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Da capo 17 enero, 2006

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Este post te sonará del algo, pero es que a la vuelta de las vacaciones nos hemos encontrado con una lista de nombres suficiente como para animarnos a repetir el experimento. Será la tercera vez. No está mal para un proyecto que nació con muchas dudas: acercar al público al mundo del intérprete, el intermediario entre la música y el oyente; y no un intérprete cualquiera, sino Gould, Glenn Gould, el mítico pianista canadiense: la gente tiende a adorarlo o a detestarlo, sin término medio, pero pocos se han detenido a conocer al ser que se esconde tras la cortina de extravagancias, sobresaltos sincopados y desconciertos. Al otro lado está la respuesta. Quienes han hecho el recorrido ya saben de qué hablo. Que guarden el secreto.

Vuelve a empezar la aventura que nos llevará con destino a “La Idea del Norte”. Todos aquellos exploradores que se animen deben saber que se trata de un viaje a un territorio íntimo no exento de sorpresas, que tendrá lugar los próximos días 24, 25 y 26 a las 20:15 horas para todos los públicos y el día 28, por la mañana, en un pase intensivo sólo para músicos. Sí, es la semana que viene, así que hay que ir haciendo las maletas y predisponiendo el ánimo. Después del tiempo transcurrido, ponerme de nuevo al frente de los mandos, calentar motores y poner todo a punto, resulta sumamente estimulante. Como todavía quedan plazas, puedes escribir a la dirección de correo electrónico contacto@aulaclasica.org para solicitar los detalles, el mapa de ruta. Sólo necesitas llevar puesta la curiosidad y dejarte llevar.

Te espero.

Memoria 16 enero, 2006

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Julio MazoHe descubierto que no sé escribir sobre Julio Mazo, librero de profesión tras una procesión de profesiones y librero de antiguo por vocación y en vacaciones. Amigo. Hablar de él sí me sale, pero no escribir. Sólo me salen palabras sueltas como moto, edición, estrella, pepsicola, inundación, Mapi, catálogos, Septiembre, mi nombre en diminutivo, un ofrecimiento, devolución, rosa, Rosa, cajas, sorpresa, la confidencia, las demás confidencias, 1911, búsquedas, lo del dolor, aquéllo, tinta, rincón, Mompou, buen humor, mal humor, gesto, el primer libro y la última imagen, de espaldas. Si consigues poner en orden esas palabras te sale la historia que yo no sé escribir. Va a hacer 3 años que Julio Mazo se murió pero hoy sigue siendo su cumpleaños. Añádelo a la lista anterior.

Sueño 16 enero, 2006

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Hoy me ha parecido soñar que James Akers encontraba algo en una cajita roja (alguien esperaba fuera).

Cumpleaños 14 enero, 2006

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Hoy es mi cumpleaños. 36. Dicen Anabel y Rosa que no se lo creen, que ellas pensaban que cumplía 30 como mucho porque tengo cara de chaval y se les ha quedado la boca un poco abierta. Yo he pensado entonces que a veces tengo la impresión de que por dentro tengo 78. Así que una cosa por la otra. Yo tenía la boca cerrada, por eso lo he pensado. Lo de los 78.

Un dicho popular dice que hay quien nace con estrella y hay quien nace estrellado. Una vez me echaron las cartas del tarot y la tarotista dijo que era de los primeros, seguro, tan convencida estaba que en vez de cobrarme me dio dos besos, pero cuando yo nací, al cirujano se le fue la mano y estrelló algo en mi ojo izquierdo rompiendo la córnea y dañando el nervio óptico, que ya es puntería. Le acabo de despertar a mi madre para preguntárselo y resulta que no, que dice que no se estrelló nada, que fue del forceps y que a qué viene eso a estas horas. Yo me he quedado chafado porque ya no me cuadra el párrafo, con lo bien que me venía que se hubiera estrellado, dado que la cosa ya no tiene remedio y voy a seguir sin ver la parte izquierda de las cosas. Mi madre ha dicho si me pasaba algo, hijo, y yo le he respondido que no, pero que lo voy a dejar escrito así porque lo que venía a decir es que yo ya nací dando la nota. Y eso.

Hace unos años, decidí darle la vuelta al día de mi cumpleaños y dedicarlo, a partir de entonces, a regalar algo a los amigos en vez de que ellos me regalaran algo a mí. Al principio se quedaban sorprendidos pero todo es acostumbrarse. Cuando cumplí los 30, por ejemplo, preparé un cd en el que tocaba piezas de Schumann. Para la portada coloqué la imagen de un cuadro muy bonito cuyo autor no recuerdo; lo que sí recuerdo es que lo elegí porque salía un jardín a la hora del crepúsculo y me gustó la temperatura que hacía en ese momento en aquel lugar. Este año iba a regalarles una travesura mozartiana pero no ha podido ser porque llevo unos días que me siento al piano queriendo tocar a Mozart y no lo alcanzo. Me sale Scarlatti y Scarlatti no me combina con el papel del envoltorio.

