Archivo por días: 5 febrero, 2006

Memoria

Mi memoria tiene 35 mm de espesor y forma de caja de bombones. Me he comprado un disco duro externo LaCie porque me ha dado por tenerlo todo junto, localizado y a salvo. La capacidad del disco es grande (256 gigas) pero la información es abundante. Lo estoy metiendo todo: los guiones de las charlas realizadas, los audiovisuales de los cursos, las partituras, las secuencias, los ejemplos, los bocetos de proyectos que quedaron en fase embrionaria. Me ha sorprendido encontrarme con que uno de los temas del curso de divulgación musical para adultos correspondiente al año 1998 llevara por título “La Idea del Norte”, y me ha sorprendido de verdad por tan temparana alusión al concepto y porque dicha clase no se llevó a cabo. He abierto el archivo correspondiente con gran curiosidad y me ha hecho gracia leer: “guión #39: La Idea del Norte” y luego una página en blanco con una breve frase entre paréntesis centrada a la mitad que pone: “(por el momento, ni Idea)”.

Mientras voy suministrando material de los cd´s, del portátil (del antiguo, que ha arrancado con pereza, y del nuevo, todavía con el vigor de quien quiere causar buena impresión) y del ordenador desde el que ahora escribo (todo un laberinto de particiones donde reina el caos más absoluto), observo que el disco nuevo no hace ruido alguno, sólo una pequeña respiración, a modo de suspiro, muy de vez en cuando: debe ser que está concentrado en memorizar tantas cosas y, a lo mejor, se le conmueve un poco el corazón de metal cuando escucha el lamento de Purcell, o ve la última imagen de Alicia, o contempla el rayo verde en el atardecer de Rohmer, o pasa lista a la época de los mails nocturnos, cuando te los enviaba terminando con la inevitable “frase del día” a modo de coda, que pedías con insistencia porque te gustaba coleccionarlas y a veces te hacian pensar, y otras veces te hacían reir.

Yo, mientras tanto, voy descubriendo cosas de mí mismo que había olvidado por completo. Un ejemplo: ¿qué pinta ese fragmento del “Oratorio de Navidad” de Bach en las Jornadas que impartí aquel verano tan caluroso sobre los mecanismos de la invención musical en las “Variaciones Goldberg”? Ni idea, debería apuntarme al curso para saberlo. Me sorprende la cantidad de cosas que se han ido acumulando y en las que he ido dejando algo de mí. Parte de mi memoria reciente (y de la no reciente, porque aquélla se nutre de lo vivido) se va ordenando pacientemente en una cajita metálica de 35 mm de espesor. Si algún día no me encuentras, busca en la caja. Sólo tienes que leer entre líneas del documento que sea, que es la zona en penumbra donde siempre me escondo, esperándote.

Incidente

Ayer por la noche me subió la tensión por ir a tomar una pastilla para la tensión.

Me explico.

Iba camino de la cocina pensando en mis cosas, dejémoslo así, porque si además de lo que voy a relatar digo el motivo que tenía ocupada mi cabeza cualquiera diría que me faltan dos tornillos. Bueno, venga, lo cuento: estaba yo pensando, y no sé el motivo ni la razón, de repente, a quién no le ha pasado eso, ponerse a pensar en algo que no viene a cuento, pues como digo, estaba pensando en qué película de Woody Allen dice lo de si por allí habrá “bichos raros de esos que tienen cuerpo de cangrejo y cabeza de diputado”. No es en la misma película que dice que el campo es ese “sitio horrible lleno de pollos crudos”, eso seguro. El caso es que está claro que a Woody Allen no le gusta nada el campo y puede que lo del bicho con cuerpo de cangrejo y cabeza de diputado lo diga en “El dormilón”, pero no me acuerdo bien.

Total, que pensando en semejantes argumentos trascendentales había entrado yo en la cocina para tomarme la pastilla nocturna para la hipertensión, preparado el vaso con agua, ingerida la tal pastilla cuando, de pronto, me doy cuenta de lo que he tomado ha sido un Voltarén, que es un antiinflamatorio. Debió ser por inercia, porque yo tomé Voltarén durante más de 15 años a dosis caballunas dignas de haber sido recetadas por Groucho Marx en su papel de doctor Hackenbush, no sé, pero el caso es que de repente me dí un susto mayúsculo que me hizo llevarme la mano al pecho y las razones del susto fueron varias: primero, por el despiste en sí, que imagínate si me llego a haber tomado, qué se yo, algún medicamento raro; segundo, porque si te descuidas, el Voltarén estaba caducado y todo. No lo miré, entre otras cosas porque para entonces mi alarma neurótica se había disparado emitiendo unos fuertes pitidos acompañados de unas lucecitas espantosas y una serie de preguntas a cada cual más terrorífica: ¿y si el Voltarén es incompatible con la medicación de las cajitas azules, eh? Qué hacemos, bueno, qué haces, que tú eres el que se ha metido en este fregado, que eres como los críos: “mantenga los medicamentos fuera del alcance de los niños”.

