Archivo por días: 10 abril, 2006

Radiografía

Me siento algo desconcertado, es verdad. He ido al médico a última hora de la tarde porque sentía un molesto dolor en la muñeca derecha que surgió cuando el otro día, al terminar de estudiar en el piano, de la manera más tonta, hice un mal movimiento con la mano al ir a coger el volumen de las Sonatas de Mozart. El dolor desapareció pero hoy ha vuelto y se ha presentado de manera no precisamente amable. El traumatólogo ha dicho que tenía toda la pinta de ser un pequeño esguince y yo le he manifestado mi preocupación porque el martes que viene tengo que tocar. ¿Con esas manos?, ha preguntado, incrédulo. Pues sí, con estas manos. Y el rollo de siempre: que es técnicamente imposible que alguien pueda tocar el piano con esas manos. Y yo le he respondido con mi propio rollo de siempre: que desde que perdí las manos encontré mi sitio ante el piano y que estoy muy cómodo, de verdad. De hecho, le he dicho que toco la integral de las Sonatas de Mozart, menos una, puñetera, y que vale, no seré Brendel, pero que a mis 36 años considero que tengo criterio suficiente para saber que no estoy haciendo una chapuza. El hombre se ha encogido de hombros mientras certificaba que ninguna de las 8 prótesis funciona ya, cosa que, lo reconozco, me ha sorprendido: yo pensaba que alguna todavia lo hacía.

Volviendo al asunto de la muñeca, el médico ha dicho que seguramente era un pequeño esguince pero que me iba a hacer una radiografía para echar un vistazo y cuando se la ha traído la enfermera se ha llevado las manos a la cabeza. Al parecer, mi muñeca está peor que mis dedos; es más, ha dicho que si no fuera porque me tenía delante, viéndome mover la muñeca arriba y abajo sin ningún problema, aseguraría a la vista de la imagen que examinaba al trasluz que el dueño de esa mano no podría articular apenas movimiento alguno. Ha llamado a dos colegas que nada más entrar y sin necesidad de indicación alguna han dirigido su mirada hacia la pantallita blanca desde donde se exhibía la radiografía: uno ha dicho “Madre mía” y el otro “ufff”, con tre efes por lo menos.

Por mi parte yo no sentía ni frío ni calor, no sé si me explico, era como si hablaran de otro pero, al mismo tiempo, pensaba que debería empezar a intranquilizarme, sobre todo cuando han dicho que debía evitar caerme, o por lo menos evitar echar las manos hacia adelante para amortiguar el golpe dado que a la suma de desastres que veían en la imagen había que añadir una osteoporosis galopante que convertía mi muñeca en algo parecido a una figurita de porcelana. Les he preguntado que si la cosa estaba tan mal, cómo era posible que yo pudiera tocar y el médico se ha señalado la cabeza y ha pronunciado la palabra “voluntad”, añadiendo que para mí tocar el piano debía ser una necesidad tan grande que la cabeza se las había arreglado para adaptar las manos al teclado de manera que pudiera seguir haciéndolo, a pesar de las circunstancias. Si ese instante hubiera formado parte de un telefilme americano, yo me habría sentido poco menos que un héroe pero, para ser sinceros, me ha entrado cierta angustia y unas ganas repentinas de llorar que he reprimido yendo al grano: ¿hay posibilidad de estar en condiciones el martes de tocar el piano? Y el médico me ha respondido diciendo que si me veo capaz, que adelante, que lo haga, porque mis manos tienen los días contados.

Si lo piensas resulta extraño: yo he ido al médico con un dolor en la muñeca, un pequeño pero afilado aguijón perfectamente localizado, y he salido con la muñeca a punto de hacerse añicos e inmovilizada por un artilugio que es el responsable de que este post lo esté contando despacito (estoy tecleando a-s-í, v-e-s?). Es una forma de hablar, claro, en realidad yo ya sé que he entrado con la muñeca en esas condiciones… con la salvedad de que no lo sabía. Por mi parte le he dicho al médico que si según su teoría ha sido mi fuerza de voluntad o una fuerte necesidad interior la que me ha llevado a seguir usando las manos contra todo pronóstico, lo que acababa de oir no tenía porqué afectar un ápice mis hábitos. No ha contestado.

Yo no me engaño: sé que la enfermedad tiene las cartas ganadoras, las tiene desde el principio de la partida pero para mí, pulsar una tecla es tan importante como respirar, de alguna forma es lo que me mantiene en pie. Mi corazón late (blanca, negra, blanca, negra) a 88 pulsaciones (una por tecla del piano). Y esa es mi carta comodín, que guardaré celosamente entre mis manos hasta el día en que no pueda evitar que se resbale y caiga al suelo. Y yo soy muy testarudo. Pero mucho.

Estoy bien, de verdad.