Otra cosa que hago desde que decidí darle la vuelta al cumpleaños es desaparecer: dejo la agenda en blanco y me voy a pasar el día fuera y, de paso, me compro a mí mismo algún regalo que casi siempre es en plural porque estamos en rebajas y si compras 3 de lo que sea te sale uno gratis. Este año lo tengo difícil porque como cae en domingo las tiendas están cerradas, así que entre una cosa y otra va a ser un cumpleaños un poco raro; por eso, ya que he despertado a mi madre para preguntarle lo del parto le he dicho que me gustaría pasar el día de mi cumpleaños juntos y punto. Es decir, los dos. Solos. Me ha dicho que claro que sí y ha insistido en que si me pasaba algo, hijo, y yo le he respondido que no y que vaya manos las del médico, coño.

Winterreise 13 enero, 2006

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Al barítono Thomas Quasthoff la Talidomida le dejó sin manos, pero para eso están las de Daniel Barenboim, para sostener la hermosa voz que nos introduce en la hipnótica experiencia del “Winterreise” (“Viaje de Invierno”), el maravilloso ciclo de lieder que Franz Schubert compuso a partir de los poemas de Wilhelm Müller. El recital tuvo lugar el pasado 22 de Marzo en Berlín, y ahora lo ha sacado en dvd Deutsche Grammophon, para solaz y disfrute nuestro. Merece la pena.

Iniciar el “Viaje de invierno” es una experiencia turbadora porque Schubert consigue hacer poesía de la desolación, la desolación de ese eterno caminante que reaparece por última vez para adentrarse en un sendero metafórico hacia un final que quienes posan en la fotografía de arriba se resisten a creer definitivo, detalle que confiere a la interpretación un matiz personal. Schubert alteró el orden original de los poemas para dar más coherencia al ciclo; Quasthoff y Barenboim añaden su perfecta compenetración. La emoción está garantizada.

Dice Barenboim que “la fuerza del “Viaje de Invierno” reside en que la letra adquiere a través de la música una dimensión más allá de la alegría o la tristeza, más allá de las emociones positivas o negativas; impera el hechizo de la música, de ese mundo sonoro que torna la desgracia en expectación serena. Esa es la grandeza de esta música. La música no está para ayudarnos a olvidar la vida, sino para ayudarnos a entenderla”.

También para no sentirnos solos.

Dios 12 enero, 2006

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Saramago, ayer: “Me interesa mucho Dios: las consecuencias de que un día a alguien se le ocurrió decir que esto necesita un creador. Y cada uno lo inventó a su modo y manera. Me asombra, desde mi perspectiva de persona que no necesita creer en Dios (…) que la religión jamás acercó a los hombres y que siempre ha sido factor de enfrentamiento y muerte. No digo que la culpa la tenga Dios. Lo que existe es lo que llevamos en la cabeza. Y llevamos a Dios porque lo hemos creado. Y llevamos dentro al diablo. Y el bien y el mal”.

No es la primera vez que Saramago se refiere a Dios como una invención de la arrogancia humana que se niega a considerar su irrelevancia en el universo. En ese Dios puesto al servicio del hombre yo no creo tampoco. Pero me pregunto si en la negación de Saramago del Dios-humanizado no habrá algo de lamento por la ceguera generalizada ante la posibilidad de un Dios verdadero e inabarcable.

Respuesta 12 enero, 2006

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Estimado gestor cultural:

He recibido su amable carta en la que solicita propuestas de cursos o conferencias de cara a la programación cultural de los próximos meses. Es todo un honor que me haya considerado persona merecedora de su atención. En un momento de la carta nos comunica que sea cual sea la naturaleza del proyecto a presentar, el precio a percibir por hora será de 58 euros al que habrá que descontarle un 15% de retención de I.R.P.F. Si no he entendido mal, eso quiere decir que tanto si me presento con el cuento de Blancanieves bajo el brazo para leérselo a los niños en un rato de asueto como si interpreto al piano la Sonata “Hammerklavier”, de Beethoven, en la que se suda un poco más, la retribución será la misma. Hay algo que no termina de encajar.

