Archivo por meses: febrero 2006

Dimisión

Esta noche ha dimitido el presidente de un club de fútbol y el acontecimiento ha merecido la suspensión de la programación nacional de las cadenas de radio para cubrir el evento. En un momento determinado, la periodista encargada de describir el tenso ambiente de la rueda de prensa ha dicho con voz de preocupación que, no obstante lo sucedido, “quedaba asegurada la normalidad institucional” y entonces casi he sentido un poco de miedo y, sin casi y a la vez, bastante bochorno. Es que no sé cómo explicarlo, de verdad; si no, lo pondría mejor.

Lamento

¿Nos suena ésto de algo?

Nos suena a post reciente (ver más abajo o haciendo click aquí). Es el bajo que utiliza Bach como tema principal de sus Variaciones Goldberg, con su división en dos partes simétricas a la manera de pregunta y respuesta, antecedente y consecuente: el primer reposo no es conclusivo, equivale a la coma en el discurso hablado; el segundo es definitivo y equivale al punto final. Esta estructura representa el esquema fundamental de una frase clásica:

Lo de hoy va a tener cierto carácter de digresión porque vamos a ver el tratamiento que otro compositor da a dicho tema. Ya dijimos en su momento que estos bajos eran modelos tradicionales a disposición de los compositores (aquí no funcionan los derechos de autor). Este modelo no es patrimonio exclusivo de Bach: se utilizó antes que él lo hiciera y se utilizó también después. Sin embargo, por lo general, la gente se sorprende cuando descubren que dicho bajo sirve de sustento a una obra muy conocida, una de las cumbres de la lírica, el inolvidable lamento (el aria “When I am laid in earth”) de la ópera “Dido y Eneas”, de Henry Purcell:

Ocurren aquí dos cosas: la primera, que el carácter dramático del aria obliga a Purcell a cambiar el modo de la tonalidad, de Sol Mayor a sol menor; y lo segundo, que la teoría de los afectos del barroco representaba el lamento, la aflicción, el dolor emocional, mediante un descenso cromático, de manera que donde Bach escribe así las cuatro primeras notas:

Purcell introduce entre ellas los cromatismos correspondientes:

Observemos que se parte y se llega al mismo lugar, pero hay más notas porque los cromatismos (esas notas señaladas con signos) vienen a ocupar los huecos que hay entre nota y nota. Es como si en el ejemplo de Bach bajáramos la escalera de dos en dos peldaños y aquí, en el ejemplo de Purcell, lo hiciéramos de uno en uno y agarrados a la barandilla.

He dicho hace un instante que la gente se sorprende cuando es advertida de que el bajo es el mismo aquí que en las Goldberg porque siendo clave y sustento fundamental de la pieza pasa desapercibido ante la sobrecogedora belleza de la voz melódica superior, encomendada a una soprano que entona uno de los textos de amor más hermosos que se han escrito. En su lecho de muerte, la reina Dido hace acopio de sus últimas fuerzas para despedirse de su amor, el héroe Eneas, y lo hace con una súplica: “Cuando yazca en tierra, que mis errores no aflijan tu corazón. ¡Recuérdame, recuérdame! pero, ay, olvida mi destino”. Es conmovedora la manera con la que la música subraya esas palabras: mientras el bajo desciende una y otra vez hacia las simas del dolor (el modelo se repite nueve veces), la voz se alza hacia los agudos en un desgarrado grito que hace coincidir el clímax melódico en la exclamación “¡Recuérdame!” para desfallecer al tiempo que, en un acto de infinita ternura, suplica al amado que rehuya contemplar lo que, inevitablemente, va a suceder a continuación: “olvida lo que va a ser de mí”.

Es toda una lección de “prosodia musical”, digámoslo así, por la perfecta relación entre el canto y lo que se canta: la coincidencia del clímax melódico con el clímax argumental y el maravilloso efecto que el consiguiente descenso (anticlimax) produce en las palabras posteriores y que llega a alcanzar una cualidad visual: podemos perfectamente “ver” con los oídos el desmoronamiento de la reina; podemos ver cómo aparta su cara, en una reacción de pudor no exenta de cierto matiz de preocupación maternal, para que no se vean sus lágrimas mientras murmura entre dientes “olvida lo que va a ser de mí”. Nosotros no hemos conseguido olvidarla.

Pero pasemos ahora a examinar el sorprendente interior de esta música. Es curioso que Purcell, maestro de maestros en este tipo de estructuras sobre bajos inmutables y repetidos incesantemente, prescinda en esta ocasión de la esencia del procedimiento: la variación. Aquí, a cada repetición del bajo, Purcell no elabora una nueva variación sino que despliega una única y larga línea melódica que en todo momento encuentra asombroso acomodo y sustento en los cimientos del bajo. Esto es muy interesante porque nos enfrenta a un problema compositivo que Purcell resuelve a la perfección. ¿Qué tipo de problema? Veamos el siguiente gráfico:

En una variación sobre bajo, es de suponer que exista una concordancia armónica y formal entre las dos voces: allí donde arranca el bajo, lo hace la voz superior; allí donde el bajo reposa momentáneamente (final del primer arco), la melodía aprovecha igualmente para tomar aire, y así sucesivamente. Pero la idea introducida por Purcell, una única melodía con su propia dicción fluyendo a lo largo de un bajo que se repite estrictamente nueve veces, desmonta las concordancias entre las voces, cosa que gráficamente podríamos reproducir así:

¿Y qué tiene esto de interesante? Todo. Porque ocurre que Purcell está introduciendo una variable inesperada y fascinante: que siendo el bajo siempre el mismo, sus funciones armónicas cambien: ocurrirá que, a veces, la misma nota del bajo que en origen servía para conducir al canto a su resolución final sirva, a la vuelta, para lo contrario (y viceversa). He aquí un fragmento del aria donde podemos apreciar lo que estamos exponiendo. La melodía de la voz superior descansa justamente cuando el bajo ha iniciado su enésima repetición y prosigue de nuevo justamente cuando el bajo llega al momento en que las funciones armónicas originales indicaban descanso:

Este juego de cambio de funciones armónicas (que no de notas) no pasa desapercibido en Bach, que se dedica a ello con evidente deleite a pesar de la general indiferencia del análisis musical bachiano sobre este apasionante aspecto. Ejemplos los hay numerosos y sobresalientes en el tratamiento de las melodías de Coral en sus cantatas, por ejemplo, y en el “Arte de la Fuga”, el tema principal, mil veces oído, llega a sonar en un momento determinado, para sorpresa del oído, fraccionado en dos por obra y gracia de la armonía que lo sustenta y cuyas funciones originales han cambiado.

