Archivo por días: 12 marzo, 2006

Directo

7 vidas“7 vidas” es una sit-com que hace justicia a su nombre por méritos más que suficientes. Llegar al capítulo 200 en estos tiempos de turbulencias televisivas es un acontecimiento digno de celebración y esta noche lo han hecho realizando el capítulo en directo. Toma ya. La experiencia se ha saldado con nota y ha permitido al espectador participar, por una vez, de una experiencia inusual: la empatía con el elenco de actores, porque hoy eran actores más que personajes. Hoy no se veía a Sole repartiendo collejas sino a Amparo Baró haciendo de Sole y jugándose el tipo ante una platea de varios millones de personas. Lo mismo es aplicable para los demás, con la excepción de Javier Cámara y Paz Vega, cuyo breve segmento venía grabado al no poder estar presentes por compromisos laborales.

Lo de “7 vidas” tiene mayor mérito porque ha conseguido clavar cada uno de sus personajes y no sólo sobrevivir a la posterior fuga de los actores/actrices que les daban vida sino que ha sido capaz de repetir la operación con idéntico resultado durante años. En las series de televisión (y también en el mundo de la canción), pasa una cosa muy curiosa: en cuanto alguien tiene un éxito grande siente la repentina necesidad de “echar a andar en solitario”, esa es la frase socorrida en esos casos pero ocurre que, salvo excepciones contadas, el recorrido posterior es muy breve; parecen no darse cuenta de que el éxito obtenido no reside en ellos como individualidades, sino en ellos como pieza del engranaje de un colectivo. Esta temporada “7 vidas” ha experimentado un descenso de la audiencia porque esta vez no se ha ido un personaje, se han ido varios de golpe y algunos eran verdaderos pilares de la serie (nunca te tenías que haber marchado, Carmen Machi).

Como ya he dicho en alguna otra ocasión que yo de mayor quiero ser productor ejecutivo de una serie de tv (de una serie buena, ya puestos), puedes imaginar el interés con el que he seguido la emisión. Me he fijado en muchos detalles curiosos y he apreciado el fantástico trabajo realizado con precisión de relojero pero sobre todo, me ha llamado la atención que la ficción ha fluido con la naturalidad de lo real mientras que el único desliz apreciable en el ámbito real (la risa no contenida de Carmen Machi interrumpiendo momentáneamente su diálogo con Gonzalo de Castro) ha resultado del todo ficticio. Seguramente lo era, venía en el guión. Qué curioso. Así que en la siguiente pausa publicitaria me he quedado dando vueltas a eso, a la idea de tener que falsear la realidad precisamente para acrecentar su carga de veracidad; teatralizar el directo para recordarnos que lo que vemos no es teatro grabado. Iba a llegar a alguna conclusión sobre el asunto cuando ha empezado el siguiente bloque y ya he perdido el hilo. En cualquier caso, magnífico trabajo. Aplausos.

Maldad

La encarnación de la maldad tiene forma de hombre de aspecto inofensivo con barba canosa y recortada y si tienes un poco de mala suerte puedes cruzarte con él los domingos por la mañana cuando vas a coger la prensa. En casos así tienes dos opciones: volver sobre tus pasos y marcharte o bien seguir adelante, deslizándote sigilosamente a sus espaldas raudo hacia el fondo, más allá de la sección de librería, donde se acumulan las cajas de cartón y donde conviven amontonadas las novedades literarias que se colocarán el lunes junto con aquellos libros condenados a la devolución. Las personas que llevan dentro un alma podrida emanan una especie de halo que distorsiona el ánimo de todo aquel que entra en su radio de acción. Hay que tomar distancia.

Allí al fondo, yo espero a que este individuo, cuya voz pausada suele elevarse sobre las demás para faltarle al respeto a la dependienta por pura diversión y por los motivos más absurdos, termine lo que ha venido a hacer mientras ojeo libros diversos que, las más de las veces, he cogido del revés. Es lo que pasa cuando te hierve la sangre contemplando escenas así sin poder intervenir. Hoy, al menos, he descubierto entre pilas de libros la reedición de la “Poética musical” de Igor Stravinsky (El acantilado, 13 euros), volumen menudo (y menudo volumen) pero enjundioso, que recoge las conferencias dictadas en su día a los alumnos de la Universidad de Harvard. El libro es imprescindible, justo lo contrario que el individuo que groseramente pone en evidencia sin motivo a la paciente dependienta. Qué oscuridades tiene que haber en el fondo de algunas personas para que necesiten joder al prójimo para sentirse realizados cada día. Tanta oscuridad como para no ver su propia desgracia, quizá.

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Sonríe.

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Si Kirsten Dunst me hiciera posar para una foto yo pensaría mientras tanto que una vez estuve en casa de un pianista famoso que guardaba con entusiasmo en vídeo una película normalita sólo porque en el minuto 28 aparecía un árbol precioso al fondo del encuadre. Y pensaría eso porque algo así me pasa con “Elizabethtown” (Cameron Crowe, 2005), que si hubiera sido rodada en los años 40 por la RKO a las órdenes de un Garson Kanin con la propia Kirsten Dunst sería recordada como un “clásico amable” de la comedia (que es el eufemismo que se suele emplear cuando una comedia no es redonda pero cae simpática y da apuro decírselo a la cara) y no como la comedia romántica “sin más”, o “del montón” que es como habitualmente se la despacha. No es lo mismo ser un clásico amable que una comedia sin más, hay cierta diferencia de grado. Quizá la clave esté en el paso del tiempo, que puede aportar solera, como al vino, o lo puede echar a perder.

En cualquier caso, lo que destaca de manera especial en “Elizabethtown” es el papel de Kirsten Dunst, que se apodera de su personaje y hasta se pone a la música de fondo como perfume para enamorarte. Todos los elementos armonizan en torno a ella. A su lado, no sabemos si Orlando Bloom vale para la comedia o no, pero tampoco importa mucho. Parece que sí en los primeros momentos de la película, cuando todavía no ha subido al avión donde le espera un hada vestida de azafata, pero desde ese instante su función pasa a ser la de acompañamiento de la melodía principal. A mí, que tanto miedo me dan los aviones (sobre todo por el ruído) me tranquilizaría mucho saber que a bordo viaja Kirsten Dunst haciendo su papel en “Elizabethtown”. Y seguro que no haría falta que me dijera “sonríe” para sacarme la foto.

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