Archivo por meses: marzo 2006

Horario

Hay que formalizarse. Ayer conseguí acostarme a las 2:45 y esta mañana he conseguido levantarme a las 9:15. Ya he terminado de acostumbrarme al sabor de la coca cola light y ahora me voy a poner a estudiar a Mozart al piano. Quién me iba a decir a mí que algún día escribiría frases semejantes. Para completar este proceso de regularización de hábitos he abierto el blog porque el otro día leí en el periódico que el mayor porcentaje de posts se publica por la mañana. Hay que hacer un esfuerzo por la reinserción social, por la readaptación a las buenas costumbres de la civilización. Sin embargo, hay mucha luz. Demasiada. Y mucho ruído. Todo. Yo estoy acostumbrado al susurro del teclado a la luz cómplice de la lamparita y ahora me siento un poco desconcertado, así que me temo que no sé si voy a ser capaz de exponer aquellos temas que la curiosidad del lector espera, a buen seguro, con impaciencia, como son “El uso de la gama de los azules en la ambientación londinense de Mary Poppins: revindicación de un hito estético no reconocido”. Por ejemplo. Pero digo yo que el primer día no hay que aspirar a mucho, lleva un tiempo acostumbrarse al nuevo entorno.

Me conformaré con hacer como si nada y citar la agenda del día, que es algo que hace la gente normal: hoy toca la última charla del ciclo de Pasiones de Bach de este año, a 60 kilómetros del ordenador desde donde escribo este post matinal. Mi sexto sentido catastrofista -a.k.a mi sentido arácnido– está inquieto; sobre todo lo está el portátil, que ha pasado toda la noche dando vueltas en el maletín, nervioso, sin pegar ojo. Se me ha metido entre ceja y ceja un presentimiento que tiene que ver con la sala, no sé, pero así es. Y mi sentido arácnido, modestia aparte, suele equivocarse muy pocas a veces. Me queda la duda de si lo que me espera es protagonizar una escena sacada de una película de Berlanga o una pesadilla digna de “Angustia”, de Bigas Luna. Dios, qué mal rollo se me ha puesto de repente. Debe ser el exceso de luz natural en esta habitación. Para colmo, acostumbrado a la penumbra confortable de la lamparita de mesa, de repente he descubierto la existencia de la pared de enfrente y su presencia me resulta turbadora. Yo a lo mío.

48 K

La educación sentimental de toda una generación de adolescentes estuvo marcada por el tacto de las teclas de goma del Spectrum de 48 K, los largos listados amarillos en lenguaje Basic de la revista Microhobby y la excéntrica silueta de Sir Clive Sinclair fotografiado en el periódico sobre una bicicleta y vestido de caballero inglés.

Era una sobremesa cualquiera de un tórrido verano y Pancho acababa de gritarnos desde la lejanía que Chanquete ha muerto, Chanquete ha muerto, resonando dramáticamente en el silencio conmovido del cuarto de estar y en vez de irte a la piscina conectabas el Spectrum al televisor decidido a entregarte con fruición a la transcripción de esos listados interminables que teñían de amarillo tu revista favorita y cuyo resultado final, a no ser que confundieras un punto y coma con dos puntos o te dejaras unas comillas que darían al traste con todo, reportaba una satisfacción que era siempre inversamente proporcional al trabajo empleado. Pero en la incertidumbre del tránsito, imaginando lo que aquellos caracteres rarísimos podían ocultar mientras tecleabas con paciencia infinita y un calor achicharrante, encontrabas una recompensa emocional que no tenía precio.

Uno de los grandes misterios de la existencia residía en la contemplación de aquellos juegos míticos: “Three weeks in Paradise”, “Everyone´s a Wally”, “Pijamarama”, “Cauldron”, “Sir Fred”, “Las tres luces de Glaurung” y tantos otros que hicieron felices todas nuestras horas. Te preguntabas cómo era posible semejante alarde gráfico y esa suavidad en el movimiento de tus héroes, que alcanzaban la inmortalidad gracias al elixir de los “pokes”. El Microhobby decidió descubrirnos, para nuestro asombro, la existencia de un código hermético, inaccesible, que recibía el nombre de lenguaje ensamblador, familiarmente conocido como “código máquina”, y cuyo listado infinito de números hexadecimales era responsable de obrar el prodigio, multiplicando los gráficos y las pantallas. ¿Cómo era posible aquello? ¿Cuántos números se necesitaban para construir los pasadizos secretos de castillos embrujados, las selvas de lianas colgantes o un Saloon del Far West? Y lo que es más, ¿cómo sabían esos números lo que debían ser, cómo se explicaba que otros números, iguales pero dispuestos en otro orden, fueran los encargados de decirles a sus compañeros: tú seras piedra magenta, tú espada de caballero medieval?

