Archivo por meses: enero 2006

Sobremesa

Hoy a primera hora de la tarde me esperaba una charla en los locales de una asociación de mujeres de un barrio laberíntico al que yo nunca sé entrar ni mucho menos salir. Menos mal que me lleva Eva que si no aún estoy dando vueltas. El encuentro lo habían solicitado reiteradas veces como parte de su programación cultural, a la que dedican la sobremesa de los martes. A estas cosas (y sobre todo a esas horas de sopor) yo voy con un estado anímico similar al de una coctelera donde se entremezclan y se agitan los sentimientos de responsabilidad hacia el trabajo a realizar, la pereza, el afecto y el respeto puesto en quien va a escuchar lo que llevas preparado, cierto escepticismo y unas gotas picantes de “pero-qué-leches-hago-yo-aquí”. Todo eso junto.

Para cuando he entrado ya estaban todas sentadas mirando al frente a una improvisada mesa todavía vacía junto a una pizarra donde ponía “os recuerdo que la psicóloga viene el próximo martes”. Ganas me han dado de pedir hora. Entonces todas se han vuelto hacia mí y me han dirigido unas cariñosas sonrisas de bienvenida y alguna que otra mirada tipo scanner, normal en estos casos. Estaban sentadas en semicírculo. Las más jóvenes podían ser mi madre y las había que incluso podían ser mi abuela. Me han puesto un botellín de agua al lado (que yo no uso si está cerrado porque o no tengo fuerza para abrirlo o se me sale toda de golpe y no es cuestión de hacer un gag al estilo Mister Bean, no sería la primera vez) y me han preguntado si me presentaba yo o me presentaban ellas. En momentos así yo siempre me acuerdo de aquello que contaba Luis Carandell sobre un señor famoso al que una vez le hicieron un homenaje y al encargado de presentarlo ante el público le traicionaron los nervios de la emoción porque dijo que “este señor no necesita presentación: es impresentable y se quedó tan ancho. Yo siempre digo que no hace falta presentar nada (más que nada por si acaso) pero al final han optado porque me presentara una señora. Resulta que la señora no me conocía de nada así que su presentación ha consistido en preguntarme que qué era exactamente lo que hacía yo y yo he respondido: “pues un poco de todo”, respuesta tan cierta como absurda, vale, pero es que en ese momento tan surrealista es lo único que me ha salido. La señora se ha vuelto a las demás señoras y les ha comunicado que yo hacía un poco de todo, y alguien al fondo ha dicho que ya lo hemos oído, que no somos sordas.

Superada la fase inevitable de las fórmulas que dicta la diplomacia se ha hecho un silencio que tenía forma de varias decenas de pares de ojos mirándome fijamente, por lo que he carraspeado un poco y he empezado a hablar. Hemos convenido entre ellas y yo que hablar de música presenta de antemano un pequeño inconveniente porque la música no es algo que se pueda poner encima de la mesa y mostrarlo; que la música, siendo sus efectos tan poderosos, no se ve, no se puede coger con las manos, no se puede oler. Luego hemos convenido también que la música es un lenguaje y que, tal y como ocurre con el lenguaje verbal, se manifiesta a través de múltiples idiomas. Les he asegurado que todas eran unas expertas en reconocer ese idioma, el que se habla mayoritariamente por estas latitudes y sus dialectos correspondientes, aunque se diera el caso de que alguna no tuviera oído musical ni estudios de solfeo. Para demostrarlo, hemos hecho un experimento con un menuetto del álbum de Ana Magdalena Bach que he interpretado dos veces, la segunda con faltas de ortografía. Suena mal, ha dicho alguien con una seguridad no exenta de satisfacción. Yo he respondido con otra pregunta: ¿y por qué suena bien la que no tiene faltas de ortografía? Y allí ha empezado todo. En realidad, ahí empieza todo. Es como cuando coges un rollo de cinta adhesiva y buscas con la uña el comienzo de la tira. Una vez que das con ello y la desprendes, ya puedes empezar a desenrollar.