Lo primero que quise hacer es recuperar la calma y, esta vez sí, saqué de la caja la tableta con las pastillitas dichosas para la tensión. Pero entonces caí en la cuenta de que me acababa de tomar un Voltarén a medianoche y que, independientemente de los posibles efectos nocivos que su combinación con la medicación galáctica de las cajitas azules pudiera producir, había una certeza inquietante: el Voltarén en un estómago vacío es una bomba: a ver si me va a producir una perforación de estómago. Así que me fuí para el armario donde guardo las galletas y empecé a comer unas cuantas (bastante compulsivamente, para qué nos vamos a engañar) y luego recurrí al tranquilizante chocolate en forma de crema de cacao (Nocilla, palabra mágica) que utilicé para embadurnar un par de madalenas y me dediqué unos segundos a experimentar la placentera y relajante sensación que me produce el chocolate (el negro no, que es muy fuerte, a mí el chocolate con leche o la nocilla).

Degustaba yo mi segunda madalena embadurnada con crema de chocolate cuando mis ojos se posaron en la mesa donde estaba la tableta con las pastillas para la tensión y entonces me asaltó otra pregunta alarmante: ¿la he tomado finalmente? a ver, cálmate por favor y piensa: te has dado cuenta de que te has tomado por error un antiinflamatorio y lo primero que has hecho una vez recompuesto el ánimo es sacar la caja de las pastillas para la tensión; es más, has sacado incluso la tabletita de plástico que las contiene luego es muy posible que te la hayas tomado antes de pensar (por cierto, bien pensado, algo has hecho bien esta noche) que debías llenar el estómago con algo. Dejé la madalena embadurnada de nocilla encima de la la mesa porque de repente ya no tenía ganas de madalena embadurnada con nocilla y sí un nudo en el estómago. A ver, cuántas pastillas quedaban en la tableta: absurda pregunta, yo qué sé cuántas quedaban.

Mientras valoraba la conveniencia de tomar otra pastilla para la tensión, a riesgo de que fuera “otra”, es decir, que ya la hubiera tomado, y pasaba por mi cabeza uno de esos pensamientos absurdos que surgen en estas situaciones tan tensas, a saber: “a ver si me voy a pasar de dosis y me da algo como a Gould, que se murió de algo así, Dios santo, al menos a Gould le salían bien las Variaciones Goldberg”, volví a abrir la caja de los medicamentos para buscar un Omeprazol, que sirve para proteger el estómago y luego retomé la cuestión que, para entonces, había adquirido ciertos matices shakesperianos: ¿tomar o no tomar la pastilla para la tensión? Si no la tomo no habiéndola tomado, mal; si la tomo habiéndola tomado qué, ¿eh? Todo esto con la tabletita en la mano y sintiendo la inquietud propia de quien tiene en el estómago un Voltarén y por las venas la dosis de la medicación galáctica, la de las cajitas azules, a punto de encontrarse ambos. Tiene narices que uno siempre tiene que preocuparse ante todo por los efectos secundarios de los medicamentos y eso es muy raro; ya lo decía Andrés Aberasturi: ¿y los primarios qué? Para entonces, yo estaba nervioso perdido, que el colmo de un neurótico hipocondriaco es que pasen cosas de estas, y entonces no se me ocurrió cosa mejor (o peor) que tomarme la tensión: 14,8 y 9,0. Alta. No exageradamente alta, claro, pero sí lo suficiente como para no descuidar la pastilla en el caso, sobre todo, de que no la hubiera tomado antes.

Al final decidí tomarme un Orfidal, que es un ansiolítico, porque ya estaba cardiaco e intenté relajarme un poco yéndome a acostar. Total: que yo iba a tomar la dosis rutinaria para la hipertensión y no sé si la tomé o no, pero lo que está claro es que, en su lugar, me tomé un Voltarén, un Omeprazol, un Orfidal, unas cuantas galletas y madalena y media embadurnada con nocilla. Y un susto. Y la tensión alta. Y, por supuesto, de esto ni una palabra a nadie.