Y entonces apareció la foto en color de Víctor Ruiz, ocupando dos columnas en la margen inferior derecha de la página del Microhobby. Víctor Ruiz fue el héroe de mi adolescencia. Era un chaval pocos años mayor que yo que posaba en una habitación pequeña de un barrio madrileño junto a un monitor y una lata de coca-cola que atestiguaba muchas horas de presencia concentrada ante la pantalla. Posaba con gafas, semblante serio y las manos en los bolsillos en actitud de no saber muy bien qué hacer en un trance así, el fotógrafo delante, quieto, flash, ya está, gracias. Víctor Ruiz había fundado en su cuarto junto a su hermano una empresa de juegos llamada Dinamic y era el cerebro de esa trilogía maravillosa de juegos de aventuras que protagonizaba el aventurero Johnny Jones, una versión de andar por casa de Indiana Jones: “Saimazoon”, “Babaliba” y ese milagro que se llamó “Abu Simbel: Profanation”, con alarde de turbocarga, por si faltaba algo para terminar la serie con broche de oro. Era increíble: veías a ese tipo con un aspecto de lo más normal y te decía que había aprendido a programar de manera autodidacta, probando esto y lo otro, y no sabías si enmarcar su foto o sentirte inútil. El día que corrió la voz de que pulsar las teclas V-I-C-T-O-R en mitad de la partida venía a ser el ábrete sésamo que te permitía acceder a la trastienda del juego muchos nos quedamos sin ver el capítulo de “El coche fantástico” por la impresión del descubrimiento.

En el tiempo en que los veranos eran eternos y las teclas de goma del Spectrum se hundían blandas bajo las yemas de tus dedos para adentrarte en aventuras maravillosas, sobre la mesa se amontonaban los Microhobbys con los listados amarillos y la foto de Víctor Ruiz mirándote con las manos en los bolsillos. La ruidosa espera de la carga de los juegos en cintas de cassette (con pantalla de presentación para hacer boca) y el soplo reconfortante del ventilador que giraba a derecha y a izquierda terminaban de conformar un paisaje emocional que ha quedado en el recuerdo como un tesoro irrepetible. Durante todo ese tiempo la consigna que nos hermanó a todos fue: Load “”. Luego vino el doble click a despertarnos del sueño.

Identidad

Escribo mientras espero que, de un momento a otro, llegue Pablo para que le eche un cable con la Armonía así que igual lo tengo que dejar a medias y luego lo termino.

Me ha dado por pensar esta mañana que quizá este blog esté atravesando una pequeña crisis de identidad, como el gato del post de abajo. A lo mejor me equivoco pero digo yo que si me ha dado por pensarlo por algo será. El caso es que me doy cuenta de que me están pasando muchas cosas y, cosa rara, no estoy reflejando aquí apenas alguna cuando se supone que este blog nació para eso. Pero el caso es que no me sale. Y no es que no quiera, ya me conoces, es que no me sale; me pongo a ello y nada. Sólo me salen cosas tangenciales.

A lo mejor es que estoy viviendo las cosas muy deprisa y yo necesito que se posen un poco para que se dejen atrapar en palabras, no sé, pero se supone que, por ejemplo, ayer debí escribir con toda la satisfacción que sentía en esos momentos (y siento) que conseguí de Julio el “sí” para embarcarnos en el proyecto de un experimento documental que tiene a 5 secuencias pianísticas mozartianas como pretexto para que la cámara capte mi relación táctil con la música: que teniendo una limitación física importante, yo “necesito” el contacto físico con la música de Mozart (quizá por eso he conseguido seguir tocando, por una necesidad interior que me es imprescindible); que yo no extraigo música de la partitura, sino que la partitura para mí es un mapa táctil que me permite desenvolverme por el teclado buscando una respuesta particular sin la cual no es posible elaborar una estructura sonora satisfactoria y coherente. Es a través del tacto donde yo me encuentro con la música. Y eso lo descubrí, paradójicamente, cuando mis manos se dañaron y tuve que poner todos los sentidos en ellas. Por eso escribí en un post lejano que yo descubrí mi lugar ante el piano el día que perdí mis manos. Y es verdad.

