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Vaqueros 13 febrero, 2006

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Brokeback mountainLas cosas como son: el doblaje de Heath Ledger en “Brokeback mountain” (Ang Lee, 2005) no completa al personaje: lo destroza. Habrá que esperar a tener la oportunidad de volver a ver la película en versión original y, de paso, ahondar en una película que avanza a síncopas: la intensidad surge torrencialmente en la parte débil del compás de manera esporádica e inesperada y en los tiempos fuertes puede que te quedes escuchando los ecos de la tormenta. Aún así, o quizá por eso, esos momentos te producen una fuerte sacudida. No es un reparo -o sí- a una película que es, a un tiempo, hermosa y terrible, conmovedora y amarga, pero es la constatación de una peculiar forma de narrar que va perfilando lo que se presenta ante nuestros ojos y que es, ante todo, una historia sobre el miedo y la ternura con la luna llena de testigo mudo asomando entre las montañas.

Voces 12 febrero, 2006

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En los sótanos del edificio hay una zona inquietante: el largo pasillo de los cuartos trasteros. Son como panteones donde reposan los recuerdos materiales muchas veces en forma de trasto inservible, todos ellos numerados con una plaquita que guía a los vecinos hacia sus cosas queridas. Allí no entra la luz del día y siempre huele a cemento dormido y aburrido. He hecho una excursión allí en busca de voces. Sí, voces. Resulta que el otro día un amigo hizo mención al antiguo e inolvidable doblaje de Carl Sagan en “Cosmos”, antiguo porque lo han redoblado pero inolvidable siempre. Y entonces se encendió una bombillita en mi cabeza y me acordé de la tarjeta capturadora de vídeo, que tan buenos resultados me dio recientemente al rescatar los viejos vhs de Gould y me acordé que en el cuarto trastero está el depósito de viejas cintas, descomponiéndose poco a poco (que ya me he llevado algún que otro disgusto) y que, quizá, todavía llegara a tiempo para pasar a dvd los vídeos interesantes.

Dice Sagan en un episodio de “Cosmos” que en la orilla del océano cósmico está el hombre. Yo ayer estuve en el cuarto trastero, lugar donde el silencio es denso y tenso, buscando voces: la de José María del Río (que siempre será la voz de Sagan para la memoria sentimental de toda una generación) y la de Armando Carreras, la voz en off de Kevin Arnold en “Aquellos maravillosos años” (serie que siempre permanecerá en mi recuerdo como una de mis experiencias audiovisuales más impactantes). Tengo cuidadosamente almacenados todos los vhs en cajas en cuyo interior caben un par de docenas. Muchas cajas. Tantas como para necesitar de escalera. Entrar en aquel cuarto es como hacerlo en el “Archivo de la Conservaduría General” de la novela de Saramago, dividido entre el archivo de los vivos y el archivo de los muertos. Yo abro cajas y me salen todos los nombres: Mamoulian, Lubitsch, Sturges, Lang… Todos muertos. Y abro otras cajas y aparecen: Lynch, Scorsese, Donner, Berlanga, vivos todos por el momento. Pero luego hay otras cajas etiquetadas como “varios” donde se almacenan documentos que tienen que ver con mi faceta de teléfilo, término que acuñó Juan Cueto y que me identifica subido a esta escalera a la luz tristona de la escuálida bombilla que pende del techo.

Y allí están. Y sientes esa punzadita de emoción especial que surge cuando te reencuentras con los recuerdos queridos. Allí reposan, en orden, los 13 capítulos de “Cosmos” y, cerca, tachán!, los 115 de “Aquellos maravillosos años”, que mira que costó reunirlos porque cuando caí rendido ante aquel maravilloso serial ya habían pasado una veintena de capítulos y recupera entonces los anteriores, anda. Pero ahí están finalmente, almacenados como requieren los objetos de valor, en estuches herméticos:

