tarde tenía clase con Pablo y él me ha preguntado que cómo iba la cosa y es entonces cuando le he dicho: “pues mal porque se me acaba de desenfocar la imagen del tacto”. Javier está acostumbrado a estas cosas mías pero entiendo que es lógico que haya preguntado “¿Y esa qué imagen es?”.

En realidad no es ninguna imagen sino que se trata de una metáfora que yo utilizo. Es como cuando vas a sacar una fotografía y tienes centrada y enfocada la imagen y de pronto algo se mueve y se te desenfoca y el resultado lo ves borroso. Pues esto es algo parecido pero aplicado al tacto: la música está ahí, sigue sonando y podría seguir haciéndolo pero el problema es que si la sensación táctil se vuelve difusa y no es la esperada, me desconcentro y más pronto o más tarde (más pronto que tarde) empiezan a salir agujeros por todas partes. A eso le llamo yo desenfocar la imagen táctil. Es algo que, por inevitable, no deja de sacarme de quicio. Lo novedoso esta vez es que ha sucedido demasiado pronto así que mañana habrá que librar. Cuando ocurre eso hay que parar y luego vuelves y como si nada hubiera ocurrido. Lo tengo comprobado.

En los años en los que estudiaba la carrera de piano me intrigaba muchísimo que cuando más estudiaba, peor me salían las cosas. Era desesperante. Pero con el tiempo comprendí la razón: mis manos necesitan sentir la obra nueva, pero sentirla en el sentido literal, transitándola a lo largo del teclado. El estímulo que me lleva a obtener una interpretación que considero satisfactoria lo obtengo del descubrimiento, de la sorpresa inicial. La rutina la llevo fatal, la costumbre me desmorona todo el tinglado, así que tengo que parar, tomar distancia para hacer borrón y cuenta nueva y poder volver para redescubrir la obra con el tacto. Yo sería incapaz de estudiar horas y horas todos los días. Imposible. Nunca lo hice. Reconozco que soy un pìanista atípico; de hecho, en realidad creo que no soy pianista porque me da a mí que no cumplo los requisitos convencionales. Si he de ser sincero, tampoco me importa.

De todas formas, la tarde no ha sido en modo alguno infructuosa. Como tenía que estar pronto en casa para la clase de Pablo le he pedido a mi hermano que me recogiera con el coche y mientras le esperaba, ya con la cazadora puesta, cerrada la caja de resonancia del piano, me he sentado jugueteando con los dedos y de esa sonoridad apagada ha surgido, perfectamente nítida, la imagen de la Sonata K. 570, primer tiempo, haciéndome sentir un cosquilleo en las sienes. Esa sonoridad atenuada ha contribuído a fijar la imagen en la retina de los dedos, cuyo nervio óptico ha vibrado por todo el cuerpo. Interesante descubrimiento. Porque me esperaban mi hermano y Pablo que si no… Lo curioso es que la K. 570 no estaba en el repertorio previsto. ¿Debería estar sustituyendo a alguna otra pieza? Tengo que pensarlo, pero de momento mañana toca descanso, eso seguro. Y, por supuesto, los días anteriores de la grabación habrá que dejar el repertorio en cuarentena, como si lo viera.

Contacto 3 abril, 2006

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Esta tarde he tenido la primera toma de contacto con el instrumento que tocaré para las filmaciones Mozart. Es un Yamaha de cola que ocupa el amplio y luminoso salón de la casa de Javier y Mila, rodeado de un jardín en el que ha empezado a estallar la primavera. La adaptación al instrumento es en este caso especialmente necesaria por el problema que afecta a mis manos y porque por esa misma razón me he visto obligado en los últimos años a tocar en un piano digital.

Javier y Mila están fuera hasta la hora de la cena pero ayer tuvieron que meterme en el bolsillo las llaves de su casa para que fuera a estudiar cuando quisiese. Digo que tuvieron que meterme las llaves en el bolsillo porque, aunque nos une una gran amistad y tengo con ellos mucha confianza, me dio cierto pudor, la verdad. Sobre todo les insistí que avisaran a los vecinos, más que nada porque imagínate que me ven entrar y se piensan que voy a asaltar la casa o qué se yo. Yo siempre pienso las mayores calamidades. Por si acaso, hoy a las 3 de la tarde les he llamado por teléfono y le he preguntado a Mila: ¿le has dicho a tu cuñado que voy a ir esta tarde? (su cuñado vive justo al lado) y ella me ha respondido con otra pregunta (y un suspiro de resignación): ¿y a tu madre no se le ocurrió ponerte de nombre Prudencio?, a lo que yo he respondido, a su vez, con una nueva pregunta: ¿pero le has dicho o no?.