La conclusión a la que quiero llegar es que la belleza del procedimiento constructivo es proporcional a la belleza del resultado sonoro y ejemplos como esta pieza maestra de Purcell lo demuestran. No estoy en absoluto de acuerdo con la afirmación de Schönberg de que “igualdad, regularidad, simetría, repetición, unidad, relación entre ritmo y armonía e incluso la lógica: ninguno de estos elementos produce ni siquiera contribuye a la belleza”. El fondo está en la forma (y viceversa). Y eso nos conduciría de nuevo a Bach.

Futuro

Me estoy leyendo a mí mismo en un libro.

Todo empezó hace unas semanas cuando, de visita por la librería, mis ojos se posaron en un libro cuyo título y autor no figura aquí por cuestiones de ahorro de espacio, por ejemplo. Al cabo de unos días me acordé de él, tan ocupado como estaba con otros asuntos, y una noche empecé a leerlo. Para cuando llegué a la página 5 lo tuve claro: el personaje era yo. Cierto es que no se correspondía en nada a mí, ni en edad, ni en físico, ni en circunstancias, ni en lugar, manera y modo de vivir; ni siquiera los personajes que rodeaban secundariamente al personaje principal tenían nada que ver con las personas que rodean mi vida. Pero a pesar de todo supe que aquél era yo, así había sido yo antes, en el pasado.

El hecho podría pasar como una casualidad curiosa sin más trascendencia, una de esas anécdotas que cuentas en la tertulia tras una cena con amigos cuando sirven el café y dices que no, gracias, que no tomas café, pero la realidad es que aquello me produjo una fuerte impresión que se acrecentó los días sucesivos conforme me seguía reconociendo de una manera nítida hasta en los detalles más pequeños. No había duda: yo he conocido eso, ese he sido yo, ese soy yo ahora (esas han sido las frases que más veces me he dicho a mí mismo durante estas semanas). A lo largo de este tiempo mi creciente inquietud ha oscilado entre la certeza inexorable de lo que me iba a encontrar tras pasar la página y la posibilidad de descubrir detalles que en su momento pasaron desapercibidos y en los que ahora, en la lectura atenta del libro, reparaba como quien revisa una fotografía antigua y se percata de matices que completan el puzzle que tú eres.

Desde que me descubrí a mí mismo en la piel impresa de otro he procurado dedicar un rato del día a la lectura del libro en una actitud de profunda curiosidad y estupor hasta que esta noche he llegado a la página 342, un número de página como cualquier otro si no fuera porque no he encontrado allí nada reconocible de mí. Y entonces he caído en la cuenta de que si en la página 342 no me reconocía después de 341 páginas precedentes que me habían dicho decir inumerables veces cosas como: ese he sido yo, yo he conocido eso, y otras similares, a lo mejor era porque en esa página empezaba mi futuro.

He cerrado el libro de inmediato.

Me parece que no quiero saber cómo acaba. Y no tanto porque pueda acabar mal sino porque, sencillamente, el final no me guste. Imagínate acabar el libro y verte reducido a un minúsculo e insignificante punto final. En realidad, bien pensado, la vida te conduce poco a poco a la última página y una vez allí te encuentras con el índice que te dice: “así ha sido todo”. Y lo único que te queda es que te entierren en un estante sin que hayas podido pedirle explicaciones al autor que todo lo sabe y que se diría que te ha vivido antes. No sé qué pensar.

Tensión

Estoy muy contento.

Esta mañana no, pero ahora estoy muy contento. Y es que tanta preocupación porque no me suba la tensión arterial y resulta que ayer a última hora una bajada de tensión eléctrica fulminó la fuente de alimentación de mi ordenador de sobremesa (escribo este post desde el portátil, a lo mejor me sale por eso la voz un poco rara pero soy yo, que conste) y provocó un infarto a mi dvd Philips que ha resultado mortal. Afortunadamente, esta vez el router adsl no se ha visto afectado; digo esta vez porque ya ocurrió una vez. La compañía eléctrica se desentendió del asunto en su día así que la opción “reclamación” la he desechado y al punto de la mañana he decidido ser práctico y actuar rápido llamando a los forenses de la técnica: lo del ordenador estará para mañana, es una avería normal (alivio) aunque habrá que desembolsar unos euros (qué le vamos a hacer).

Lo del dvd me preocupaba más, la verdad, sobre todo porque era un dvd multizona, es decir, preparado para admitir dvd´s de todas las regiones (en la geografía del dvd, el mundo está dividido en 6 zonas). El técnico le ha practicado una operación de urgencia y a mediodía ha llamado para darme el pésame: no se ha podido hacer nada. La autopsia había confirmado, de todas maneras, que el asunto era irreversible. Para animarme me ha dicho que el último modelo de la misma gama costaba tan sólo 48 euros. ¿Sólo 48? Sí, 48, piensa, además (ha añadido viendo que sus palabras me consolaban un poco) que si se hubiera podido reparar la operación te habría salido más cara. Entonces le confesado mi pecadillo: mi difunto dvd tenía truco, por lo de la multizona. Él: ¿tanto te merece la pena lo de la multizona? Yo: pues hombre, teniendo dvd´s zona 1 (americanos/canadienses) en una cantidad de tres cifras ya me dirá usted. Pero ha resultado que no, que el hombre se ha hecho el sueco (porque se lo ha hecho, que se le ha notado mucho) y ha actuado como que no sabía de qué iba la cosa, seguramente movido por algún escrúpulo de moral digital. En resumidas cuentas: que no le ha dado la gana de multizonearlo a pesar de mis reiteradas peticiones y de mi aflicción por tan sensible pérdida.

