Archivo por días: 1 marzo, 2006

Reina

Martha ArgerichSiento por la pianista Martha Argerich veneración y temor a partes iguales y en proporciones mayúsculas. En ella encuentro la más pura encarnación del duende que he experimentado en mi vida. Brutal diría yo. Cuando Argerich se sienta a tocar el piano te da una bofetada. Argerich enduendada, Reina de la Noche, piel blanca de luna vestida siempre de negro, mente atormentada y relámpago en la mirada, trueno que descarga una energía rabiosa y torrencial pero capaz de transmutarse en apasionamiento contenido en la cumbre de un rubato que corta el aliento. Todo en ella superlativo.

Como todos los enduendados, Argerich afirma con extrañeza que no sabe cómo hace lo que hace; ni siquiera sabe bien lo que hace. A la edad en que un niño se pone a tocar su primer arpegio, Argerich ya devoraba el Gaspard de la Nuit de Ravel, significativa elección: hay algo diabólico en el piano de Martha Argerich que hace que la palabra “virtuosismo” resulte insignificante e intrascendente. Lo de Argerich es otra cosa: es electricidad y fuego, dentellada y zarpazo, presencia apabullante y ardiente aguijón, sagaz intuición y verso. Y sufrimiento. Sufre Argerich (pánicos, cóleras, fobias, huídas) como sufren los poseídos por el duende que aúlla de ayes en el trance del éxtasis. De ese dolor sale el diamante. “Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende”, dijo Lorca. Tan sólo dos muestras de su abundante discografía son suficientes para hacerla inmortal: su registro de la Sonata en si bemol menor de Chopin de 1975 y el Concierto en Sol mayor de Ravel bajo la dirección de Claudio Abbado, de 1988, ambos para Deutsche Grammophon. Pura y terrible belleza.

Pudor

PudorHace muchos años que dejé de creer en los premios literarios pero de vez en cuando se lo dan alguien y va y te alegras. No sé, te da por ahí, por alegrarte. Ayer se falló el Premio Alfaguara de Novela y la elegida fue “Abril rojo” de Santiago Roncagliolo (Lima, 1975). No sé si la novela será merecedora de un premio, en estas cosas nos tenemos que fiar del jurado que se supone que se ha leído todas las presentadas a concurso. Digo yo que para saber si una novela es merecedora de premio no sólo hay que leerla sino que habría que leer también las tropecientas que han quedado detrás. Y aun así. Pero la cosa es que ya que le han dado el premio yo me he alegrado porque Roncagliolo me cae simpático.

Hoy, en el periódico, me ha hecho gracia leer un artículo del crítico Miguel Mora que se titula “Para llevárselo a casa”. No se refiere al libro, se refiere al autor. Ya no soy el único a quien Roncagliolo le cae simpático. Dice que “Santiago Roncagliolo es uno esos tipos infrecuentes que aparecen en la vida de la gente y que, apenas se le conoce, tiene uno ganas de llevárselo a casa.” Y más adelante cuenta que hace unos días, en Lisboa, tuvo ocasión de hacerlo: “(…) a los dos minutos, el joven Roncagliolo tocó el timbre. Llovía a mares, venía hecho una sopa, se metió en el baño a secarse las gafas, salió del baño, se metió las gafas en el bolsillo, se sentó, empezó a hablar y ya no paró (…) Menudo pesado, dirán algunos. ¡Justo al revés! Roncagliolo lo cuenta todo con tanta gracia, tanta contención y tanta sabiduría, que parece que en vez de 30 años tuviera 60, o que fuera de la familia desde siempre.”

Me ha hecho gracia el artículo porque mi conocimiento de Roncagliolo (literario, que no personal, no he tenido esa oportunidad) también fue algo singular. Acababa de publicarse su novela “Pudor” y estaba yo en la librería examinando un ejemplar con cierta curiosidad cuando encontré algo que terminó por convencerme para llevarmela a casa: su foto. Sí, sí, su foto, lo reconozco, pero ponte en mi situación: tienes en las manos un librito pequeño, con el atractivo que tiene de por sí su levedad; lees una sinopsis tan parca en palabras como estimulante (quizá estimulante por ser parca en palabras): “un hombre que va a morir, una mujer que recibe anónimos pornográficos, un niño que ve cadáveres, un gato que quiere sexo, esa clase de gente” y te sonríes un poco al volver a leer lo de “esa clase de gente”, como si esa clase de gente fuera de lo más común, y de pronto te encuentras en la solapa interior con esta cara mirándote así:

Entonces tienes que llevartelos a casa: a la novela y al autor. No me digas que no.

“Pudor” es una novela ecléctica, de esas que están hechas con un trocito de ésto y de aquéllo, un retal de sit-com hilarante, otro de culebrón venezolano y cierto reflejo de realismo mágico en los botones. En fin, todas esas cosas que sacan un poco de quicio a los gurús de la cosa literaria porque parece que ahora hay que componer siempre una novena sinfonía y los divertimentos no cotizan, pero que si aquí huele a fresco y no a manido es porque todo está cosido con hilo del bueno y contado con las palabras justas y adecuadas por el tipo de la foto, a quien tienes que echar un ojo entre capítulo y capítulo para que lo que leas te suene mejor o para que la ocurrencia que te sale al paso cobre sentido definitivo (eso hacía yo sin pudor cuando leí Pudor: volver de vez en cuando a echarle un vistazo a la foto).

Termina Miguel Mora su artículo de hoy diciendo que “ahora, en casa, todos estamos leyendo “Pudor”. Es lo que tiene Roncagliolo. Te lo llevas a casa, y él ya no se va”. Tengo que decirles a Patricia y a Raquel que si ya se han bajado del tranvía, se animen a tirar del hilo de palabras que empieza por “El primer fantasma apareció el día en que murió la abuela, en el hospital…”.