Archivo por días: 10 enero, 2006

Inicios

Yo estudié música por accidente.

La “culpa” la tuvo la vecina, que una tarde llamó a la puerta y le dijo a mi madre si te has dado cuenta de lo que está haciendo tu hijo con la flauta del colegio. Como provengo de una familia a la que la música no le suena, mi madre pensó en un primer momento que yo había hecho algo malo, pero resulta que no, que lo que pasaba es que la vecina (a la que sí le sonaba la música) llevaba unos días oyéndome tocar, a todas horas, fragmentos del primer movimiento del “Concierto para Clarinete” de Mozart que yo había sacado de oído. Que esa es otra: de dónde me viene a mí el gusanillo por la música. Pues de Jack Brymer, clarinetista. Un día fui a casa de mi tía a jugar con mis primos y tenía puesto un disco de la primera colección de clásica que salió en fascículos: “Los grandes compositores”, de Salvat, en 100 vinilos y 5 tomos gordos. El disco 37 sonaba esa tarde y a mí ese sonido me llegó al alma. Era Jack Brymer tocando el concierto de Mozart con la St Martin in the Fields. Yo no sabía qué era un clarinete pero en casa tenía la dichosa flauta de plástico del colegio y consideré más interesante buscar de oído lo oído (valga la redundancia) que tocar “La cucaracha” o el “Himno de Eurovisión”, que así venía en el libro.

El caso es que la vecina le dijo a mi madre que había visto un anuncio, que se abría la escuela de música y que, chica, ya perdonarás, pero como la inscripción es gratis pues lo he apuntado. Si no quieres no lo llevas y ya está. Pero mi madre fue a enterarse del asunto. Tras una mesa había un chaval largirucho que en aquellos tristes locales municipales hacía de hombre orquesta, porque se ocupaba de todo, desde las tareas de dirección hasta hacer de secretaria, como en aquellos momentos. 25 años después se sentaría a mi derecha para tocar Ravel a 4 manos pero entonces no lo sabíamos ninguno. Mi madre dio mis datos y cuando ya se daba la vuelta para irse el joven largirucho preguntó que cuál era el instrumento elegido. Ah, ¿es que hay que elegir instrumento? Pues si, mujer, claro. Mi madre no sabía qué decir así que pidió consejo y el joven largirucho le dijo que el piano era lo más solicitado. Pues piano. Pues lo apunto en piano, empieza la semana que viene. Gracias, buenos días. Adios, buenos días.

Creo que en esta historia están las claves que explican las razones de que yo sea un pianista tan atípico: yo nunca he hecho una escala como ejercicio fuera de una obra, por ejemplo, y un arpegio ni te cuento. Ese tipo de disciplinas me espantaba. Y los estudios de mecanismo sólo me interesaban si tenían buen tacto al pulsar. Sin embargo, el piano me proporcionó enseguida la posibilidad de sentir en el pecho y en las sienes los acordes de séptima y de novena mayor, que no es cosa menor. No me arrepiento, que conste, aunque con el tiempo llegué a dar un par de lecciones de clarinete: las justas para tocar, curiosamente, una escala. Luego lo dejé porque quien daba las clases era un militar delgadurrio de carnes secas, bigotillo y gafas oscuras de cristales verdes que vociferaba todo el rato al compás de dos por cuatro y me daba mucho miedo y me ponía muy nervioso. Pero todavía guardo la boquilla y, de vez en cuando, la cojo de la estantería, la descubro quitándole su capucha de metal y observo el trocito de caña de madera, de cuyo sabor y textura guardo perfecta memoria en el paladar. Yo soy un pianista con alma de clarinetista, así que imagínate qué paradoja cuando un día me vino un clarinetista para que le enseñara a tocar el piano.

Pero estábamos en la vecina y en Jack Brymer. Vayamos concluyendo. La vecina ya no es vecina porque nos cambiamos de casa pero de vez en cuando me envía unas tartas de moka que quitan el sentido; Brymer se murió hace dos años y años me costó volver a encontrar la grabación fetiche en disco compacto. Y es que Philips se empeñó en descatalogar, inexplicablemente, esa versión a cambio de otra en la que Brymer está acompañado por la Sinfónica de Londres y es una pena porque es muy difícil que te toque un día de esos que te sales y que tengas la suerte de que el micrófono esté allí en ese instante. Y eso es justamente lo que ocurrió cuando Brymer grabó con la St Martin in the Fields a las órdenes de Marriner. Disco redondo. Gracias a Dios, que el director de “Memorias de Africa” eligiera un fragmento de esa grabación para la película motivó que, por breve espacio de tiempo, se pudiera encontrar tan anhelado tesoro con una portada insólita: un guerrero batusi, un mandingo, qué se yo, con el Wolfgang Amadeus y demás como acompañamiento tipográfico. Muy curioso.

Para mí, el sonido del clarinete es el de Jack Brymer, porque quizá lo que me deslumbró de niño fue su sonido, sonido inconfundible de madera y terciopelo, maleable y con presencia. Observo que hay clarinetistas que tocan pensando que tienen una flauta dulce entre las manos y ese sonido que sacan no termina de agradarme. Ahora que lo pienso, mira qué galimatías: hay clarinetistas que tocan pensando que tienen una flauta entre las manos mientras que yo tocaba la flauta de juguete en mi niñez fantaseando que tenía entre las manos el clarinete de Jack Brymer que terminó por hacerme pianista. No sé muy bien a qué viene esto a estas horas pero ya está. Hala.

Color

El problema es el color. Me ha dicho el médico que para no verlo todo negro procure distraerme y que pasee y lea pero es que la mayor parte de las novelas que veo en los expositores de novedades son de color gris y eso no ayuda. Cuando digo gris hablo del contenido, claro. A veces da la sensación de que una novela es un nombre sonado en la portada de alguien que tiene que llenar, por compromiso, un número determinado de páginas. Y punto. Hay que reivindicar el color en la novela. Hoy me he acordado de repente de dos nombres nuevos que escriben con pincel de colores y de los que hace un tiempo no he vuelto a saber: Eloy Tizón y Unai Elorriaga. Hay más, afortunadamente, pero tengo especial simpatía por ellos. Con diferencia y por deferencia.

Del primero recuerdo en especial su primera novela, “Labia” (Anagrama), que es una delicia de palabras que caen en cascada refrescante y que me llevó al resto de su producción, todavía breve. Lo de Unai Elorriaga es un surrealismo lírico precioso y yo todavía no me he apeado de su “Tranvía en SP” (Alfaguara). De hecho, allí leí su segunda novela, donde daba una vuelta o dos más a la misma fórmula y no sé cómo le funcionaría porque al pasar una página tuve un presentimiento morado. Por cierto, ¿lo soñé o estaba haciendo algo sobre mariposas azules la última vez que supe de él? En fin, quiero pensar que ambos siguen escribiendo pero que lo están haciendo tomándose su tiempo, cuidadosamente, cocinando a fuego lento, que es como salen al final bien las cosas. Que ya vale de plomos en nómina (millonaria) cuya inspiración es el cheque con el suculento adelanto y cuyo objetivo es, siempre, llegar a tiempo a firmar en la feria del libro del año siguiente.