Ahora que lo pienso, mira qué contradicción: entro al blog en estos minutos de espera para decir que no me sale decir las cosas que me están pasando y como ejemplo me pongo a contar una. Pero estoy seguro que si hubiera entrado para hablar de ello me habría quedado en blanco mirando la intermitencia del cursor, como me pasó ayer hasta que, cansado, me puse a hacer otra cosa y entonces me vino a la cabeza una canción que hace años que estoy intentando identificar. Y claro, aquí no me puedo poner a cantarla por si alguien me puede echar una mano.

(viene Pablo, luego sigo)

Ya se ha ido Pablo. Por cierto, que he ampliado algo el texto anterior así que ya que estás, reléelo, anda.

Bien, pues que debe ser eso, la prisa; voy un poco acelerado, lo reconozco (ayer le expuse a Julio el proyecto con una pasión bastante acelerada, me temo, espero que no se asustara: Julio, no te me asustes, ¿eh?) y este blog nació para que se expresara mi yo más reflexivo. Creo que me voy a agarrar a esa idea: que no se trata de una crisis de identidad sino de un problema temporal de tempo(valga la redundancia). Sí, eso va a ser. En cualquier caso, observo que, a pesar de todo, sigues ahí. Y tu presencia, que es plural y siempre bienvenida, me suscita muchas preguntas y mucha curiosidad: quién eres, qué buscas, qué encuentras, si sabrías ponerle título a la canción que busco…

Album

Este es mi hermano Cuco en una fotografía que tomé en 1989. Me la he encontrado por casualidad traspapelada en una carpeta del ordenador, una de esas carpetas donde se almacenan todo tipo de cosas y que sólo frecuentas cuando no encuentras lo que buscas. En la foto, Cuco aparece con nuestro gato, que nunca tuvo nombre porque era un gato con problemas de personalidad: no acabó de creerse gato. El gato era de Cuco. Fue él quien lo trajo una tarde a casa, sin avisar, recién nacido, cuando cabía en la palma de una mano, y fue él quien se ocupó y preocupó desde el primer día poniendo todo el esmero del mundo. Cuco trajo el gato a casa con ciertas reservas por nuestra parte pero el gato acabó robándonos el corazón a todos, de manera que cuando se murió a los 13 años nos llevamos un disgusto mayúsculo. Cuco sobre todo.

Desde que la fotografía ha aparecido en el monitor me he quedado mirándola un rato largo con curiosidad y una mezcla de perplejidad y nostalgia. A mí las fotografías que muestran el instante detenido de un pasado que yo he vivido me impactan bastante. Me he dado cuenta, por ejemplo, de que cuando se tomó esta imagen el protagonista era el gato pero hoy, tantos años después, el protagonista a mis ojos es Cuco, el que fue y ya no es, siendo. Es curioso el cambio de papeles que ha tenido lugar en el interior de la imagen sin que nada en ella se haya movido. Creo que por ese motivo me he quedado con la vista puesta tanto rato en esa fotografía en la que yo sigo estando al otro lado, observando.

Felicitación

“Todos los niños crecen, excepto uno”. Que me lo digan a mí. Según el calendario, hoy Peter Pan cumple años pero yo lo pongo en duda.

Cuando lo conocí, hace 12 años, él ya era mayor que yo aunque pareciese lo contrario y a mí me costase creerlo, porque me costó creerlo. Hoy, 12 años después, yo soy 12 años mayor pero él tiene el mismo aspecto de entonces. El mismo. Ya me he acostumbrado a eso. Al principio notaba una sensación rara, o me reía un poco con risa incrédula; ahora, en todo caso, me produce una sonrisa afectuosa. Ayer por la tarde la gente iba por la calle en dirección hacia abajo y él iba hacia arriba montado en su bicicleta con su aire de adolescente despreocupado. Hablamos un rato: de globoflexia, de malabares y del circo chino, que son sus principales ocupaciones inmediatas y también algo del otro día. El otro día era el primer día de la primavera y antes de salir en coche hacia la charla de “La Flauta Mágica” le mandé un mensaje rápido por si le apetecía cenar en el restaurante chino para que me contara su viaje a Noruega y él me contestó que vale y que hasta noruego. Y cuando bajaba las escaleras se me ocurrió escribirle otro para decirle que, de paso, celebraríamos su cumpleaños y entonces me contestó que vale y también puso que “an marza, ma santa: camaramas pastalas” seguramente porque le sobraban algunas aes y le daba pena tirarlas a la papelera.