¿Merece la pena el laborioso trabajo de trasvase de la cinta de vídeo al disco? Sin duda alguna, y no sólo por las razones afectivas. La salida en dvd de “Aquellos maravillosos años” está paralizada en EEUU y con malas perspectivas. La razón: los derechos de autor a pagar por todas y cada una de las decenas de canciones míticas de los 60-70 utilizadas en la serie, empezando por la sintonía. Al parecer, y desde el punto de vista de las intrincadas cuestiones legales, no es lo mismo una licencia para una emisión televisiva por tiempo limitado que la distribución del producto para pasar a ser propiedad individual del comprador por tiempo ilimitado. Se ha valorado la opción de cambiar todas las canciones y sustituirlas por otras (no, que no se lleve nadie las manos a la cabeza, en otra serie ya se ha hecho) Pero yo me niego a despedir al señor Collins, profesor de matemáticas hasta el capítulo 43, si no es con la voz de Linda Ronstadt cantando “Goodbye, my friend”, como me niego a ver el primer beso de Kevin y Winnie Cooper que ocurre en el primer capítulo, sí, pero que se recuerda en el 69 y sabe más dulce porque lo acompaña Judy Collins cantando el “In my life” de los Beatles. Y tantas otras. Y luego pasa que el propietario del doblaje original, TVE, no ha querido soltarlo, y lo mismo ha hecho con “Cosmos”, obligando a redoblar (espantosamente, todo sea dicho) ambas series.

No voy a entrar en la eterna discusión doblaje sí, doblaje no. Yo veo cine en versión original, defiendo la versión original (tengo “Cosmos” en v.o), pero siempre defenderé que han existido voces capaces de ir más allá de su misión como traductores y han conseguido “completar” al personaje. El difunto Miguel Angel Valdivieso completó al Woody Allen de la época de “Annie Hall”, “Manhattan” y demás películas de los 70/80, como el propio Allen ha reconocido en más de una ocasión. Y José María del Río puso el acento emocional al entusiasmo pausado y cordial del profesor Sagan. Y Armando Carreras recita poesía musical allá donde el actor Daniel Stern, la voz en off original de Kevin Arnold adulto, lo hace en prosa. Armando Carreras es Kevin Arnold.

El traslado de las cajas del cuarto trastero a la mesa del ordenador está hecho y el trabajo a punto de comenzar, una vez hechas las pruebas y los ajustes pertinentes. Sé que eso va a conllevar una experiencia muy especial: reecontrarme con esas imágenes y esas voces que ejercen en mí, como pocas, un poder de fascinación notable y una emoción profunda. Si tardo en volver búscame siguiendo a la Voyager II en su camino al infinito o sentado bajo el gran árbol de los Bosques de Harper esperando a Winnie Cooper al atardecer.

Curiosidad 11 febrero, 2006

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Y tú que pasas por aquí, ¿qué me cuentas?

Videoclub 10 febrero, 2006

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Un videoclub es siempre un lugar inhóspito.

Yo no entraba en uno desde los tiempos del bipartito vhs/beta (ay, el beta), cuando el sistema 2000 ya estaba confinado como partido clandestino en un minúsculo cuartucho. El invento del dvd me liberó del videoclub, principalmente porque con él llegó la perfección. Sí, lo reconozco, soy un maniático de la calidad de imagen y de los formatos correctos y todo lo que sigue. Yo desconozco lo que significa “bajar de internet”, emules, burros y demás fauna, el término DivX me sabe agrio y expresiones como “artefactos de compresión” me ponen los pelos de punta. Pero he de confesar que de un par de semanas a esta parte he vuelto a entrar en un videoclub, con mucha cautela, eso sí. Ahora los vhs ocupan en las estanterías un espacio menor y más humillante que el reservado al primitivo 2000 porque el dvd ha ganado las elecciones. Y ocurre que hay títulos que no has visto en cine y que te llaman la atención pero no sabes si hasta el punto de desembolsar el dinero correspondiente en su compra. Solución: alquilarlo.

Por eso la otra tarde me entré en uno, después de muchos años. Paseándome por las estanterías vi cosas interesantes así que me dí de alta y alquilé un par de películas. Cuando llegué a casa y abrí la primera cajita casi me da un ataque al ver el estado del disco. Y es que esa es otra: soy un maniático a la hora de manipular los discos y no soporto las marcas de dedos y demás y resulta que me encontré la superficie plateada del disco llena de rayas, qué digo, cicatrices profundas, además de un sinfín de huellas dactilares de dedos que se diría que habían estado manipulando algo grasiento antes de tocar el disco. Yo no meto eso en el reproductor ni muerto, me dije a mí mismo, y me puse a hacer una minuciosa operación de limpieza. Se lo tenía que haber dicho al del videoclub, que se los devuelvo limpios pero entonces me va a notar lo maniático que soy y eso me corta mucho.

