Archivo por meses: marzo 2006

Pasión

Desde hace 6 años, cuando llegan estas fechas, me llaman para impartir una charla que elaboré en la primavera del 2000 sobre la “Pasión según San Mateo” de Bach que titulé en su día “La Pasión según Bach” como declaración de intenciones: es la mirada poética de Bach, que traduce en música el texto del evangelio de Mateo, la verdadera protagonista aquí. El encargo me ilusiona por partida doble: por tratarse de una nueva oportunidad de trabajo y porque pocas cosas hago tan a gusto como este evento.

A pesar de su aparatosa presencia (tres coros y dos orquestas), para mí la Pasión de Bach es una obra intimista que encuentra en los momentos reflexivos y en los silencios sus mayores logros expresivos. Ocurre que, tradicionalmente y sin que no se sepa bien la razón, se ha sometido cada nota de esta obra a un examen exhaustivo en busca de significados ocultos, la mayor parte de las veces de manera forzada, en busca de hallazgos de supuestas citas a tal y cual versículo según el número de notas contadas de arriba abajo si pones la partitura de lado y cosas así. Y el problema no es que al final la Pasión quede reducida de esta manera a un pintoresco y complicado jeroglífico matemático de resonancias esotéricas de esos que excitan tanto a los buscadores de misterios, sino que el resultado de este buscarle tres pies al gato, esta abundancia de “cosas”, perjudica aquellos instantes en los que el detalle sutil realmente está presente para subrayar el argumento. El misterio existe en estas ocasiones justamente por pasar desapercibido no obstante haber sido buscado y anotado cuidadosamente por el compositor.

Uno de esos instantes ocurre en el momento es que se presentan falsos testimonios contra Jesús sin que este se defienda. En ese instante la voz del evangelista nos dice: “pero Jesús guardaba silencio”, y el fragmento de la partitura correspondiente a estas palabras se nos presenta a la vista de esta manera:

El detalle que consigue extraer toda la fuerza expresiva del instante viene dado precisamente por el calderón sobre el silencio del compás final (esa media circunferencia con un punto en el centro) y que indica una prolongación de dicho silencio: “pero Jesús guardaba silencio”, nos dice Mateo. Y es ese silencio, denso y tenso, el que introduce Bach a continuación por medio de ese símbolo básico de la grafía musical, estratégicamente situado. Hay que apresurarse a decir que en las grabaciones el efecto queda casi siempre anulado por el técnico de sonido, que da paso al siguiente fragmento ajeno a la importancia de mantener aquí vivos esos segundos de silencio. Y eso ocurre porque el silencio aquí se anuncia a través de la vista.

Otro momento significativo tiene lugar cuando Judas se arrepiente de su traición y decide ahorcarse. El evangelista dice: “y echándose una soga al cuello, se ahorcó”, y la ilustración musical que hace Bach de la palabra “ahorcó” es sorprendentemente la de una nota suspendida literalmente de la “soga” de la ligadura que parte de la nota pequeñita:

Se trata, en ambos casos, de verdaderas “imágenes” musicales cuyo principal y enigmático atractivo reside, como ya he dicho antes, en que pasan desapercibidas para el oyente a no ser que mire la partitura, cosa que en las interpretaciones de la Pasión en los tiempos que vivíó Bach era improbable que sucediera.

La cuestión entonces es: si estas figuras pasan desapercibidas para el oyente, ¿para qué tomarse la molestia de crearlas? Similar pregunta cabría formular a los antiguos constructores de catedrales que solían colocar en un lugar inaccesible, quizá en lo alto de una nave, una piedra tallada con su nombre destinada a no ser vista por nadie. Una posible respuesta la encontramos en la anécdota que protagonizó el célebre arquitecto Edwin Lutyens. Se encontraba supervisando el trabajo de uno de sus ayudantes cuando se percató de un pequeño defecto de simetría en el diseño de una fachada. El ayudante le hizo notar que dicha simetría no podía apreciarse de ninguna manera dado que un muro alto la ocultaba de la vista. “No merece la pena, nadie lo podrá ver”, dijo el ayudante. Pero sir Edwin Lutyens insistió en la corrección del defecto afirmando: “Dios lo ve”.

Ocio

Esta mañana me he despertado algo abatido, quizá porque me dolía la garganta. Ya lo supuse ayer cuando me quise poner a escribir en el blog y me dio mucha pena la intermitencia del cursor. Y antes me había sentado a ver la tele muy arrimado a la esquina del sofá, como para ocupar poco espacio. Cuando me pasan cosas así es que voy a coger unas anginas o me va a dar un cólico de riñón. Fijo.