Escuchar a Peter es mirar el mundo de otra manera y uno siente que el tiempo se detiene. Desconectas. Las horas se rinden ante historias que cuentan su visita a una casa de 13 metros cuadrados donde vive un tipo que viste casaca napoleónica con botones dorados y que se sienta ante una chimenea ocupada por un minúsculo televisor que emite ininterrumpidamente imágenes de un fuego de chimenea; o la del jefe de estación que lee impertérrito a Kafka y a los filósofos al pie del andén el último jueves de cada mes y que es el señor que sale en la foto de al lado a muchos grados bajo cero. A Peter lo cotidiano se le vuelve del revés y con él puedes acceder al otro lado del espejo. Puedes pasar toda una vida a diario ante las puertas metálicas de un garage subterráneo cuando vas a casa pero si te toca pasar con Peter a la salida del restaurante lo señala con el dedo y te dice que ahí abajo vive un marqués venido a menos al que le hace mucha ilusión recibir visitas y que un día tenemos que ir. Hace años que aprendí a no dudar de esas historias porque he vivido muchas: todas son verdad, como la de la playa doble, la montaña alta que a veces está y a veces no y la canción a la que le falta medio centímetro para terminar.

La otra noche dejé el estrés y los problemas un rato en el bolsillo de la cazadora para vivir una experiencia reconfortante, balsámica, que necesitaba. Te sientas a la mesa con la misma persona que te encontraste hace 12 años y mientras te pone al día de las novedades con la misma voz de chaval yo recorro con la vista su mata de pelo negro en busca de un solo cabello blanco o una arruga en la sonrisa. Pero no. Y me sonrío para mí y sigo diciendo que sí con la cabeza mientras devoro las historias con el arroz. A Peter antes le gustaban las palabras largas y hoy todavía dice “¡cómo!” cada vez que quiere decir “¿cómo?”. A veces (dos) tienes que echar un trago de coca cola para desanudar la garganta cuando sientes la certeza de que no está lejano el día en que Peter cogerá la mochila y tendrá que marcharse. Yo lo sé. Dudé un poco si decirlo o no pero al final lo dejé caer en el postre como de pasada y primero me dijo que no mirándome a los ojos, que qué va, y luego dijo que sí y ya no me miraba y luego que no sabía, pero que igual. Hubo un silencio muy breve durante el cual ni siquiera se escuchó la voz de metal del tenedor. Yo le dije que lo normal es que un día u otro tenga que coger los bártulos para encontrar las cosas que le están esperando y que eso es estupendo. Como Barrie dice en el cuento que Peter es muy olvidadizo me atreví a pedirle que si se iba no se olvidara de mí y creo que eso le sorprendió un poco porque se apresuró a decir: pues claro que no. El tenedor también dijo algo.

A mí el nudo en la garganta no me lo pone tanto el que se tenga que ir algún día, sino el deseo de que esté contento allá donde vaya. Eso es fundamental. Las emociones tienen formas muy curiosas de manifestarse.

Felicidades, Peter.

Cambio

Nos acaban de quitar una hora del reloj. Es un momento del año al que temo especialmente: me estresa. Llegas después de haber pasado la tarde con Javier y Mila en el jardín de su casa, sentados bajo los árboles que tienen las ramas llenas de bultitos que en cualquier momento estallarán en hojas nuevas; después de haber ido los tres al teatro para ver a Raquel haciendo de Virtu (recreación genial y sorprendente: de repente no era Raquel, pero era, qué efecto más curioso); después de haber vuelto a la casa del jardín de los árboles que tienen bultitos en las ramas para cenar y echarte unas risas (y como no te dejan ayudar a preparar a la ensalada te vas al piano y tocas una ensalada de tiempos de sonata de Mozart con aliño de allegro en Fa Mayor incluído); después de una sobremesa llena de risas de las confortables; en definitiva, después.