Dado que la última vez que tuve oportunidad de hablar personalmente con usted me propuso la realización de un evento musical, me viene a la cabeza un ejemplo reciente: el concierto de Ravel a 4 manos en el cual, por cierto, le eché en falta, y mira que me dio rabia porque ese día me puse una americana muy elegante que, sin duda, habría merecido su aprobación. Recuerde aquella ocasión en la que, educadamente, me dijo que “ya era hora de ponerme presentable ante el público”. Su preocupación paternal me produjo una profunda turbación que nunca olvidaré. Pero estábamos en lo del concierto de Ravel: entre las descripciones de las piezas destinadas a proporcionar claves de comprensión a los oyentes y la posterior interpretación de la obra, el acto se evaporaba en una hora, aunque los ensayos comenzaron a cocinar el invento el pasado verano. Dado que éramos dos personas ante el teclado, los 58 euros (sin retención) habría que dividirlos, para empezar, por 2. Sería interesante hacer cuentas para ver a cuánto nos salía cada mes de trabajo.

Me sorprende que una persona culta, sensible y conocedora del mundo que gestiona no se plantee que tras la hora de actividad hay una preparación que, en algunos casos, puede requerir una gran cantidad de tiempo. Abrir el tarro de las esencias y hacer llegar el aroma del Coral como sustento de gran parte de la obra bachiana, o buscar la fórmula que consiga traducir complejos conceptos en algo asequible, de manera que el no iniciado pueda sentir la importancia y el aliento poético del contrapunto en la obra de Bach cuesta mucho tiempo, se lo puedo asegurar. En cualquier caso, comprendo que este insignificante matiz haya pasado desapercibido dado que, lamentablemente, no pudo estar presente en ninguna de las sesiones del último ciclo de conferencias que tuvo a bien encargarme, siquiera para evaluar si la confianza depositada en mí había cosechado frutos provechosos. Su agenda debe estar apretadísima dado que el curso duraba tres sesiones que, gracias a la buena acogida por parte del público, se prolongaron ininterrumpidamente por espacio de 4 semanas, lo que hace un total de 12 sesiones. Y usted no pudo acudir a ninguna. El estrés no es bueno, hágame caso.

Personalmente, yo no siento que cobro por la hora de conferencia; la recompensa, en ese instante, son los ojos atentos, el silencio expectante, la sonrisa cómplice y el aplauso cálido, si lo merezco y aunque vaya sin corbata. Pero entiendo que todo el trabajo anterior precisa de la legítima y lógica (y digna, sin que eso signifique más o menos) retribución que se haya acordado previamente entre las partes, sobre todo porque luego la parte contratante (y no me refiero a la de los Hermanos Marx aunque el asunto que nos trae sea igual de surrealista) es la que vende como propio el éxito, si ha habido tal, y achaca al profesional el fracaso, si tal cosa se produce.

Su misiva concluye ofreciéndose a aclarar cualquier duda al respecto que pueda tener lo que pasa es que yo no tengo ninguna duda al respecto, sólo dudo del respeto que, al parecer, merecemos, que se escribe parecido pero es cosa muy diferente.

Concluyo agradeciéndole sinceramente su oferta pero aprovecho la ocasión para comunicarle que declino su amable invitación para que la partida presupuestaria encomendada a estos menesteres se dedique a asuntos gravosos para las arcas municipales, que suelen sentir un vacío en el estómago cuando tienen que llenar el de otros en opíparas comidas que el duro y sacrificado ejercicio de la política exige con exasperante asiduidad.

Atentamente,

emejota.

Inicios 10 enero, 2006

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Yo estudié música por accidente.

La “culpa” la tuvo la vecina, que una tarde llamó a la puerta y le dijo a mi madre si te has dado cuenta de lo que está haciendo tu hijo con la flauta del colegio. Como provengo de una familia a la que la música no le suena, mi madre pensó en un primer momento que yo había hecho algo malo, pero resulta que no, que lo que pasaba es que la vecina (a la que sí le sonaba la música) llevaba unos días oyéndome tocar, a todas horas, fragmentos del primer movimiento del “Concierto para Clarinete” de Mozart que yo había sacado de oído. Que esa es otra: de dónde me viene a mí el gusanillo por la música. Pues de Jack Brymer, clarinetista. Un día fui a casa de mi tía a jugar con mis primos y tenía puesto un disco de la primera colección de clásica que salió en fascículos: “Los grandes compositores”, de Salvat, en 100 vinilos y 5 tomos gordos. El disco 37 sonaba esa tarde y a mí ese sonido me llegó al alma. Era Jack Brymer tocando el concierto de Mozart con la St Martin in the Fields. Yo no sabía qué era un clarinete pero en casa tenía la dichosa flauta de plástico del colegio y consideré más interesante buscar de oído lo oído (valga la redundancia) que tocar “La cucaracha” o el “Himno de Eurovisión”, que así venía en el libro.

