Olga

Cuando yo era pequeño, me imaginaba que a los 30 años sería un señor muy serio, casado y con dos niños. También me veía a mí mismo yendo a trabajar a la oficina con un maletín marrón en la mano y llevando barba. Eso era para los 30. Pero ahora tengo 36 años y como resulta que estoy soltero, sin niños, sin maletín, sin oficina y hasta sin barba, salgo al atardecer a pasear en vaqueros y con la camisa por fuera buscando el primer olor de la primavera, que surge en un rincón umbrío del jardín y empieza por el siseo suave de los aspersores, sigue por la visión de las hojas oscuras con su brillo de plata líquida y termina por embriagarte con su esencia húmeda de miel y regaliz.

A eso es a lo que he llegado.

Quizá sea hombre de poco provecho y eso lo pensaba yo cuando me he parado a aspirar profundamente ese olor con los ojos cerrados y, por un instante, hasta no me ha importado no tener barba.

Todo ha venido porque después de charlar con mi amigo Julio y despedirnos a la puerta de la cafetería he visto a Olga. La última vez que ví a Olga ambos teníamos 9 años y hoy nos hemos ido a encontrar justamente a las puertas del edificio que hacía las veces de parvulario. Llevaba de la mano a un niño que se empeñaba en alcanzar las bolitas de los arbustos y que tenía las rodillas manchadas de arena. Ella me ha sonreído y me ha llamado por mi nombre y yo le he sonreído y le he llamado por el suyo. La de cosas que pueden pasar por la cabeza en el instante que dura decir un nombre y mostrar una sonrisa. Por ejemplo: cuando tenía 8 años, mi hermana me hacía rabiar diciéndome que Olga era mi novia y eso me daba una rabia que ni te cuento, y yo respondía con mucho énfasis “Ella-No-Es-Mi-Novia”. No, no lo era. (¿O sí?). El caso es que años después vi a Kevin Arnold en el capítulo primero de “Aquellos maravillosos años” diciendo “Ella-No-Es-Mi-Novia” de Winnie Cooper con la misma cara y el mismo énfasis y para colmo la voz en off aseguraba que “no, no lo era” y en ese momento me acordé de Olga y descubrí que yo era Kevin Arnold.

¿Ves la de cosas que da tiempo a pensar mientras dices un nombre y sonríes?. Pues todavía hay más: había columpios con la pintura roja descascarillada en el Paseo de Invierno, la bola y el cubo al que te podías encaramar como si subieras por un andamio de colores que estaba siempre muy frío. Había dolor de garganta y pasamontañas por la mañana en invierno y pinturas plastidecor, de 12 y de 24. Todo esto había y también que en aquella cara que me sonreía estaba la Olga de entonces, intacta, pero con gesto y nariz de madre. Y me han dado ganas de decirle que 30 años después yo no tenía barba pero que, a cambio, iba en busca de la primavera escondida en el olor de un jardín del que sería capaz de robar unas flores para ella, si quería.

Pero entonces he oído otra vez mi nombre, esta vez de una voz muy mayor, y al girarme he visto a la madre de Olga, a la que no he tenido que decir los años que habían pasado ni que el edificio que teníamos de decorado de fondo era el parvulario porque ella misma se ha encargado de decirlo mientras me tomaba las dos manos (eso me ha llamado la atención y me ha hecho sentirme bien) y me miraba con esa mirada de madre buena que te mira al ojo derecho y luego al izquierdo y vuelve al derecho, que es un tipo de mirada muy afectuosa con sabor a galletas en lata de metal aunque te marea un poco. Me ha dicho que si me acordaba de ella, y yo que claro que sí, y después que si me acordaba de Olga y yo que cómo no me iba a acordar, mujer.

Y ha empezado a rememorar en la misma frase una abuela desdibujada en el recuerdo, meriendas de trozos de pan con chocolate, nombres olvidados que de pronto tomaban forma de rostro de niños y niñas que ahora ya no serán niños ni niñas… Y entonces se me ha aparecido de golpe la imagen de María Luisa Seco en la tele anunciando “Un globo, dos globos, tres globos”, ¿te lo puedes creer? y me ha entrado una tristeza horrorosa, porque Maria Luisa Seco era una chica muy simpática con el pelo muy liso y la boca muy ancha que vivía a las 6 de la tarde en la tele y que se murió de cáncer cuando teníamos 7 u 8 años y en el capítulo siguiente ya no salía. Y eso era incomprensible. Ha sido la mirada de Olga, que no se ha acercado en ningún momento, todo sea dicho (aunque yo tampoco me he acercado, lo reconozco, para que realmente todo sea dicho), la que me ha hecho volver al presente. Me miraba con una sonrisa que tenía un poco de sorpresa, algo de recuerdos que yo habré olvidado, supongo, y una petición simpática de paciencia para con la madre, más o menos. Quizá también había en la sonrisa un gesto de complicidad de quien sabe perfectamente que vas en busca del olor de miel y regaliz del jardín y que no le importa. Sí, ya sé que eso no lo ha podido pensar pero he decidido incorporarlo a su sonrisa antes de que nos despidiéramos todos.

