Archivo por meses: abril 2006

Amistad

Entre estas dos fotografías hay 20 años de distancia: la distancia que separa una tarde de verano en la que dos niños hacen travesuras delante de una cámara de vídeo casera de la mañana de hoy, en la que uno de estos amigos se ha casado.

Ellos son Félix, a la derecha de ambas imágenes, y mi hermano Cuco, a su izquierda. Nacieron el mismo año, con pocos meses de diferencia, y vivieron puerta con puerta desde que llegaron de la maternidad, segundo derecha, segundo izquierda. Para ellos, el pasillo que separaba ambos pisos era una extensión de su terreno común de juegos de infancia. Desde entonces no se han separado un instante, manteniendo una sólida amistad en la que cada uno ha estado presente en los buenos y los malos momentos del otro.

Durante 20 años he custodiado con especial cuidado y cariño la imagen de arriba y esta mañana todo mi empeño era volver a reunirlos delante del objetivo de la cámara. Como yo hago de voz en off de Kevin Arnold, supongo que ahora me tocaría decir algo para terminar el capítulo pero yendo a buscar un par de palabras resulta que me ha salido al paso media lágrima. Valga una cosa por otra esta vez.

Felicidad, Félix.

Agenda

No he escrito nada desde ayer y, sin embargo, apenas me he separado en todo el día del ordenador. Estoy algo estresado. No ha habido fundido en negro desde la conclusión, ayer, de las grabaciones Mozart al piano, a este nuevo plano en el que se me ve tecleando ahora la c, ahora la h y ahora, a ver que pongo ahora, pues mira, pongo el 2, que no todo son letras aunque en el teclado sean más. Y es que la agenda viene apretada: el miércoles por la tarde presentamos en rueda de prensa el concierto de la Leioa Kantika Korala, el coro de colorines de Basilio Astúlez en el que cantan los chavales de la foto de arriba; parecía que la fecha estaba lejana pero ya la vemos en el horizonte: el 20 de Mayo, sábado. Antes, el 10, tendré que dar la charla sobre la versión cinematográfica de “La Flauta Mágica” de Mozart por Ingmar Bergman en la FNAC de Zaragoza, la fecha ya está confirmada y sale en los papeles, lo que quiere decir que me tengo que poner a ello YA. Tengo claro el esquema en la cabeza y una serie de notas escritas, además de elegidos la mayoría de los planos y secuencias que quiero mostrar pero me tengo que sentar a empezar a montar el puzzle, que no quedan ni 15 días.

Entre medias tengo que seguir con mis clases y pasarme por la sala de montaje para dar forma al material grabado estas dos semanas: 5 horas de vídeo. Casi todo material de desecho, claro. Aparte las tomas falsas, a Julio le gusta pillarme desprevenido y suele dejar la cámara funcionando porque dice que siempre puede surgir algo aprovechable. Luego me veo por las noches y a veces le doy la razón y otras me río y otras me da muchísima vergüenza y le doy al botón de ffwd. Sin embargo, una vez terminado el trabajo, Julio dice que no es partidario de guardar el material sobrante y lo borra. Yo soy de los que guardan pensando en la sensación que experimentaré el día de mañana cuando me asome al pasado y me vea en el presente continuo de la cinta; de hecho, ya le he dicho que cuando pongamos el “fin” le cambiaré las cintas usadas por otras nuevas. Desde pequeñito siempre he vivido las cosas retrospectivamente, es decir, como la voz en off de Kevin Arnold recordando lo que ves en pantalla pero sin voz en off, no sé si me explico. Bueno, es igual, me quedaré con las cintas de cualquier forma.