Y llegas a casa y te encuentras que te han quitado una hora y eso te estresa, coño, porque a mí me gusta mirar el reloj y ver que marca las 2 y 8 mientras escribo en el blog y hoy no puede ser porque no sé a quién no le ha dado la gana que así sea. Miras al reloj cuando son las 2 y 8 y resulta que pone las 3 y 8 y entonces ya es más tarde de lo deseado para ponerte a ver la peli pendiente, o leer un poco, o lo que sea. Y notas que el post lo estás escribiendo con prisa. No me gusta nada esto del cambio al horario de verano. Pero que nada. Te quitan tiempo y ni siquiera te preguntan si te importa. Pues sí, me importa muchísimo: de repente me ha estresado la noche, para empezar. Windows ha cambiado su hora pero yo he decidido no cambiar la mía hasta mañana. Ahora no son las 3 y 8: son las 2 y 8 en punto y punto. Me van a decir a mí la hora que tiene ser. Además, desde que lo he decidido noto que escribo más tranquilo, incluso más despacio, incluso he experimentado cierto alivio. Y aún voy a tener tiempo de ver el final de la peli que dejé ayer a medias sin agobios. Yo es que a partir de las tres y cuarto me empiezo a sentir culpable, como si alguien me fuera a reñir, no sé cómo decirte. En fin, lo dejo aquí para no perder más tiempo.

Guión

La Pasión según BachVengo de hacer “La Pasión según Bach”, que ha vuelto a mover en mí intensas emociones. Y vengo con la sensación de que lo mismo ha podido ocurrir con el público que ha llenado generosamente la Iglesia de los Capuchinos. Haber conseguido condensar en un guión y en un audiovisual una obra de la complejidad de la “Pasión según San Mateo” de Bach es, quizá, el trabajo del que me siento más satisfecho (quizá también porque su confección requirió en su día un gran esfuerzo). El resultado me ha merecido la pena porque el formato admite pequeñas variantes destinadas a orientarlo a todo tipo de públicos, según la demanda.

Llevo 6 años rodándolo desde capitales de provincia a pueblos minúsculos, dirigiéndome a músicos y a aficionados, a adultos y a chavales. Y siempre experimento la misma emoción renovada cuando doy paso al dúo de niños que entona esa poesía sencilla y preciosa tras el apresamiento de Jesús: “Ya tienen a mi Jesús cautivo,/ya el sol y la luna esconden su vergüenza en el ocaso”; y de nuevo el mismo cosquilleo previo, el placer de ir desvelando el detalle desplegando los planos del arquitecto en busca de respuestas a las preguntas fundamentales: ¿cómo se plantea Bach afrontar el reto de traducir en música algo tan complejo y extenso? ¿qué estructura desarrolla para edificar semejante monumento sonoro? ¿cómo resuelve el reto?.

A pesar del rodaje del formato, ayer hice el repaso pertinente por dos razones: la primera, por un inevitable sentido (¿manía?) de tener todo en orden; pero, sobre todo, en el caso de la Pasión, porque en su recorrido hay que manejar muchos hilos emocionales y soltarlos poco a poco requiere cierta destreza que no te puede pillar despistado. Y en el repaso/ensayo de ayer por la noche ocurrió algo inesperado: la encontré vacía. La Pasión que aparecía en los folios y que durante 5 años había mostrado en público me resultaba, de repente, hueca.

La cosa me preocupó bastante hasta que caí en la cuenta de la razón: había olvidado que lo que tenía delante no era un guión pormenorizado sino un esquema, una guía destinada a conducirme por una senda sin perderme. Y entonces me di cuenta de que en los últimos meses, por una razón que desconozco, he pasado, inconscientemente, de tener el papel como guía de referencia a realizar guiones en los que está detallada hasta la última coma. Es como si hubiera perdido reflejos para la improvisación, como si temiera quedarme sin recursos y buscara refugio en la segura comodidad del renglón antes que en la expansión verbal que surje del instante inspirada por el contexto en el que te encuentras.

Eso me ha hecho reflexionar mucho a lo largo del día de hoy que, por cierto, he dedicado en su mayor parte a retocar el guión llenando huecos, pero únicamente los imprescindibles, aquellos que sientes que no pueden faltar y que tienen que ser dichos así. En el resto me he propuesto dejarme llevar, pero con cautela: sólo un poquito. Me he sentido desentrenado como para atreverme de golpe a más, como un deportista en baja forma que siente que tiene que volver a tonificar los músculos poco a poco antes de recuperar el tono. La enseñanza que he sacado de esta vuelta apasionada a la Pasión de Bach ha sido esa: tengo que volver a acostumbrarme a soltarme de la mano del papel con más frecuencia, a rebajar mi dependencia del mismo. Como antes. No sé qué pudo originar ese proceso pero sí sé que tengo que rectificar esa nueva costumbre que se había acomodado. Si es mejor para mí será mejor para quien me escucha, aunque el cosquilleo de los Corales en la nuca siempre será el mismo.

