Archivo por días: 25 marzo, 2006

Cambio

Nos acaban de quitar una hora del reloj. Es un momento del año al que temo especialmente: me estresa. Llegas después de haber pasado la tarde con Javier y Mila en el jardín de su casa, sentados bajo los árboles que tienen las ramas llenas de bultitos que en cualquier momento estallarán en hojas nuevas; después de haber ido los tres al teatro para ver a Raquel haciendo de Virtu (recreación genial y sorprendente: de repente no era Raquel, pero era, qué efecto más curioso); después de haber vuelto a la casa del jardín de los árboles que tienen bultitos en las ramas para cenar y echarte unas risas (y como no te dejan ayudar a preparar a la ensalada te vas al piano y tocas una ensalada de tiempos de sonata de Mozart con aliño de allegro en Fa Mayor incluído); después de una sobremesa llena de risas de las confortables; en definitiva, después.

Y llegas a casa y te encuentras que te han quitado una hora y eso te estresa, coño, porque a mí me gusta mirar el reloj y ver que marca las 2 y 8 mientras escribo en el blog y hoy no puede ser porque no sé a quién no le ha dado la gana que así sea. Miras al reloj cuando son las 2 y 8 y resulta que pone las 3 y 8 y entonces ya es más tarde de lo deseado para ponerte a ver la peli pendiente, o leer un poco, o lo que sea. Y notas que el post lo estás escribiendo con prisa. No me gusta nada esto del cambio al horario de verano. Pero que nada. Te quitan tiempo y ni siquiera te preguntan si te importa. Pues sí, me importa muchísimo: de repente me ha estresado la noche, para empezar. Windows ha cambiado su hora pero yo he decidido no cambiar la mía hasta mañana. Ahora no son las 3 y 8: son las 2 y 8 en punto y punto. Me van a decir a mí la hora que tiene ser. Además, desde que lo he decidido noto que escribo más tranquilo, incluso más despacio, incluso he experimentado cierto alivio. Y aún voy a tener tiempo de ver el final de la peli que dejé ayer a medias sin agobios. Yo es que a partir de las tres y cuarto me empiezo a sentir culpable, como si alguien me fuera a reñir, no sé cómo decirte. En fin, lo dejo aquí para no perder más tiempo.

Guión

La Pasión según BachVengo de hacer “La Pasión según Bach”, que ha vuelto a mover en mí intensas emociones. Y vengo con la sensación de que lo mismo ha podido ocurrir con el público que ha llenado generosamente la Iglesia de los Capuchinos. Haber conseguido condensar en un guión y en un audiovisual una obra de la complejidad de la “Pasión según San Mateo” de Bach es, quizá, el trabajo del que me siento más satisfecho (quizá también porque su confección requirió en su día un gran esfuerzo). El resultado me ha merecido la pena porque el formato admite pequeñas variantes destinadas a orientarlo a todo tipo de públicos, según la demanda.

Llevo 6 años rodándolo desde capitales de provincia a pueblos minúsculos, dirigiéndome a músicos y a aficionados, a adultos y a chavales. Y siempre experimento la misma emoción renovada cuando doy paso al dúo de niños que entona esa poesía sencilla y preciosa tras el apresamiento de Jesús: “Ya tienen a mi Jesús cautivo,/ya el sol y la luna esconden su vergüenza en el ocaso”; y de nuevo el mismo cosquilleo previo, el placer de ir desvelando el detalle desplegando los planos del arquitecto en busca de respuestas a las preguntas fundamentales: ¿cómo se plantea Bach afrontar el reto de traducir en música algo tan complejo y extenso? ¿qué estructura desarrolla para edificar semejante monumento sonoro? ¿cómo resuelve el reto?.

A pesar del rodaje del formato, ayer hice el repaso pertinente por dos razones: la primera, por un inevitable sentido (¿manía?) de tener todo en orden; pero, sobre todo, en el caso de la Pasión, porque en su recorrido hay que manejar muchos hilos emocionales y soltarlos poco a poco requiere cierta destreza que no te puede pillar despistado. Y en el repaso/ensayo de ayer por la noche ocurrió algo inesperado: la encontré vacía. La Pasión que aparecía en los folios y que durante 5 años había mostrado en público me resultaba, de repente, hueca.

La cosa me preocupó bastante hasta que caí en la cuenta de la razón: había olvidado que lo que tenía delante no era un guión pormenorizado sino un esquema, una guía destinada a conducirme por una senda sin perderme. Y entonces me di cuenta de que en los últimos meses, por una razón que desconozco, he pasado, inconscientemente, de tener el papel como guía de referencia a realizar guiones en los que está detallada hasta la última coma. Es como si hubiera perdido reflejos para la improvisación, como si temiera quedarme sin recursos y buscara refugio en la segura comodidad del renglón antes que en la expansión verbal que surje del instante inspirada por el contexto en el que te encuentras.

Eso me ha hecho reflexionar mucho a lo largo del día de hoy que, por cierto, he dedicado en su mayor parte a retocar el guión llenando huecos, pero únicamente los imprescindibles, aquellos que sientes que no pueden faltar y que tienen que ser dichos así. En el resto me he propuesto dejarme llevar, pero con cautela: sólo un poquito. Me he sentido desentrenado como para atreverme de golpe a más, como un deportista en baja forma que siente que tiene que volver a tonificar los músculos poco a poco antes de recuperar el tono. La enseñanza que he sacado de esta vuelta apasionada a la Pasión de Bach ha sido esa: tengo que volver a acostumbrarme a soltarme de la mano del papel con más frecuencia, a rebajar mi dependencia del mismo. Como antes. No sé qué pudo originar ese proceso pero sí sé que tengo que rectificar esa nueva costumbre que se había acomodado. Si es mejor para mí será mejor para quien me escucha, aunque el cosquilleo de los Corales en la nuca siempre será el mismo.

Me siento muy bien. Y muy agradecido a todos.