Mañana al mediodía tengo que asistir a una boda, cosa que me tiene profundamente abatido desde esta mañana y no por los novios, cómo va a ser por ellos, qué culpa tienen ellos, sino por la boda en sí. Las bodas en sí me pueden, me aturden, me bajan la tensión. Y eso que sólo voy a la ceremonia porque los banquetes me superan. Sólo de pensar lo tarde que empieza todo, y los trajes, y lo de no saber quién es esa ni ese, y lo de la tarta, y lo de los puros! y lo de la corbata!! y lo de la orquesta!!!, Dios mío, sólo de pensarlo me está entrando una grima espantosa, lo que me faltaba para la ansiedad y el estrés. Cuando termine la ceremonia me vendré tranquilamente para casa, me quitaré la ropa de boda, me pondré otras más cómoda de andar por casa y me haré unos macarrones. Modestia aparte, son mi especialidad. Pregunta a los de casa y verás.

Luego tendré que dedicar un buen rato a lo de Bergman y mi intención es hacer dos cosas que no he podido hacer desde hace días: dar un paseo y visitar los blogs habituales. En realidad, se trata en los dos casos de paseos al fin y al cabo. Tengo que organizarme el tiempo. También tengo que dejar de escribir ya por hoy, porque me noto hablador, la prueba es que estoy tecleando frase tras frase sin decir nada sustancial pero sin embargo me sale hacerlo. Otra prueba la tienes en esta frase, que sobra pero la estoy poniendo. Y esta lo mismo. Y esta, que la alargo un poco porque la anterior ha quedado muy escueta. Creo que podría estar escribiendo durante horas pero si miras el título del post estarás de acuerdo conmigo en que he perdido el hilo totalmente, con lo formal que soy yo para estas cosas, para la forma; con lo que me preocupo por cuidar el contenido y el continente. Qué tiene que ver ésto con el título, vamos a ver; y qué tiene que ver ésto con la foto que viene debajo. Será el estrés, o será la boda. O vete a saber qué. Buenas noches.

Cuadernos de rodaje (VI)

Todo marcha a buen ritmo y ya tenemos prácticamente grabada la parte musical con el consiguiente alivio. Empecé buscando la toma perfecta y llegué a encontrarla pero me di cuenta que entonces a quien no encontraba era a mí mismo. Desde entonces, he ido descubriendo que tras el resbalón ocasional de una tecla negra a su vecina la tecla blanca puede surgir algo interesante. Las cicatrices humanizan. Este jueves rodaremos los últimos planos y la próxima semana ya estaremos en condiciones de adentrarnos en la segunda fase, la de los comentarios y reflexiones mediante la palabra. Ya he empezado a poner los ojos en el guíón.

Negligencia

Esto va de un error y de un horror. Nos dicen los medios de comunicación que un señor de 63 años acudió a urgencias de un hospital con un tumor en el riñón de 800 gramos de peso y salió con un volante para psiquiatría donde concluyeron que lo que padecía era un “trastorno somatomorfo”, expresión que así, de primeras, da mucho miedo pero que en realidad es una manera de decir que no pasa nada, sólo la mente, que se inventa enfermedades, la muy puñetera. Además, apreciaron en el paciente “rasgos paranoides” dado que el hombre se ponía bastante pesadito con que le dolía mucho y de ahí no había forma de sacarlo, oye. Le recetaron un fármaco utilizado para combatir la neurosis, la esquizofrenia, la paranoia y delirios varios y le remitieron a los Servicios de Salud Mental, lamentando que en ese momento no hubiera camas libres en la unidad de Psiquiatría. Luego dijeron: que pase el siguiente. Al poco tiempo el señor se murió tras una agonía espantosa.

800 gramos adheridos a un órgano que en condiciones normales pesa unos 150 dan para pensar que no será necesario acudir a aparatos de alta precisión para que tanta masa se deje ver, digo yo; menos mal que el informe oficial de la comisión médica investigadora reconoce que la cosa se habría detectado con una simple ecografía, que además es una cosa barata de hacer, alusión ésta que muestra a los contribuyentes lo bien que se vela por los dineros de todos, todo un detalle si no fuera porque en este contexto tal comentario termina por poner de punta los últimos pelos que no lo estaban.