Me he asomado a internet a la tienda de confianza donde compré el difunto reproductor y, efectívamente, estaba el modelo referido por el técnico, y además de rebajas, por la módica cantidad de 99 euros. ¿Módica? El servicio técnico me lo vende por 48, señores. Pero entonces me ha surgido un dilema: costaba el doble, sí, pero me lo enviaban “multizoneado”… por 72,12 euros más, aclarando, eso sí, que el precio estaba motivado por las delicadas manipulaciones que se debían realizar al aparato para conseguir el fin deseado.

Como soy de los que no se rinden fácilmente (bueno, para algunas cosas) he recurrido al oráculo (Google) y he puesto: “multizona”, “philips” y el nombre del modelo en cuestión y en un par de segundos me he encontrado en un foro de técnicos del asunto confirmando por activa y por pasiva que la delicada intervención necesaria para poder ver dvd´s de todo el mundo en dicho modelo consistía únicamente en teclear desde el mando a distancia del propio aparato un código de 6 números. Punto. Es decir, que por teclear 6 números del mando a distancia hay quien te cobra 72,12 euros. Cómo nos toman el pelo.

He decidido jugármela: me he pasado por el servicio técnico y he dicho que me lo llevaba, que lo había pensado mejor, que total, a ese precio, aunque no fuera multizona merecía la pena. He salido con paso tranquilo, para que no se me notara la excitación, pero en cuanto he llegado a casa me he puesto a montar el cotarro a toda velocidad, con la inquietud del “a ver qué pasa”. En ese momento ha llegado mi madre, perfecto, va a haber público y todo, y quitándole el abrigo rápidamente le he hecho sentarse frente al televisor. Ella: ¿qué pasa?. Yo: ahora vas a ver qué pasa. He puesto “Palm Beach”, de Preston Sturges, inolvidable screwball y pedazo de zona 1, esto es, incompatible con nuestra zona 2, que es la zona europea. En la pantalla azul de la tele ha aparecido lo siguiente:

“Wrong region”

“No funciona, hijo”, ha dicho mi madre, que por eso ha dicho lo de hijo. “De eso se trata”, he contestado haciéndome el misterioso, como quien va a hacer un truco de magia. Me he puesto frente al aparato, he cogido el mando a distancia como si manejara una varita mágica y he tecleado los 6 números a modo de abracadabra. Entonces he pulsado el botón del play y… tachán! ha empezado la película. Me han dado ganas de hacer como que tocaba el violín imaginario, en recuerdo de Juan Tamariz, lo que pasa es que me faltaban el sombrero y las gafas (que estas sí que eran reales). De haberlo imitado habría canturreado aquello de “ñññiaaaaaara-ñiaaaaaara” pero como no lo he imitado pues no ha hecho falta. Tampoco mi madre ha aplaudido el número, las cosas como son, pero lo que sí ha dicho es: estarás contento, hijo. Pues sí, estoy contento, muy contento, porque el aparato que costaba 99 euros lo he conseguido por 48, precio excelente para un aparato bueno (con los dvds Philips me pasa como con Lang Lang: creo en ellos) y los 72,12 que costaba al mediodía la operación multizona han quedado reducidos a 6 números… gratis. Lo dicho, cómo nos toman el pelo.

Presencia

Por las calles de la ciudad va mi amor. Poco importa dónde vaya en este tiempo dividido. Ya no es mi amor, cualquiera puede hablarle. Ya no se acuerda: ¿quién fue el que le amó y le ilumina de lejos para que no caiga?

(Sin que lo sepa, mi soledad es su tesoro)

Las palabras son de René Char; los dos paréntesis los añado yo, todavía.

Paseo

Robert WalserPasear es un arte. Lo comprendí, fascinado, gracias a Robert Walser, el escritor suizo que murió en el transcurso de un paseo el día de Navidad de 1956 en los alrededores del manicomio de Herisau donde pasó sus últimos días escribiendo misteriosos microgramas a lápiz en trocitos de papel. Walser escribió “El paseo”, un librito donde describe, pormenorizadamente, todo lo acontecido en un paseo rutinario pero que, a través de sus ojos y sus sentidos todos se nos revela extraordinario. Paseamos sin saber pasear. La enseñanza de Walser es que nos equivocamos al sacar a pasear con nosotros todo lo que llevamos dentro y que deberíamos dejar en casa esperándonos. Para que el paseo se convierta en una experiencia plena es necesario despojarnos de todo para que estemos dispuestos a fijar nuestra atención en los detalles más insignificantes: ese papel que revolotea empujado por el viento dando vueltas sobre el césped conteniendo las primeras letras de un escolar, los sonidos lejanos, los olores, el matiz de la luz, la cadencia rítmica de los propios pasos y las expresiones de los desconocidos con quienes intercambiamos, fugazmente, la mirada.

Conseguir vaciarnos de nosotros mismos para reencontrarnos en la vivencia consciente de un presente continuo no es tarea fácil pero sus efectos obran prodigios. Por eso pasear es un arte. Yo llevaba dos años paseando diariamente por prescripción facultativa cuando acompañé a Walser por el camino de las páginas de su librito en cuya portada figura la foto de sus pequeñas piernas con el acompañamiento de su sombra proyectada en el suelo, imagen perfecta de alguien que puso su empeño en pasar desapercibido toda su vida. Aprendí entonces que llevaba dos años devorando kilómetros sin hacer la digestión. Desde entonces he logrado algún progreso. Cada atardecer, dirijo mis pasos por una tranquila urbanización que está separada de la ciudad por las vías del tren, ocultas por una franja interminable de pinos hasta que el camino tuerce inevitablemente a la derecha para no internarse campo a través y sube el puente que las atraviesa.