A los diez minutos estábamos hablando de tonalidad y de la ausencia de tonalidad, del poderoso influjo de la armonía en la formación de la personalidad de una melodía y hemos escuchado a Mahler tras someter a una melodía conocida a diversas armonizaciones, como si vistiéramos con diferentes tejidos y colores un mismo maniquí. Entusiasmadas estaban. Yo también, evidentemente, al ver su respuesta. Se han puesto contentísimas de comprender todas esas cosas y que resultaran tan fáciles y curiosas. Tan contentas se han puesto que han cogido carrerilla y han preguntado cosas que se nos iban de tema y he tenido que frenar un poco el tempo diciéndoles que estábamos poniendo los cimientos, que si empezamos por el tejado la cosa se nos cae, que lo que importa es poner unos buenos cimientos y luego ya podremos construir lo que sea y que una de las preguntas estaba en el segundo piso y la otra casi en el octavo. Han sonado unas risas de comprensión y hemos seguido un poco más, hablando ahora de la necesidad de dar forma a las ideas musicales y de las posibilidades básicas de desarrollo que se emplean: repetición, variación. Para esto nos han ayudado Beethoven, Mozart y Ravel, no es poca ayuda.

Al final les he dado sinceramente las gracias por haber sido un público tan atento y entusiasta y ellas me las han dado a mí y han dicho que me van a volver a llamar y que ahora ya no hace falta que me presente nadie. Pronto no, porque ya tienen la lista de actividades del curso hecha, pero que quieren subir al primer piso un día. Cuando he salido de allí he vuelto a experimentar una certeza que me inquieta cada vez más: las personas no-músicos muestran una motivación, una entrega y un entusiasmo que me cuesta horrores encontrar en aquellos que sí son músicos. Quiero decir que a una persona puedes conducirla hasta la comprensión de conceptos complejos desde la ignorancia precisamente gracias al entusiasmo conque vive el hallazgo, mientras que muchos músicos, teniendo fácil el acceso al mismo concepto, ni siquiera lo tienen en cuenta si no se le puede sacar un provecho inmediato. Lo tengo demostrado. Lo que no sé si el problema es de los músicos o mío; debe ser mío, que no conecto con los músicos, qué se yo; quizá eso explique que “La Idea del Norte” vaya cayéndose, lánguidamente, como la nieve irlandesa de Joyce, de la lista de enlaces de los blogs de músicos en los que, hasta ahora, aparecía. El detalle me lo hizo observar un amable lector (no músico, pero apasionado por la música) el otro día y he podido verificarlo movido por la curiosidad. Creo que eso me pasa por decir cosas como que el centro de gravedad de la pulsación de Brendel está en su garganta: suena a escupitajo. Prometo de aquí en adelante seguir igual.

Alucinación

Todo empezó la noche del 10 al 11 de Febrero de 1854. Se lo he contado a Ana que me ha preguntado si aquéllo pasó de verdad. Pasó. Esa madrugada. En la cabeza desquiciada de Robert Schumann comenzó a sonar una nota, sola, lejana. Un do. Pronto alguien desde dentro del cerebro subió el volumen de esa nota que no se extinguía nunca y aquel sonido de cristal afilado empezó a clavarse como un aguijón ardiente en las sienes produciendo un dolor insoportable. La nota estuvo sonando durante días. Había momentos, escasos, en que la nota enmudecía súbitamente para volver redoblada con un fa sostenido que martilleaba atrozmente los oídos. Otras veces el sonido dejaba de producir sufrimiento y daba paso a lo que el enfermo describió en su diario como “una música celestial, que proviene de instrumentos dotados de maravillosas resonancias jamás escuchadas en la Tierra”. Luego un latigazo sonoro, como una descarga eléctrica, golpeaba los ojos en una migraña insoportable. Para entonces, Schumann seguramente ya no distinguía el sufrimiento del gozo por lo que podemos leer del regreso del sonido, “igualmente maravilloso. Extraordinario sufrimiento el de esta música (admirable música)”.

Superada la crisis, la noche del 17 Schumann se despierta muy nervioso y presa del pánico y Clara se apresura a calmarlo con palabras dulces y caricias tranquilizadoras. Pero Schumann necesita levantarse para coger papel pautado, tiene que levantarse. Acostumbrada a sus crisis, Clara intenta hacerle entrar en razón: no es hora de escribir música, ahora toca descansar, mañana trabajaremos juntos. Pero Schumann quiere su cuaderno de música a toda costa: los espíritus de Félix Mendelssohn y Franz Schubert se le han aparecido para dictarle una pieza. Hay que anotarla. Y anotada quedó.