Todo el mundo se puede equivocar y los médicos también, por supuesto, son humanos como el resto. Pero una cosa son los errores y otra los horrores producidos por la desidia más absoluta. Así, escrito, parece fácil, cuestión de una hache y de cambiar una vocal; fuera del papel, es una pesadilla que empieza con un dolor agudo en la zona renal y termina con una llamada a la planta de psiquiatría para preguntar si hay camas libres. Lo más terrible de la historia es que el informe concluye diciendo que, además, el tumor era benigno. Además.

Homenaje

Homenaje a Julio MazoTras las dudas y el desasosiego de estos días sobre cómo afrontar mi intervención en el homenaje póstumo a la figura de Julio Mazo, llegado el momento me he sentido muy bien. Venía de grabar el tiempo lento de la Sonata K 310 y ni siquiera me había dado tiempo a cambiarme de ropa, tan sólo ponerme encima la americana. Ya dije en su momento en este blog, y así lo he recordado hoy, que yo no sé escribir sobre Julio Mazo pero sí sé hablar sobre él. Y creo que una cosa es hablar desde el corazón y otra hacerlo con el corazón en la mano, que es lo que he pretendido hacer esta tarde ante la gente que llenaba generosamente el Salón del Hotel AC. La diferencia está en que en lo segundo te muestras desnudo, sin máscara, tal y como eres, tal y como sientes. Hablar desde el corazón es más cómodo y seguro que hacerlo con el corazón en la mano, no digo que no, pero una vez que decides hacerlo aflora la sonrisa y la emoción, que de todo cabe en un corazón, y sobre todo te sientes invadido por un sentimiento especial de calma y bienestar que sale de muy adentro y se proyecta, limpio, al entorno que te escucha. Esa ha sido hoy mi intención.

Dilema

Mañana tengo que intervenir en la clausura de un acto de homenaje a la memoria de Julio Mazo, persona entrañable, librero emblemático de esta ciudad, amigo. Y conforme se acerca el momento, más dudas tengo sobre el modo de proceder: no sé si decir lo que todos quieren oir o decir lo que a él le gustaría que dijese, que no es ni malo ni bueno, pero sí una cosa distinta. ¿Acaso ser honesto y actuar según ese principio no es el mejor homenaje posible a un hombre que lo fue sobre todas las cosas? Todo son dudas en este momento.

Cuaderno de rodaje (V)

Primeros resultados tras la primera sesión de trabajo en la mesa de montaje. Tarea: montar la K 570. Tenía muchas ganas de que llegara el momento para comprobar la calidad de la toma de sonido y ver el resultado final tras el ensamblado de planos. Muy satisfactorio.

Queda pendiente ajustar digitalmente la saturación de luz reflejada en algunas zonas del teclado en determinados planos, como el siguiente:

Mañana seguimos grabando tras el paréntesis del fin de semana.

Cuaderno de rodaje (IV)

Digámoslo así: ya he roto aguas. El esperado instante se produjo ayer viernes, por la tarde, mientras fuera de ese escenario perpetuamente nocturno y envuelto en un halo de luz cálida que hemos creado caía una tromba de agua espectacular. Ahora puedo decir que lo he pasado mal, muy mal. Francamente mal. La presión del paso del tiempo se anudó en los dedos y eso me hizo caer en un estado en el que soy especialmente vulnerable: las repeticiones me colapsan. El jueves por la tarde, Julio llegó a ponerse en cuclillas apoyado en el extremo del teclado y agradecí esa muestra espontánea de apoyo y de compañía ante la impotencia y la pavorosa soledad ante el teclado mientras intentaba buscar, inutilmente, el eco de la K 570.

Pero ayer cambiaron las tornas. Al fin.

La clave se me ocurrió la madrugada del jueves al viernes, dando vueltas en la cama inquieto sin poder conciliar el sueño. Pensé que si soy un pianista atípico y a la contra, en el sentido de que una vez que me sé una obra empieza a salirme mal y que si me sale mal es porque me la sé, lo que estaba haciendo era caer en una trampa cuyo suelo cada vez se hundía irremediablemente más cada día: la presión por acabar a tiempo (absurda presión) había afectado a mi concentración y eso había motivado que cayera en el bucle de las tan temidas repeticiones que habían terminado por bloquearme del todo. La solución: reencontrarme en el teclado, recuperar el sentido del tacto que es donde yo tengo los ojos y los oídos para la música, mediante algo nuevo. Yo necesito “descubrir” la música, y cuando no es posible, tengo que apartarme de ella para posteriormente poder redescubrirla placenteramente.