Esta mañana me he vuelto a atrever a entrar otra vez buscando “El método”, que no sé yo, o igual sí, quién sabe, y estando allí ha entrado alguien muy airado diciendo que la película que se llevó ayer estaba rota porque “a cachos se veía en blanco y negro”. Me he asomado por el lateral de la estantería y la película en cuestión era “Sin City” así que no hace falta que diga nada de la sorpresa que me he llevado. El del videoclub, muy comprensivo él, le ha dicho que es que la peli es así y que, anda, llévatela otra vez que no te cobro nada. Pero el cliente le ha contestado enfadado que ni hablar, que si era así, en blanco y negro, que a tomar por el saco.

“El método” no estaba. Me ha dicho el del videoclub que es raro porque es una película en la que se habla mucho. Pero digo yo que como es en color igual compensa. Qué cosas más raras.

Diario 9 febrero, 2006

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Hoy me he levantado un poco de harto de casi todo, un poco harto de casi todos y bastante harto de mi mismo. Me he levantado harto de estar harto. Luego se me ha pasado un poco, pero aun así. Y es que ayer me dio otro episodio de ansiedad horroroso, de repente, sin aviso, iba tranquilamente paseando por la tarde cuando de pronto se me disparó el corazón y se me agarrotaron los brazos y las piernas. En momentos así te falta el aire y también te sobra y quieres salirte de tí mismo y al segundo siguiente es más de lo mismo. Luego llegas a casa hecho un trapo y así te quedas un rato largo. Y no, no terminas el día bien.

Le llamé al médico por teléfono y me dijo que tranquilo, eso lo primero, que me notaba nervioso. Joder, pues claro, si te acaba de dar un ataque de ansiedad cómo vas a estar. Luego dijo que probara a tomar durante 20 días una pastilla más del ansiolítico que me recetó hace unos meses y eso aún me puso más nervioso, primero porque todo parece arreglarse aumentando el número de pastillas, segundo porque a mí me gustaría saber por qué, de un tiempo a esta parte, me pasan estas cosas cada vez con más frecuencia y mayor intensidad y tercero… Lo tercero todavía no lo digo porque en ese momento me interrumpió para decirme con voz de sedante en comprimidos: “eso es que estás estresado o deprimido”. Pues mira, ese precisamente era lo tercero de la lista, porque yo hace un tiempo sí que estaba estresado o deprimido, o quizá las dos cosas pero es que ahora no y eso introduce un matiz significativo en el asunto, vamos, creo yo. Ah, y cuarto, que a ver si me voy a hacer adicto a las pastillas y termino como la Ordóñez. ¿Qué Ordóñez?, dijo el médico. La del Tomate, hombre. ¿Qué tomate? Ay mire, déjelo.

Pero esa última frase era pura fórmula retórica, evidentemente, porque yo había llamado al médico a ver qué tenía que hacer, a ver si eso era normal; no hizo falta recordarle mi inclinación a formular hipótesis tremebundas movido por mi hipocondria neurótica, pero me armé de valor para decirle si lo mío no sería debido a algo mental, que fuera sincero y que igual miraba a la noche en la biografía de Clara Schumann a ver qué síntomas notó en su marido cuando empezó a perder los nervios. Pero el médico siguió con su tono de sedante, precedido esta vez por una leve y confortable risa ansiolítica: “a tu cabeza no le pasa nada, sólo es que estas estresado o deprimido”. Y dale. Decidí entonces seguirle la corriente para ver si sacaba algo en claro y le pregunté “¿Entonces qué hago?” Y él dijo: “pues hacerme caso y tomar 20 días una dosis más y ya verás cómo vuelve todo a la normalidad y no te preocupes tanto porque sólo vas a conseguir angustiarte más”. Luego añadió que precisamente esa tarde le habían traído a fulanito con otro ataque de ansiedad y ese comentario me pareció un poco surrealista, como si los ataques de ansiedad fueran como un brote de gripe o gastroenteritis. El caso es que al final yo me quedé igual pero el médico parece que se quedó más tranquilo. Cuando les haces caso se quedan más tranquilos y entonces pasan a lo siguiente. A veces uno tiene la sensación de que va al médico y la consulta no termina hasta que él se queda tranquilo, que ya es el colmo.