A esa hora de azules pálidos que modulan suavemente hacia el negro atravieso verjas forjadas de hierro viejo tras las cuales hay jardines umbríos de donde sale un frescor verde y oscuro mezclado con el olor dulzón de alguna planta escondida. Más allá se escucha el delicioso sonido metálico del agua que el surtidor de una fuente deja caer como un cosquilleo lento sobre un recipiente de alabastro. Nada importaría si todo o parte fuera imaginario. El aire agita a veces las hojas de los árboles y arriba el cielo se cubre de vencejos, que a veces son bencejos, lo mismo da de tantos que son: habrá de todo.

Luego entras en el silencio que te permite oir el ruido de tus pasos en la gravilla crujiente y te hace sentirte a tí mismo, recordándote paseando sin carga, y entonces un nuevo jardín, igualmente umbrío y pequeño, donde se produce, al caer la tarde, lo que me parece uno de los misterios más fascinantes: el canto furioso de los pájaros con eco. ¿Cómo se produce esa reverberación? Al fondo, en el punto donde la ciudad deja de serlo y no dice nada si la abandonas, vete si quieres, puedes ver flotando a media altura el trazo sinuoso de una nieblina blanca que delata el curso sereno del río. Y es entonces cuando giras a la derecha y comienzas a ascender el puente que te permitirá detenerte en la vertical de las vías, delicioso espectáculo a la derecha y a la izquierda.

El otro día ascendía por allí cuando me abordó alguien que venía corriendo y se anunció de improviso por su resuello. Al llegar a mi altura se detuvo y ante mi sorpresa me encontré con el ejecutivo de la oficina de al lado vestido de una forma tan galáctica como seguramente innecesaria para la práctica del footing. Acostumbrado a verle asociado a su impoluta americana oscura y sus corbatas a juego con la camisa, me costó trabajo adivinarle entre tonos fosforitos, imbuído en esa ropa deportiva pegada al cuerpo como si de una segunda piel se tratase cuya utilidad principal parecía ser la de lucir el poderoso logotipo y en cuyo atuendo no faltaba detalle alguno, redículo por excesivo: las rodilleras, las coderas, la cinta que rodeaba su pelo y un extraño y sofisticado aparato que colgaba de dicha cinta y se prolongaba en un minúsculo cable que introducía un pinganillo en su oreja izquierda. Sin saber qué decir ante semejante visión grotesca, sólo se me ocurrió preguntar: ¿qué escuchas? Y con el aliento entrecortado, el gesto de quien pide unos segundos para recomponerse, el rostro sudoroso y congestionado, acertó finalmente a decir: “la Misa Solemnis de Beethoven”.

La Misa Solemnis de Beethoven (!)

Aquello me dejó sin palabras; aturdido no sé si porque Beethoven me sobrara tanto de repente o si porque me pareciera que la escena estuviera tan fuera de lugar; quizá aturdido porque a mí, al músico, le acabara de parecer inconcebible la presencia molesta de la música. El caso es que, sin saber que decir, sólo me salió algo ridículo como: “Pues anda, ve, no vaya ser que pierdas el compás” Y asintiendo con la cabeza como si le hicieras un favor reinició la marcha apresurada con los Kyries, las Glorias y las Aleluyas resonando plenos y bendecidos por la gracia del mp3.

Yo me quedé parado, viéndole marchar. Y cuando cesó el ruido de sus pasos me puse a escuchar la otra música: la melodía paralela de los railes que se proyectan al infinito, el intermitente canto de los grillos, el temblor del semáforo rojo que se yergue, guardián mudo, en la distancia, una pareja de pájaros chillones que sobrevuelan raudos el puente y el olor penetrante e inconfundible a petróleo y matojo de hierbas secas de los cambios de agujas engrasados, que es un olor que tengo que aspirar con los ojos cerrados precisamente para consegir ver reverberar la mayor parte de mi infancia. Allá en lo alto el filo de vainilla de la luna y a lo lejos la cumbre nevada del Moncayo recortada sobre un fondo anaranjado de sol poniente.

Pasear es un arte. Para mí lo es en grado de dificultad no precisamente pequeño. No siempre consigo desprenderme de aquello que debería haber dejado en casa pero a veces, como hoy, lo consigo. Y la experiencia es, por inusual, doblemente maravillosa y gratificante. Prueba.

Tiempo

Siempre he pensado que todas las películas del mundo deberían durar unos 82 minutos. En algunos casos, 87. Por supuesto, hay excepciones excepcionales, pero el caso es que a todas las películas (me refiero a las buenas, las malas por descontado) les sobra siempre algo de tiempo, siquiera un instante. Sí, también a esa tan especial que seguro te viene ahora a la memoria. Piénsalo.

Elaboración

Este post va para largo, trata sobre música y coge al toro por los cuernos (lo digo para avisar) pero es que hace tiempo que descubrí que el blog puede servir también como archivo/refugio de apuntes y material de clase que, dada mi desorganización, se traspapelan con demasiada facilidad obligándome a rehacerlos con una frecuencia desesperante. Si al mismo tiempo lo aquí expuesto puede servir de ayuda al lector, mejor que mejor. Así que vamos allá.

