Diario

Hoy me he levantado un poco de harto de casi todo, un poco harto de casi todos y bastante harto de mi mismo. Me he levantado harto de estar harto. Luego se me ha pasado un poco, pero aun así. Y es que ayer me dio otro episodio de ansiedad horroroso, de repente, sin aviso, iba tranquilamente paseando por la tarde cuando de pronto se me disparó el corazón y se me agarrotaron los brazos y las piernas. En momentos así te falta el aire y también te sobra y quieres salirte de tí mismo y al segundo siguiente es más de lo mismo. Luego llegas a casa hecho un trapo y así te quedas un rato largo. Y no, no terminas el día bien.

Le llamé al médico por teléfono y me dijo que tranquilo, eso lo primero, que me notaba nervioso. Joder, pues claro, si te acaba de dar un ataque de ansiedad cómo vas a estar. Luego dijo que probara a tomar durante 20 días una pastilla más del ansiolítico que me recetó hace unos meses y eso aún me puso más nervioso, primero porque todo parece arreglarse aumentando el número de pastillas, segundo porque a mí me gustaría saber por qué, de un tiempo a esta parte, me pasan estas cosas cada vez con más frecuencia y mayor intensidad y tercero… Lo tercero todavía no lo digo porque en ese momento me interrumpió para decirme con voz de sedante en comprimidos: “eso es que estás estresado o deprimido”. Pues mira, ese precisamente era lo tercero de la lista, porque yo hace un tiempo que estaba estresado o deprimido, o quizá las dos cosas pero es que ahora no y eso introduce un matiz significativo en el asunto, vamos, creo yo. Ah, y cuarto, que a ver si me voy a hacer adicto a las pastillas y termino como la Ordóñez. ¿Qué Ordóñez?, dijo el médico. La del Tomate, hombre. ¿Qué tomate? Ay mire, déjelo.

Pero esa última frase era pura fórmula retórica, evidentemente, porque yo había llamado al médico a ver qué tenía que hacer, a ver si eso era normal; no hizo falta recordarle mi inclinación a formular hipótesis tremebundas movido por mi hipocondria neurótica, pero me armé de valor para decirle si lo mío no sería debido a algo mental, que fuera sincero y que igual miraba a la noche en la biografía de Clara Schumann a ver qué síntomas notó en su marido cuando empezó a perder los nervios. Pero el médico siguió con su tono de sedante, precedido esta vez por una leve y confortable risa ansiolítica: “a tu cabeza no le pasa nada, sólo es que estas estresado o deprimido”. Y dale. Decidí entonces seguirle la corriente para ver si sacaba algo en claro y le pregunté “¿Entonces qué hago?” Y él dijo: “pues hacerme caso y tomar 20 días una dosis más y ya verás cómo vuelve todo a la normalidad y no te preocupes tanto porque sólo vas a conseguir angustiarte más”. Luego añadió que precisamente esa tarde le habían traído a fulanito con otro ataque de ansiedad y ese comentario me pareció un poco surrealista, como si los ataques de ansiedad fueran como un brote de gripe o gastroenteritis. El caso es que al final yo me quedé igual pero el médico parece que se quedó más tranquilo. Cuando les haces caso se quedan más tranquilos y entonces pasan a lo siguiente. A veces uno tiene la sensación de que va al médico y la consulta no termina hasta que él se queda tranquilo, que ya es el colmo.

Pues eso pasó ayer. Pasaron más cosas pero es que me da pereza contarlas a estas horas, con lo tarde que es. Ahora lo que importa es que al menos ya no estoy un poco de harto de casi todo, ni un poco harto de casi todos ni bastante harto de mi mismo, como esta mañana. No me voy a acostar harto de estar harto. Luego se me pasará un poco, seguramente, pero aun así.

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