Cuando he abierto la puerta que da paso al jardín, a eso de las 5, he sentido una sensación algo incómoda, un cosquilleo detrás de las orejas, y he notado que avanzaba con sigilo y al advertirlo me he sentido un poco ridículo. Pero ha sido entrar a la casa y encontrármela toda soleada y vacía lo que más me ha llamado la atención. Era muy raro: la puerta de la cocina entornada, el silencio, como si se tratara de una de esas escenas de película fantástica en la que el protagonista se despierta y resulta que no hay nadie en el mundo. He entrado en el salón y me he sentado al piano. Sentado al piano te sientes más seguro y lo ves todo desde una perspectiva más familiar. Para empezar, he escuchado el canto de los pájaros que venía del exterior, atenuado, y que armonizaba perfectamente con el silencio de dentro. Y enseguida me he puesto manos a la obra (nunca mejor dicho).

Tres horas largas. Lo que oyes. Estoy hecho un chaval (por animarme que no quede). Ha sido agotador y maravilloso, una experiencia de lo más estimulante reconquistar el territorio táctil y el paisaje sonoro de un piano acústico. En el proceso de adaptación a un instrumento entran en juego muchas variables: tienes que conocerlo y él te tiene que conocer a tí, y de ese conocimiento mutuo hay que sacar provecho. Es una cuestión de estrategia. Al mismo tiempo hay que adaptarse a la acústica del lugar y a su amparo hay que pulir las frases, redondear los finales, buscarle acomodo a los silencios.

Tres horas largas de tirón, aprovechadas hasta el último minuto; tres horas largas que se han hecho cortas. Pero hay que dosificarse y no forzar las manos, dadas las circunstancias. Me he venido dando un largo paseo (Javier y Mila viven a las afueras de la ciudad) aprovechando la tarde tan estupenda que hacía y reflexionando sobre los pasos a seguir una vez conocido el terreno por el que tengo que transitar para recrear la música de Mozart. Pero sobre todo he sentido la satisfacción de experimentar el cansancio físico. Sí, sé que así, dicho de sopetón, suena raro. Pero es que yo sé lo que es llegar a envidiar esa sensación: la del cansancio físico provocado por el esfuerzo. Yo conocí, a mis 18 años, lo que suponía no poder vestirme por mí mismo, la impotencia de no poder cruzar la calle a comprar el periódico y aprendí a considerar como una heroicidad lograr alcanzar el otro extremo del pasillo (esto último era un esfuerzo pero de índole muy diferente y además sabía amargo). Por eso hoy he recorrido el largo trayecto de vuelta respirando profundamente el aire del atardecer soleado y contento, muy contento por haber tenido la suerte de pasar tres horas recuperando placeres olvidados trabajando duro. Cuando he llegado a casa me he dejado caer en el sofá felizmente agotado y sintiendo el reconfortante alivio del reposo. Para mí, en eso consiste ser afortunado.

Arquitectura 2 abril, 2006

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Hace 25 años, mientras Christopher Reeve surcaba los cielos de Nueva York como Supermán, Alan Parker comenzaba a rodar el musical “Fama” a partir de un guión de Christopher Gore. Su hermano Michael había escrito para la ocasión un puñado de canciones maestras. Aparte de su notable inspiración melódica, de Gore me llamó mucho la atención el uso que hacía del piano en dos aspectos: la elegancia de su escritura, sobre todo en los enlaces que proporcionan relleno y continuidad a las pausas de la voz, y su tendencia a utilizarlo como si de un instrumento de percusión se tratara. Ambas cosas pueden apreciarse con nitidez en la parte instrumental que acompaña a Irene Cara en la maravillosa “Out Here On My Own”. El tratamiento percusivo del piano puede apreciarse igualmente en otros temas que aparecen en la película y que no son de Gore (como el impresionante “Never Alone”, a cargo del Contemporary Gospel Chorus de la Escuela Superior de Música de N.Y, escenario de la historia) pero que, con toda probabilidad, fueron seleccionados por él.

Cuando el vinilo de la banda sonora salió al mercado traía consigo una sorpresa deliciosa: el breve solo de piano “Ralph and Monty (Dressing room piano)”, que Gore se reservó para interpretarlo personalmente y que en la película pasa desapercibido al fondo de una conversación. Descubrir la arquitectura de esta preciosa miniatura hace que la escuchemos con mayor placer así que merece la pena ponernos a ello. Para ello necesitamos hacer click para descargar el archivo de audio aquí (mp3, 0,98MB, 1 min. 26 seg).

Es interesante que escuchemos la pieza al menos una vez antes de adentrarnos en ella.

¿Hecho? Muy bien, ahora ya podemos examinarla: Gore estructura la obra a partir de dos bloques sonoros diferenciados. El primero es un bloque de acordes (escritura vertical, de carácter estático) y el segundo se despliega melódicamente (escritura horizontal, de carácter dinámico puesto que avanza hacia adelante con fluidez) buscando un deliberado contraste.