Fue práctica común durante el Renacimiento y el Barroco el procedimiento de elaborar variaciones melódicas sobre un acompañamiento inmutable repetido una y otra vez: lo cambiante frente a lo estático, combinación estéticamente fascinante. Estos acompañamientos eran modelos tradicionales de bajo construídos con notas de valores largos. A cada repetición, la parte melódica de las voces superiores cambiaba su fisonomía, razón por la cual a este tipo de estructura musical se le denominó “variaciones” (en España adquirió el nombre de “diferencias”, que viene a decir lo mismo. Cuando alguien nos dice si queremos oir “3 diferencias sobre ‘Guárdame las vacas’ no quiere decir que nos vaya a caer encima el adiestramiento y posterior encargo de cuidarle los bichejos al vecino porque se va de fin de semana, sino que se trata de 3 variaciones melódicas sobre un modelo de bajo extraído de una ancestral canción popular cuyo título es ese precisamente)

La mayor parte de los modelos de bajo que los compositores utilizaron se basaban en esta sencilla estructura:

La razón es tan simple como práctica: el descenso por grados desde la nota fundamental (cifrada en números romanos como “I”) nos conduce a encontrarnos con un grado (“V”) que, en el sistema tonal emergente por aquel entonces, exige una pronta resolución en dicha nota fundamental (ver la flecha que representa la atracción del V hacia I), de tal forma que un modelo así facilita y justifica la repetición, la vuelta a empezar desde el principio, que es el impulso que necesita este procedimiento compositivo para que las voces superiores puedan lucir su repertorio de sorpresas e improvisaciones sin descanso. Es lo que sucede en la famosa “Chacona” para violín solo de Bach, como puede fácilmente comprobarse con los ojos y con el oído. La aparición del nombre de Bach aquí no es casual. Él inmortalizó una de las muchas caracterizaciones de este modelo de bajo en el tema que da lugar a las Variaciones Goldberg:

Si lo examinamos veremos que ha tenido lugar una ampliación del tema original, que ahora ocupa el doble de compases. Esto es muy interesante por varias razones: el añadido de los 4 últimos compases viene a ser como la rúbrica de una firma, aquello que da algo por concluído; su función armónica es la de un completo proceso cadencial que conduce a la frase melódica a su conclusión. Al hacerlo, se consigue frenar la urgencia antes explicada de volver a empezar desde el principio en un círculo sin fín aportando cierta moderación. Pero lo mejor es que, de pronto, surge inesperadamente el armazón de una estructura que será una de las señas de identidad del periodo artístico inmediatamente posterior, el Clasicismo, y uno de los principales hallazgos de la música occidental: la frase.

Y es que, frente a la larga serpiente melódica del barroco, el ordenado pensamiento clásico define la frase musical como una estructura breve de 8 compases, divida en dos partes simétricas de 4 a la manera de un antecedente y un consecuente, de una pregunta y una respuesta. En el cuarto compás se produce una mínima suspensión del movimiento que nos mantiene momentáneamente en vilo creando cierta tensión que los cuatro compases finales se encargan de resolver, creando una estructura perfectamente equilibrada:

Echemos un vistazo ahora a la invención musical que Bach ha ideado para asentarse sobre este modelo de bajo. Son los primeros compases del Aria de las “Variaciones Goldberg”. En amarillo están marcadas las notas fundamentales:

Lo que nos interesa resaltar aquí es que ya en el propio tema, es decir, antes de empezar las variaciones, Bach ya establece relaciones entre el bajo y el material melódico que de él resulta, tal es la riqueza del pensamiento bachiano. Para empezar a estudiar esta cuestión fijémonos, en primer lugar, en la forma tan peculiar con la que Bach “rellena” la textura que separa el bajo de la voz superior, la voz cantante:

Un compositor contemporáneo a Bach, alguien a las puertas del estilo clásico, a buen seguro lo escribiría de otra forma:

Mientras aquí se hacen pasar las cuentas del collar por un mismo cordel, Bach se aferra a su pensamiento lineal manteniendo abiertas varias líneas simultáneamente. Pero atención, al hacerlo, no sólo está siendo fiel a sus principios polifónicos sino que se vale de ellos como recurso ingenioso para un fin concreto: poner en conexión las voces extremas: la del bajo, que no olvidemos que es quien manda aquí, y la superior, que guarda las apariencias haciéndose pasar como protagonista de la función, la que lleva la voz cantante del asunto (y nunca mejor dicho). ¿Y de qué manera ocurre tal cosa? Pues de una manera muy sencilla. Vuelvo a poner el ejemplo de Bach:

Observémoslo de abajo a arriba y comprobaremos que conforme ascendemos por las líneas melódicas se produce un “adelgazamiento” en el tamaño de los valores de las notas: la voz inferior, el bajo, ocupa la totalidad del compás: tres partes; la voz siguiente, dos, y la siguiente tan sólo una. En conclusión, Bach está representando gráficamente un pasillo o una escalera que pone en conexión las mencionadas voces protagonistas y el interés puesto en relacionarlas se debe a que ambas comparten material temático. Si examinamos el diseño de la melodía en el primer compás descubrimos, tras la hojarasca de la ornamentación, que está compuesta exclusivamente por las cuatro notas fundamentales del modelo, sol-fa-mi-re:

Quizá podemos apreciarlo mejor si tomamos la porción de música colocada entre paréntesis del siguiente ejemplo como una ornamentación de la nota sol principal y, por tanto, como algo accesorio. Entonces, esa primera nota queda unida al resto de la serie:

Pero la cosa no acaba aquí. Veamos ahora el segundo compás y descubriremos que la operación se repite (disimulada tras un hábil uso de la ornamentación) a la octava inferior:

Es sólo una muestra, la punta del iceberg, de un trabajo de elaboración temática que se prolonga sin descanso a lo largo de toda la pieza y que demuestra que, más allá de la dependencia natural de la melodía respecto al bajo que este tipo de estructura musical impone, Bach refuerza dichos vínculos dándonos a entender que aquélla es fruto, resultado, descendiente directo de éste. Que Bach inicie la exploración de las posibilidades que ofrece el bajo antes de comenzar la serie de variaciones resulta, como ya he indicado antes, muy llamativo y nos indica la enorme riqueza del pensamiento musical bachiano y el perfecto acomodo que dicho pensamiento ha encontrado en una estructura de 8 notas que, ya desde el comienzo, da mucho para hablar desde diversos enfoques. Muchas preguntas quedan en el aire y muchos post en el tintero como, por ejemplo, dar respuesta a cuestiones como: ¿qué ocurre tras el compás 8, cuando el tema del bajo concluye, dado que el Aria se prolonga durante 32 compases? ¿Están también relacionados esos compases con los 8 principales? ¿De qué forma lo están y, lo que es más interesante, por qué la necesidad de esa expansión? Esa diversidad, la acumulación de hallazgos desde cualquier punto de vista con el que nos acerquemos al Aria y la perfecta cohesión resultante de todos ellos resulta sumamente estimulante. Bach es inagotable.