La pieza existe. Se la he enseñado a Ana hoy. Es una miniatura para piano, escrita en la tonalidad de Mi bemol Mayor. Ha dicho Ana al escucharla que lo que más le impresiona es que es una pieza de una dulzura extraordinaria para estar escrita en el trance de una crisis nerviosa. Tiene razón. A mí, sin embargo, lo que más me llama la atención es que no suena a Schumann. Suena a Mendelssohn. Y a Schubert. Y si fuera verdad. Y si en la locura la visión se expande más allá de este aquí donde sólo vemos mesa, silla, ventana y coche. Ana no ha dicho nada y luego le han llamado al móvil y ha respondido que muy bien, a las ocho y media. A mí se me ha quedado dentro un rato la melodía. La de Schumann… o de quien sea.

Reconocimiento

Jesús CarrozaA Jesús Carroza esta noche le han dado el Goya al mejor actor revelación, tal y como esperábamos, tal y como queríamos, y al subir a recogerlo ha pasado una cosa muy extraña porque, de pronto, en lugar de hablar Jesús Carroza ha empezado a hablar el Richi, su personaje en “7 vírgenes”. Yo creo que eso ha pasado porque Jesús Carroza hace de sí mismo en la película, lo que pasa que para hacer de uno mismo en una película o eres un grandísimo actor o tienes duende (o eres Juan Luis Gallardo, por ejemplo).

A Jesús Carroza le ha venido grande el momento y los focos y los aplausos porque ha debido sentir lo extraño de la situación: que no estaba recogiendo un premio como actor sino que le estaban premiando por ser él, un chico sevillano que le gusta el flamenco y ha estudiado para electricista. No a todo el mundo le dan un premio por ser él mismo, y eso debe descolocar un poco. No cabe duda que la gracia por arrobas que tiene Carroza le puede abrir camino en el cine, pero tampoco sería de extrañar que su meteórica carrera empiece y termine en su magnífico papel en “7 vírgenes”, donde seguramente sale haciendo de sí mismo y punto. Hay películas donde lo que el cine tiene de cine no importa tanto como lo que el duende consiente en fijar en unos metros de celuloide. Lo primero se puede buscar, lo segundo no.

A Isabel Coixet se le ha escapado que Javier Cámara se ha ido de la gala disgustado porque no le habían dado el premio que merecía. En el dvd de “7 vírgenes” deberían incluir como extra (en el sentido literal del término) el caluroso abrazo que Juanjo Ballesta (que se ha quedado sin premio) le ha dado a Carroza y, sobre todo, el poderoso silbido de afecto que le ha salido a Ballesta desde el fondo del estómago y que ha conseguido sobrevolar a mucha altura la ola de aplausos cariñosos que ha recibido el Richi, al que esta noche le han dado un Goya por ser Jesús Carroza. De los pequeños detalles se sacan grandes conclusiones.

Festín

El festín de Babette

La cena está servida. Si te acercas al quiosco de prensa, entre los horrores del periódico te puedes encontrar hoy en dvd “El festín de Babette” (1987), la inolvidable película del danés Gabriel Axel merecedora, como pocas, del Oscar a la mejor película extranjera. Cuántas veces he asistido, absorto, a esa cena, prendado de sus preparativos, sobrecogido a los postres; casi tantas veces como a la que se celebra, cada vez que te lo propones, en casa de las hermanas Morkan, en “Dublineses”. Aquí no hay nadie subido a una escalera embelesado en el éxtasis de un recuerdo traído por una melodía, pero siempre me ha llamado la atención que en un mismo año nos llegaran dos joyas que comparten el pretexto de una cena para reunir en torno a la mesa a un grupo de personas el tiempo suficiente para permitirnos efectuar un minucioso examen de sus almas.

