Archivo por días: 16 abril, 2006

Espera

Pues aquí, esperando. Hoy es tradición comer fuera de casa y la gente se va al campo o a los restaurantes. Yo al campo no voy a comer porque una vez de pequeño miré alrededor y me pareció que al campo le parecia una situación algo incómoda eso de que la gente fuera a comer allí. Por eso hoy voy a comer con mi madre y mi hermano fuera de casa pero no en el campo y como tengo por delante unos 20 minutos de espera se me ha ocurrido pasarme por aquí y cuento algo de lo último.

Ayer fui a comprarme ropa. Yo soy muy despreocupado en eso, pero que mucho; yo con mis vaqueros, mis camisetas y mis camisas en las que predomina siempre el azul, tan ricamente oye. Pero se me ocurrió que igual me tenía que comprar alguna camisa nueva, lo que sea, para lo de Mozart. Nada formal, eso desde luego; yo me veo tocando con camisa desabrochada y descamisada y camiseta debajo. Es como yo entiendo que hay que tocar los allegros. Para los andantes y adagios quizá habría que abrocharse los botones.

El caso es que mi hermano me habló de una tienda de un centro comercial de Zaragoza en la que por cuatro perras encontrabas siempre cosas muy majas y como no teníamos otra cosa que hacer allí que nos fuímos. Antes hicimos parada obligada en la FNAC. Mientras yo buscaba el ansiado dvd de “El río”, de Jean Renoir, último prodigio de la filmoteca FNAC, mi hermano buscaba entre los juegos de la Play. En detalles así se ve lo distintos que somos, o el salto generacional, o las dos cosas.

Luego nos fuímos a lo de la ropa. Como soy indeciso por naturaleza y en cuestión de ropas ya he dicho que soy bastante despreocupado, de repente me encontré perdido ante un repertorio infinito de camisetas, camisas, pantalones y yo qué sé la de cosas más. Una dependienta joven, muy amable ella, me preguntó si me podía ayudar y yo le dije que no tenía muy claro lo que quería, la verdad, así que gracias. Me preguntó si lo que buscaba era para algo concreto y yo le habría dicho que buscaba una camisa para una Sonata en Fa Mayor, pero algo me dijo que no debía decirlo. Fue duro. Sobre todo porque cuando al fin consigues decidirte por algo te recuerdan que existe eso de los probadores y a mí eso me suele producir un bajón de azucar, los probadores, sí, tan reducidos, tan silenciosos, tan tristes, con ese calor y con esos espejos y, lo peor, casi siempre con fluorescentes. El zumbido de los fluorescentes resulta demoledor en la soledad del probador. Afortunadamente, al final salí con un par de cosas que en realidad eran cinco y que, tal y como había dicho mi hermano, costaron cuatro perras. Sólo una de esas prendas es azul, lo cual significa un cambio notable. Lo siguiente fue tomarnos una coca cola (no light, por lo del bajón de azúcar).

En el viaje de vuelta mi hermano me puso a Mecano, todo un detalle por su parte. En realidad lo tiene reservado para cuando viajo con él; sabe que una dosis de Megadeth o similares me da miedo, así que vinimos los dos, él dando golpecitos con el dedo índice sobre el volante y yo sobre mi pierna al ritmo de “No hay marcha en Nueva York”, “Quédate en Madrid” y esas cosas que siempre sientan tan bien.

Me llaman a comer. Luego vuelvo.