Trenes

Luego está el secreto de lo de los trenes.

Como yo nunca tuve de pequeño un tren de juguete, una tarde me presenté en la estación a buscar uno de verdad. Me planté en el umbral de la puerta del despacho del jefe de estación y un señor mayor que leía a la luz de una lámpara de latón se volvío al percatarse de mi presencia. “¿Quieres algo?”, preguntó mirándome por encima de sus gafas. “Quiero ver un tren”, contesté mientras me rascaba con el pie derecho la pantorrilla izquierda porque estaba un poco nervioso. “Pues no va a pasar ninguno hasta dentro de un buen rato, lo siento” y giró la cabeza y volvió a mirar unos papeles a través de sus gafas.

A la media hora, el jefe de estación se asomó a la puerta estirándose y llevándose las manos a los riñones con una mueca de cansancio en la cara y entonces se percató de que yo no me había ido y me había quedado sentado en un banco del andén solitario. “¿Llevas ahí todo el rato?”, me preguntó sorprendido. Pues claro que llevaba ahí todo el rato, lo que no sabía era si todo ese rato era suficiente para considerarlo un buen rato, tiempo estimado por el jefe de estación para la llegada del tren. Entonces sonó un timbre de teléfono antiguo y el hombre entró apresuradamente y le dio a una manivela y a continuación volvió a salir con un banderín rojo plegado sobre un palo de madera ennegrecida y una gorra en la cabeza. “Viene un tren de mercancías, quédate ahí y no te acerques al andén”, dijo mientras delimitaba imaginariamente una frontera con el banderín. Al poco empezó a oirse un rumor lejano de motores y enseguida un bramido ensordecedor de toneladas de hierro se precipitó por el andén principal oscureciendo la tarde mientras el jefe de estación, heróicamente situado al borde del andén banderín en alto, entrecerraba los ojos y se llevaba la mano a la gorra como si una poderosa corriente de aire estuviera a punto de llevárselo volando. Admirable. A mí no me daba tiempo para fijar la vista en los muchos vagones que componían el raudo convoy pero el ruido de velocidad me asustó y, a la vez, me resultó sumamente excitante. En cuestión de segundos pasó de largo recomponiendo la luz del atardecer y la calma del lugar (canto intermitente de grillos al fondo) y el jefe de estación volvió a su despacho quitándose la gorra y dejando el banderín encima de la mesa, objetos ambos que para entonces ya ejercían en mí una poderosa atracción. Yo me dí cuenta de que tenía los hombros encogidos y entonces los relajé.

A la tarde siguiente, a la salida del colegio, volví con mis pantalones cortos y mi bocadillo de chocolate. ¿Otra vez por aquí?, dijo el jefe de estación mirando de nuevo por encima de sus gafas. Yo dije que sí con la cabeza porque la boca le estaba dando un mordisco al chocolate. A partir de entonces aquello se convirtió en una visita diaria. En vez de quedarme a jugar con los demás niños en los columpios yo me iba a la estación. Debió ser por ese motivo cuando me empezaron a considerar un poco rarito pero no me importaba lo más mínimo porque para entonces yo ya había rebasado el umbral de la puerta del despacho una tarde de otoño de niebla en la que el jefe de estación me dijo con resignación que pasara, anda, no te quedes ahí fuera que te vas a helar y me senté al otro lado de la mesa esperando que sonara el telefonillo y absolutamente embelesado por el panel de lucecitas de colores, todas ellas con su conmutador, que controlaba el tráfico ferroviario. Fue una conquista.

Poco a poco lo aprendí todo: el significado de las señales, la particular jerga de ese mundo (cuando el tren está a un kilómetro y medio se enciende una lucecita naranja en el extremo del panel y entonces se dice que “ha pisado” y ese es el indicativo que te lleva a coger la gorra y el banderín y salir a recibir a las visitas), los horarios de los trenes con la sorpresa de los mercancías, que no venían en la lista y podían aparecer de pronto, las características de las locomotoras: las Diesel de 6 ejes, que parecían taladrar el suelo cuando pasaban a 130 por hora y que gemían deliciosamente cuando arrancaban del andén tirando de su pesada carga, y las Alsthom eléctricas, las de la serie 7000 y las 8000, más potentes.

Una tarde iba por el paseo arbolado que lleva a la estación y oí el rumor eléctrico de una Alsthom detenida en el andén y yo aceleré el paso. Era un mercancías que debía efectuar una maniobra para dejar un par de vagones en una vía auxiliar (los raíles de las vías auxiliares no brillan tanto porque tienen menor desgaste). El jefe me dijo: ¿no querías un tren? y me cogió de la mano y antes de que me diera cuenta me aupó hacia la portezuela de la altísima locomotora donde me esperaba para recogerme un hombre descomunal con una sonrisa colorada. Recuerdo que al tomar posesión de la cabina lo primero que sentí fue un intenso calor y un característico olor como a goma quemada, olor de potencia eléctrica. También me impresionó ver la perspectiva de los raíles proyectándose al infinito, una visión fascinante que el viajero se pierde, y lo llamativo de ver el pequeño tamaño de la palanca metálica que servía para accionar toda la potencia de la locomotora y que efectuaba un recorrido de derecha a izquierda.