Pues eso pasó ayer. Pasaron más cosas pero es que me da pereza contarlas a estas horas, con lo tarde que es. Ahora lo que importa es que al menos ya no estoy un poco de harto de casi todo, ni un poco harto de casi todos ni bastante harto de mi mismo, como esta mañana. No me voy a acostar harto de estar harto. Luego se me pasará un poco, seguramente, pero aun así.

Cuento 8 febrero, 2006

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Se supone que, en el cuento, el problema son las madres pero resulta que a Peter Pan ahora le toca hacer de padre de su padre. Palabras de colores para tí, Peter.

Retorno 7 febrero, 2006

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Lang LangHe ido a por el nuevo cd de Lang Lang, “Memory” (Deutsche Grammophon, 2 cd´s) con muchas curiosidades por satisfacer. Su concierto de debut en el Carnegie Hall de Nueva York, escuchado primero en cd, escuchado y visto después en dvd, me produjo una profunda impresión. Coexistía “algo” con el apabullante virtuosismo que suponía una estimulante novedad en un mundo en que el virtuosismo se da por descontado y ya está. Personalmente así lo percibí a lo largo de varios momentos en el transcurso del recital que me conmovieron. No faltaron quienes torcieron el gesto diciendo que Pollini conseguía un Schubert más profundo, olvidando que Pollini igual tenía 50 años cuando tocó profundamente a Schubert y Lang Lang… 19. El caso es hablar.

No he seguido la posterior y fulgurante carrera de Lang Lang más que de oídas (nunca mejor dicho) pero el otro día apareció en los periódicos con unas pintas que me hicieron dar un salto del sillón: no se sabía si venía de un after hours a eso de las 9 de la mañana o si iba a posar para un anuncio de relojes. El aparato mediático que le ha rodeado este tiempo ha sido brutal y, por lo que parece, a punto ha estado de hacer zozobrar la nave del joven pianista que, en algunas de sus últimas interpretaciones como solista con orquesta había empezado a introducir ciertos elementos desconcertantes, síndrome este que no es nuevo y que yo denomino como “síndrome Pogorelich”, puesto que a Ivo Pogorelich le pasó eso mismo en su día: que empezó fresco y antes de los 30 estaba tan aburrido que hacía cosas muy raras.

Pero parece que Lang Lang ha dicho: un momento. Y ha vuelto a ponerse en manos de grandes maestros como discípulo aplicado, entre ellos, Daniel Barenboim, en quien el pianista chino ve, además de un genio musical, un sabio en toda la extensión de la palabra. De paso, se ha metido en el estudio para ofrecernos este “Memory” que supone el retorno hacia aquellas obras que ocuparon un lugar importante en su formación como pianista, de ahí el sentido del título. Hay un detalle que, por sí solo, merece la inmersión en esta “memoria”: toca la Sonata K.330 en Do Mayor de Mozart que, según sus propias palabras recogidas en las notas del disco, le hizo “replantearse su decisión de abandonar el estudio del piano” tras ser rechazado (!) por uno de sus primeros profesores. A todo esto hay que sumarle que, de pronto, se me ha abierto el apetito por saborear el “tacto” mozartiano de Lang Lang, que desconocía, y nada más llegar a casa lo he puesto y me he encontrado con una interpretación que sorprende (y mucho) por la extrema minuciosidad y el cuidado puesto en todos y cada uno de los detalles para conseguir un primor que pide más audiciones.