Una vez dicho esto, ya no es tan extraño entonces que esta mañana me haya despertado algo abatido y como ya no es tan extraño pues voy a decir que, en realidad, me he despertado bastante abatido. Sentado en la cama me he acordado que ayer, Julio me avisó que pusiera la radio si me acordaba porque en su intervención semanal iba a salir la escalera de este blog desde donde Angelica Huston está en éxtasis permanente. He mirado la hora, he puesto la radio y me he vuelto a sentar en la cama. Todavía no hablaba Julio sino que lo hacían una concejala de algo y una voz de una empresa contratada por la concejala “para arreglar lo del ocio entre los jóvenes”. Lo llaman “ocio alternativo” y escuchándolas hablar con tal vehemencia se diría que el ocio a secas únicamente consista en ir de bar en bar agarrándote una cogorza de miedo o que ir al cine sea un delito. Es algo bastante extraño.

El locutor les ha preguntado qué proponían como ocio alternativo y entonces han dicho que había una serie de actividades muy interesantes este año, como el mazabol, la gymkana verdulera y un campeonato pre-deportivo. Mi abatimiento y yo estábamos sentados en la cama cuando han dicho eso y nos hemos mirado encogiéndonos de hombros esperando a que fueran algo más explícitas. ¿Qué quiere decir campeonato “pre-deportivo”, por ejemplo? Pues al parecer, “algo que parece deporte pero no llega a serlo del todo”. ¿Y la “gymkana verdulera”? Pues “algo muy original e interesante”. ¿Sí?, ha preguntado el locutor con cierto escepticismo, haciéndonos un favor a mi abatimiento y a mí. “Pues sí”, han respondido con decisión, “porque consiste en ir con unas cámaras de fotos desechables por los bares para fotografiar digamos que una tapa que lleve un espárrago”. Mi abatimiento ha llamado la atención sobre el hecho de que eso era una contradicción flagrante porque si el ocio alternativo pretende sacar a los chavales de los bares para qué los metes a los bares a sacar fotos, coño. Para entonces, yo ya me había vuelto a meter en la cama, y yacía boca arriba con el brazo derecho tapándome los ojos.

Estimuladas por el locutor, han nombrado otra actividad cuyo nombre he olvidado aunque tampoco importa porque después de decir que era una actividad muy interesante (todas las actividades eran o interesantes o muy interesantes) no han podido explicar en qué consistía porque desconocían de qué trataba dicha actividad interesante. Una lástima. La concejala, avezada en esto de lidiar silencios incómodos, ha cambiado hábilmente de tercio y con voz de mitin ha dicho que lo esencial era que este año, “los jóvenes no van a tener que acercarse a nosotros; somos nosotros los que vamos a ir a buscar a los jóvenes así que hemos organizado una excursión a Huesca”, de lo que parece deducirse que los jóvenes habitan en Huesca.

Digo yo si al ocio no le sobrará algún prefijo y unos cuantos adjetivos, independientemente de que todavía queden plazas para que te enseñen a manejar algo parecido al yo-yo, que es una actividad que se les había olvidado citar antes, por cierto.

Olga

Cuando yo era pequeño, me imaginaba que a los 30 años sería un señor muy serio, casado y con dos niños. También me veía a mí mismo yendo a trabajar a la oficina con un maletín marrón en la mano y llevando barba. Eso era para los 30. Pero ahora tengo 36 años y como resulta que estoy soltero, sin niños, sin maletín, sin oficina y hasta sin barba, salgo al atardecer a pasear en vaqueros y con la camisa por fuera buscando el primer olor de la primavera, que surge en un rincón umbrío del jardín y empieza por el siseo suave de los aspersores, sigue por la visión de las hojas oscuras con su brillo de plata líquida y termina por embriagarte con su esencia húmeda de miel y regaliz.

A eso es a lo que he llegado.

Quizá sea hombre de poco provecho y eso lo pensaba yo cuando me he parado a aspirar profundamente ese olor con los ojos cerrados y, por un instante, hasta no me ha importado no tener barba.