Dicho y hecho. A la tarde, nada más llegar Julio, le dije que pusiera rápidamente la cámara a funcionar. No hubo tiempo para explicaciones previas. Puse en el atril la partitura de un movimiento lento que siempre que lo he “tocado” ha sido a través de los dedos de Alfred Brendel. Sí, digo bien, es algo que puede hacerse: cierras los ojos y “ves” la geografía táctil y “sientes” su consistencia mientras escuchas (sin comillas) la grabación. A eso se reducía mi conocimiento de la obra. Pero la experiencia física era nueva para mí. Y me puse a ello. Y funcionó.

A partir de ahí, fluyó el trabajo de tal manera que hicimos en una tarde mayor y mejor trabajo que todas las tardes anteriores juntas. Fue una gran satisfacción que pudimos compartir con Javier y Mila que a última hora regresaban de su viaje de vacaciones. Ahora ya estoy mucho más tranquilo. Sé que he roto el círculo vicioso en el que me había metido y que ahora el camino es más llano, aunque no hay que dormirse. La experiencia me dice que debo espaciar el trabajo para no recaer en la rutina, que tan perjudicial es para mí. En la experiencia que acabo de contar ya quedó evidenciado esto último: a última hora, decidimos repetir el fragmento que había tocado a primera vista a petición de Julio, para captar un determinado plano. Esa segunda toma no sirvió porque el plano buscado no dio el efecto deseado. En la tercera toma ya no pude terminar. ¿La razón? Porque ya me la he aprendido, le dije a Julio con resignación, por lo que decidimos dejarlo de momento. La clave está en la distancia.

Para celebrar haber podido romper el cascarón y como recompensa a una semana tan dura nos fuimos a cenar y la cena la aliñamos con una conversación muy amena. Hoy toca descanso y mañana nos sentamos ante la mesa de montaje. Es un momento que espero con suma curiosidad y cierta inquietud porque ahí vamos a poder ver los primeros resultados.

La jornada vino precedida de una conversación tan breve como interesante con Jesús, al que me encontré al llegar regando el jardín. Mostró todo su apoyo y su ánimo con gran afecto y me aconsejó que sólo me preocupara por buscar la atmósfera exterior e interior adecuada para dejar salir el ángel. Yo le llamo duende. Es la misma cosa, dijo él, espera y saldrá. Pero sin prisa, apostilló. La verdad es que estoy teniendo la suerte de estar rodeado de personas que muestran un pleno convencimiento en el resultado positivo del proyecto, a pesar de conocer los impedimentos. Y ese convencimiento sincero les lleva a ponérmelo todo fácil, a preocuparse porque yo no me preocupe por el tiempo, que no me preocupe por lo que pueda estar molestando a los demás. A ellos lo que les preocupa es que me encuentre tranquilo para que pueda hacer el trabajo bien. Creen en mí. Y eso se agradece infinitamente.

Cuaderno de rodaje (II)

Hemos introducido un cambio drástico en la escenografía. Ahora nos movemos en una noche inducida en la que la luz se proyecta principalmente al teclado. El efecto resultante es muy interesante a todos los niveles: la luz parece emanar de las teclas, convirtiendo el teclado en escenario y reclamando para sí la atención de los ojos. El rostro, en penumbra, participa ocasionalmente de ese halo de luz cálida al acercar la cara al teclado. A veces la música pide que acerques el rostro al teclado, como si te quisiera susurrar al oído una confidencia o como si necesitara sentir el calor del aliento en el cuello.

