Contacto

Esta tarde he tenido la primera toma de contacto con el instrumento que tocaré para las filmaciones Mozart. Es un Yamaha de cola que ocupa el amplio y luminoso salón de la casa de Javier y Mila, rodeado de un jardín en el que ha empezado a estallar la primavera. La adaptación al instrumento es en este caso especialmente necesaria por el problema que afecta a mis manos y porque por esa misma razón me he visto obligado en los últimos años a tocar en un piano digital.

Javier y Mila están fuera hasta la hora de la cena pero ayer tuvieron que meterme en el bolsillo las llaves de su casa para que fuera a estudiar cuando quisiese. Digo que tuvieron que meterme las llaves en el bolsillo porque, aunque nos une una gran amistad y tengo con ellos mucha confianza, me dio cierto pudor, la verdad. Sobre todo les insistí que avisaran a los vecinos, más que nada porque imagínate que me ven entrar y se piensan que voy a asaltar la casa o qué se yo. Yo siempre pienso las mayores calamidades. Por si acaso, hoy a las 3 de la tarde les he llamado por teléfono y le he preguntado a Mila: ¿le has dicho a tu cuñado que voy a ir esta tarde? (su cuñado vive justo al lado) y ella me ha respondido con otra pregunta (y un suspiro de resignación): ¿y a tu madre no se le ocurrió ponerte de nombre Prudencio?, a lo que yo he respondido, a su vez, con una nueva pregunta: ¿pero le has dicho o no?.

Cuando he abierto la puerta que da paso al jardín, a eso de las 5, he sentido una sensación algo incómoda, un cosquilleo detrás de las orejas, y he notado que avanzaba con sigilo y al advertirlo me he sentido un poco ridículo. Pero ha sido entrar a la casa y encontrármela toda soleada y vacía lo que más me ha llamado la atención. Era muy raro: la puerta de la cocina entornada, el silencio, como si se tratara de una de esas escenas de película fantástica en la que el protagonista se despierta y resulta que no hay nadie en el mundo. He entrado en el salón y me he sentado al piano. Sentado al piano te sientes más seguro y lo ves todo desde una perspectiva más familiar. Para empezar, he escuchado el canto de los pájaros que venía del exterior, atenuado, y que armonizaba perfectamente con el silencio de dentro. Y enseguida me he puesto manos a la obra (nunca mejor dicho).

Tres horas largas. Lo que oyes. Estoy hecho un chaval (por animarme que no quede). Ha sido agotador y maravilloso, una experiencia de lo más estimulante reconquistar el territorio táctil y el paisaje sonoro de un piano acústico. En el proceso de adaptación a un instrumento entran en juego muchas variables: tienes que conocerlo y él te tiene que conocer a tí, y de ese conocimiento mutuo hay que sacar provecho. Es una cuestión de estrategia. Al mismo tiempo hay que adaptarse a la acústica del lugar y a su amparo hay que pulir las frases, redondear los finales, buscarle acomodo a los silencios.

Tres horas largas de tirón, aprovechadas hasta el último minuto; tres horas largas que se han hecho cortas. Pero hay que dosificarse y no forzar las manos, dadas las circunstancias. Me he venido dando un largo paseo (Javier y Mila viven a las afueras de la ciudad) aprovechando la tarde tan estupenda que hacía y reflexionando sobre los pasos a seguir una vez conocido el terreno por el que tengo que transitar para recrear la música de Mozart. Pero sobre todo he sentido la satisfacción de experimentar el cansancio físico. Sí, sé que así, dicho de sopetón, suena raro. Pero es que yo sé lo que es llegar a envidiar esa sensación: la del cansancio físico provocado por el esfuerzo. Yo conocí, a mis 18 años, lo que suponía no poder vestirme por mí mismo, la impotencia de no poder cruzar la calle a comprar el periódico y aprendí a considerar como una heroicidad lograr alcanzar el otro extremo del pasillo (esto último era un esfuerzo pero de índole muy diferente y además sabía amargo). Por eso hoy he recorrido el largo trayecto de vuelta respirando profundamente el aire del atardecer soleado y contento, muy contento por haber tenido la suerte de pasar tres horas recuperando placeres olvidados trabajando duro. Cuando he llegado a casa me he dejado caer en el sofá felizmente agotado y sintiendo el reconfortante alivio del reposo. Para mí, en eso consiste ser afortunado.

5 pensamientos en “Contacto

  1. Rachel

    Desde luego que eso es ser afortunado Mariano. Saber disfrutar de las pequeñas cosas y conquistas de cada día. A veces las miras son tan altas que pasamos de largo lo que se nos brinda en nuestras narices.
    Me alegro mucho.

  2. emejota

    Muchas gracias Raquel. Wanda me dice que no olvides que para miras altas, la suya, que va por la calle mirando por encima del hombro y tan ancha. Ya sabes cómo es…

    :)

    Un abrazo

  3. emejota

    Crishu, y esa cara tan triste?? Dime que no es de disgusto, mujer, que no hay motivo, de verdad.

    Un abrazo

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