Todo ha venido porque después de charlar con mi amigo Julio y despedirnos a la puerta de la cafetería he visto a Olga. La última vez que ví a Olga ambos teníamos 9 años y hoy nos hemos ido a encontrar justamente a las puertas del edificio que hacía las veces de parvulario. Llevaba de la mano a un niño que se empeñaba en alcanzar las bolitas de los arbustos y que tenía las rodillas manchadas de arena. Ella me ha sonreído y me ha llamado por mi nombre y yo le he sonreído y le he llamado por el suyo. La de cosas que pueden pasar por la cabeza en el instante que dura decir un nombre y mostrar una sonrisa. Por ejemplo: cuando tenía 8 años, mi hermana me hacía rabiar diciéndome que Olga era mi novia y eso me daba una rabia que ni te cuento, y yo respondía con mucho énfasis “Ella-No-Es-Mi-Novia”. No, no lo era. (¿O sí?). El caso es que años después vi a Kevin Arnold en el capítulo primero de “Aquellos maravillosos años” diciendo “Ella-No-Es-Mi-Novia” de Winnie Cooper con la misma cara y el mismo énfasis y para colmo la voz en off aseguraba que “no, no lo era” y en ese momento me acordé de Olga y descubrí que yo era Kevin Arnold.

¿Ves la de cosas que da tiempo a pensar mientras dices un nombre y sonríes?. Pues todavía hay más: había columpios con la pintura roja descascarillada en el Paseo de Invierno, la bola y el cubo al que te podías encaramar como si subieras por un andamio de colores que estaba siempre muy frío. Había dolor de garganta y pasamontañas por la mañana en invierno y pinturas plastidecor, de 12 y de 24. Todo esto había y también que en aquella cara que me sonreía estaba la Olga de entonces, intacta, pero con gesto y nariz de madre. Y me han dado ganas de decirle que 30 años después yo no tenía barba pero que, a cambio, iba en busca de la primavera escondida en el olor de un jardín del que sería capaz de robar unas flores para ella, si quería.

Pero entonces he oído otra vez mi nombre, esta vez de una voz muy mayor, y al girarme he visto a la madre de Olga, a la que no he tenido que decir los años que habían pasado ni que el edificio que teníamos de decorado de fondo era el parvulario porque ella misma se ha encargado de decirlo mientras me tomaba las dos manos (eso me ha llamado la atención y me ha hecho sentirme bien) y me miraba con esa mirada de madre buena que te mira al ojo derecho y luego al izquierdo y vuelve al derecho, que es un tipo de mirada muy afectuosa con sabor a galletas en lata de metal aunque te marea un poco. Me ha dicho que si me acordaba de ella, y yo que claro que sí, y después que si me acordaba de Olga y yo que cómo no me iba a acordar, mujer.

Y ha empezado a rememorar en la misma frase una abuela desdibujada en el recuerdo, meriendas de trozos de pan con chocolate, nombres olvidados que de pronto tomaban forma de rostro de niños y niñas que ahora ya no serán niños ni niñas… Y entonces se me ha aparecido de golpe la imagen de María Luisa Seco en la tele anunciando “Un globo, dos globos, tres globos”, ¿te lo puedes creer? y me ha entrado una tristeza horrorosa, porque Maria Luisa Seco era una chica muy simpática con el pelo muy liso y la boca muy ancha que vivía a las 6 de la tarde en la tele y que se murió de cáncer cuando teníamos 7 u 8 años y en el capítulo siguiente ya no salía. Y eso era incomprensible. Ha sido la mirada de Olga, que no se ha acercado en ningún momento, todo sea dicho (aunque yo tampoco me he acercado, lo reconozco, para que realmente todo sea dicho), la que me ha hecho volver al presente. Me miraba con una sonrisa que tenía un poco de sorpresa, algo de recuerdos que yo habré olvidado, supongo, y una petición simpática de paciencia para con la madre, más o menos. Quizá también había en la sonrisa un gesto de complicidad de quien sabe perfectamente que vas en busca del olor de miel y regaliz del jardín y que no le importa. Sí, ya sé que eso no lo ha podido pensar pero he decidido incorporarlo a su sonrisa antes de que nos despidiéramos todos.

Cuando yo era pequeño, me imaginaba que a los 30 sería un señor muy serio que iba a la oficina con barba y maletín y un día salió en el periódico que la familia de Olga había visto un ovni mientras bajaba del Moncayo. En la tele salían Gloria Fuertes y Maria Luisa Seco y hablaban palabras en blanco y negro con sabor al chocolate de la merienda. Hoy esto es lo que hay. (No me quejo)

Vienen

Estamos de enhorabuena. Después de tocar muchas teclas, hemos conseguido patrocinio para que puedan visitarnos los chicos de Basilio Astúlez, el coro de niños de Leioa, el coro de colores, que tan honda impresión causaron en mí tal y como reflejé en este post. Será el 20 de Mayo, sábado. Los vamos a recibir con los brazos abiertos y estamos convencidos de que ellos nos van a dejar con la boca abierta y el corazón reconfortado. Lo que este grupo lleva consigo es difícil de transmitir con palabras.