El caso es que la vecina le dijo a mi madre que había visto un anuncio, que se abría la escuela de música y que, chica, ya perdonarás, pero como la inscripción es gratis pues lo he apuntado. Si no quieres no lo llevas y ya está. Pero mi madre fue a enterarse del asunto. Tras una mesa había un chaval largirucho que en aquellos tristes locales municipales hacía de hombre orquesta, porque se ocupaba de todo, desde las tareas de dirección hasta hacer de secretaria, como en aquellos momentos. 25 años después se sentaría a mi derecha para tocar Ravel a 4 manos pero entonces no lo sabíamos ninguno. Mi madre dio mis datos y cuando ya se daba la vuelta para irse el joven largirucho preguntó que cuál era el instrumento elegido. Ah, ¿es que hay que elegir instrumento? Pues si, mujer, claro. Mi madre no sabía qué decir así que pidió consejo y el joven largirucho le dijo que el piano era lo más solicitado. Pues piano. Pues lo apunto en piano, empieza la semana que viene. Gracias, buenos días. Adios, buenos días.

Creo que en esta historia están las claves que explican las razones de que yo sea un pianista tan atípico: yo nunca he hecho una escala como ejercicio fuera de una obra, por ejemplo, y un arpegio ni te cuento. Ese tipo de disciplinas me espantaba. Y los estudios de mecanismo sólo me interesaban si tenían buen tacto al pulsar. Sin embargo, el piano me proporcionó enseguida la posibilidad de sentir en el pecho y en las sienes los acordes de séptima y de novena mayor, que no es cosa menor. No me arrepiento, que conste, aunque con el tiempo llegué a dar un par de lecciones de clarinete: las justas para tocar, curiosamente, una escala. Luego lo dejé porque quien daba las clases era un militar delgadurrio de carnes secas, bigotillo y gafas oscuras de cristales verdes que vociferaba todo el rato al compás de dos por cuatro y me daba mucho miedo y me ponía muy nervioso. Pero todavía guardo la boquilla y, de vez en cuando, la cojo de la estantería, la descubro quitándole su capucha de metal y observo el trocito de caña de madera, de cuyo sabor y textura guardo perfecta memoria en el paladar. Yo soy un pianista con alma de clarinetista, así que imagínate qué paradoja cuando un día me vino un clarinetista para que le enseñara a tocar el piano.

Pero estábamos en la vecina y en Jack Brymer. Vayamos concluyendo. La vecina ya no es vecina porque nos cambiamos de casa pero de vez en cuando me envía unas tartas de moka que quitan el sentido; Brymer se murió hace dos años y años me costó volver a encontrar la grabación fetiche en disco compacto. Y es que Philips se empeñó en descatalogar, inexplicablemente, esa versión a cambio de otra en la que Brymer está acompañado por la Sinfónica de Londres y es una pena porque es muy difícil que te toque un día de esos que te sales y que tengas la suerte de que el micrófono esté allí en ese instante. Y eso es justamente lo que ocurrió cuando Brymer grabó con la St Martin in the Fields a las órdenes de Marriner. Disco redondo. Gracias a Dios, que el director de “Memorias de Africa” eligiera un fragmento de esa grabación para la película motivó que, por breve espacio de tiempo, se pudiera encontrar tan anhelado tesoro con una portada insólita: un guerrero batusi, un mandingo, qué se yo, con el Wolfgang Amadeus y demás como acompañamiento tipográfico. Muy curioso.

Para mí, el sonido del clarinete es el de Jack Brymer, porque quizá lo que me deslumbró de niño fue su sonido, sonido inconfundible de madera y terciopelo, maleable y con presencia. Observo que hay clarinetistas que tocan pensando que tienen una flauta dulce entre las manos y ese sonido que sacan no termina de agradarme. Ahora que lo pienso, mira qué galimatías: hay clarinetistas que tocan pensando que tienen una flauta entre las manos mientras que yo tocaba la flauta de juguete en mi niñez fantaseando que tenía entre las manos el clarinete de Jack Brymer que terminó por hacerme pianista. No sé muy bien a qué viene esto a estas horas pero ya está. Hala.

Color 10 enero, 2006

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El problema es el color. Me ha dicho el médico que para no verlo todo negro procure distraerme y que pasee y lea pero es que la mayor parte de las novelas que veo en los expositores de novedades son de color gris y eso no ayuda. Cuando digo gris hablo del contenido, claro. A veces da la sensación de que una novela es un nombre sonado en la portada de alguien que tiene que llenar, por compromiso, un número determinado de páginas. Y punto. Hay que reivindicar el color en la novela. Hoy me he acordado de repente de dos nombres nuevos que escriben con pincel de colores y de los que hace un tiempo no he vuelto a saber: Eloy Tizón y Unai Elorriaga. Hay más, afortunadamente, pero tengo especial simpatía por ellos. Con diferencia y por deferencia.