Hay recuerdos de la infancia que te marcan toda la vida: conservo intacta la sensación de tener mi mano puesta en esa palanquita de metal frío y encima de la mía el contacto de una mano enorme, callosa, endurecida, que tiró suavemente pero con firmeza hacia la izquierda al mismo tiempo que un rugido de motores despertaba a mis espaldas y todo ese tonelaje empezaba a deslizarse suavemente por los raíles pulidos. Fue la cosa más excitante del mundo, aunque durara unos pocos metros. Luego el hombre enorme me dijo que tenía que cenar mucho para llegar a ser maquinista y estudiar mucho en la escuela también y después me aupó para bajarme y allí, empequeñecido desde las alturas, me esperaban los brazos del jefe de estación para posarme en el andén, cuyo suelo me pareció de momento algo blando de repente. “¿Te ha gustado?” Qué preguntas, hombre.

Yo nunca tuve un tren de pequeño pero tuve uno de verdad. Desde entonces, los trenes siguen siendo mi pasión secreta. Durante años fui visitando a diario al jefe de estación cuando le tocaba turno de tarde (una semana sí, otra no). Cuando no estaba él también iba, por supuesto, pero me quedaba en el andén, esperando: esos días el despacho no era “mío” aunque de vez en cuando paseaba con disimulo y echaba un vistazo rápido al panel desarrollando pronto una habilidad para interpretarlo de un golpe de vista y saber cómo se presentaba la tarde. No recuerdo cuándo dejé de ir, supongo que no fue de repente, sino poco a poco, conforme surgían compromisos, las clases de música, los deberes del colegio, los meses desconcertantes que siguieron a la muerte de mi padre. La última vez que vi al jefe de estación caminaba por la calle con cierta dificultad agarrado por una señora mayor que debía ser su mujer y yo lo ví pasar desde el balcón. Tenía que llevar un tiempo jubilado.

Ahora, hoy, si vas a la estación y te plantas en el umbral del despacho te darás de narices con una puerta cerrada en la que un cartel dice “Prohibido el paso”. Ya nadie acciona conmutadores de luces, como hacía yo algunas veces subido a una silla cuando me lo ordenaba el jefe de estación, tan orgulloso que estaba yo de que me considerara su ayudante, tan preocupado por dejar el pabellón de mis progresos alto ante él. Ahora todo está automatizado y un gran panel colocado al otro lado de las vías da las gracias a no sé qué fondos de cohesión de la Unión Europea por la modernización de la línea. No hace muchos años iba caminando por los metros finales del andén, en la frontera de la estación, cuando de repente apareció un guarda de seguridad pidiéndome la documentación de malas maneras y me pareció un momento muy violento y absurdo.

Lo último que queda de esos días en mi memoria es el descubrimiento de que las Alsthom hacían sonar su presencia con el tono de Mi bemol y que no me importaría de mayor ser maquinista de un tren de mercancías que cruza el atardecer en un instante de nieblina azul.

Bibliografía

En unos grandes almacenes, puedes comprarte un libro sobre Mozart que viene con “Los mejores Sudokus” de regalo aunque entra en lo posible que sean “Los mejores Sudokus” los que vengan con acompañamiento de Mozart. Como todavía falta tiempo para la pleamar me permito sugerir una sucinta lista de títulos a modo de boyas de orientación para naúfragos que quieran alcanzar la orilla sin contratiempos:

“Mozart”, de Wolfgang Hildesheimer (Destino) Texto apasionante de un lúcido humanista.
“Mozart, sociología de un genio”, de Norbert Elias, (Península) Recuperación editorial de un libro singular de otro lúcido humanista.
“1791, el último año de Mozart”, de H. C. Robbins Landon (Siruela). Un clásico (minucioso)
Memorias de Lorenzo Daponte (Siruela). El título lo dice todo y si no, lo dice todo dentro. Obligatorio.
“El estilo clásico”, Charles Rosen (Alianza Música). Imprescindible. Sólo para músicos.

Y para los valientes y los amantes de las emociones fuertes, el mamotreto milenario del matrimonio Massin (Turner) con su impagable tono tremebundo y folletinesco en papel biblia. Es como leer Madame Bovary y El Conde de Montecristo en compás de tres por cuatro.

Tipos

A la hora de la cena, el locutor del boletín de economía de la radio ha dicho que las bolsas del mundo entero han estado unas horas conteniendo el aliento a la espera de que un señor dijera si subían o bajaban unos tipos de interés. Todo ha sido que este señor abriera la boca y dijera lo que tenía que decir para que a los dos minutos ya se hubiera producido un movimiento masivo de números con muchísimos ceros entre unas bolsas y otras, algunas con agujeros.

Escuchar estas cosas me deja perplejo y siempre me pilla con la ensalada en el plato. Me pregunto si este señor, gobernador de la Reserva Federal de los Estados Unidos, ni más ni menos, eso pone en su tarjeta, se dará prisa al afeitarse o si desayunará tan tranquilo mientras su señora le recuerda que al volver de la oficina se pase por el súper para traer comida para el gato, sabiendo que unos minutos de más son esenciales para que algo decisivo, ya sea bueno o malo, según las palabras que salgan de su boca, afecten a escala planetaria. ¿Qué pensará este señor? ¿Cómo se vive sabiendo que su garganta es un trasunto de la rueda de la fortuna medieval? ¿Y si se equivoca? ¿Qué pensará su señora de que su marido encuentre a esos tipos interesantes y que los haga subir o bajar? ¿Qué invento raro es esto de las bolsas, dónde están las bolsas, de qué material están hechas, quién las guarda? ¿Por qué existen las bolsas, es que sólo se puede vivir teniendo bolsas? ¿Qué pasaría si no hubiera bolsas ni tipos de interés que suben y bajan según dictamina este señor? Demasiadas cuestiones y demasiado grandes para aliñar una simple ensalada de lechuga.