Pues eso, que estamos muy contentos. Mucho.

Directo

7 vidas“7 vidas” es una sit-com que hace justicia a su nombre por méritos más que suficientes. Llegar al capítulo 200 en estos tiempos de turbulencias televisivas es un acontecimiento digno de celebración y esta noche lo han hecho realizando el capítulo en directo. Toma ya. La experiencia se ha saldado con nota y ha permitido al espectador participar, por una vez, de una experiencia inusual: la empatía con el elenco de actores, porque hoy eran actores más que personajes. Hoy no se veía a Sole repartiendo collejas sino a Amparo Baró haciendo de Sole y jugándose el tipo ante una platea de varios millones de personas. Lo mismo es aplicable para los demás, con la excepción de Javier Cámara y Paz Vega, cuyo breve segmento venía grabado al no poder estar presentes por compromisos laborales.

Lo de “7 vidas” tiene mayor mérito porque ha conseguido clavar cada uno de sus personajes y no sólo sobrevivir a la posterior fuga de los actores/actrices que les daban vida sino que ha sido capaz de repetir la operación con idéntico resultado durante años. En las series de televisión (y también en el mundo de la canción), pasa una cosa muy curiosa: en cuanto alguien tiene un éxito grande siente la repentina necesidad de “echar a andar en solitario”, esa es la frase socorrida en esos casos pero ocurre que, salvo excepciones contadas, el recorrido posterior es muy breve; parecen no darse cuenta de que el éxito obtenido no reside en ellos como individualidades, sino en ellos como pieza del engranaje de un colectivo. Esta temporada “7 vidas” ha experimentado un descenso de la audiencia porque esta vez no se ha ido un personaje, se han ido varios de golpe y algunos eran verdaderos pilares de la serie (nunca te tenías que haber marchado, Carmen Machi).

Como ya he dicho en alguna otra ocasión que yo de mayor quiero ser productor ejecutivo de una serie de tv (de una serie buena, ya puestos), puedes imaginar el interés con el que he seguido la emisión. Me he fijado en muchos detalles curiosos y he apreciado el fantástico trabajo realizado con precisión de relojero pero sobre todo, me ha llamado la atención que la ficción ha fluido con la naturalidad de lo real mientras que el único desliz apreciable en el ámbito real (la risa no contenida de Carmen Machi interrumpiendo momentáneamente su diálogo con Gonzalo de Castro) ha resultado del todo ficticio. Seguramente lo era, venía en el guión. Qué curioso. Así que en la siguiente pausa publicitaria me he quedado dando vueltas a eso, a la idea de tener que falsear la realidad precisamente para acrecentar su carga de veracidad; teatralizar el directo para recordarnos que lo que vemos no es teatro grabado. Iba a llegar a alguna conclusión sobre el asunto cuando ha empezado el siguiente bloque y ya he perdido el hilo. En cualquier caso, magnífico trabajo. Aplausos.

Maldad

La encarnación de la maldad tiene forma de hombre de aspecto inofensivo con barba canosa y recortada y si tienes un poco de mala suerte puedes cruzarte con él los domingos por la mañana cuando vas a coger la prensa. En casos así tienes dos opciones: volver sobre tus pasos y marcharte o bien seguir adelante, deslizándote sigilosamente a sus espaldas raudo hacia el fondo, más allá de la sección de librería, donde se acumulan las cajas de cartón y donde conviven amontonadas las novedades literarias que se colocarán el lunes junto con aquellos libros condenados a la devolución. Las personas que llevan dentro un alma podrida emanan una especie de halo que distorsiona el ánimo de todo aquel que entra en su radio de acción. Hay que tomar distancia.

Allí al fondo, yo espero a que este individuo, cuya voz pausada suele elevarse sobre las demás para faltarle al respeto a la dependienta por pura diversión y por los motivos más absurdos, termine lo que ha venido a hacer mientras ojeo libros diversos que, las más de las veces, he cogido del revés. Es lo que pasa cuando te hierve la sangre contemplando escenas así sin poder intervenir. Hoy, al menos, he descubierto entre pilas de libros la reedición de la “Poética musical” de Igor Stravinsky (El acantilado, 13 euros), volumen menudo (y menudo volumen) pero enjundioso, que recoge las conferencias dictadas en su día a los alumnos de la Universidad de Harvard. El libro es imprescindible, justo lo contrario que el individuo que groseramente pone en evidencia sin motivo a la paciente dependienta. Qué oscuridades tiene que haber en el fondo de algunas personas para que necesiten joder al prójimo para sentirse realizados cada día. Tanta oscuridad como para no ver su propia desgracia, quizá.

