Graduación

Pongamos que es el viernes por la mañana y que Sergio me ha citado en una cafetería. Mientras le esperamos podemos hacer memoria:

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Mientras recordabas ha llegado Sergio, que se ha quitado sonriente sus gafas de sol y las ha dejado encima de la mesa y hemos pedido dos coca colas (light). Nos ha dado incluso tiempo a intercambiar algunas frases (Sergio es muy puntual siempre) y como sigue siendo viernes por la mañana igual debería recurrir de aquí en adelante a redactar el post en pasado pero creo que no lo voy a hacer, quizá porque lo sucedido sigue rondando mi cabeza como si acabara de pasar. De alguna manera tengo la sensación de que todavía me estoy llevando el vaso de coca cola a la boca cuando, inesperadamente, Sergio deja caer, como de pasada, apresuradamente, mirando para otro lado, que la semana anterior fue su graduación y que no me quiso avisar y el cubito de hielo me enfría el labio superior mientras en el resto del cuerpo noto como si me acabaran de echar un jarro de agua fría pero intento disimular normalidad (torpemente, todo sea dicho) interesado por obtener respuesta a esta pregunta:

¿Preferías que no fuera a tu graduación?

La pregunta está formulada sin ninguna intención aviesa, lo escribo con una mano en el teclado y otra en el corazón, sino que está hecha con el objeto de conocer su opinión desde el respeto a su decisión. Y Sergio responde que claro que quería que fuera y para mi sorpresa se me pone a llorar. Y yo intento poner todo el afecto tranquilizador del que soy capaz en la siguiente pregunta: ¿y entonces por qué no me dijiste nada, hombre? Y el jodido de él me dice que por si me daba un mareo en el viaje, y yo me quedo unos segundos mirando como un imbécil por la cristalera de la cafetería viendo cómo unas mamás llevan sus carritos de bebé por el parque sin capacidad de reacción.

No sé qué es lo que me ha paralizado del todo: si lo imprevisto del anuncio, la decepción consiguiente, después de años imaginando pasar juntos ese momento tras tantos momentos difíciles, la sorpresa por la contradictoria respuesta, el estupor por la justificación (por si te mareas en el viaje) que te indigna un poco y no te indigna nada, no podría indignarte porque viene de Sergio, o quizá, en fin, porque ahí delante tengo a un hombre hecho y derecho tapándose la cara con las manos y se me ha puesto un nudo en la garganta. Pero hay que actuar.

A veces las cosas son difíciles, muy difíciles de hacer, pero no queda otro remedio. Tengo que hacerle ver muchas cosas a la vez a Sergio y hacerlo con tacto: por un lado tengo que echar mano a la ironía afectuosa aunque sea para tranquilizarle, eso lo primero, y le digo que el mareo le daría en todo caso a él de las dos collejas que se merecía, y consigo que dibuje una sonrisa. Luego le digo que no se equivoque, y se lo digo serio y mirándole fijamente: una cosa es estar enfermo, y otra es ser débil, no lo olvides. Ya lo sé, dice él. No, por lo que veo no lo sabes, le digo yo, así que grábatelo, ¿entendido? Y dice que sí con la cabeza, ya más tranquilo, y dice por lo bajini que ha metido la pata. Y yo no le quito la razón, no puedo hacerlo porque yo siempre le he sido sincero a Sergio, ha sido una prioridad en la que he puesto siempre un empeño especial junto a la de evitar entrometerme en su vida. Así que le digo la verdad: que me he disgustado, y me he disgustado porque él me ha dicho que hubiera querido que yo estara presente en ese momento tan importante y porque a mí me hubiera gustado estar allí, arropándole con el aplauso y un abrazo poniendo colofón a una etapa que no ha estado exenta de dificultades y en la que las personas que siempre hemos creído en él hemos estado a su lado, apoyándole.

Y no le digo todo esto para cargarle de un sentimiento de culpa, sentimiento al que Sergio es propenso, lo sé bien y sé lo que eso le hace sufrir, sino para hacerle comprender que tiene tendencia a controlar los hilos del mundo sin dejar opción a los demás porque le da miedo que pueda ocurrir algo que escape de su control. Y debe empezar a darse cuenta de que el mundo no lo puede controlar uno mismo, en primer lugar porque es inútil, las cosas vendrán cuando tengan que venir, y en segundo lugar porque actuar sistemáticamente de esa manera tiene la consecuencia de que cuando vengan las cosas imprevistas te pillan sin defensas.

Así que efectivamente, ha hecho mal, se lo digo, y también le digo que yo no voy por ahí mareándome, coño, y que si le suelto ese sermón es porque le considero como mi hermano y él lo sabe y que, como tal, tengo que serle sincero y decirle que me ha disgustado, pero también que no se lo tengo en cuenta. Y puedo jurar que ambas cosas son verdad: lo de mi disgusto, no pequeño, y lo de que no se lo tengo en cuenta, cómo tenérselo en cuenta sobre todo cuando me viene a la cabeza esa expresión suya: “por si te mareabas en el viaje” que al mismo tiempo que te hace sonreir por su inocencia, te pone de mala leche y te parte el corazón en trocitos minúsculos de cristal que quedan ahí, esparcidos debajo de la mesa el viernes por la mañana en la que Sergio suelta aquello que tenía atascado por dentro desde hace días según me dice cuando caminamos de regreso a casa (y le creo, porque le conozco). A mí me conforta comprobar que se marcha tranquilizado. Antes le he dicho que le tocaba invitar a las coca colas porque igual al levantarme al mostrador me daba un mareo y se ha reído.

Sergio tenía 11 o 12 años cuando un día me preguntó si yo me iba a morir y sin darme tiempo a responder me dijo que por favor que no.

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