Archivo por días: 17 marzo, 2006

Pasión

Desde hace 6 años, cuando llegan estas fechas, me llaman para impartir una charla que elaboré en la primavera del 2000 sobre la “Pasión según San Mateo” de Bach que titulé en su día “La Pasión según Bach” como declaración de intenciones: es la mirada poética de Bach, que traduce en música el texto del evangelio de Mateo, la verdadera protagonista aquí. El encargo me ilusiona por partida doble: por tratarse de una nueva oportunidad de trabajo y porque pocas cosas hago tan a gusto como este evento.

A pesar de su aparatosa presencia (tres coros y dos orquestas), para mí la Pasión de Bach es una obra intimista que encuentra en los momentos reflexivos y en los silencios sus mayores logros expresivos. Ocurre que, tradicionalmente y sin que no se sepa bien la razón, se ha sometido cada nota de esta obra a un examen exhaustivo en busca de significados ocultos, la mayor parte de las veces de manera forzada, en busca de hallazgos de supuestas citas a tal y cual versículo según el número de notas contadas de arriba abajo si pones la partitura de lado y cosas así. Y el problema no es que al final la Pasión quede reducida de esta manera a un pintoresco y complicado jeroglífico matemático de resonancias esotéricas de esos que excitan tanto a los buscadores de misterios, sino que el resultado de este buscarle tres pies al gato, esta abundancia de “cosas”, perjudica aquellos instantes en los que el detalle sutil realmente está presente para subrayar el argumento. El misterio existe en estas ocasiones justamente por pasar desapercibido no obstante haber sido buscado y anotado cuidadosamente por el compositor.

Uno de esos instantes ocurre en el momento es que se presentan falsos testimonios contra Jesús sin que este se defienda. En ese instante la voz del evangelista nos dice: “pero Jesús guardaba silencio”, y el fragmento de la partitura correspondiente a estas palabras se nos presenta a la vista de esta manera:

El detalle que consigue extraer toda la fuerza expresiva del instante viene dado precisamente por el calderón sobre el silencio del compás final (esa media circunferencia con un punto en el centro) y que indica una prolongación de dicho silencio: “pero Jesús guardaba silencio”, nos dice Mateo. Y es ese silencio, denso y tenso, el que introduce Bach a continuación por medio de ese símbolo básico de la grafía musical, estratégicamente situado. Hay que apresurarse a decir que en las grabaciones el efecto queda casi siempre anulado por el técnico de sonido, que da paso al siguiente fragmento ajeno a la importancia de mantener aquí vivos esos segundos de silencio. Y eso ocurre porque el silencio aquí se anuncia a través de la vista.

Otro momento significativo tiene lugar cuando Judas se arrepiente de su traición y decide ahorcarse. El evangelista dice: “y echándose una soga al cuello, se ahorcó”, y la ilustración musical que hace Bach de la palabra “ahorcó” es sorprendentemente la de una nota suspendida literalmente de la “soga” de la ligadura que parte de la nota pequeñita:

Se trata, en ambos casos, de verdaderas “imágenes” musicales cuyo principal y enigmático atractivo reside, como ya he dicho antes, en que pasan desapercibidas para el oyente a no ser que mire la partitura, cosa que en las interpretaciones de la Pasión en los tiempos que vivíó Bach era improbable que sucediera.

La cuestión entonces es: si estas figuras pasan desapercibidas para el oyente, ¿para qué tomarse la molestia de crearlas? Similar pregunta cabría formular a los antiguos constructores de catedrales que solían colocar en un lugar inaccesible, quizá en lo alto de una nave, una piedra tallada con su nombre destinada a no ser vista por nadie. Una posible respuesta la encontramos en la anécdota que protagonizó el célebre arquitecto Edwin Lutyens. Se encontraba supervisando el trabajo de uno de sus ayudantes cuando se percató de un pequeño defecto de simetría en el diseño de una fachada. El ayudante le hizo notar que dicha simetría no podía apreciarse de ninguna manera dado que un muro alto la ocultaba de la vista. “No merece la pena, nadie lo podrá ver”, dijo el ayudante. Pero sir Edwin Lutyens insistió en la corrección del defecto afirmando: “Dios lo ve”.