Click

Sonríe.

(click)

Si Kirsten Dunst me hiciera posar para una foto yo pensaría mientras tanto que una vez estuve en casa de un pianista famoso que guardaba con entusiasmo en vídeo una película normalita sólo porque en el minuto 28 aparecía un árbol precioso al fondo del encuadre. Y pensaría eso porque algo así me pasa con “Elizabethtown” (Cameron Crowe, 2005), que si hubiera sido rodada en los años 40 por la RKO a las órdenes de un Garson Kanin con la propia Kirsten Dunst sería recordada como un “clásico amable” de la comedia (que es el eufemismo que se suele emplear cuando una comedia no es redonda pero cae simpática y da apuro decírselo a la cara) y no como la comedia romántica “sin más”, o “del montón” que es como habitualmente se la despacha. No es lo mismo ser un clásico amable que una comedia sin más, hay cierta diferencia de grado. Quizá la clave esté en el paso del tiempo, que puede aportar solera, como al vino, o lo puede echar a perder.

En cualquier caso, lo que destaca de manera especial en “Elizabethtown” es el papel de Kirsten Dunst, que se apodera de su personaje y hasta se pone a la música de fondo como perfume para enamorarte. Todos los elementos armonizan en torno a ella. A su lado, no sabemos si Orlando Bloom vale para la comedia o no, pero tampoco importa mucho. Parece que sí en los primeros momentos de la película, cuando todavía no ha subido al avión donde le espera un hada vestida de azafata, pero desde ese instante su función pasa a ser la de acompañamiento de la melodía principal. A mí, que tanto miedo me dan los aviones (sobre todo por el ruído) me tranquilizaría mucho saber que a bordo viaja Kirsten Dunst haciendo su papel en “Elizabethtown”. Y seguro que no haría falta que me dijera “sonríe” para sacarme la foto.

(click)

TPs

Llevo días diciéndome: que no se termine la semana sin anotar que tiene narices lo de los TPs de este año, así que voy a ello.

Tiene narices lo de los TPs de este año. Que la emisión de la gala de entrega de los únicos premios de televisión que otorga la propia audiencia haya sido rechazada por la totalidad de las cadenas demuestra un desprecio por los televidentes increíble. Entonces ¿a qué tanta importancia a los shares y a los índices de audiencia? También es una falta de respeto a una revista que lleva la friolera de 40 años informando puntualmente a los sufridos espectadores de la programación de las cadenas. Ya que a las cadenas les sale gratis la publicidad qué menos que un aprecio, ¿no?. Pues ni caso. Con la paciencia que tienen que tener estas publicaciones y el mérito que supone informar por adelantado de una parrilla a sabiendas que no sirve para nada porque se va a cambiar caprichosamente a golpe de contraprogramación para intentar hacerse con una audiencia que luego no es tenida en cuenta. No entiendo nada.

En realidad, ninguna cadena ha querido emitir la gala porque están todas de uñas entre sí y ninguna está dispuesta a decir en sus informativos que la rival se ha llevado 7 premios y aquí sólo 5. Por eso la otra tarde, en Cuatro, se protestó porque cada cadena sólo había informado de sus propios premios, omitiendo los de los demás. Luego dijeron que en Cuatro no iban a ser tan malos y que los iban a decir todos. Fue todo un detalle, las cosas como son, lo que pasa es que luego lo fastidiaron diciendo que “de lo que no cabe ninguna duda es que Televisión Española es la gran perdedora de este año”, en alusión al bajo número de premios obtenido. Oiga usted, la gran perdedora de este año ha sido su cadena, leches, que no ha sacado ni uno. Es que llevamos poco tiempo en antena. Pues estaban nominados, oiga.

Pero el trasfondo de todo lo anterior deja entrever un fenómeno emergente que debería empezar a inquietar a las cadenas y al que, sin embargo, no están dando la importancia que se merece, creo yo. La gala fue retransmitida por Internet y ese detalle arroja una luz muy importante sobre un hecho incuestionable: hay otras pantallas, y cada vez adquieren mayor importancia. Cada noche, hay un prime time paralelo a las cadenas que tiene lugar en los propios televisores (el consumo de dvd´s sigue disparado al alza, a la gente le gusta diseñar su propia programación) y en los monitores (hay muchísimos miles de personas navegando por Internet). El contenedor de la audiencia tiene un agujero que se va ensanchando y por el que se va un número cada vez mayor de espectadores. Y por eso están todas las cadenas tan nerviosas y haciendo cosas rarísimas como sembrar un programa y arrancarlo de raíz al segundo día. Ellos sabrán lo que hacen.