Hay otro detalle, esta vez simpático: el disco incluye la transcripción de Vladimir Horowitz de una Rapsodia de Liszt que Lang Lang afirma haber descubierto en el famoso cortometraje de Tom y Jerry, “Concierto gatuno” en el que el ratón convierte la ejecución de la obra por parte del gato en un suplicio repleto de, dígamoslo finamente, putadas. Seguro que lo has visto. El hecho es revelador de los nuevos tiempos: es obvio que las fuentes de conocimiento han cambiado notablemente. Y ya que estamos, no se me olvida reseñar algo que le he leído estos días en los periódicos: “ahora me siento más a gusto en el estudio de grabación” (esa frase ya la he oído antes; esas palabras apuntan al Norte).

Yo voy a seguir con detenimiento la evolución de Lang Lang. Si es capaz de aplicar la inteligencia que indudablemente tiene, aparte de su gran talento musical, para saber encauzar adecuadamente su carrera reclamando el espacio necesario para su propio crecimiento y desarrollo, una vez que no se le han caído los anillos en reconocer que todavía hay que seguir yendo a clase, estoy seguro que nos deparará muchas y gratas sorpresas. Me tranquiliza saber que tiene a Barenboim de consejero. Yo sigo creyendo en Lang Lang.

Crítica 6 febrero, 2006

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Hoy me han enviado por mail una crítica de mi ejercicio modal (ver más abajo) que me ha hecho muy feliz. Es la crítica más especial que he recibido nunca porque viene de una personita muy pequeña. Un papá ha transcrito las palabras de mi oyente, de dos años y cinco meses de edad que, adentrándose en la melodía que escuchaba su padre, dijo algo así como:

“¡¡qué búsida bás bonida!!”

Su papá se la puso después otra vez, en esta ocasión expresamente para ella y entonces dijo:

“esa búsida é pa domí”

Es la cosa más bonita que he oído en mucho tiempo así que voy a buscar la partitura y se la voy a regalar a mi más pequeña oyente. Felices sueños.

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Apéndice (8 de Febrero): Jose, de Jamsession ha tenido la amabilidad de suprimir el soplo del archivo de audio y reenviármelo por mail. ¡Muchas gracias, Jose! He sustituido el archivo antiguo por el nuevo en el post correspondiente.

Entrevista 6 febrero, 2006

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Tenía curiosidad por ver la comparecencia de José Saramago en el programa nocturno de Eva Hache, combinación insólita donde las haya. Saramago ha aparecido alto, con el pelo muy corto y la sonrisa en los ojos, quizá porque se miraba continuamente en los ojos exoftálmicos de la presentadora y se ha dejado deslizar por el tobogán lúdico de la Hache en un rato que se ha hecho breve. La Hache le ha buscado las cosquillas con lo de las corbatas, que al parecer es de las pocas cosas materiales ante las que Saramago se muestra exigente y nos hemos enterado de que no le gusta el fado por su sentimentalidad forzada, y que lo del Nobel lo supo de boca de una azafata de Lufthansa en el aeropuerto y también lo que se siente en el fragor de la terminal siendo Nobel y solo, sentimiento que toma la forma de una pregunta muy curiosa. Luego ha recordado a Pilar, como era de esperar, y ha dicho también que la vida no tiene sentido, sino sentidos. No faltándole razón, seguramente, nos lo pone entonces más difícil.

Memoria 5 febrero, 2006

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Mi memoria tiene 35 mm de espesor y forma de caja de bombones. Me he comprado un disco duro externo LaCie porque me ha dado por tenerlo todo junto, localizado y a salvo. La capacidad del disco es grande (256 gigas) pero la información es abundante. Lo estoy metiendo todo: los guiones de las charlas realizadas, los audiovisuales de los cursos, las partituras, las secuencias, los ejemplos, los bocetos de proyectos que quedaron en fase embrionaria. Me ha sorprendido encontrarme con que uno de los temas del curso de divulgación musical para adultos correspondiente al año 1998 llevara por título “La Idea del Norte”, y me ha sorprendido de verdad por tan temparana alusión al concepto y porque dicha clase no se llevó a cabo. He abierto el archivo correspondiente con gran curiosidad y me ha hecho gracia leer: “guión #39: La Idea del Norte” y luego una página en blanco con una breve frase entre paréntesis centrada a la mitad que pone: “(por el momento, ni Idea)”.