Me siento muy bien. Y muy agradecido a todos.

Filmoteca

Ultimas adquisiciones:

“Zazie en el metro” y “Un soplo en el corazón”, de Louis Malle (estoy redescubriendo con fascinación, nocturnidad y alevosía a Malle, así van mis ojeras) y el esperado pack Leni Riefenstahl que Cameo nos había prometido hace tiempo y que lleva “El triunfo de la voluntad” y “Olympia” con prometedor disco de extras añadido.

Reacción

Hay un proceso lógico que pone en relación la salida de Iñaki Gabilondo de la Cadena SER, el pasado verano, con la cancelación definitiva de la serie “7 vidas” que, según acaban de decir para mayor disgusto y estupor nuestro, tendrá lugar el próximo 9 de Abril.

Me explico.

El mayor error de Jesús de Polanco a lo largo de su reinado mediático ha sido, seguramente, sacar de la radio a Iñaki Gabilondo. Dicen los entendidos del share, que haberlos haylos como las meigas, que al hacerlo puede haber desencadenado el principio del fin de un ciclo de bonanza para una cadena radiofónica que los estudios generales de medios certificarán (como es natural y por su propia mecánica dado que tardan meses en reflejar los cambios) con retardo. SER o no SER. El tiempo lo dirá.

Polanco sacó a Gabilondo de la radio para convertirlo en el buque insignia de su último capricho televisivo, la cadena “Cuatro”, pero Gabilondo no funciona en el informativo estrella de la cadena y a pesar de los modestos pronósticos iniciales de audiencia esgrimidos por la propia empresa para infundirse a sí misma tranquilidad por la dificultad que entraña competir de la noche a la mañana con cadenas ya consolidadas y con un perfil de audiencia fiel, lo cierto es que a las pocas semanas ya sonó la alarma en el cuartel general de PRISA. Y es una pena porque la parrilla Cuatro tiene ideas majas e incluso originales, que no es poco para como están las cosas, pero tiende a servir el producto con maneras y medios de televisión local. Y así no se puede.

Ocurre que mientras Cuatro no termina de arrancar (ya han rodado más de cuatro cabezas), la cadena televisiva que vivía una etapa de esplendor en cuota de audiencia, Telecinco, ha empezado a mostrar grietas en las paredes: los estudios ya han arrojado datos que explican que el pellizquito de público que saca Cuatro procede de Telecinco, por semejanza en el perfil del espectador (el perfil de Telecinco es más joven y progre que el de Antena 3).

Eso ha hecho que Telecinco incurra por primera vez en algo que siempre se había jactado de no llevar a cabo, a diferencia de su eternamente desorientada competidora: empezar a mover programas sin dejar tiempo a que echaran raíces. Son los nervios. Por primera vez, un reality de Zeppelin ha pinchado (Zeppelin era hasta ahora la reina infalible del género en la cadena) y hoy, una nota de prensa nos ha dejado con la boca abierta al anunciar la cancelación de una serie que, hace dos semanas, celebraba en directo su capítulo 200 con una marca de audiencia que aupó la emisión al podio del domingo por la noche.

A todo esto, el lunes desembarca una nueva cadena, “La Sexta”, formada por un conglomerado de productoras que nutren de los principales éxitos a las respectivas parrillas de las demás cadenas (La Sexta nace con Globomedia a la cabeza, productora por cierto de “7 vidas”), lo que ha llevado a los gurús del medio a pronosticar que las grietas de Telecinco se harán más gordas, que a Cuatro le costará un poquito más, si cabe, llegar a ídem, y las demás ni te cuento. Eso dicen los gurús y también dicen que La Sexta viene bien pensada, al parecer.

Yo me acuerdo que antes de entrar a grabar mi intervención semanal en una emisora local de la SER solía confesar a un compañero a micro cerrado que Polanco me caía fatal a pesar de mi fidelidad al dial (lo de Polanco es para escribir un folletín). Se me dirá entonces que incurría en una contradicción que no me deja en buen lugar precisamente. Quizá, aunque yo no lo viví así: el mundo de las emisoras locales es un mundo aparte; allí no recalas pensando en la empresa sino que lo haces movido por el afecto hacia personas con rostro, nombre y apellidos cercanos. Y yo colaboraba, no trabajaba, es decir, que no cobraba, precisamente por lo que acabo de decir. Y no me arrepiento.