Para mí, el boletín de economía de la hora de la cena es un misterio inexpugnable, es como sintonizar con un lenguaje desconocido que manejan con soltura unas voces rarísimas que entonan frases muy rectas que casi nunca se curvan. Lo único que me ha quedado claro es que las bolsas de todo el mundo, que han estado manteniendo el aliento mientras este señor se afeitaba y se ponía la corbata, al menos ahora ya respiran, aunque lo que ya no sé es si de alivio o con ansiedad, y eso que a continuación han consultado a una analista experta su opinión personal sobre el asunto. El avispado locutor ha aprovechado que tenía a una analista experta para preguntarle si en su experta opinión merecía la pena invertir en Telecinco. Yo he pensado que a lo mejor es que el locutor tiene unos ahorrillos en el bolsillo y se quiere dar un capricho. La experta analista ha dado su punto de vista experto diciendo que que merecía la pena, por supuesto, y la razón que ha dado es porque este mes Telecinco tiene más audiencia que Antena 3. El locutor se ha mostrado muy agradecido por semejante exhibición de agudeza deductiva y yo he sacado la inquietante conclusión de que en estos instantes tiene que haber gente conteniendo el aliento pendientes de qué botón del mando a distancia pulsas. Qué miedo dan estas cosas.

Plusmarca

Quede aquí constancia de mi sorpresa y profunda admiración hacia el visitante número 15.054 de “La Idea del Norte” que en la madrugada de ayer ocupó la friolera de 2 horas, 43 minutos y 2 segundos en recorrer de un tirón 173 de los 200 textos que conforman este blog. Los datos de la estadística no dicen nada sobre los efectos que dicha experiencia produjo en el anónimo visitante ni si vinieron acompañados por algún que otro efecto secundario pero yo siento que, al menos, debería invitarle a un café, charlar un rato, qué se yo, lo que se haga en casos así aunque, ahora que lo pienso, qué le voy a decir que no sepa ya. En cualquier caso, enhorabuena.

Amor

En el escaparate de la tienda de enfrente han colocado un corazón grande de cartón forrado de rojo y a media mañana me han llamado desde una emisora pidiendo permiso para volver a emitir la grabación de una intervención mía en una tertulia, hace hoy un año, en la que hablaba del proceloso asunto del enamorarse y que debió producir cierta marejadilla en la centralita de los teléfonos. Por mí no hay inconveniente, les he dicho. Era el día de San Valentín y yo, que tengo la costumbre desde pequeñito de ceñirme al enunciado de las preguntas, hablé de enamoramiento. Pertinente es señalarlo puesto que a veces tendemos a con-fundir los conceptos de amor con el de enamoramiento, y si bien es cierto que el enamorado ama, no todo amor conlleva necesariamente enamoramiento. El amor sabe manifestarse de muchas maneras.

Para enamorarse, rectifico, para saber mantenerse a flote en el trance de enamoramiento hace falta tener una habilidad especial, un talento, del que yo no dispongo, lo reconozco: “quien lo probó lo sabe”, que dijo el poeta. No quiere decir que no tenga capacidad para amar, por supuesto, pero en lo del enamoramiento tropiezo desastrosamente, quizá porque mi capacidad de amar no es precisamente pequeña. Lo confieso: yo tengo miedo a dos cosas en la vida: a morirme y a enamorarme. En realidad no hay tanta diferencia entre las dos: ambas son inevitables (por eso las temo) y siempre que me he enamorado he terminado (y digo bien, porque mi temor se refiere al momento en que el hechizo que es el enamoramiento se evapora, porque siempre se acaba), un trocito de mí se ha muerto para siempre.

Pero, ¿acaso no es maravilloso enamorarse? Por supuesto: cuando te enamoras eres en la otra persona y la otra persona es en tí. Nada hay más maravilloso. Pero yo no tengo balanza de medir y me doy hasta que dejo de ser yo en mí (¿me sigue alguien en este laberinto de palabras?) de tal forma que cuando la cosa se acaba me encuentro con que “no soy” y entonces me quedo sin capacidad de reacción. Porque el problema, insisto, es que se acaba: a lo mejor luego queda el afecto, la complicidad, pero el enamoramiento caduca. ¿Y eso no te es suficiente? Pues no lo sé, porque tal situación no la he conocido. ¿No? No.

No me arrepiento de mi falta de habilidad, oído, talento, llámalo como quieras; no puedes arrepentirte de algo en el que pones alma y corazón: toda y todo. Pero he aprendido a temer, aunque eso de poco sirva: sé que, más pronto o más tarde, volveré a caer porque soy humano, porque necesito amar, porque quiero amar (y si no quisiera no me valdría para nada mi protesta) y cuando ocurra volveré a experimentar la embriaguez de quien se deja arrastrar con los ojos cerrados por ese “trastorno momentáneo de la atención” (como lo denominó Stendhal con la certeza de una precisa incisión con bisturí en su particular disección sentimental), en el remolino vertiginoso que el enamoramiento supone y que te hace decir: “sea”, y, al mismo tiempo, tendré perfecta conciencia del peso de un temor de mármol que espera, paciente, al fondo.

Mientras tanto, y según la época y el estado de ánimo en que me pilla, yo me debato entre cierta envidia al ver pasar una pareja que se refugia en sí misma y el alivio por poder disponer de un espacio propio, libre y gozosamente solitario. Yo no sé mantener el equilibrio cuando la ola del enamoramiento rompe inevitablemente en la orilla: siempre me he quedado maltrecho y naúfrago. Cierto es que yo no he conocido lo que ocurre cuando las burbujas del enamoramiento se posan y sigues teniendo a tu lado a la persona que quieres; a lo mejor es que no me gusta el mar en calma porque me asusta su monotonía. Pues entonces no te quejes. No, si no me quejo.