Mientras voy suministrando material de los cd´s, del portátil (del antiguo, que ha arrancado con pereza, y del nuevo, todavía con el vigor de quien quiere causar buena impresión) y del ordenador desde el que ahora escribo (todo un laberinto de particiones donde reina el caos más absoluto), observo que el disco nuevo no hace ruido alguno, sólo una pequeña respiración, a modo de suspiro, muy de vez en cuando: debe ser que está concentrado en memorizar tantas cosas y, a lo mejor, se le conmueve un poco el corazón de metal cuando escucha el lamento de Purcell, o ve la última imagen de Alicia, o contempla el rayo verde en el atardecer de Rohmer, o pasa lista a la época de los mails nocturnos, cuando te los enviaba terminando con la inevitable “frase del día” a modo de coda, que pedías con insistencia porque te gustaba coleccionarlas y a veces te hacian pensar, y otras veces te hacían reir.

Yo, mientras tanto, voy descubriendo cosas de mí mismo que había olvidado por completo. Un ejemplo: ¿qué pinta ese fragmento del “Oratorio de Navidad” de Bach en las Jornadas que impartí aquel verano tan caluroso sobre los mecanismos de la invención musical en las “Variaciones Goldberg”? Ni idea, debería apuntarme al curso para saberlo. Me sorprende la cantidad de cosas que se han ido acumulando y en las que he ido dejando algo de mí. Parte de mi memoria reciente (y de la no reciente, porque aquélla se nutre de lo vivido) se va ordenando pacientemente en una cajita metálica de 35 mm de espesor. Si algún día no me encuentras, busca en la caja. Sólo tienes que leer entre líneas del documento que sea, que es la zona en penumbra donde siempre me escondo, esperándote.

Incidente 5 febrero, 2006

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Ayer por la noche me subió la tensión por ir a tomar una pastilla para la tensión.

Me explico.

Iba camino de la cocina pensando en mis cosas, dejémoslo así, porque si además de lo que voy a relatar digo el motivo que tenía ocupada mi cabeza cualquiera diría que me faltan dos tornillos. Bueno, venga, lo cuento: estaba yo pensando, y no sé el motivo ni la razón, de repente, a quién no le ha pasado eso, ponerse a pensar en algo que no viene a cuento, pues como digo, estaba pensando en qué película de Woody Allen dice lo de si por allí habrá “bichos raros de esos que tienen cuerpo de cangrejo y cabeza de diputado”. No es en la misma película que dice que el campo es ese “sitio horrible lleno de pollos crudos”, eso seguro. El caso es que está claro que a Woody Allen no le gusta nada el campo y puede que lo del bicho con cuerpo de cangrejo y cabeza de diputado lo diga en “El dormilón”, pero no me acuerdo bien.

Total, que pensando en semejantes argumentos trascendentales había entrado yo en la cocina para tomarme la pastilla nocturna para la hipertensión, preparado el vaso con agua, ingerida la tal pastilla cuando, de pronto, me doy cuenta de lo que he tomado ha sido un Voltarén, que es un antiinflamatorio. Debió ser por inercia, porque yo tomé Voltarén durante más de 15 años a dosis caballunas dignas de haber sido recetadas por Groucho Marx en su papel de doctor Hackenbush, no sé, pero el caso es que de repente me dí un susto mayúsculo que me hizo llevarme la mano al pecho y las razones del susto fueron varias: primero, por el despiste en sí, que imagínate si me llego a haber tomado, qué se yo, algún medicamento raro; segundo, porque si te descuidas, el Voltarén estaba caducado y todo. No lo miré, entre otras cosas porque para entonces mi alarma neurótica se había disparado emitiendo unos fuertes pitidos acompañados de unas lucecitas espantosas y una serie de preguntas a cada cual más terrorífica: ¿y si el Voltarén es incompatible con la medicación de las cajitas azules, eh? Qué hacemos, bueno, qué haces, que tú eres el que se ha metido en este fregado, que eres como los críos: “mantenga los medicamentos fuera del alcance de los niños”.