Todo en “El festín de Babette” seduce y enamora: el escenario, los personajes que lo pueblan, la historia, la manera de contarla. Y Babette. Un día llega a una remota aldea noruega huyendo de un París tormentoso y se refugia en casa de las hijas de un pastor protestante que se ocupan, desde su fallecimiento, de perpetuar sus enseñanzas entre una pequeña comunidad que hace de la austeridad una forma de vivir en Dios. Una mañana Babette recibe una carta que le comunica que ha sido agraciada con el premio de la lotería y decide gastarse hasta el último céntimo en invitar a la puritana comunidad a una cena inolvidable, haciendo traer los más suculentos manjares desde lugares remotos ante el estupor de todos.

Babette ha sido cocinera en un establecimiento de lujo de París y pone el alma en todos los detalles: el mejor vino a la temperatura adecuada, la mejor presentación de los platos más exóticos, la preparación de las salsas más exquisitas, el chocolate regando la blanquísima repostería de los postres, el plegado minucioso de las servilletas en una mesa diseñada para alimentar la vista. Los habitantes de la pequeña aldea, puritanos hasta extremos insospechados, deciden acordar no hacer caso al estremecimiento del paladar, temerosos de que eso resulte pecaminoso. Pero conforme las fuentes repletas de suculentas viandas surgen de la afanosa cocina algo despierta en el interior de estas almas encerradas con candado, de estos rostros blanquecinos de miradas apagadas: Dios está también en esos sabores, en ese festín de placer que explota en la boca llenando de color el corazón. Al final, los comensales se despiden embriagados de sonrisas y con las mejillas sonrosadas, cogidos de la mano en una danza silente del ánimo bajo un estrellado cielo polar.

La progresión narrativa de esa cena es modélica, caprichosa la cámara en los detalles: el canto humilde del Coral en comunidad, las pisadas sonoras en la madera, los dedos que se aferran al chal de lana recogiéndolo en el pecho, las miradas pudorosas de los comensales a la entrada del comedor, el dulce sonido del llenado de las copas, el color de los licores tras la elaborada cristalería, las manos de la cocinera rellenando hojaldres con caviar, el brazo secando el sudor de la frente ante el horno que dora las carnes convenientemente preparadas, y Axel consigue hacer aflorar las emociones a lo largo del metraje precisamente mediante la contención. Por si fuera poco, la interpretación de la francesa Stéphane Audran es impecable: ella es Babette. Película de bellísima espiritualidad, delicada, silente, contemplativa, que transcurre en la frontera de un mundo remoto cerrado en sí mismo y abocado a un final cercano que descubre un nuevo horizonte al sonido de las cucharillas de plata. Un visionado que se saborea en el paladar de los sentidos todos. Una experiencia embriagadora. Buen provecho.

Sueño

Ya he recuperado el sueño. No sé dónde se había metido pero ya ha vuelto. Lo dije ayer antes de empezar la segunda charla a modo de advertencia afectuosa: hoy vengo con las pilas puestas. Al dormir en condiciones he vuelto a recuperar los largos paseos al atardecer y también he vuelto a encontrar a Mozart en el teclado. Estoy que no me lo creo. Toca madera. A la luz de la lamparita, tuve, una vez más, que anunciar la renuncia de Gould, momento siempre inquietante porque me pone algo parecido a un nudo en la garganta que no es tanto por su propia renuncia sino por lo atractivo de la idea: renunciar para llegar a ser. Quién tuviera valor.

Creo que la gente ha conectado con Gould y yo ayer me encontré muy cómodo: con ellos, con él, conmigo. Por la noche me quedé dormido en el sofá y además a una hora inusualmente temprana. Cuando desperté se me ocurrió que antes de desvelarme convenía meterme rápidamente en la cama, por si acaso, pero entonces me acordé que por las noches tengo una cita con este cuaderno. Me encontré con un aviso que decía que el servicio estaba momentáneamente interrumpido. Lo ponía en inglés pero aunque la traducción venía a decir éso yo lo interpreté como: haz el favor de ir a dormir y no seas pesadito, majo. Y eso hice. Soy muy obediente (bueno, a veces).

