Cielo

Bajo este cielo impecablemente azul, a las seis y media de esta tarde, se habrán besado unos enamorados, salían a pasear los caminantes con la chaqueta del chandal anudada a la cintura, y volvía el recuerdo inesperado de algo que hemos oído esta mañana de una voz anónima mientras recogíamos la prensa sin atrevernos a girarnos y mirar, a saber, que alguien de 31 años espera en una cama de hospital a que llegue el martes para que le digan si lo que tiene en el hígado es lo que no quiere tener; seguía esperando a las seis y media de la tarde al mismo tiempo que alguien estaría de guardia en su puesto de trabajo con la cabeza apoyada en la mano izquierda y la derecha pasando las hojas de algo, la vecina llamaba a gritos a su hijo (algún estropicio habría hecho), la televisión emitía películas amodorradas, la radio hacía sonar una canción y en la autopista un coche se comía el asfalto a 180 kilómetros por hora y puede que hasta al revés. Bajo ese mismo cielo azul los chavales entraban contentos en la tienda de las golosinas, el maniquí del escaparate de enfrente miraba pensativo, un anciano caminaba apoyado en su bastón y seguramente unas manos estarían poniendo en hora su reloj.

A las seis y media de la tarde he tomado esta fotografía azul del techo bajo el cual la gente se levantaba de la siesta, regaba las macetas o bajaba la cuesta en bicicleta; otros subían al autobús, o mascaban chicle sentados en el respaldo de un banco de metal y había quien se apresuraba a escuchar tinieblas de pasión y clavos, incienso y cera, contemplando esculturas ensaetadas de sangre y espinas. Y adónde nos lleva esto, dirás. No nos lleva a ninguna parte; es sólo que al mirar este cielo tan azul he pensado en todo lo anterior y me he quedado un poco perplejo, la verdad. Nada más.

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