Observemos las dos primeras notas con las que se abre la pieza, notas de apariencia trivial pero de significado esencial: son el motivo principal de la obra, que terminará por cohesionar el conjunto. En este sentido es significativa la reiteración con la que Gore vuelve una, dos y hasta tres veces sobre ellas en los primeros 15 segundos. Está llamando nuestra atención sobre ellas. Todavía puede identificarse un cuarto intento de repetición que queda truncado hacia el segundo 22 con la entrada de la nueva sección, melódica, pegadiza, que funciona como estribillo de la pieza.

A continuación (segundo 36) volvemos a empezar desde el principio según la costumbre de alternar estribillos y estrofas. Pero atención porque esto es interesante: Gore sabe que esta nueva insistencia sobre las dos notas principales por medio de una escritura a base de acordes que, por naturaleza, ya de por sí es bastante machacona, entraña el riesgo de producir monotonía por lo que decide aventurarse a llevar a cabo una expansión hacia territorios melódicos inéditos (a partir del segundo 44 aproximadamente). Es aire fresco. La resolución de esta escapada no puede ser más elegante: Gore recoge la música en un progresivo descenso cromático (segundo 47) y la reconduce llevándola de nuevo al encuentro del estribillo (segundo 57) que, en esta ocasión, parece llevar consigo un aire de recapitulación con intenciones de conclusión definitiva.

No nos equivocamos. El punto final a la obra la ponen dos notas ascendentes, que nos recuerdan cuál era la célula principal de la pieza. Así, la obra termina de la misma manera que comenzó. Gore diseña una arquitectura musical melódica y rítmicamente contrastada en dos bloques pero al mismo tiempo cohesionada mediante el minúsculo motivo de dos notas que ambos tienen en común.

Diario 2 abril, 2006

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Este día azul lo marcamos con una piedra blanca.

Cifra 1 abril, 2006

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Ayer, a la hora de la comida, hizo su entrada en este blog el visitante número 20.000 y no había nadie en ese momento. Me lo dijo por la noche el señor que está detrás de la cortina tomando nota de todo desde que se hizo cargo gustosamente del puesto harto de hacer solitarios. La visita tuvo lugar mientras yo estaba comiendo y cuando me enteré lamenté no haber estado presente para hacer un recibimiento especial. Pregunté si había dejado alguna nota o algo para enviarle unos bombones, o unas flores, o algo y tras consultar en sus libros, el señor de las cuentas me dijo que las únicas palabras que el visitante había dejado eran un poco desconcertantes. Al parecer, había llegado aquí tras preguntarle al oráculo Google: “¿está el Norte realmente hacia arriba?”. Se supone que si Google le remitió a este lugar es porque tenía la certeza de que aquí podríamos responder a la pregunta, pero si he de ser sincero, mi manía por poner atención en los detalles reparó enseguida en el adverbio, que resonó en mis oídos en la tesitura de la duda. ¿Está el Norte realmente hacia arriba?

Así, en una apresurada declaración, sin tener sobre la mesa todos los detalles necesarios para una correcta valoración e interpretación, que tampoco la pregunta es el origen de este post con perdón del visitante que la hizo, que es él (o ella) el (la) protagonista del asunto que nos trae, así, decía, tras esta larga digresión de subordinadas, quizá excesiva, qué le vamos a hacer, se me ocurre responder que depende. ¿No? Por ejemplo, en este blog el Norte no está ni arriba ni abajo, sino dentro. Supongo que es cuestión del lado desde el que mires.

Luego el visitante 20001 entró diciendo “microinfartos cerebrales” pero como faltaban los signos de interrogación y soy hipocondríaco, me hice el sordo. Y más tarde me encontré en el correo una carta anónima en la que alguien que afirmaba frecuentar poco este blog confesaba que una foto que acababa de ver aquí le había hecho saltar las lágrimas. A mí casi me las hace saltar su carta. ¿Qué emociones habrá suscitado este lugar a sus 20.000 visitas? A mí personalmente muchas, desde luego.

Este es un blog pequeño de factura y mimo artesanal que por ese motivo no puede permitirse publicar más de un post al día, salvo excepciones contadas, para asombro de quien conoce mi tendencia a la expansión verbal; que se lo digan, si no, a los Flexos, que me los encuentro por la calle y tiene que salir la señora de una tienda invitándonos a entrar para que por lo menos nos sentemos. Tampoco es un blog que aborde cuestiones que despierten un interés masivo, a no ser que el elogio de la luz de las 6 y 20 de la tarde al comienzo del otoño pueda ser considerado de tal interés (para mí lo es, desde luego), pero tampoco lo pretende, la verdad. Por eso, haber recibido en ocho meses de control estadístico una cantidad de visitas semejante me produce muchas sensaciones que van desde la satisfacción a la perplejidad al tomar conciencia de que la voz íntima y solitaria que se expresa mediante monólogos nocturnos esté siendo sintonizada por el dial de tantos oídos a los que ahora quiero decir, sencillamente, gracias.