Aventura

Estoy atravesando lo que los médicos denominan un rebrote de mi artropatía, que es algo así como un repunte periódico de duración variable dispuesto en una gráfica imaginaria. La medicación consigue convertir el dolor en un barrunto difuso de ruido lejano, apenas perceptible, pero no puede evitar los efectos colaterales, a saber: insomnio, apatía y falta de apetito, principalmente. Afrontar de esta manera el primer capítulo del serial Gould, que tendrá lugar dentro de algo menos de tres horas, puede parecer tarea algo complicada, porque uno no está “bien temperado”, digámoslo en clave de sol. Pero, aunque ciertamente uno desearía que las circunstancias fueran otras (para qué nos vamos a engañar), no es menos cierto que tengo curiosidad por saber qué pasa, como si fuera espectador de mí mismo.

Y es que en ocasiones así suelen suceder dos cosas: o te ciñes al guión, agarrándote a las páginas y siguiendo el curso de las palabras obedientemente o todo lo contrario, tomando la iniciativa dejándote llevar por el instante y convirtiendo lo que debería ser una recreación en una improvisación creativa. Cuando de experiencias con un componente “emocional” se trata, como es el caso de “La Idea del Norte”, me suele pasar algo así, que lejos de distanciarme del asunto ciñéndome de manera aséptica a hacer caso de las instrucciones de uso, lo afronto de una manera que no sé si calificar de más intensa o, simplemente, diferente. No lo sé calificar porque creo que es algo instintivo pero sé que ocurre. Ha ocurrido. Es como si hablaras desde más adentro o como si en vez de señalar con el dedo ese Norte anímico al que nos dirigimos ya estuvieras allí, esperándolos. Lo único que puede pasar es que me haga un lío con los archivos de audio y vídeo que llevo en el portátil pero no pasa nada. Antes sí que era motivo para hacerme perder el compás, mirar la pantalla del ordenador y ver que lo que allí aparecía me resultaba extraño, como si perteneciera a otra charla, y esa extrañeza me hacía perder el hilo y me obligaba a encontrarlo entre los papeles. Pero ahora ya no pasa eso (la experiencia sirve para algo).

Hoy empieza la tercera expedición que nos conducirá en tres etapas a “La Idea del Norte”. Para ellos será algo nuevo pero para mí, esta vez, también. Lo sé y lo afronto con tanta curiosidad como serenidad. En momentos así, me encuentro a mí mismo, me reconozco y eso es todo lo que necesito para salir al encuentro de los otros e iniciar la aventura. Pensarás que vaya tío más raro. ¿Acaso no te habías dado cuenta todavía?

Oráculo

Hoy he estado de visita en la trastienda de este blog para ordenar papeles y pasar un paño por las estanterías para quitar el polvo acumulado. A mí me gusta pensar que las estadísticas que miden la audiencia de una página web tienen forma de señor que escribe con visera en un libro muy gordo y con letra esmerada a la luz de una lámpara de oficinista. De vez en cuando echo una ojeada a ese libro y no dejan de asombrarme los medios que muchos navegantes utilizan para recalar en estas latitudes. Hay quien llega aquí formulando una petición a ese oráculo de los nuevos tiempos que es Google: introduce su petición y la coincidencia, en todo o en parte, de lo buscado con lo que este blog contiene le conduce hasta aquí. Como a Google se le dan mejor los números que las letras, ocurre que a veces se empeña en señalar este lugar porque en la petición figura una palabra o un término que ha aparecido en algún post, sin importar que dicha coincidencia no tenga que nada que ver con lo que el consultante solicita.

Hoy, sin ir más lejos, alguien ha hecho su entrada a media tarde preguntando por “tiendas de hábitos de monjas”. Imagínate. Con las simpatías que les tengo como para vender hábitos. Luego ha llegado aquí otro navegante tras teclear en el oráculo “hechizo para atrapar a un chico pero sin foto”, así como suena, y el oráculo ha decidido mostrarle este blog. Tras el pasmo inicial he pensado que el oráculo no se refería a mí, porque ya puse el otro día mi foto, y no sé si eso me ha producido alivio o un poco de fastidio. Yo creo que ha sido por lo de “hechizo”, que es una palabra que he usado varias veces, junto con “milagro” y “duende”. Tengo que ampliar mi vocabulario.

