Archivo por días: 6 marzo, 2006

Medium

Sobre Mozart. Los biógrafos tienden a interpretar los hechos en vez de limitarse a exponerlos y eso dificulta aún más si cabe la ya de por sí complicada tarea de enfrentarse al enigma Mozart. Imposible tarea, diría yo. No pudiendo pedirse más documentación de primera mano (en sentido literal), nada dice ésta sobre su música y nada se encuentra en la música sobre su autor. Por si fuera poco, ni siquiera podemos trazar una evolución clara en su periplo artístico: el Mozart maduro no existe en realidad. La genialidad siempre estuvo ahí, desde el principio, manifestándose en su más absoluta perfección de manera ocasional. A los hechos me remito: escuchamos el movimiento lento del tardío concierto para piano 23 pero ya el mismo movimiento del temprano concierto para piano número 9 emerge, súbitamente, como un milagro cuya factura y calado más bien sugiere pertenecer a la madurez de un genio antes que a un adolescente que está descubriendo e incorporando experiencias. Es una obra culminante al principio de una carrera. Desconcertante.

Quizá haya sido Wolfgang Hildesheimer quien haya dado en el clavo, a propósito de un comentario sobre la Serenata en do menor para instrumentos de viento K. 384a, obra cuya intensidad dramática no parece adecuada para su destino, una amena velada nocturna. A tenor de lo que podemos leer en una carta de Mozart a su padre Leopoldo del 27 de Julio de 1782, el siempre escéptico y prevenido Hildesheimer apunta que “Es factible que él mismo no se diera cuenta del contenido emotivo de la composición, pues no conservaba recuerdo del acto mismo de la creación y la escritura era un desenlace automático durante el cual, justamente, se separaba de su obra. En este fragmento, entonces, un contenido inconsciente se comunica a quien escucha eludiendo al mismo mediador: no sería la única ocasión”.

Mozart es un médium.

Llamada

Me dice Mari que nada más bajar a por el periódico me han llamado por teléfono. Un tal Joaquín. ¿O era Alfredo? Hace unos años me sorprendía que Mari dudara entre nombres tan dispares pero ahora ya me he acostumbrado. Hubo un tiempo en que lo de Mari me preocupó un poco, más que nada por mi hipocondria que se proyecta en temores alarmantes sobre la salud de los demás y alguna vez, en la cocina, la sometí a alguna prueba de memoria con sutil disimulo, algo del tipo cuál es el quinto dígito de mi número de teléfono móvil y cosas así que interrumpían su canturreo mientras pasaba la balleta por la encimera y me miraba raro. Pero como digo ya me he acostumbrado.

Lo curioso es que siempre duda entre dos nombres, el primero lo dice con seguridad, el segundo entre interrogaciones, pero lo mejor es que casi siempre, como ha ocurrido esta mañana, yo no conozco ningún Joaquín ni ningún Alfredo. En estos casos en los que llama una voz masculina le suelo preguntar si la voz era joven o de mayor, porque si es joven lo más probable es que sea alguien que llama para que le de unas clases; si es mayor, seguro que no es para eso, porque para esas cosas siempre llaman las madres. Hoy le he hecho esa pregunta a Mari mientras dejaba el pan sobre la mesa y me quitaba el abrigo y me ha respondido textualmente que el que ha llamado tenía voz de banco. ¿Qué es exactamente tener voz de banco? No lo sé, ha dicho Mari encogiéndose de hombros, es sólo que me ha parecido que tenía voz de banco, y se ha ido por el pasillo canturreando agarrada a la escoba. Me he quedado perplejo. Para colmo, los bancos me dan mucho miedo, tanto como los viajantes de la editorial Planeta, el vecino del segundo o las monjas en general. El que sea volverá a llamar, ha dicho Mari desde el fondo del pasillo. Así que estoy esperando con impaciencia para resolver el misterio. Si el que ha llamado eres tú, ya estoy en casa, ¿vale?