El día que Iñaki Gabilondo salió de la SER ,de donde no debía haberse movido, comenzó una reacción en cadena que ha terminado con la marcha de Gonzalo, Sole, el frutero y demás locos maravillosos que tampoco deberían moverse pero que echarán el cierre definitivo del “Kasi Ke No” en el capítulo 204 de “7 vidas”, que saldrá en antena el 9 de Abril. La culpa es de Polanco. Habría que pensar en mandar algún que otro sms para nominar al tipo este, leches.

Cuento

Hoy a media tarde estaba convocado para hablar sobre “La Flauta Mágica” en un monasterio cisterciense, con su silencio de ciprés y de piedra milenaria. Desde que recibí el encargo, yo me había imaginado la luz de un sol de membrillo proyectándose serena en los muros y así ha sido finalmente aunque en el trayecto en coche nos ha caído un chaparrón primaveral. También me imaginaba un relato a media voz con el sonido suave del canto de los pájaros como fondo ante un público reducido (el pueblo que está a la vera del monasterio tiene 100 habitantes escasos) y nada más bajar del coche hemos visto un autobús escandalosamente grande y un montón de gente apresurándose a coger sitio.

Para nuestra sorpresa, nos hemos encontrado con una sala abarrotada con 250 personas, es decir, una por año mozartiano, más del doble de la población del lugar, de manera que muchas de ellas han tenido que permanecer estoicamente de pie todo el rato en posición incómoda y con la nariz pegada en el cogote del vecino. Al ver semejante revuelo me ha dado por pensar que a ver si me iba a poner nervioso y todo, así que me he ido a pasear por el recinto haciendo hora en busca del reconfortante olor a verde mojado. Me he encontrado con una monja joven que me ha preguntado si entendía de ordenadores y le he dicho que bueno, que un poco pero depende. Me ha explicado que ha hecho un estropicio porque queriendo pinchar la contraseña de una compañera (!) ha borrado la configuración de las cuentas de todo el monasterio. Me ha dejado de piedra, y no precisamente de piedra monacal. Le he dicho que lo sentía mucho pero que mala pinta tenía lo que me decía porque para reparar el estropicio sin que las afectadas se enterasen habría que saber las contraseñas de todas y ella ha respondido resignada que daba igual porque total, como era hombre, pues no podía entrar a la clausura a arreglar el ordenador pero que, en fin, muchas gracias. En ese rincón del patio se había quedado rezagado un pedazo de invierno y durante el rato de la conversación se me habían quedado los pies fríos y la cazadora escasa. La monja se ha adentrado por un portón oscuro y yo me he vuelto a la sala.

Había tanta gente que cuando en ese momento han anunciado mi nombre casi no puedo pasar, intentando abrirme paso con dificultad entre señoras apretujadas y señores vueltos de canto, y cuando tras grandes esfuerzos he conseguido alcanzar el improvisado escenario me he encontrado con un mar de miradas en actitud de quien espera que empiece la función. Ha sido muy divertido. Una vez metidos en harina, cuando Tamino ha encontrado por fin a la princesa Pamina se ha escuchado un suspiro de alivio y cuando la Reina de la Noche ha aparecido con los ojos inyectados en sangre sedienta de venganza y ha terminado de cantar la célebre aria (sí, esa), la sala entera ha roto en calurosos aplausos como si realmente hubiera una soprano en el escenario recibiendo el merecido premio a sus acrobacias vocales en lugar de un canto enlatado. Muy curioso.

Estimulado por la actitud y la entrega del auditorio, he seguido contando el cuento ante un silencio expectante sólo interrumpido ocasionalmente por las risas provocadas por las ocurrencias de Papageno y cuando ha llegado el “colorín colorado, este cuento se ha acabado” ha sonado otro aplauso prolongado y la gente ha venido espontáneamente a saludarme de manera muy cariñosa dándome las gracias por el rato tan entretenido que habían pasado y sorprendidos por haber descubierto que no hacía falta saber el alemán para “ver” con los oídos y entender las escenas, según habían podido comprobar por las audiciones que he puesto. Les he dicho sinceramente que el agradecido era yo. Así que me he venido tan contento.