Del primero recuerdo en especial su primera novela, “Labia” (Anagrama), que es una delicia de palabras que caen en cascada refrescante y que me llevó al resto de su producción, todavía breve. Lo de Unai Elorriaga es un surrealismo lírico precioso y yo todavía no me he apeado de su “Tranvía en SP” (Alfaguara). De hecho, allí leí su segunda novela, donde daba una vuelta o dos más a la misma fórmula y no sé cómo le funcionaría porque al pasar una página tuve un presentimiento morado. Por cierto, ¿lo soñé o estaba haciendo algo sobre mariposas azules la última vez que supe de él? En fin, quiero pensar que ambos siguen escribiendo pero que lo están haciendo tomándose su tiempo, cuidadosamente, cocinando a fuego lento, que es como salen al final bien las cosas. Que ya vale de plomos en nómina (millonaria) cuya inspiración es el cheque con el suculento adelanto y cuyo objetivo es, siempre, llegar a tiempo a firmar en la feria del libro del año siguiente.

Náufrago 9 enero, 2006

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Estoy confuso: me siento náufrago en medio de un mar de nada. Si al menos fuera un mar de algo me tranquilizaría un poco más, que Gloria Fuertes ya advirtió que “algo es más que alga”. En este mar en el que intento mantenerme a flote yo no busco algas sino un simple trozo de madera al que aferrarme y que me proporcione descanso para encontrar algo de mí que no sé dónde lo he dejado. Resulta paradójico tener que reconocer en un sitio llamado “La Idea del Norte” que he perdido el Norte, que no tengo ni idea de dónde está en estos momentos. Qué días más raros. Intento detenerme a buscar por dentro qué me ocurre y hay quien te da ánimos y hay quien te cuelga el teléfono. Qué le vamos a hacer. No sé si quedarme o marcharme, si entrar o salir, si subir o bajar. Hoy me ha dado un ataque de ansiedad a media tarde y le ha costado marcharse. Ahora escribo porque se me ha ido el sueño, que ni siquiera encuentro el sueño. Me agobia esto un poco, la verdad. Es mentira: la verdad es que me agobia bastante. Sólo tengo claro, por el momento, una sola cosa: necesito tranquilidad. Sí, ya me acuerdo que me la trajo Papá Noel, pero me la debí comer toda enseguida o no ha hecho el efecto deseado. Tengo que poner en orden la azotea, propósito fácil de enunciar si no fuera porque no sé exactamente qué es lo que debo poner en orden ni cómo. Es sólo una intuición. A ver si encuentro el sueño que quizá me conduzca por la senda de la tranquilidad que tanto necesito, aunque sea por unas horas. Algo es algo (desde luego, más que alga).

Colección 8 enero, 2006

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Johann Sebastian Bach tuvo que recorrer a pie 480 kilómetros en su juventud para poder escuchar a Buxtehude tocar el órgano en Lübeck. Este domingo, el diario “El País” ha distribuído gratuitamente más de un millón de cd´s con música de Mozart, pistoletazo de salida a su particular contribución al evento del año. Desde la caminata de Bach por aquellos senderos intransitables al agradable paseo matinal al quiosco de prensa han cambiado mucho las cosas, afortunadamente. La posibilidad de reproducción y distribución facilita el acceso a la cultura: nunca tanto estuvo al alcance de tantos.

Creo que fue José Antonio Marina el que advirtió hace unos años que uno de los efectos secundarios de la sociedad de la información es la necesidad de saber seleccionar y digerir tanta y tan variada información. Esta mañana, recogiendo los 3 conciertos para piano plastificados junto al suplemento dominical me ha asaltado una extraña sensación: de pronto, te ponen en las manos una muestra perfeccionada de una de las ramas evolutivas del lenguaje musical y sientes como si te dieran un trozo amputado, al que le falta el antes y el después necesarios para que el riego sanguíneo circule. A mí este tipo de iniciativas me parecen muy bien, que conste, pero me inquieta pensar en su eficacia real. La cultura se ha convertido en un bien comercial cuya posesión asegura una balsámica dosis de autoafirmación ante los demás. Ningún problema si eso nos hace felices pero, en un porcentaje de casos abrumador, la cosa se queda ahí, en una experiencia epidérmica, y es entonces cuando uno ve todas esas pilas de discos, libros, catálogos y lo que toque y siente un cierto desasosiego. Menos es nada, dirán algunos. No sabría yo qué responder a eso.