Hoy el piano se ha quejado: le duele un “re”. Ayer ya me pareció que, al tacto, esa tecla no respondía a veces como debía pero hoy los síntomas eran visibles: se queda un par de milímetros por debajo de sus compañeras, como si tuviera una pequeña contractura y en las carreras de escalas se resiente. He llamado por teléfono a Urko, el afinador, que al enterarse se ha dolido a su vez y por partida doble: por lo sucedido y porque estaba en un teclado lo suficientemente lejano como para venir a solucionarlo. Así que el pianista y el piano estamos, al menos, a la par. Tomémoslo con resignación e ironía.

A pesar del tiempo empleado en la creación de la nueva atmósfera, hemos podido grabar dos segmentos y medio, lo cual no está nada mal teniendo en cuenta que ayer sólo hicimos uno (y probablemente no servirá). Mentiría si dijera que no me he encontrado mejor que ayer pero mentiría igualmente si dijera que ya he encontrado lo que buscaba. Estamos en ello. A veces pienso en lo que pasará por la cabeza de Julio cuando al otro lado del visor, pacientemente, me ve repetir cuatro veces la exposición de la K.570 sin obtener un resultado satisfactorio y, de pronto, sion avisarle, me pongo a tocar la K.330 en la misma toma y sale de un tirón. Hay que seguir.

Hoy hemos metido más tiempo y me he cansado menos tanto física como psicológicamente pero llegado un momento noto que las manos se resienten y hay que parar. La voluntad y la posibilidad no caminan juntas en la misma dirección, pero lo más razonable es asumir y aceptar las condiciones e intentar sacar el máximo provecho de ellas. Ponerse delante de una cámara a tocar con unas manos como las mías una música que requiere un control preciso de la pulsación puede parecer un disparate (y quizá lo sea) o una exhibición de soberbia. Para mí es un sano ejercicio de humildad que te recuerda dónde estás y quién eres. Y siempre he pensado que sólo entonces puedes mostrarte verdadero. Eso es lo que la música espera de tí.

Cuaderno de rodaje (I)

Hoy ha tenido lugar la primera sesión de rodaje del proyecto Mozart y ha resultado agotadora, tanto física como, sobre todo, psicológicamente. En una grabación uno se siente como una cinta de vídeo: hay pausas, rebobinados, y continuas reproducciones desde un punto concreto… Conservar el tempo y el carácter unitario de una obra a pesar de los inevitables cortes, bien por errores, bien por cambios de cámara o por cualquier imprevisto que surja, es una experiencia nueva a la que no es fácil acostumbrarse de primeras. Me he acordado a lo largo de toda la sesión de las palabras del pianista Charles Rosen cuando afirmó que en un concierto con público las cosas tienden a ir de peor a mejor (por aquello de que los nervios se van asentando conforme pasan los momentos iniciales) mientras que en una grabación pasa exactamente al revés: según Rosen, los cortes, las repeticiones, terminan por provocar un estado de embotamiento, de bloqueo o de falta de perspectiva de lo que tienes entre manos que conduce a que la música se escurra entre los dedos. Curiosa paradoja que hoy he podido experimentar en carne propia por primera vez en mi vida.

Aún así, el trabajo programado para el día de hoy se ha cumplido en el tiempo previsto, lo que no quiere decir que el resultado haya sido todo lo satisfactorio que cabría esperar. Como persona autoexigente que soy, lo de hoy me hubiera afectado mucho en otras circunstancias, lo reconozco, pero no ha sido así. Por alguna extraña razón, algo me dice que las cosas tienen que seguir por ese cauce sin que haya que alterar el tempo del compás de los acontecimientos. En resumidas cuentas: paciencia.