Me sorprende y me ha divertido mucho comprobar lo solicitado que está Juan José Ballesta, cuyo nombre parece suscitar cierta alteración hormonal a tenor de lo que he podido leer: “fotos de juan josé ballesta en calzoncillos”, “juan josé ballesta sin camiseta”, “juan jose ballesta en vaqueros”, “a qué insti va juan josé ballesta” y la mejor, “verle el culo a juan jose ballesta”. Es conmovedora la creencia de la gente en el oráculo, como si Google pudiera acceder a sus deseos de verle el culo al chaval.

Evidentemente, yo tampoco puedo atender a esas peticiones pero, sin embargo, hay otras cuestiones de las que me ocuparía gustosamente de no ser porque el visitante no deja su tarjeta, como “a qué edad empieza a componer mozart” o “encontrar sonatas de scarlatti en partitura” o “caja negra pablo sánchez”, que es un libro que prestaría encantado. Existe otra clase de peticiones de búsqueda con las que me identifico más, como son “hipocondriaco”, “información sobre agorafobia” y no han faltado ocasiones en las que me he sentido aludido, como en “emejota laideadelnorte” o “emejota, enfermo, manos, tocar piano”, que me ha dejado de piedra (sólo faltaba poner el número que calzo).

En fin. Le he dicho al salir al hombre del libro gordo que volveré de vez en cuando porque me ha parecido muy curioso lo que me ha enseñado y justo entonces se ha disculpado por no acompañarme a la puerta porque ha tenido que apuntar “cae la nieve dublineses”. Y entonces ha empezado a sonar en mi cabeza la melodía de “La muchacha de Aughrim” y me han dado ganas de mirar hacia lo alto de la escalera. Un poco melancólico me he puesto, no te lo voy a negar.

Felicidades

Hoy hemos celebrado el cumpleaños de mi abuela. Su cumpleaños toca siempre una semana después del mío: que yo cumplo en jueves, pues ella el jueves siguiente; que yo en domingo, pues ella también. Es muy curioso. La tarta no tenía velas porque hace tiempo que no caben: son más de noventa. Hoy hemos comido juntos y a los postres mi sobrina se ha puesto a cantarle el “cumpleaños feliz” y el “feliz, feliz en tu día” subida a una silla y no me ha pasado desapercibido que entre la cantante y la homenajeada había más de 90 años de diferencia. Cuando la vocecita de mi sobrina ha pasado por el “y que cumplas muchos más” nos hemos mirado todos de reojo y nos hemos puesto rápidamente a aplaudir para disimular, que a cierta edad hay evidencias un poco incómodas.

A mi abuela la vemos debilitarse poco a poco y estoy seguro que todos hemos pensado en la posibilidad de que estuviéramos celebrando su último cumpleaños. De todas formas, yo firmaba por llegar a esa edad con sus facultades, a pesar de los achaques: ayer por la mañana se fue a la peluquería a teñirse las canas y luego se pasó la tarde haciendo varias docenas de rosquillas que ha traido hoy en una bolsa de considerables dimensiones para repartirlas entre todos. De un tiempo a esta parte se queja del estómago y cuando come se fatiga, pero ha contestado todas las llamadas telefónicas haciendo gala de un humor admirable: ¿cuántos caen?, le han preguntado una y otra vez, y ella ha contestado cosas como “pocos, todavía no me han salido los dientes”. Y es verdad, no tiene dientes propios (aunque lleva dentadura postiza).

Hoy me he sentado a comer al lado de mi abuela: me ha preguntado varias veces si estaba bien, si hoy me dolía algo, si estaba comiendo a gusto, y si la carne estaba bien caliente. Mi abuela sigue llamando todas las mañanas a preguntar por mí. Si estoy bien, ella está bien; si estoy regular, ella está mal; si estoy mal, le cuelan una mentirijilla piadosa y no se entera. A mis 36 años, mi abuela me sigue dando la paga de los domingos: 6 euros. Como lo oyes. A ella le hace ilusión y a mí me hace gracia sobre todo cuando dice “para que te compres lo que quieras”, como si me hubiera tocado la lotería. También me dice que si paso frío por las noches y otras cosas que me despiertan un sentimiento de ternura infinita, porque sé que es la manera que tiene mi abuela sin que se note de exteriorizar su preocupación, su apoyo y, al mismo tiempo, su impotencia por lo que suele denominar “lo del chico”, es decir, mi mal, que es mal suyo también y mira que lo siento. Para mi abuela yo soy un chico bueno, responsable, educado y todas esas cosas que a mí me hacen sacar, ocasionalmente y por un irrefrenable mecanismo de compensación, la parte de oveja negra que llevo dentro. Ella ha terminado por acostumbrarse y ya no se lleva un susto cuando me dice que me abrigue bien si voy a salir a la calle que hace mucho frío y yo le digo que vale pero a condición de que los desherede a todos (yo incluído, claro) y ahí se las entiendan. Ella dice, anda, anda, qué cosas tienes y date la luz de la escalera que ya está oscuro.