Proyecto

Estoy inmerso en el diseño de un ciclo de charlas sobre Mozart que es mi principal proyecto profesional de este año, tanto por razones obvias (los aniversarios mandan, si no fuera por ellos sería difícil poder colocar un proyecto así) como por la naturaleza del evento (que es lo verdaderamente importante: los aniversarios son un pretexto estupendo para llamar la atención sobre determinados asuntos; lo que hace falta es saber aprovecharlos). El reto me resulta tan estimulante como desasosegante; que yo recuerde, el ciclo Bach del año 2000 no me dio tantos quebraderos de cabeza.

Mientras anoto, medito, deshago, relaciono, escucho, voy al armario de la cocina donde está la tableta de chocolate, toco, busco, espero, hago un paréntesis para tomar distancia y mirar desde lejos y retomo el asunto otra vez anotando, meditando y, en definitiva, las mismas cosas que al principio de la frase pero ahora en gerundio, estoy llevando a cabo una especie de making-of mental. Quiero decir que, por primera vez, estoy reparando en el proceso que empieza desde la nada y que conduce, mediante el procesamiento de una gran cantidad de información convenientemente filtrada, seleccionada, traducida en términos precisos, ensamblada y finalmente afinada, a un resultado cohesionado y estructurado en tres sesiones.

El proceso es el siguiente: al principio ves una nebulosa oscura y espesa; ocasionalmente surge un destello aquí y allá que no termina de concretarse. Llega un instante, cuando menos te lo esperas, motivado por la razón más insospechada, en que sientes el pálpito de que ya lo tienes. En realidad, el “ya lo tienes” es muy vago; puede proceder de una frase, de la asociación de dos conceptos, de una melodía, pero es suficiente para tener la certeza de que con ello has conseguido enhebrar la aguja que te va a permitir realizar el cosido.

En este caso el instante fue un mediodía, mirando por la ventana y el pálpito vino al recordar súbitamente una melodía. Supe entonces que todo iba a derivar de esa melodía. Lo curioso es que, desde ese momento, mientras voy incorporando piezas al puzzle, la melodía en cuestión ha pasado de estar en el encabezamiento de la partitura a ser una idea secundaria. Asumo que entra dentro de lo posible que al final no quede de ella rastro alguno. Es algo parecido al andamiaje que rodea una construcción: al final no queda ni rastro de los andamios pero gracias a ellos se ha conseguido levantar el edificio.

Por otra parte, sigo partiendo de la premisa de que el trabajo va a tener como protagonista y objetivo principal la propia materia sonora, la música. A veces la música parece ser la excusa, la banda sonora de fondo al servicio de palabras que la rodean sin adentrarse en ella. Que la música sea la verdadera protagonista no hace que deje de ser consciente en todo momento de que el público al que va dirigido el ciclo no tiene por qué saber de música, no es un público especializado. Ello no quiere decir que nos quedemos en la superficie. La experiencia me ha llevado a desarrollar una metodología destinada a hacer visibles los detalles y comprensibles aquellos aspectos que revierten en una mejor apreciación y un mayor disfrute de la audición con buenos resultados. Esta vez cobra una importancia decisiva tener cerca un piano. El piano es el banco de pruebas. Tengo claro que va a ser una exposición desde el teclado de donde saldrán los motivos, los fragmentos y las ideas que unas veces validarán lo expuesto en palabras y otras plantearán nuevas cuestiones que requerirán respuesta. Lo dicho, un reto tan estimulante como desasosegante.

Así que esto es todo lo que dispongo en estos momentos: una melodía que va cambiando de lugar, las piezas del puzzle ordenándose por colores, ideas que llaman a la puerta sin horario, pálpitos e incertidumbres a dos voces y a veces, y la presencia de un piano. Lo demás son ráfagas, intuiciones, que poco a poco irán concretándose o sustituyendo a otras o disolviéndose ambas ante la presencia inesperada de un nuevo hilo conductor que nos lleve por la senda que nos acerca al enigma Mozart. También tengo claro que cuando escribo “nos acerca” lo hago sabiendo que esa es la meta porque llegar del todo a Mozart no se puede. Yo al menos no puedo, no sé cómo hacerlo. Quien pretenda llegar al fondo de la cuestión mozartiana se adentra, creo yo, en una aventura destinada siempre al fracaso. Pero esa incapacidad es muy emocionante porque nos da la medida exacta del prodigio.

