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Sonríe.

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Si Kirsten Dunst me hiciera posar para una foto yo pensaría mientras tanto que una vez estuve en casa de un pianista famoso que guardaba con entusiasmo en vídeo una película normalita sólo porque en el minuto 28 aparecía un árbol precioso al fondo del encuadre. Y pensaría eso porque algo así me pasa con “Elizabethtown” (Cameron Crowe, 2005), que si hubiera sido rodada en los años 40 por la RKO a las órdenes de un Garson Kanin con la propia Kirsten Dunst sería recordada como un “clásico amable” de la comedia (que es el eufemismo que se suele emplear cuando una comedia no es redonda pero cae simpática y da apuro decírselo a la cara) y no como la comedia romántica “sin más”, o “del montón” que es como habitualmente se la despacha. No es lo mismo ser un clásico amable que una comedia sin más, hay cierta diferencia de grado. Quizá la clave esté en el paso del tiempo, que puede aportar solera, como al vino, o lo puede echar a perder.

En cualquier caso, lo que destaca de manera especial en “Elizabethtown” es el papel de Kirsten Dunst, que se apodera de su personaje y hasta se pone a la música de fondo como perfume para enamorarte. Todos los elementos armonizan en torno a ella. A su lado, no sabemos si Orlando Bloom vale para la comedia o no, pero tampoco importa mucho. Parece que sí en los primeros momentos de la película, cuando todavía no ha subido al avión donde le espera un hada vestida de azafata, pero desde ese instante su función pasa a ser la de acompañamiento de la melodía principal. A mí, que tanto miedo me dan los aviones (sobre todo por el ruído) me tranquilizaría mucho saber que a bordo viaja Kirsten Dunst haciendo su papel en “Elizabethtown”. Y seguro que no haría falta que me dijera “sonríe” para sacarme la foto.

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