Hoy le hemos cantado el “cumpleaños feliz” y “el feliz, feliz en tu día” y por la tarde me he fijado que, por una vez, no ha buscado en el periódico la página de las esquelas.

Revisión

Unax UgaldeUna vez tuve oportunidad de hacerle una pregunta a Unax Ugalde y me respondió a dos (yo sólo le había formulado una, la otra me rondaba la cabeza). Pensé en darle dos veces las gracias pero ahí también se me adelantó, así que sólo me quedó decirle “de nada, hombre” que, al menos, tiene tres palabras (la coma no cuenta, tampoco las comillas; al hablar nos comemos las comas y las comillas). Por aquel entonces estaba a punto de teñirse el pelo de rubio para hacer “Reinas”, desliz diurno de un ser lunar. No se lo tenemos en cuenta. Unax Ugalde tiene un lado oscuro de múltiples registros que lo convierte en un actor inquietante, imprevisible e incatalogable. Un actor sin método (y que así se mantenga, por favor) pero con una poderosa personalidad que te puede dejar clavado en la butaca con un solo gesto si no ha conseguido clavar la frase antes.

Esta noche he estado revisando “Frío sol de invierno” para asegurarme de que todo sigue ahí y que el trabajo de Pablo Malo en su debut como realizador de largos me gusta mucho: sabe dejar en el camino los principales defectos que los directores de cortos suelen llevar consigo en el tránsito al largo recorrido y dedica atención a estudiar el novedoso terreno en el que se asienta antes de ponerse en acción. Me gusta el mimo puesto en la puesta en escena pero, sobre todo, me parece magnífica la dirección de actores: magnífico está Unax Ugalde que retoma en las primeras secuencias ese papel para el que parece haber nacido, el de chico rarito, para superarse a sí mismo y hacerse grande en el transcurso de la narración. Qué miedo, qué admiración; qué respeto y que conmiseración suscita a un tiempo su personaje. Magnífica está Marisa Paredes, con algo de águila y de Terele Pávez necesarios, a lo que se ve, para bordar el perfil de un rostro y un carácter vasco muy característico, vicisitudes del guión al margen. Magníficos los secundarios: conmovedores en su desamparo Javier Pereira y Raquel Pérez, maravillosas las apariciones de Marta Etura, con ese aura de belleza asilvestrada y rural, ángel de monte verde y caserío; y genial la única secuencia de la venerable Mª Jesús Valdés, Dama del Teatro con mayúsculas a la que la cámara termina mirando de rodillas en un contrapicado que tiene mucho de reverencia.

He estado tirando de hemeroteca virtual y me traigo de la excursión cosas muy curiosas: en un mismo periódico, un crítico dijo que éste era, hasta la fecha y con diferencia, el mejor papel de Ugalde y días después, un compañero de guardia dice que el director le pide demasiado a un Ugalde que no da más de sí. En otro lugar alaban como acierto estético de notable aportación al aliento poético de la película el que se evite mostrar la localización donde transcurre la historia mientras que no faltan voces que arremeten ante ese mismo detalle como una torpeza de novato. A ver si se aclaran. Yo me conformo con que haya directores como Pablo Malo capaces de iluminar la oscuridad, el misterio y la ambigüedad de Unax Ugalde para sacarle conveniente provecho que lo muestre como el artista grande que es.