Volviendo con Eva en el coche ya estaba oscuro y había empezado otra vez a llover pero yo me llevaba en el bolsillo la luz del sol de membrillo y el silencio de ciprés que no parece incomodarse ante el canto suave de los pájaros.

Primavera

La primavera es una trampa. Eso seguro.

Han dicho en el telediario que la primavera entraba a las 19:25 y ese adelanto (hablo de la tarde del 20 de Marzo) ya me ha parecido muy sospechoso. A mí de pequeño me llamaba mucho la atención cuando salía el hombre del tiempo en la tele y decía que mañana hacía su entrada el invierno a las 13:50, por ejemplo, porque me parecía admirable la seguridad y la precisión con la que lo decía. Si la estación que fuera entraba a horas presentables, yo hacía una cosa que entonces me parecía de lo más natural: me asomaba al balcón a la hora justa a mirar, a ver si notaba algo, un cambio, qué se yo. Desde pequeño me ha gustado fijarme en detalles absurdos a los que, sin pretenderlo, asigno una importancia decisiva como, por ejemplo, apreciar que “Casablanca” dura 102 minutos. Saberlo me tranquiliza muchísimo.

A las 19:25 de la tarde de hoy, los pájaros estaban muy chillones y justo en ese instante ha pasado a mi lado, raudo y veloz, un tren de mercancías que me ha traído a la cabeza una metáfora: ahí se va el invierno, ha recogido los bártulos, los abrigos, la nieve, las noches largas, la niebla con su adjetivo imprescindible colgado de un imperdible: persistente (luego vendrá el verano con el adjetivo pertinaz colgando de la sequía) y hasta las bolas del árbol de navidad. Es hora de dar el relevo.

La primavera es una trampa. Seguro. Nos empeñamos en adornarla con tópicos que hablan de la exuberancia de la vida, de enamorados que pasean por el campo lleno de flores y cosas así que son verdad y son muy bonitas pero no nos damos cuenta de que lo hacemos para disimular que no podríamos soportar lo contrario: una mañana cristalina, de cielo rabiosamente azul y pájaros chillones, de olores a dulce y limón, un señor en bata blanca te dice que te quedan tres meses y mirar por la ventana y ver ese fulgor tan grosero debe hacer que te des de bruces con la espantosa verdad: que al universo que estalla en savia nueva le importas un pimiento. Hay que morirse en invierno. Y pon el mismo escenario, con la brisa vivificante y la luz magnífica del mediodía que saca los colores a las flores e imagina que el amor que te ha citado en un rincón del jardín junto a la fuente rumorosa te dice: ahí te quedas. Y los segundos que suceden a esa frase póstuma y demoledora te hacen darte cuenta de que ese decorado que te rodea es una horrorosa pesadilla.

Hay que estar precavidos: que lo que tenga que pasar pase en otro momento, a ser posible. En primavera no, ni hablar. Bastante tenemos ya con las alergias, los granos de los adolescentes, las hormonas poniéndose nerviosas, las euforias, las depresiones y puede que hasta todo eso junto. Y los bichos.

La primavera es el prodigio renovado de un misterio que bosteza, se sacude la pereza y se despierta. Y deslumbra. Pero no bajes la guardia mientras contemplas el espectáculo. Estás avisado.

Amanecer

Para Eduardo

Hay un instante muy especial en “La Flauta Mágica” en el que descubres que todo va a salir bien antes de que lo sepan los personajes estableciéndose así una preciosa relación de complicidad entre el compositor y el oyente: en el momento más desesperado de la historia, Mozart hace sonar, lejano, el delicado sonido del clarinete y el efecto que consigue viene a ser como la primera luz del alba tras una oscura y fría noche.

En la fría noche mozartiana de sus últimos días, el timbre del clarinete siempre es el trasunto musical de la esperanza, un símbolo de la luz, como lo es también este delicioso cuento de hadas, conmovedor canto del cisne de un ser irrepetible que se empleó a fondo en él para decirnos al oído: “no te preocupes, todo va salir bien”, antes de que los tres muchachos hagan su aparición en escena descendiendo en su máquina voladora para cantar que “pronto, el sol brillará en su dorado esplendor para anunciar la mañana”. Es un instante especialmente conmovedor que siempre consigue ponerme un nudo en la garganta.

El clarinete es la verdadera flauta mágica de Mozart y su mensaje es la esperanza para todos.