Lo primero que quise hacer es recuperar la calma y, esta vez sí, saqué de la caja la tableta con las pastillitas dichosas para la tensión. Pero entonces caí en la cuenta de que me acababa de tomar un Voltarén a medianoche y que, independientemente de los posibles efectos nocivos que su combinación con la medicación galáctica de las cajitas azules pudiera producir, había una certeza inquietante: el Voltarén en un estómago vacío es una bomba: a ver si me va a producir una perforación de estómago. Así que me fuí para el armario donde guardo las galletas y empecé a comer unas cuantas (bastante compulsivamente, para qué nos vamos a engañar) y luego recurrí al tranquilizante chocolate en forma de crema de cacao (Nocilla, palabra mágica) que utilicé para embadurnar un par de madalenas y me dediqué unos segundos a experimentar la placentera y relajante sensación que me produce el chocolate (el negro no, que es muy fuerte, a mí el chocolate con leche o la nocilla).

Degustaba yo mi segunda madalena embadurnada con crema de chocolate cuando mis ojos se posaron en la mesa donde estaba la tableta con las pastillas para la tensión y entonces me asaltó otra pregunta alarmante: ¿la he tomado finalmente? a ver, cálmate por favor y piensa: te has dado cuenta de que te has tomado por error un antiinflamatorio y lo primero que has hecho una vez recompuesto el ánimo es sacar la caja de las pastillas para la tensión; es más, has sacado incluso la tabletita de plástico que las contiene luego es muy posible que te la hayas tomado antes de pensar (por cierto, bien pensado, algo has hecho bien esta noche) que debías llenar el estómago con algo. Dejé la madalena embadurnada de nocilla encima de la la mesa porque de repente ya no tenía ganas de madalena embadurnada con nocilla y sí un nudo en el estómago. A ver, cuántas pastillas quedaban en la tableta: absurda pregunta, yo qué sé cuántas quedaban.

Mientras valoraba la conveniencia de tomar otra pastilla para la tensión, a riesgo de que fuera “otra”, es decir, que ya la hubiera tomado, y pasaba por mi cabeza uno de esos pensamientos absurdos que surgen en estas situaciones tan tensas, a saber: “a ver si me voy a pasar de dosis y me da algo como a Gould, que se murió de algo así, Dios santo, al menos a Gould le salían bien las Variaciones Goldberg”, volví a abrir la caja de los medicamentos para buscar un Omeprazol, que sirve para proteger el estómago y luego retomé la cuestión que, para entonces, había adquirido ciertos matices shakesperianos: ¿tomar o no tomar la pastilla para la tensión? Si no la tomo no habiéndola tomado, mal; si la tomo habiéndola tomado qué, ¿eh? Todo esto con la tabletita en la mano y sintiendo la inquietud propia de quien tiene en el estómago un Voltarén y por las venas la dosis de la medicación galáctica, la de las cajitas azules, a punto de encontrarse ambos. Tiene narices que uno siempre tiene que preocuparse ante todo por los efectos secundarios de los medicamentos y eso es muy raro; ya lo decía Andrés Aberasturi: ¿y los primarios qué? Para entonces, yo estaba nervioso perdido, que el colmo de un neurótico hipocondriaco es que pasen cosas de estas, y entonces no se me ocurrió cosa mejor (o peor) que tomarme la tensión: 14,8 y 9,0. Alta. No exageradamente alta, claro, pero sí lo suficiente como para no descuidar la pastilla en el caso, sobre todo, de que no la hubiera tomado antes.

Al final decidí tomarme un Orfidal, que es un ansiolítico, porque ya estaba cardiaco e intenté relajarme un poco yéndome a acostar. Total: que yo iba a tomar la dosis rutinaria para la hipertensión y no sé si la tomé o no, pero lo que está claro es que, en su lugar, me tomé un Voltarén, un Omeprazol, un Orfidal, unas cuantas galletas y madalena y media embadurnada con nocilla. Y un susto. Y la tensión alta. Y, por supuesto, de esto ni una palabra a nadie.