La colección Mozart consiste en un cd acompañado por diversos textos sobre la obra, la biografía del compositor y del intérprete. El estreno, los conciertos para piano 12, 14 y 20 interpretados por Maurizio Pollini que, además, dirige a la Filarmónica de Viena. Y es esa curiosidad (simultanear la interpretación con la dirección, dos en uno, que no es algo nuevo pero que en Pollini no es muy frecuente) el principal atractivo del disco, en mi modesta opinión. Nadie puede dudar que Pollini es una de las leyendas vivas del piano, grande entre los grandes, pero su Mozart no me resulta atractivo: no es cuidadoso en los detalles, la ornamentación deja de ser un elemento expresivo para pasar a ser un obstáculo en el camino que el italiano supera felizmente con su técnica apabullante y las encantadoras escalas mozartianas están tocadas como si de un estudio de Czerny se tratase. No se trata, por tanto, de un juicio de carácter “purista”. Yo no creo en eso. ¿Qué es ser purista? ¿Acaso oyó alguien a Mozart para poder decir “así se tiene que tocar”? Se trata de una cuestión de saber adentrarse en la música de tal forma que esta fluya con naturalidad desde el intérprete de manera que parezca que las notas que se escuchan fueron concebidas para esas manos. O a lo mejor se trata de una cuestión de “química” o de compatibilidad, porque Pollini, además de ser un maestro del piano, es un musicazo muy inteligente y todo esto lo sabe de sobra. Pero el caso es que, sea lo que sea, no termina de funcionar.

Me cuesta creer que Juan Ángel Vela del Campo y Luis Suñén, comentaristas del asunto, vean el Mozart de Pollini como la muestra idónea para ilustrar el capítulo de los conciertos para piano, pero ambos están en nómina de PRISA, que edita la colección, y hay que salir del paso. Saben perfectamente que la biografía de Mozart no dice nada de esta música (y viceversa) y saben también que escribir que el tercer tiempo de un concierto tiene forma rondó de nada sirve en una obra de vocación divulgativa si no explicamos previamente qué es un rondó. De todas formas, el repertorio del disco no puede ser, desde luego, más atractivo e ilustrativo de la gran aportación de Mozart al concierto para piano y de su evolución personal como compositor. Dos conciertos “de juventud” y uno con el que Mozart se adentra en la “madurez” (si es que alguna vez la música de Mozart dejó de ser joven y poco madurada). A mí el concierto 12 me parece delicioso y no termino de entender la manía de despacharlo en un santiamén con un término peyorativo: “alimenticio”, como si la Sinfonía 41 fuera indigesta. Una curiosidad: el temprano concierto 12 tiene un trocito que Mozart, al final de sus días, reproducirá literalmente en su magistral Concierto para Clarinete (ambas obras, por cierto, en la misma tonalidad) A veces pienso que, en Mozart, toda la música ya estaba allí, a la espera de su entrada en el compás correspondiente.

En fin, bienvenida la colección. Bienvenido todo lo que contribuya a acercar la música irrepetible y milagrosa de Mozart a nuestros corazones. Necesitados están de cosas así. Por si alguien acepta la sugerencia (del todo personal, por supuesto), anoto aquí otros nombres para el mismo repertorio: Alfred Brendel para los conciertos 12 y 14 y Daniel Barenboim para el 20. Suena lo mismo pero se oye distinto. Y, sobre todo, suena iluminado que, a fin de cuentas, es que lo que Mozart nos aporta: luz. Pollini es grande iluminando otras cosas.

Biblioteca 6 enero, 2006

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Ayer por la tarde, en una librería, un lector de este blog cedió a mi madre su ejemplar de “Una historia de la lectura”, de Alberto Manguel (Lumen), para que me lo pudiera regalar por Reyes dado que era el último ejemplar que quedaba. El asunto viene a confirmar que:

1. Definitivamente, los reyes son las madres (no los padres)
2. Todavía queda gente amable en el mundo (gracias, Jesús Mª)

Yo ya tenía la anterior edición de este estupendo trabajo que salió hace unos diez años, trabajo original donde los haya, como todo lo que hace Manguel, pero hace unas semanas le eché el ojo a esta nueva y cuidada edición ampliada con 350 fotografías y me abrió el apetito.

La primera ilustracíón del libro, que abarca en horizontal toda su extensión, la página izquierda y la derecha, muestra un fragmento de la propia biblioteca personal de Manguel, detalle simpático y muy adecuado como preludio de un libro que habla de libros y de lectores. He aquí una porción:

Las fotografías que muestran bibliotecas, discotecas o videotecas siempre me han llamado poderosamente la atención. A veces sale un personaje famoso posando ante cualquiera de ellas y no puedo evitar examinar detenidamente lo que ocupa las estanterías, aunque para ello tenga que girar la fotografía de un lado u otro y acercar la vista mucho. Me atrae saber lo que hay allí. Manguel nos lo pone fácil porque la fotografía es de gran tamaño y porque no posa nadie delante así que me puse a curiosear. A ver qué tiene Manguel en su biblioteca.