Náufrago

A sus 15 años, la vida le ha dado a Pablo un palo muy gordo y un enorme talento y en estos momentos se encuentra hecho un lío. No es poco para tan breve biografía. Aunque todavía no lo sabe, el teclado del piano es para él la tabla a la que se aferra un náufrago para mantenerse a flote. Lo sé porque llevo varios años sentándome a su lado una vez por semana intentando buscarle mientras del barro sonoro donde proyecta su dispersión surge, cuando menos te lo esperas, un instante luminoso que te conmueve profundamente. Yo intento inculcarle un mínimo sentido de la disciplina que le ayude a centrarse y consiga canalizar adecuadamente lo que lleva dentro y para lo que la música actúa como válvula de escape. También intento con todo el tacto y el cuidado del que soy capaz conseguir que adquiera confianza en sí mismo; que empiece a creer en él. A veces me gustaría decirle que no está solo, aunque no sé si eso servirá de algo. Por si acaso procuro no perderlo de vista en las pleamares y en las bajamares y pongo empeño especial en ello sin que se note (él no va a leer estas líneas) que yo también soy un náufrago de otras tempestades.

Medium

Sobre Mozart. Los biógrafos tienden a interpretar los hechos en vez de limitarse a exponerlos y eso dificulta aún más si cabe la ya de por sí complicada tarea de enfrentarse al enigma Mozart. Imposible tarea, diría yo. No pudiendo pedirse más documentación de primera mano (en sentido literal), nada dice ésta sobre su música y nada se encuentra en la música sobre su autor. Por si fuera poco, ni siquiera podemos trazar una evolución clara en su periplo artístico: el Mozart maduro no existe en realidad. La genialidad siempre estuvo ahí, desde el principio, manifestándose en su más absoluta perfección de manera ocasional. A los hechos me remito: escuchamos el movimiento lento del tardío concierto para piano 23 pero ya el mismo movimiento del temprano concierto para piano número 9 emerge, súbitamente, como un milagro cuya factura y calado más bien sugiere pertenecer a la madurez de un genio antes que a un adolescente que está descubriendo e incorporando experiencias. Es una obra culminante al principio de una carrera. Desconcertante.

Quizá haya sido Wolfgang Hildesheimer quien haya dado en el clavo, a propósito de un comentario sobre la Serenata en do menor para instrumentos de viento K. 384a, obra cuya intensidad dramática no parece adecuada para su destino, una amena velada nocturna. A tenor de lo que podemos leer en una carta de Mozart a su padre Leopoldo del 27 de Julio de 1782, el siempre escéptico y prevenido Hildesheimer apunta que “Es factible que él mismo no se diera cuenta del contenido emotivo de la composición, pues no conservaba recuerdo del acto mismo de la creación y la escritura era un desenlace automático durante el cual, justamente, se separaba de su obra. En este fragmento, entonces, un contenido inconsciente se comunica a quien escucha eludiendo al mismo mediador: no sería la única ocasión”.

Mozart es un médium.

Llamada

Me dice Mari que nada más bajar a por el periódico me han llamado por teléfono. Un tal Joaquín. ¿O era Alfredo? Hace unos años me sorprendía que Mari dudara entre nombres tan dispares pero ahora ya me he acostumbrado. Hubo un tiempo en que lo de Mari me preocupó un poco, más que nada por mi hipocondria que se proyecta en temores alarmantes sobre la salud de los demás y alguna vez, en la cocina, la sometí a alguna prueba de memoria con sutil disimulo, algo del tipo cuál es el quinto dígito de mi número de teléfono móvil y cosas así que interrumpían su canturreo mientras pasaba la balleta por la encimera y me miraba raro. Pero como digo ya me he acostumbrado.

