Sobremesa 31 enero, 2006
Escrito por emejota en : Asuntos propios, Música , 10 comentarios , trackbackHoy a primera hora de la tarde me esperaba una charla en los locales de una asociación de mujeres de un barrio laberÃntico al que yo nunca sé entrar ni mucho menos salir. Menos mal que me lleva Eva que si no aún estoy dando vueltas. El encuentro lo habÃan solicitado reiteradas veces como parte de su programación cultural, a la que dedican la sobremesa de los martes. A estas cosas (y sobre todo a esas horas de sopor) yo voy con un estado anÃmico similar al de una coctelera donde se entremezclan y se agitan los sentimientos de responsabilidad hacia el trabajo a realizar, la pereza, el afecto y el respeto puesto en quien va a escuchar lo que llevas preparado, cierto escepticismo y unas gotas picantes de “pero-qué-leches-hago-yo-aquÔ. Todo eso junto.
Para cuando he entrado ya estaban todas sentadas mirando al frente a una improvisada mesa todavÃa vacÃa junto a una pizarra donde ponÃa “os recuerdo que la psicóloga viene el próximo martes”. Ganas me han dado de pedir hora. Entonces todas se han vuelto hacia mà y me han dirigido unas cariñosas sonrisas de bienvenida y alguna que otra mirada tipo scanner, normal en estos casos. Estaban sentadas en semicÃrculo. Las más jóvenes podÃan ser mi madre y las habÃa que incluso podÃan ser mi abuela. Me han puesto un botellÃn de agua al lado (que yo no uso si está cerrado porque o no tengo fuerza para abrirlo o se me sale toda de golpe y no es cuestión de hacer un gag al estilo Mister Bean, no serÃa la primera vez) y me han preguntado si me presentaba yo o me presentaban ellas. En momentos asà yo siempre me acuerdo de aquello que contaba Luis Carandell sobre un señor famoso al que una vez le hicieron un homenaje y al encargado de presentarlo ante el público le traicionaron los nervios de la emoción porque dijo que “este señor no necesita presentación: es impresentable“ y se quedó tan ancho. Yo siempre digo que no hace falta presentar nada (más que nada por si acaso) pero al final han optado porque me presentara una señora. Resulta que la señora no me conocÃa de nada asà que su presentación ha consistido en preguntarme que qué era exactamente lo que hacÃa yo y yo he respondido: “pues un poco de todo”, respuesta tan cierta como absurda, vale, pero es que en ese momento tan surrealista es lo único que me ha salido. La señora se ha vuelto a las demás señoras y les ha comunicado que yo hacÃa un poco de todo, y alguien al fondo ha dicho que ya lo hemos oÃdo, que no somos sordas.
Superada la fase inevitable de las fórmulas que dicta la diplomacia se ha hecho un silencio que tenÃa forma de varias decenas de pares de ojos mirándome fijamente, por lo que he carraspeado un poco y he empezado a hablar. Hemos convenido entre ellas y yo que hablar de música presenta de antemano un pequeño inconveniente porque la música no es algo que se pueda poner encima de la mesa y mostrarlo; que la música, siendo sus efectos tan poderosos, no se ve, no se puede coger con las manos, no se puede oler. Luego hemos convenido también que la música es un lenguaje y que, tal y como ocurre con el lenguaje verbal, se manifiesta a través de múltiples idiomas. Les he asegurado que todas eran unas expertas en reconocer ese idioma, el que se habla mayoritariamente por estas latitudes y sus dialectos correspondientes, aunque se diera el caso de que alguna no tuviera oÃdo musical ni estudios de solfeo. Para demostrarlo, hemos hecho un experimento con un menuetto del álbum de Ana Magdalena Bach que he interpretado dos veces, la segunda con faltas de ortografÃa. Suena mal, ha dicho alguien con una seguridad no exenta de satisfacción. Yo he respondido con otra pregunta: ¿y por qué suena bien la que no tiene faltas de ortografÃa? Y allà ha empezado todo. En realidad, ahà empieza todo. Es como cuando coges un rollo de cinta adhesiva y buscas con la uña el comienzo de la tira. Una vez que das con ello y la desprendes, ya puedes empezar a desenrollar.
A los diez minutos estábamos hablando de tonalidad y de la ausencia de tonalidad, del poderoso influjo de la armonÃa en la formación de la personalidad de una melodÃa y hemos escuchado a Mahler tras someter a una melodÃa conocida a diversas armonizaciones, como si vistiéramos con diferentes tejidos y colores un mismo maniquÃ. Entusiasmadas estaban. Yo también, evidentemente, al ver su respuesta. Se han puesto contentÃsimas de comprender todas esas cosas y que resultaran tan fáciles y curiosas. Tan contentas se han puesto que han cogido carrerilla y han preguntado cosas que se nos iban de tema y he tenido que frenar un poco el tempo diciéndoles que estábamos poniendo los cimientos, que si empezamos por el tejado la cosa se nos cae, que lo que importa es poner unos buenos cimientos y luego ya podremos construir lo que sea y que una de las preguntas estaba en el segundo piso y la otra casi en el octavo. Han sonado unas risas de comprensión y hemos seguido un poco más, hablando ahora de la necesidad de dar forma a las ideas musicales y de las posibilidades básicas de desarrollo que se emplean: repetición, variación. Para esto nos han ayudado Beethoven, Mozart y Ravel, no es poca ayuda.
Al final les he dado sinceramente las gracias por haber sido un público tan atento y entusiasta y ellas me las han dado a mà y han dicho que me van a volver a llamar y que ahora ya no hace falta que me presente nadie. Pronto no, porque ya tienen la lista de actividades del curso hecha, pero que quieren subir al primer piso un dÃa. Cuando he salido de allà he vuelto a experimentar una certeza que me inquieta cada vez más: las personas no-músicos muestran una motivación, una entrega y un entusiasmo que me cuesta horrores encontrar en aquellos que sà son músicos. Quiero decir que a una persona puedes conducirla hasta la comprensión de conceptos complejos desde la ignorancia precisamente gracias al entusiasmo conque vive el hallazgo, mientras que muchos músicos, teniendo fácil el acceso al mismo concepto, ni siquiera lo tienen en cuenta si no se le puede sacar un provecho inmediato. Lo tengo demostrado. Lo que no sé si el problema es de los músicos o mÃo; debe ser mÃo, que no conecto con los músicos, qué se yo; quizá eso explique que “La Idea del Norte” vaya cayéndose, lánguidamente, como la nieve irlandesa de Joyce, de la lista de enlaces de los blogs de músicos en los que, hasta ahora, aparecÃa. El detalle me lo hizo observar un amable lector (no músico, pero apasionado por la música) el otro dÃa y he podido verificarlo movido por la curiosidad. Creo que eso me pasa por decir cosas como que el centro de gravedad de la pulsación de Brendel está en su garganta: suena a escupitajo. Prometo de aquà en adelante seguir igual.