Estaba recorriendo los anaqueles de la margen derecha cuando, de repente, me llevé una sorpresa al toparme con un volumen de tapas blancas y leer, de lado, el nombre de Glenn Gould. Amplío la imagen anterior y lo vemos mejor, así no hace falta sacar la lupa:

Se trata de la recopilación de Tim Page de los ensayos de Gould que aquí editó Turner con el título “Escritos críticos”. El lector que lea estas líneas se preguntará qué tiene el caso de especial. Pues bastante. A veces las casualidades te desconciertan porque mira que hay toneladas de libros para elegir y te viene a tocar uno que muestra la fotografía de un trozo de la biblioteca del autor que, a su vez, la ha formado tras años de selección en un mar infinito de libros. Pero es que, además, y dado el gran espacio que ocupa la biblioteca, el fotógrafo ha venido justamente a seleccionar la porción que muestra uno de los miles de libros que existen sobre músicos y mira tú por dónde, es justamente el único libro que recoge el pensamiento del músico que da nombre (y alma) a este blog. Si fuera un libro famoso, “La montaña mágica”, “La interpretación de los sueños”, incluso el “Gustav Mahler” de Bruno Walter, pues la cosa no sería tan llamativa. Pero dudo que los “Escritos críticos” de Gould figuren en una hipotética lista de los 10.000 libros más usuales.

De todas formas, y por si fuera poco para justificar mi perplejidad ante esta cadena de casualidades, debo añadir que la antigua edición que poseo del libro de Manguel me fue regalada en su día por mi añorado Julio Mazo, librero fallecido hace un par de años, y que el lector de este blog que ayer por la tarde cedió amablemente a mi madre su ejemplar desconociendo esta historia, es la misma persona que hace un par de meses me encargó un artículo en su memoria para un próximo homenaje póstumo. El mundo es un pañuelo o esto no es normal (vamos, digo yo).

Reyes 5 enero, 2006

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A mí los Reyes Magos no me gustan nada. Pero nada. Desde que de pequeñito descubrí a Papá Noel me agarré con fuerza a sus barbas y ahí sigo, trabajando por la causa. El atractivo de Papá Noel está en su invisivilidad y lo que pierde a los Reyes es precisamente lo contrario, su presencia explícita, que anula todo misterio. Es como comparar lo que se esconde tras las delicadas insinuaciones de Tourneur con las burdas imágenes de Paul Naschy, por poner un ejemplo que igual no pega mucho en este post, vale, pero es que alguna vez tenía que sacar lo de Naschy, chico.

¿Ilusión? Si, toda la del mundo. ¿Juguetes para los niños? Por supuesto, y ojalá que ninguno se quedara esta noche sin uno al menos. Pero a ver si empezamos por cuidar los detalles y las atmósferas porque lo que no tiene nombre es la deplorable estética de las cabalgatas de una ciudad de provincias como la mía, ese espeluznante espectáculo de carnaval cutre hecho de papel de plata y pelucones de cotillón montados sobre camiones o tractores donde estos tipos tienen su trono. Y entre uno y otro, que me explique alguien qué coño (con perdón) pintan unos gaiteros, unas majorettes, los muñecos de la tele, los dantzaris y la banda municipal tocando un villancico a ritmo de pasodoble. Sólo falta que aparezcan los perfusivos y ya hay que huir despavoridos al exilio. Menuda ensalada.

Todo esto lo refiero de oído, claro, porque de unos años a esta parte me niego a asomarme a la ventana bajo la cual tengo la desgracia de que pasen con pasmosa lentitud, por lo que visualizo la estampa de manera sonora. Concedamos, por tanto, el beneficio de la duda a que ya no salgan las majorettes (principales responsables en su día de mi voluntario absentismo definitivo del evento junto a alguna ofensa más a la sensibilidad de la cual ya sólo conservo un eco rancio) y de que a alguna mente creativa se le haya ocurrido una idea de buen gusto. Pero dónde está aquí la magia, a ver. Dicen que la ilusión de los niños les hace ciegos a la fatal evidencia. Pues yo debí ser un niño muy rarito, porque siempre miré a los Reyes Magos con profundo recelo y desagrado. Además, los niños de ahora son demasiado listos, lo que pasa que se callan para disimular y asegurarse la Playstation, que ya se ha convertido en juguete básico de la infancia usurpando el lugar que en su día ocupó, ingenuamente, la Magia Borrás, el Cine-Exín y los Juegos Reunidos Geyper. Y para colmo luego te enteras de que los reyes no son los padres, sino las madres (al menos, así lo asegura mi amigo Rafael). Me da a mí que este trío tiene poco futuro pero ellos verán.

