Archivo por días: 2 abril, 2006

Arquitectura

Hace 25 años, mientras Christopher Reeve surcaba los cielos de Nueva York como Supermán, Alan Parker comenzaba a rodar el musical “Fama” a partir de un guión de Christopher Gore. Su hermano Michael había escrito para la ocasión un puñado de canciones maestras. Aparte de su notable inspiración melódica, de Gore me llamó mucho la atención el uso que hacía del piano en dos aspectos: la elegancia de su escritura, sobre todo en los enlaces que proporcionan relleno y continuidad a las pausas de la voz, y su tendencia a utilizarlo como si de un instrumento de percusión se tratara. Ambas cosas pueden apreciarse con nitidez en la parte instrumental que acompaña a Irene Cara en la maravillosa “Out Here On My Own”. El tratamiento percusivo del piano puede apreciarse igualmente en otros temas que aparecen en la película y que no son de Gore (como el impresionante “Never Alone”, a cargo del Contemporary Gospel Chorus de la Escuela Superior de Música de N.Y, escenario de la historia) pero que, con toda probabilidad, fueron seleccionados por él.

Cuando el vinilo de la banda sonora salió al mercado traía consigo una sorpresa deliciosa: el breve solo de piano “Ralph and Monty (Dressing room piano)”, que Gore se reservó para interpretarlo personalmente y que en la película pasa desapercibido al fondo de una conversación. Descubrir la arquitectura de esta preciosa miniatura hace que la escuchemos con mayor placer así que merece la pena ponernos a ello. Para ello necesitamos hacer click para descargar el archivo de audio aquí (mp3, 0,98MB, 1 min. 26 seg).

Es interesante que escuchemos la pieza al menos una vez antes de adentrarnos en ella.

¿Hecho? Muy bien, ahora ya podemos examinarla: Gore estructura la obra a partir de dos bloques sonoros diferenciados. El primero es un bloque de acordes (escritura vertical, de carácter estático) y el segundo se despliega melódicamente (escritura horizontal, de carácter dinámico puesto que avanza hacia adelante con fluidez) buscando un deliberado contraste.

Observemos las dos primeras notas con las que se abre la pieza, notas de apariencia trivial pero de significado esencial: son el motivo principal de la obra, que terminará por cohesionar el conjunto. En este sentido es significativa la reiteración con la que Gore vuelve una, dos y hasta tres veces sobre ellas en los primeros 15 segundos. Está llamando nuestra atención sobre ellas. Todavía puede identificarse un cuarto intento de repetición que queda truncado hacia el segundo 22 con la entrada de la nueva sección, melódica, pegadiza, que funciona como estribillo de la pieza.

A continuación (segundo 36) volvemos a empezar desde el principio según la costumbre de alternar estribillos y estrofas. Pero atención porque esto es interesante: Gore sabe que esta nueva insistencia sobre las dos notas principales por medio de una escritura a base de acordes que, por naturaleza, ya de por sí es bastante machacona, entraña el riesgo de producir monotonía por lo que decide aventurarse a llevar a cabo una expansión hacia territorios melódicos inéditos (a partir del segundo 44 aproximadamente). Es aire fresco. La resolución de esta escapada no puede ser más elegante: Gore recoge la música en un progresivo descenso cromático (segundo 47) y la reconduce llevándola de nuevo al encuentro del estribillo (segundo 57) que, en esta ocasión, parece llevar consigo un aire de recapitulación con intenciones de conclusión definitiva.

No nos equivocamos. El punto final a la obra la ponen dos notas ascendentes, que nos recuerdan cuál era la célula principal de la pieza. Así, la obra termina de la misma manera que comenzó. Gore diseña una arquitectura musical melódica y rítmicamente contrastada en dos bloques pero al mismo tiempo cohesionada mediante el minúsculo motivo de dos notas que ambos tienen en común.