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Lapsus 19 diciembre, 2005

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(me he quedado en blanco)
(pero no me pasa nada)
(creo)
(hay días raros)
(sin más)
( )
(buenas noches)

Hurto 18 diciembre, 2005

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“Empezaron los frailes a entrar en la iglesia y la hallaron a oscuras. Ya estaba conforme el hermano responsable con el castigo que no dejarían de aplicarle por una falta que no sabría explicar, cuando se observó, y fue por el tacto y el olor, que no era aceite lo que faltaba, que allí estaba derramado por el suelo, sino las lámparas, que de plata eran. Estaba aún fresco el desacato, si así se puede decir, pues las cadenas de donde habían colgado las susodichas lámparas oscilaban aún mansamente, diciendo, en lenguaje de alambre, Hace poco, hace poco.”

José Saramago, “Memorial del convento”. Traducción de Basilio Losada.

Estreno 16 diciembre, 2005

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Tras años de esporádica exhibición restringida al ámbito familiar, Javier Romé ha decidido hacer público el esperado estreno de su “Concierto para Tetera”, en sus movimientos “Allegro con infusione”, “Siciliana alla tazza (ma senza succhero)” y “Vivace assai scaldato”.

Son variados, complejos y delicados, los procedimientos a solicitar a la ciencia calórica, a la física térmica, para que propicien que, en el momento preciso, el artilugio exhale un “mí” y un “si” de vapor que, sostenidos y armonizados por el resto de la plantilla instrumental, constituyen la totalidad de su tesitura.

El evento tendrá lugar el próximo Jueves día 22 a las 19:30 horas dentro del concierto de Navidad de la Escuela de Música “Fernando Remacha”.

Autorretrato 15 diciembre, 2005

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La persona que aparece en la fotografía soy yo, aunque quienes me conocen y han visto esa imagen han dicho que no, que no soy yo, que no me reconocen. Ese no eres tú, emejota, por Dios, parece mentira. Sin embargo, quien hizo la foto, en un disparo furtivo en el transcurso de una larga sesión fotográfica repleta de sonrisas, algunas ficticias, casi todas reales, aseguró que sí, que yo era así también; de hecho, creo que fue la imagen de la que se sintió más satisfecho.

Me costó verlo (y verme) pero con el tiempo caí en la cuenta de las razones de esa satisfacción y a partir de esa imagen tracé, de algún modo, mi propio autorretrato: no se trata tanto de “ser” en la foto sino de lo que la foto “dice” de uno mismo. Y es verdad que la imagen dice mucho de mí, aunque no haya ni rastro de mi manera de hablar precipitada y mis maneras inquietas, de mi risa fácil y mis arranques viscerales. No importa. Porque lo que dice la foto de mí no está tanto en la figura como en la luz y la sombra entre las que estoy ubicado. Sí, es cierto: yo soy así. La zona de luz hacia la que dirijo la mirada puede representar muchas cosas: el embeleso ante el misterio profundo de una obra de Bach, la invitación a participar en una velada numerosa o la mirada insinuante que alguien te dirige al pasar a tu lado. Sea lo que sea, yo asisto a todo de cerca, pero me mantengo a cierta distancia. No me aislo del todo, si así fuera cerraría los ojos, pero necesito mirar las cosas desde la zona cercana a la penumbra, que es donde me encuentro cómodo. En algunos casos es por deslumbramiento, en otros, por miedo o cobardía, a veces también por pudor; no faltan los motivos banales como la pereza pero siempre está presente la necesidad vital de no sentirme atrapado ni comprometido. Necesito ir a mi aire y sólo entonces, quizá, dar el paso adelante.

Así que entre esa zona simbólica de luz y de sombra aparezco yo, despojado de lo que me hace cotidianamente reconocible ante los demás, distraído de la intención de quien maneja el ojo de la cámara para buscarme en la zona de penumbra, verdadero.

Casualidad 14 diciembre, 2005

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Enid BlytonHoy me ha pasado una cosa muy rara. Durmiendo, he tenido un sueño en el que me veía a mí mismo de pequeño leyendo un libro de “Los Cinco”, de Enid Blyton. De pequeño me los leí todos de tirón. Se los cogía a mi hermana, que tenía la colección completa, y me lo pasaba en grande: esa prima Jorgina tan rebelde y empeñada a toda costa en ser Jorge, el perro Tim, aquellas aventuras increíbles a cuya vuelta siempre esperaba un banquete reparador en el que no faltaba la cerveza de jengibre, que mira que nos resultaba exótico eso de la cerveza de jéngibre, a qué sabía una cerveza de jengibre, a ver. Luego nos hicimos mayores y nos enteramos de que Blyton, cuyo característico autógrafo presidía todos sus libros, empinaba el codo que no veas y hubo a quien la noticia no le hizo gracia y a otros les dio la risa. Pero antes de eso, cuando éramos pequeños, leíamos con avidez las novelas de “Los Cinco” y a mí lo que más me gustaba era lo de la Isla de Quirrin. Me resultaba absolutamente emocionante ir a la isla. Y eso es precisamente lo que he soñado esta noche pasada: que yo era otra vez pequeñito y leía en una tarde invernal de sábado un libro de los Cinco volviendo a la Isla de Quirrin. Lloviendo. Un sueño curioso, porque mira si hay libros con los que soñar y me ha tenido que tocar revivir con toda minuciosidad mis tardes de lectura junto a “Los Cinco” después de tantos años.