Conforme me siento más descansado las ideas se van poniendo en orden en mi cabeza. ¿He estado nervioso? No, y que la presencia de la cámara, tan curiosa ella, no me haya distraído y no me haya hecho temblar las manos me extraña bastante, la verdad, dado que soy una persona de naturaleza nerviosa. Pero sí que he descubierto que estaba tan ocupado porque los dedos accionaran las teclas que debían sonar que no he dejado margen para eso tan esencial que es el disfrutar de lo que se hace y eso sí que me ha extrañado mucho porque yo no concibo la música sin un disfrute pleno. Faltaba emoción, por ejemplo. La emoción tiene muchas caras: la más visible, en música, puede encontrarse en uno de esos tiempos lentos que llegarán el jueves y el viernes. Esa es una emoción explícita, fácil de atrapar. Pero existe también una emoción que consiste en dejar fluir la música con naturalidad, sintiéndote partícipe del instante.

Me resulta muy interesante dar forma en palabras a esta reflexión porque creo que me puede resultar útil para fijar un Norte a seguir en las próximas sesiones. Eso hace que lo de hoy no lo considere trabajo a medias o trabajo perdido, en absoluto. Quizá lo de hoy era necesario para adquirir la experiencia, para aprender la enseñanza y, lo que es más importante, interiorizarla. Y para ello es necesario vivirlo.

A Julio le he agradecido su infinita paciencia y, sobre todo, su tranquilidad, fundamental para crear una atmósfera de trabajo adecuada. Sus continuos “cuando quieras”, “no hay prisa”, y “no pasa nada” resultan especialmente reconfortantes en esta aventura. Hoy he aprendido a contemplar la posibilidad de bajar la guardia para que entre la música sin miedo y no haya que buscarla con tanto esfuerzo. La música no se busca con esfuerzo. Hablo de música, no de notas en un pentagrama. A lo mejor dando menos importancia a que suenen las notas precisas aparece el duende y lo compensa; o a lo mejor aparece el duende y trae bajo el brazo las notas precisas, que es lo habitual cuando uno se siente en armonía con lo que hace. No sería la primera vez. Es todo un misterio, y un misterio apasionante. Por eso hay que continuar. Y con ánimo.

Innisfree

Hay dos formas de empezar este post.

La primera sería: He vuelto a Innisfree… pero he huído al minuto y medio.

La segunda sería: “El hombre tranquilo” me ha puesto muy nervioso.

En realidad, el orden de los factores no altera el producto, de por sí infame. Me explico. Hace días corrió por los foros, y fue recibida con alborozo, la llegada (¡al fin!) de “El hombre tranquilo”, la maravillosa película de John Ford. Pues bien, sirva este post de advertencia a los posibles interesados a quienes la noticia les acabe de dar una punzadita en el pecho de emoción: no tiren el dinero. Imaginen un vhs grabado de una tele mal sintonizada y peor conservado y seguro que el resultado es mejor de lo que acaban de ver mis ojos y que me ha puesto los pelos de punta. Para colmo, carece de subtítulos en castellano (!), en realidad no los tiene en ningún idioma y eso a estas alturas de la película debería estar prohibido. A todo esto, el doblaje es de los que duele escuchar. De verdad, ver para creer. La culpable de tamaña fechoría es Sogemedia. Ya que no he podido volver a Innisfree al menos he vuelto por los foros y he comprobado que ya se están movilizando para organizar una protesta masiva ante semejante tomadura de pelo. Yo firmo, desde luego.

Espera

Pues aquí, esperando. Hoy es tradición comer fuera de casa y la gente se va al campo o a los restaurantes. Yo al campo no voy a comer porque una vez de pequeño miré alrededor y me pareció que al campo le parecia una situación algo incómoda eso de que la gente fuera a comer allí. Por eso hoy voy a comer con mi madre y mi hermano fuera de casa pero no en el campo y como tengo por delante unos 20 minutos de espera se me ha ocurrido pasarme por aquí y cuento algo de lo último.

Ayer fui a comprarme ropa. Yo soy muy despreocupado en eso, pero que mucho; yo con mis vaqueros, mis camisetas y mis camisas en las que predomina siempre el azul, tan ricamente oye. Pero se me ocurrió que igual me tenía que comprar alguna camisa nueva, lo que sea, para lo de Mozart. Nada formal, eso desde luego; yo me veo tocando con camisa desabrochada y descamisada y camiseta debajo. Es como yo entiendo que hay que tocar los allegros. Para los andantes y adagios quizá habría que abrocharse los botones.