Bagatela 2 febrero, 2006

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Cuaderno de caligrafía modal: primer ejercicio (1997)
(38 segundos – 456k – audio mp3)

Me lo he encontrado en una cinta de cassette bastante mal conservada y se oye con mucho soplo pero me ha hecho ilusión recuperarlo. Es un apunte escolar, una ocurrencia concebida en el bar de enfrente del conservatorio mientras sonaba por el hilo musical un arpa eléctrica cuyo sonido me gustó mucho. Inmerso aquellos días en los sesudos y pesados contrapuntos modales (bueno, venga, tengo que ser sincero, también eran apasionantes) salió ésto como un pasatiempo, como quien necesita estirar las pìernas y tomar un poco de aire fresco. Le tengo simpatía por su levedad y su brevedad, no obstante poseer una elaborada maquinaria interna cuyo entramado lógico quizá no se advierta de primeras. Tampoco importa mucho. Al catedrático le espantó oir el nombre de “arpa eléctrica” entre motetes y cánones por movimiento contrario y dijo que “anda que tú también” con puntos suspensivos pero cuando lo escuchó se llevó la mano a la boca porque le entró la tos que le daba cada vez que se presentaba una sonrisa inoportuna. Al final, quiso incluir la pieza en los trabajos de fin de curso. No pegaba ni con cola entre las demás obras “serias” pero allí fue a parar y yo me olvidé de ella. Hasta hoy, que la he escuchado con una sonrisa y sin tos.

Colores 1 febrero, 2006

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Leioa Kantika Korala

Yo lo veía todo negro hasta que Basilio Astulez irrumpió con su coro de colores en la pantalla del televisor y, desde entonces, me reservo el último rato del día para disfrutar con ellos. Supe de su existencia las pasadas navidades gracias a mis amigos Izaskun y Alain, que me regalaron un dvd grabado el pasado octubre en el Palacio Euskalduna de Bilbao con la música de los alumnos de la Escuela-Conservatorio de Leioa. A ver qué te parece, me dijeron, y cuando puse el dvd por la noche me encontré con la sorpresa de colorines.

Ocurre que empieza el concierto y lo primero que aparece es la Coral de chavales de Astulez interpretando tres obras nada convencionales: algo oriental, algo africano (quizá), todo mágico. La puesta en escena tampoco es convencional, y no sólo por el despliegue de colores sino porque los chavales mueven sus cuerpos siguiendo una coreografía irresistible al compás de lo que sale de sus gargantas, voces primorosamente formadas. Y el resultado te hipnotiza. Que me lo digan a mí: es “culpa” de Basilio Astulez que, todavía, no haya podido ver el resto del concierto, pero es que me pongo delante de la pantalla, a oscuras, en ese momento en el que te relajas tras el ajetreo del día y me dejo llevar por esas tres breves piezas de las que ya conozco de memoria todos sus detalles: las evoluciones de las melodías, los hermosos contrapuntos que juguetean con ellas, el movimiento de los cuerpos, el solo de piano prodigioso que brota de las manos de la joven pianista en un paréntesis de la obra japonesa, la alegría de las palmas, las sonrisas de satisfacción de los rostros. Y vuelta a empezar desde el principio para disfrutar de las tres piezas, por enésima vez.

Es evidente que nadie como Astulez es consciente de lo que tiene delante de sí: haber conseguido el compromiso y la entrega a la exigente disciplina del trabajo por parte de un grupo de chicos y chicas en edad adolescente no es cosa fácil. Y ha aprovechado la feliz ocasión para extraer, canalizar y modelar sabiamente el enorme potencial de esa energía juvenil, que en escena requiere una dirección mínima, una indicación ocasional ahora, un gesto discreto después, porque el trabajo de conjuntar armonía y disciplina está perfectamente hecho de antemano. Para conseguir todo eso se requiere algo más que talento, trabajo y voluntad: se requiere afecto. Hay en esos rostros tanto respeto como admiración hacia Astulez, y emana de ellos la confianza y la soltura de quien se encuentra inmerso en el disfrute propio que se entrega e integra felizmente en el conjunto. Y eso trasciende el escenario poderosamente y lleva el colorido al corazón del oyente que a duras penas puede resistirse a sumarse a esa exhibición de gozo. Porque la principal lección que nos dan los chicos y chicas de Astulez es, fundamentalmente, esa: recordarnos que la música es, ante todo y sobre todo, gozo. Puro, maravilloso y reconfortante gozo. Qué preciosidad.