Lo curioso es que siempre duda entre dos nombres, el primero lo dice con seguridad, el segundo entre interrogaciones, pero lo mejor es que casi siempre, como ha ocurrido esta mañana, yo no conozco ningún Joaquín ni ningún Alfredo. En estos casos en los que llama una voz masculina le suelo preguntar si la voz era joven o de mayor, porque si es joven lo más probable es que sea alguien que llama para que le de unas clases; si es mayor, seguro que no es para eso, porque para esas cosas siempre llaman las madres. Hoy le he hecho esa pregunta a Mari mientras dejaba el pan sobre la mesa y me quitaba el abrigo y me ha respondido textualmente que el que ha llamado tenía voz de banco. ¿Qué es exactamente tener voz de banco? No lo sé, ha dicho Mari encogiéndose de hombros, es sólo que me ha parecido que tenía voz de banco, y se ha ido por el pasillo canturreando agarrada a la escoba. Me he quedado perplejo. Para colmo, los bancos me dan mucho miedo, tanto como los viajantes de la editorial Planeta, el vecino del segundo o las monjas en general. El que sea volverá a llamar, ha dicho Mari desde el fondo del pasillo. Así que estoy esperando con impaciencia para resolver el misterio. Si el que ha llamado eres tú, ya estoy en casa, ¿vale?

Masterclass

Martin ScorseseLos de la FNAC se siguen portando en lo que a cine en dvd respecta, hay que reconocerlo. A la vuelta de estantería me encontré el jueves frente al doble dvd “A personal journey with Martin Scorsese through american movies” que viene a ser una masterclass en tres capítulos de 75 minutos sobre la evolución de la historia del cine americano.

La serie se rodó en 1995 promovida por el British Film Institute dentro de los actos de conmemoración del centenario del cine y aquí fue editada en libro pero el libro era como si te pasaran los apuntes de clase. Ahora es distinto: ahora puedes matricularte y asistir a las clases. La matrícula no es cara (17 euros el doble dvd, 225 minutos de erudición subtitulada y enriquecida con abundante material fílmico) y cuando te dan el temario del curso se te abre el apetito cuando lees cosas como: “El director como contrabandista: la exploración de territorios oscuros (Jacques Tourneur y Max Ophuls)”; “Los ilusionistas y el color: el color, reflejo de emociones”; también figura el capítulo “Raoul Walsh y la disciplina fecunda” sin olvidar el ejercicio práctico: “4 usos del cinemascope”.

Aunque desde los créditos y en el mismo prólogo deja bien claro que se trata de un recorrido personal, Scorsese no está solo: ante el estrado de oradores comparecen John Ford (aunque se limita a decir no, no sé, y no de nuevo ante la impotencia de Peter Bogdanovich), Fritz Lang, expansivo y haciendo gala de su habitual desencanto en sus apreciaciones sobre la condición humana, Capra, Sirk, Vidor, Wilder

Al inicio del recorrido me sorprendió que Scorsese subordinara el análisis técnico a un enfoque sociológico (digámoslo así) de la evolución del cine americano y aunque en los primeros instantes eso me desconcertó un poco porque llegué a pensar que el recorrido se iba a quedar en la epidermis, enseguida aprecié el acierto de la estrategia: la lección de Scorsese nos aporta una herramienta fundamental para colocarnos adecuadamente ante las películas, sobre todo ahora que todo el mundo habla de cine: nos enseña la importancia básica del contexto y del momento. Puede parecer una obviedad pero es el error más común en el que tendemos a caer. No podemos acercarnos a “Código del hampa” o “Los violentos años 20” con la misma mirada con la que nos asomamos a “El Padrino”; si lo hacemos así, fracasaremos, y nuestro fracaso será doble porque al no sintonizar adecuadamente el dial de esas películas de los años 30 perderemos un eslabón importante en la cadena evolutiva que nos conduce ante el señor Corleone con plenos poderes de comprensión.

Interesantísimas también las observaciones de Scorsese sobre la serie B como campo de experimentación y, por tanto, verdadero terreno abonado para el desarrollo del cine al verse sometido el director a una menor presión por parte de los ejecutivos del estudio. En realidad, todo es interesante en estas tres clases que Martin Scorsese efectúa sentado y mirándote fijamente a los ojos entre secuencia y secuencia. Por cierto, me gusta la voz de Scorsese. Hay voces que se escuchan con agrado, independientemente del interés que despierte en tí lo que esa voz te transmite. Y una advertencia: Scorsese tiene una llamativa tendencia a desvelar el desenlace de las películas, se diría que la frase más reiterada es “al final…”, aunque ese final, en ocasiones, no sea un elemento imprescindible en lo que se está contando. Vaya esta advertencia para quienes se sientan animados a apuntarse al curso y no hayan visto “El último refugio”, de Raoul Walsh, “Duelo al sol”, de King Vidor, un buen puñado de las películas de gangsters de la Warner y tantas otras más.

Lo de Scorsese aquí tiene algo de Sagan (tiene muchas estrellas también). Y tan bien.