Cuando yo era pequeño, me imaginaba que a los 30 sería un señor muy serio que iba a la oficina con barba y maletín y un día salió en el periódico que la familia de Olga había visto un ovni mientras bajaba del Moncayo. En la tele salían Gloria Fuertes y Maria Luisa Seco y hablaban palabras en blanco y negro con sabor al chocolate de la merienda. Hoy esto es lo que hay. (No me quejo)

6 pensamientos en “Olga

  1. Anonymous

    Me ha encantado tu relato de hoy. Llevo un tiempo (quizás un mes) que leo diariamente tu blog. Lo encontré de casualidad, mientras buscaba información sobre el libro de mi primo “Caja negra”. Desde entonces estoy enganchada. Todas las mañanas cuando llego al trabajo a parte de mirar el correo y un poco las noticias, miro a ver que has escrito. Salvo cuando escribes de música, que ahi si que me pierdo. Darte mi enhorabuena por tu blog y por esos relatos tan intimistas que hacen que las cosas sencillas cobren importancia.

    Un saludo

  2. Iona

    Javier Marías habla de su infancia en una entrevista: “la infancia, y el colegío en particular, es un campo de entrenamiento perfecto para lo que luego es la vida…La verdad es que tengo la sensación de haberme encontrado ya en la infancia con la galería básica de personajes o de tipos con los que uno luego se encuentra a lo largo de la vida entera. Un ejercicio que intento hacer para mi diversión, también para mi propia utilidad, es imaginar cómo debían de ser de niños las personas que no conozco y, por tanto, cómo los habría yo visto de haberme topado con ellos en mi colegio”.

  3. emejota

    ¿Tu primo es Pablo Sánchez??? Pues por favor, transmítele mi más efusiva y afectuosa enhorabuena por el pedazo de novela que le ha salido. ¿Me lo prometes?

    Gracias por tus palabras. Me produce una sensación muy curiosa saber que hay quien al llegar al trabajo acude a mirar estos nocturnos.

    Un abrazo (y otro a tu primo)

  4. emejota

    Hola Iona: yo lo que hago es imaginar cómo serán las personas que veo pasar al otro lado de la ventana y que no conozco. No veas la de historias que me salen!

    Un abrazo

  5. Noesmivida

    Sabes? Hace un tiempo me pasaron un fichero de audio en el que Galeano leía uno de sus relatos de El libro de los abrazos. Después de escucharlo, no pude evitar el leer a Galeano desde entonces con su ritmo, con su voz y con su tono .. es algo irremediable, me viene a la mente su forma de leer su propia obra .. y los “efectos” de su lectura se multiplican.
    Hace un tiempo pusiste en tu blog una colaboración tuya en radio y, desde entonces, cuando tengo la oportunidad de leerte, no puedo evitar que internamente te lea con tu tono, con tu ritmo y con tu voz .. y, es cierto, se “vive” más intenso, más auténtico …
    No creo que se pueda decir lo mismo de todo el mundo que escribe sea lo que sea .. pero a veces pienso que ciertas personas deberíais escribir sobre pentagramas para que los que os leemos sepamos el tono y el ritmo adecuado que debemos dar a vuestros textos … es como si fuera una especie de “literatura musical” … ;-)
    Bueno, sólo quería decirte lo que me pasó por la cabeza tras leer tu post ….
    Por cierto, yo también paso de los 30 y de pequeñajo hubiera apostado todas mis canicas a que a esta edad estaría en una situación muy diferente …ah!, y tampoco me quejo! ;-)

  6. emejota

    Es curioso, pero para mí es esencial que un texto posea una cierta estructura musical, independientemente del tipo de texto que se trate. Es cuestión de encontrar una cierta cadencia que te satisface especialmente porque, sin ella, sientes que el texto no termina de estar acabado. Es muy habitual en mí que cambie el orden de las palabras en una frase, o que su extensión esté calculada para contrarrestar la de la frase precedente, bien para equilibrar el párrafo o bien para conseguir un determinado efecto expresivo. Todo esto no altera el mensaje en sí, que sigue siendo el mismo, pero contribuye a que su recepción sea más nítida (al menos esa es la intención). Sin embargo, no tengo en mente una voz determinada cuando escribo (mucho menos la mía).

    Yo hace tiempo escribía sobre pentagramas, lo que pasa es que no ponía palabras en ellos (aunque venía a decir lo mismo que escribo en este blog)

    Un saludo y gracias!

Deja un comentario: