Archivo por días: 22 enero, 2006

Felicidades

Hoy hemos celebrado el cumpleaños de mi abuela. Su cumpleaños toca siempre una semana después del mío: que yo cumplo en jueves, pues ella el jueves siguiente; que yo en domingo, pues ella también. Es muy curioso. La tarta no tenía velas porque hace tiempo que no caben: son más de noventa. Hoy hemos comido juntos y a los postres mi sobrina se ha puesto a cantarle el “cumpleaños feliz” y el “feliz, feliz en tu día” subida a una silla y no me ha pasado desapercibido que entre la cantante y la homenajeada había más de 90 años de diferencia. Cuando la vocecita de mi sobrina ha pasado por el “y que cumplas muchos más” nos hemos mirado todos de reojo y nos hemos puesto rápidamente a aplaudir para disimular, que a cierta edad hay evidencias un poco incómodas.

A mi abuela la vemos debilitarse poco a poco y estoy seguro que todos hemos pensado en la posibilidad de que estuviéramos celebrando su último cumpleaños. De todas formas, yo firmaba por llegar a esa edad con sus facultades, a pesar de los achaques: ayer por la mañana se fue a la peluquería a teñirse las canas y luego se pasó la tarde haciendo varias docenas de rosquillas que ha traido hoy en una bolsa de considerables dimensiones para repartirlas entre todos. De un tiempo a esta parte se queja del estómago y cuando come se fatiga, pero ha contestado todas las llamadas telefónicas haciendo gala de un humor admirable: ¿cuántos caen?, le han preguntado una y otra vez, y ella ha contestado cosas como “pocos, todavía no me han salido los dientes”. Y es verdad, no tiene dientes propios (aunque lleva dentadura postiza).

Hoy me he sentado a comer al lado de mi abuela: me ha preguntado varias veces si estaba bien, si hoy me dolía algo, si estaba comiendo a gusto, y si la carne estaba bien caliente. Mi abuela sigue llamando todas las mañanas a preguntar por mí. Si estoy bien, ella está bien; si estoy regular, ella está mal; si estoy mal, le cuelan una mentirijilla piadosa y no se entera. A mis 36 años, mi abuela me sigue dando la paga de los domingos: 6 euros. Como lo oyes. A ella le hace ilusión y a mí me hace gracia sobre todo cuando dice “para que te compres lo que quieras”, como si me hubiera tocado la lotería. También me dice que si paso frío por las noches y otras cosas que me despiertan un sentimiento de ternura infinita, porque sé que es la manera que tiene mi abuela sin que se note de exteriorizar su preocupación, su apoyo y, al mismo tiempo, su impotencia por lo que suele denominar “lo del chico”, es decir, mi mal, que es mal suyo también y mira que lo siento. Para mi abuela yo soy un chico bueno, responsable, educado y todas esas cosas que a mí me hacen sacar, ocasionalmente y por un irrefrenable mecanismo de compensación, la parte de oveja negra que llevo dentro. Ella ha terminado por acostumbrarse y ya no se lleva un susto cuando me dice que me abrigue bien si voy a salir a la calle que hace mucho frío y yo le digo que vale pero a condición de que los desherede a todos (yo incluído, claro) y ahí se las entiendan. Ella dice, anda, anda, qué cosas tienes y date la luz de la escalera que ya está oscuro.

Hoy le hemos cantado el “cumpleaños feliz” y “el feliz, feliz en tu día” y por la tarde me he fijado que, por una vez, no ha buscado en el periódico la página de las esquelas.