El caso es que mi hermano me habló de una tienda de un centro comercial de Zaragoza en la que por cuatro perras encontrabas siempre cosas muy majas y como no teníamos otra cosa que hacer allí que nos fuímos. Antes hicimos parada obligada en la FNAC. Mientras yo buscaba el ansiado dvd de “El río”, de Jean Renoir, último prodigio de la filmoteca FNAC, mi hermano buscaba entre los juegos de la Play. En detalles así se ve lo distintos que somos, o el salto generacional, o las dos cosas.

Luego nos fuímos a lo de la ropa. Como soy indeciso por naturaleza y en cuestión de ropas ya he dicho que soy bastante despreocupado, de repente me encontré perdido ante un repertorio infinito de camisetas, camisas, pantalones y yo qué sé la de cosas más. Una dependienta joven, muy amable ella, me preguntó si me podía ayudar y yo le dije que no tenía muy claro lo que quería, la verdad, así que gracias. Me preguntó si lo que buscaba era para algo concreto y yo le habría dicho que buscaba una camisa para una Sonata en Fa Mayor, pero algo me dijo que no debía decirlo. Fue duro. Sobre todo porque cuando al fin consigues decidirte por algo te recuerdan que existe eso de los probadores y a mí eso me suele producir un bajón de azucar, los probadores, sí, tan reducidos, tan silenciosos, tan tristes, con ese calor y con esos espejos y, lo peor, casi siempre con fluorescentes. El zumbido de los fluorescentes resulta demoledor en la soledad del probador. Afortunadamente, al final salí con un par de cosas que en realidad eran cinco y que, tal y como había dicho mi hermano, costaron cuatro perras. Sólo una de esas prendas es azul, lo cual significa un cambio notable. Lo siguiente fue tomarnos una coca cola (no light, por lo del bajón de azúcar).

En el viaje de vuelta mi hermano me puso a Mecano, todo un detalle por su parte. En realidad lo tiene reservado para cuando viajo con él; sabe que una dosis de Megadeth o similares me da miedo, así que vinimos los dos, él dando golpecitos con el dedo índice sobre el volante y yo sobre mi pierna al ritmo de “No hay marcha en Nueva York”, “Quédate en Madrid” y esas cosas que siempre sientan tan bien.

Me llaman a comer. Luego vuelvo.

Planificación

Me he quedado sin vacaciones y no sólo eso sino que estos días tengo más trabajo que de costumbre. Pero no me importa porque lo que estoy haciendo me está resultando apasionante. Eso sí, cuando termine me voy a tomar un descanso y esta vez en serio, que va para dos años diciéndolo y siempre termino enlazando un proyecto con otro. Esta vez no será así. Además, las vacaciones a destiempo tienen un atractivo especial, al menos a mí me lo parece.

El martes empezamos el rodaje del proyecto Mozart, de manera que divido mi tiempo entre dos teclados, el del piano y el del ordenador, entre el estudio al piano del repertorio seleccionado y la escritura del guión que va a acompañar a la parte musical. Su estructura no sigue las pautas narrativas convencionales (exposición, desarrollo y desenlace) sino que utiliza un esquema musical (exposición, desarrollo y re-exposición) que se cierra sobre sí mismo como una forma Sonata. Es un guiño y al mismo tiempo un recurso que busca potenciar la interacción entre palabras y música aportando mayor cohesión el conjunto.

Pero hay un tercer trabajo no menos importante que, sin embargo, debe pasar desapercibido para el espectador o, por lo menos, no debe quedar evidenciado de manera explícita; es más, su “invisibilidad” es el indicador que mide su eficacia. Me refiero a la planificación de las secuencias musicales. Es un trabajo laborioso y complejo y lo suficientemente importante como para plantearnos, de partida, varias reflexiones. Para empezar, tenemos claro que la cámara no tiene que ser un ojo estático que contempla con curiosidad las evoluciones de las manos sobre el teclado, como si fuera un espectador sentado en su butaca. Pero ni tanto ni tan calvo: es probable que la cámara puede sentir ganas de moverse impulsada por una necesidad de compensar la ausencia de acontecimientos mientras la música suena. Es hasta cierto punto inevitable que tal tentación surja pero no hay que olvidar que la música, aquí, no es un complemento de la imagen, no está subordinada a la imagen. Es justamente al revés. Si así lo hiciéramos estariamos creando un videoclip.