Schönberg el progresivo

Más de 40 años después de su primera aparición en castellano, ha vuelto a editarse el libro de ensayos “El estilo y la idea”, de Arnold Schönberg gracias a la labor idealista de Idea Books, que ha retomado el catálogo de la extinta Editorial Labor y, de paso, ampliado horizontes recuperando textos desaparecidos y fundamentales. No sé si la noticia merecerá unas líneas en las reseñas de las publicaciones sobre libros pero es todo un acontecimiento del que quería dejar aquí, siquiera, aviso.

“El estilo y la idea” recoge una quincena de ensayos del hondo saber de Schönberg, que mira a la música desde la reflexión filosófica, estética, teórica y poética. Pura agudeza intelectual. Schönberg representa el perfil del autodidacta nato, aquel que ha emprendido una búsqueda profunda y solitaria sin la comodidad protectora de la mano que te muestra el camino hecho, aquel que ha efectuado una síntesis rigurosa para encontrar la esencia de las cosas y se ha sentido libre para adentrarse en nuevos territorios. Aquel, en definitiva, que ha desarrollado una profunda capacidad de reflexión y comunicación que le ha permitido mostrar a los otros el método y el fruto de sus pesquisas.

Mi contacto con este libro siempre había sido indirecta, frases estimulantes citadas aquí y allá en otros textos, como piezas sueltas de un puzzle cuya imagen fragmentaria te hace suponer un todo sumamente atractivo. Poder disfrutar finalmente de la lectura atenta e íntegra de textos como “Brahms el progresivo”, una de las piezas del puzzle más ansiadas y apetecibles, junto a otras como “Adiestramiento del oído mediante la composición”, “La afinidad con el texto”, “Gustav Mahler”, “La composición con doce sonidos” o “Música nueva, música anticuada: el estilo y la idea” es un privilegio que un músico no debería dejar pasar por alto (los músicos suelen dejar pasar estas cosas por lo bajo; ahí no damos el tono)

Incógnita

Para despejar la incógnita que te permite acceder al cuartel general de Flexo, representada por esta equis trazada con tiza de bits, hay que tomar cuatro Cola-Caos, tener en cuenta los 102 minutos que dura Casablanca y acompañar a los Hollister por el Centro Comercial. Sacar a colación el episodio piloto de “Twin Peaks” ayuda y también hay que levantar algo la voz para que no se la lleve el ruido de la cafetera.

Cuando entras a al estudio, lo primero que te encuentras es una mesa larga y dos pantallas colocadas en paralelo como si fueran los ojos que convierten a la habitación en un rostro y que miran al visitante allí plantado que no sabe que hace de nariz. El destino ha querido que esta mañana el ojo izquierdo de ese rostro (derecho para el visitante) estuviera ciego, como el mío, no sé si por la mala aplicación de un forceps digital o porque te recibía con un guiño. Mientras la pantalla de al lado mostraba formas y colores, tipografías con y sin serifas y hasta un blog que cuenta los post en horizontal, la pantalla ciega ha comenzado a parpadear inquieta mostrando los descuidados caracteres de un menú de primeros auxilios, que en momentos tan decisivos las formas y la estética son lo de menos: la matemática de los bits nos enseña que los burdos caracteres del MS-Dos son necesarios para que el ordenador vuelva a ser uno.

A tus espaldas, en las estanterías, puedes alcanzar a tocar una mascota naranja cuya textura blanda tiene la consistencia del sueño de una siesta breve y al lado está la sagrada “Biblia del Flash 5”, con las tablas de la ley vectorial, y un tomito de Lingo, que pasó de ser un concurso de la tele presentado por el rey del pollo frito para convertirse en un lenguaje críptico de bajas calorías.

En el estudio hay unos relojes de colores y un campo de calabazas y un perro que vive en un rectángulo en blanco y negro desde el que te mira sin saber muy bien qué hacer. La conversación gira alrededor de los 115 capítulos de aquella serie maravillosa; el capítulo 43 se titula “Adiós” pero nosotros todavía no nos vamos porque queda lengua para rato. Que Chaplin se equivoque al montar un plano produce curiosidad pero, para mí, pasa más desapercibido que notar el brillo que asoma en un par de ojos cuando surge el nombre del amigo que intenta sobreponerse a la adversidad. Las emociones son unos misterios húmedos que acostumbran a asomar por la retina.

A todo esto, el ojo de la pantalla sigue ciego pero Patricia ve las paredes de color chicle.