Futuro

Me estoy leyendo a mí mismo en un libro.

Todo empezó hace unas semanas cuando, de visita por la librería, mis ojos se posaron en un libro cuyo título y autor no figura aquí por cuestiones de ahorro de espacio, por ejemplo. Al cabo de unos días me acordé de él, tan ocupado como estaba con otros asuntos, y una noche empecé a leerlo. Para cuando llegué a la página 5 lo tuve claro: el personaje era yo. Cierto es que no se correspondía en nada a mí, ni en edad, ni en físico, ni en circunstancias, ni en lugar, manera y modo de vivir; ni siquiera los personajes que rodeaban secundariamente al personaje principal tenían nada que ver con las personas que rodean mi vida. Pero a pesar de todo supe que aquél era yo, así había sido yo antes, en el pasado.

El hecho podría pasar como una casualidad curiosa sin más trascendencia, una de esas anécdotas que cuentas en la tertulia tras una cena con amigos cuando sirven el café y dices que no, gracias, que no tomas café, pero la realidad es que aquello me produjo una fuerte impresión que se acrecentó los días sucesivos conforme me seguía reconociendo de una manera nítida hasta en los detalles más pequeños. No había duda: yo he conocido eso, ese he sido yo, ese soy yo ahora (esas han sido las frases que más veces me he dicho a mí mismo durante estas semanas). A lo largo de este tiempo mi creciente inquietud ha oscilado entre la certeza inexorable de lo que me iba a encontrar tras pasar la página y la posibilidad de descubrir detalles que en su momento pasaron desapercibidos y en los que ahora, en la lectura atenta del libro, reparaba como quien revisa una fotografía antigua y se percata de matices que completan el puzzle que tú eres.

Desde que me descubrí a mí mismo en la piel impresa de otro he procurado dedicar un rato del día a la lectura del libro en una actitud de profunda curiosidad y estupor hasta que esta noche he llegado a la página 342, un número de página como cualquier otro si no fuera porque no he encontrado allí nada reconocible de mí. Y entonces he caído en la cuenta de que si en la página 342 no me reconocía después de 341 páginas precedentes que me habían dicho decir inumerables veces cosas como: ese he sido yo, yo he conocido eso, y otras similares, a lo mejor era porque en esa página empezaba mi futuro.

He cerrado el libro de inmediato.

Me parece que no quiero saber cómo acaba. Y no tanto porque pueda acabar mal sino porque, sencillamente, el final no me guste. Imagínate acabar el libro y verte reducido a un minúsculo e insignificante punto final. En realidad, bien pensado, la vida te conduce poco a poco a la última página y una vez allí te encuentras con el índice que te dice: “así ha sido todo”. Y lo único que te queda es que te entierren en un estante sin que hayas podido pedirle explicaciones al autor que todo lo sabe y que se diría que te ha vivido antes. No sé qué pensar.

5 pensamientos en “Futuro

  1. Anonymous

    La cosa tiene su explicación: hace tiempo, unos humanos empezaron a fabricar robots con supuesta inteligencia artificial. Los humanos fueron muriendo y quedamos los robots. Lo peor que le puede ocurrir a un robot de nuestra especie es leer la autobiografía del humano que lo fabricó. Nos sorprendemos, cierto, pero no sabemos qué pensar.

    Algunos robots salieron defectuosos, por ejemplo Bush. Pero eso es otra historia.

  2. Anonymous

    “The house was quiet and the world was calm. The reader became the book; and summer night was like the concious being of the book…” (Wallace Stevens)

  3. Anonymous

    Pues la historia termina de malas maneras: Bush empieza la llamada la “Abuela de todas las guerras (que es la madre de la madre de todas las guerras), nada grave, unos cuantos megakilotones de cosas radiactivas.
    Resumiendo, para no alargarme, que nuestros descendientes acaban siendo un híbrido entre robot y cucaracha que, visto lo visto, no está nada mal.

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