No hay que perder de vista que mientras suena la música sí están pasando cosas: el teclado es un escenario en el que una obra se expresa a través de las manos. El gesto y el rostro del intérprete también interviene en la función. No se trata, por tanto, de que a la cámara no se le permita moverse, sino que lo haga en sintonía con el guión musical. A veces el interés residirá en registrar la pulsación de la mano derecha; en otras en el vuelo al aire de la izquierda o en un ademán del rostro. Puede suceder incluso que la clave de un instante no esté ni en las manos ni en el rostro, sino en un leve movimiento de aproximación de la cámara que nos incite a prestar especial atención a un determinado pasaje. Y habrá momentos en los que la cámara deberá quedarse quieta. La cámara también tiene que detenerse a escuchar. Por ello se hace necesario planificar.

El objetivo que nos hemos marcado es que la cámara sea parte activa en la interpretación de la música, que de alguna forma contribuya a completar la partitura, que armonice con la propia música y ayude a su transmisión al oyente. En resumidas cuentas, que la vista se comporte como oído. El trabajo pasa entonces por una fase previa muy curiosa: el intérprete debe dirigir al director para que el director pueda interpretar la música en imágenes. El día que planteé el proyecto a Julio le dejé bien claro que éste iba a ser un proyecto de dos en estrecha comunicación. Me refería a lo que acabo de explicar y él lo comprendió perfectamente y lo compartió. Y en ello estamos. Y surgen dudas, claro, cómo no van a surgir, e incertidumbres. Muchas. Pero también existe el pálpito de que nos adentramos en una aventura que, a buen seguro, nos va a enriquecer a ambos. Si el resultado final acompaña, mejor que mejor, evidentemente. En ello vamos a poner todo el empeño.

Cielo

Bajo este cielo impecablemente azul, a las seis y media de esta tarde, se habrán besado unos enamorados, salían a pasear los caminantes con la chaqueta del chandal anudada a la cintura, y volvía el recuerdo inesperado de algo que hemos oído esta mañana de una voz anónima mientras recogíamos la prensa sin atrevernos a girarnos y mirar, a saber, que alguien de 31 años espera en una cama de hospital a que llegue el martes para que le digan si lo que tiene en el hígado es lo que no quiere tener; seguía esperando a las seis y media de la tarde al mismo tiempo que alguien estaría de guardia en su puesto de trabajo con la cabeza apoyada en la mano izquierda y la derecha pasando las hojas de algo, la vecina llamaba a gritos a su hijo (algún estropicio habría hecho), la televisión emitía películas amodorradas, la radio hacía sonar una canción y en la autopista un coche se comía el asfalto a 180 kilómetros por hora y puede que hasta al revés. Bajo ese mismo cielo azul los chavales entraban contentos en la tienda de las golosinas, el maniquí del escaparate de enfrente miraba pensativo, un anciano caminaba apoyado en su bastón y seguramente unas manos estarían poniendo en hora su reloj.

A las seis y media de la tarde he tomado esta fotografía azul del techo bajo el cual la gente se levantaba de la siesta, regaba las macetas o bajaba la cuesta en bicicleta; otros subían al autobús, o mascaban chicle sentados en el respaldo de un banco de metal y había quien se apresuraba a escuchar tinieblas de pasión y clavos, incienso y cera, contemplando esculturas ensaetadas de sangre y espinas. Y adónde nos lleva esto, dirás. No nos lleva a ninguna parte; es sólo que al mirar este cielo tan azul he pensado en todo lo anterior y me he quedado un poco perplejo, la verdad. Nada más.