Parentesco 4 enero, 2006

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A mí, que me hubiera gustado ser madre, me toca hacer de padre de mis sobrinos.
(Qué lío)

Imitación 3 enero, 2006

Escrito por emejota en : Análisis, Música , 4 comentarios , trackback

Una de las tareas pendientes de la musicología es la de abordar un estudio estético de la imitación. ¿Por qué nos produce tanto placer el artificio imitativo? Fascinante cuestión. Por imitación entendemos aquella melodía capaz de acompañarse a sí misma a cierta distancia. Dicho así puede parecer un jeroglífico pero si rememoramos la canción infantil “Frère Jacques” pensando lo que en ella ocurre caeremos fácilmente en la cuenta de lo que la definición anterior viene a decir: una voz empieza a cantar la melodía y en un momento determinado una segunda hace lo mismo desde el principio, a modo de eco. Lo que ocurre es que, desde ese instante, aunque ambas transcurren acompasadas sus sonidos no son coincidentes, dado que la segunda melodía, la imitación, ha hecho su entrada con unas cuantas notas de retraso respecto a la primera.

Citar una canción infantil no es casual, me viene muy bien para señalar que la imitación es un juego al mismo tiempo que un placer que nos acompaña desde nuestros primeros cantos en el parvulario. La imitación combina el alarde de ingenio con la satisfacción estética. Ingenio porque el compositor debe idear una melodía que tenga coherencia por sí misma y, al mismo tiempo, sea capaz de acompañarse con ese desfase al que me acabo de referir. No es nada fácil pensar una melodía en horizontal (disponer una nota tras otra) calculando al mismo tiempo que, por ejemplo, la séptima nota deberá armonizar con la primera cuando la imitación entre, y así sucesivamente (eso es pensar en vertical). En el reto intelectual hay algo lúdico y si su resolución es satisfactoria el placer es notable. Lo mismo ocurre con la experiencia del oyente.

La imitación está presente casi desde el amanecer de la polifonía (se necesitan al menos dos melodías sonando simultáneamente para ponerla en práctica por razones obvias) y su esencia da lugar a una de las estructuras más apasionantes que ha dado la música: la fuga.

Una fuga es una aventura. Comienza haciendo sonar, en solitario, el tema principal. Ese comienzo es engañoso: lo que parece la presentación de un tema en solitario mientras las demás voces aguardan en silencio expectante lo que quizá pueda salir de ahí es una ilusión. En el momento en que el compositor enuncia el tema, la fuga ya ha sido elaborada con anterioridad de manera que cuando escuchamos por vez primera el tema principal, éste ya contiene dentro de sí la semilla que dará los frutos, esconde las sorpresas y las satisfacciones que nos depara. No se trata tanto de una cuestión de aventurar hipótesis (lo que el tema pueda dar de sí, si es que da de sí) como de tiempo (el progresivo despliegue de las posibilidades que encierra el tema de la fuga cuyo desarrollo, por cierto, irá construyendo la estructura de la obra) Una fuga se empieza a construir, por tanto, por el tejado. Cuando Bach enuncia el tema de esta fuga del primer tomo de “El Clave bien temperado”:

ya sabe que, en el momento adecuado, podrá derivar del mismo estructuras como ésta:

Echando un vistazo a las tres voces, de abajo a arriba, apreciaremos la depurada escritura contrapuntística de Bach en todo su esplendor: la voz inferior presenta el tema en su configuración original (compárese con el tema principal en el anterior ejemplo); la voz intermedia lo reproduce, literalmente, a dos notas de distancia y, al mismo tiempo, introduce una caprichosa variante rítmica que unifica sus valores según un patrón rítmico repetitivo. Por último, el tejido armónico que resulta de la combinación de ambas voces hace de sostén de la voz superior en la que las notas del tema principal vuelven a aparecer en imitación rigurosa aunque, esta vez, cada nota ha duplicado su duración en el tiempo respecto al modelo original.

Repetición melódica y variación métrica en un contexto sonoro armonioso: todo obedece a una profunda reflexión previa cuya argumentación irá desarrollándose, progresivamente, en el transcurso de la posterior exposición de la fuga. Lo más importante de todo, lo fundamental, es que el alarde técnico vaya acompañado de la satisfacción estética. Sin lo segundo, lo primero carece de todo valor. En un tiempo en el que nos empeñamos en separar razón de emoción, el caleidoscópico artificio de la imitación viene a cuadrar números para que rimen los versos. Ese es el secreto aunque quede pendiente la cuestión inicial: ¿por qué nos produce tanto placer la escucha?