Pero lo mejor ha venido por la mañana. He ido a comprar el periódico y no te lo vas a creer: me he dado de bruces con un enorme cartón azul en la zona de los fascículos coleccionables que llevaba, envueltos en plástico, cuatro libros… ¡de “Los Cinco”! No me digas que no es casualidad. Yo me he quedado de piedra y sí, vale, parecerá ridículo pero debo confesar que lo primero que me ha pasado por la cabeza es que algún significado oculto debía tener eso, soñar precisamente con “Los Cinco” veintimuchos años después y encontrártelos precisamente a la mañana siguiente delante de las narices. Una señal. Seguro.

Por si acaso, me los he comprado, que costaban 5´95 los cuatro libros y me he preguntado: ¿qué efecto me produciría ahora volver a leer una de esas novelas? En relidad no creo que lo haga. Quiero que “Los Cinco” sigan siendo aquellos Cinco de entonces. Pero me ha producido un placer especial pasar las páginas y comprobar que la edición reproducía las antiguas planchas de la Editorial Juventud.

Fue Enid Blyton la que a muchos nos despertó la pasión por leer, la que nos enseñó la emoción que late tras unas letras impresas en papel. Casi nada. Brindemos agradecidos por ello (con cerveza de jengibre, por supuesto). Si sueño esta noche con “Los Hollister”, aviso.

Motivo 13 diciembre, 2005

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Ha terminado esta noche la serie “Motivos personales”, que nació con pretensiones modestas y se convirtió en un éxito inesperado para la propia cadena. Yo no he podido seguir con regularidad las intrincadas peripecias de este rompecabezas de traiciones, asesinatos, acertijos y manos negras por doquier, pero desde el primer instante, me llamó mucho la atención el excelente motivo musical principal de la banda sonora, verdadero “motivo personal” puesto que actuaba de leit-motiv ambiental que envolvía a la trama dotándola de su peculiar atmósfera:

Su construccíón es tan sencilla como interesante: en el transcurso del diseño melódico, el motivo principal de cuatro notas (señalado en el ejemplo entre corchetes) ya es sometido a elaboración mediante una técnica de desplazamiento métrico. ¿En qué consiste esa técnica? Pues muy sencillo: en repetirlo a continuación cambiando la acentuación de las notas. Un compás tiene dos pulsos: el primero es fuerte, el segundo es débil. Pues bien, aquí las notas no cambian, son idénticas, como se puede comprobar a simple vista por la semejanza de la grafía aunque no se disponga de conocimientos musicales, pero lo que en el modelo principal suena en parte acentuada (marcado con una cruz roja), en la repetición lo hace en parte débil (marcado con una cruz verde). Y viceversa.

La técnica es de uso básico desde la noche de los tiempos pero me pareció significativo que este procedimiento tenga lugar en el tema principal de una serie en la que el trueque, el puzzle, la trampa y el retruécano, han sido sus señas de identidad.

Cuenta 12 diciembre, 2005

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7 vírgenesUno, dos, tres…

Si te colocas frente a un espejo en una habitación a oscuras con las estampas de 7 vírgenes, enciende dos velas, contempla el reflejo de tus ojos y empieza a contar. Cuando llegues a 60 podrás ver, en un instante fugaz, tu futuro.

A pesar de la oscuridad, espero no confundir mucho las teclas y poder contar que Belén y yo nos escapamos la otra tarde a ver “7 vírgenes”. ¿Por qué tenemos que desplazarnos 80 kilómetros para ver una película con buena crítica, buena taquilla y premiada (Concha de Plata a la mejor interpretación masculina en San Sebastián), habiendo en nuestra ciudad 10 salas (9 + 1)? Misterio.

Catorce, quince, dieciséis…

A veces, las prótesis de mis manos fallan, es como si se produjera una descarga, un cortocircuito, y las manos se ven sacudidas por un espasmo involuntario durante una fracción de segundo. Pasa poco, afortunadamente, pero esta vez ha tenido que ocurrir al ir a sentarme mientras sostenía la caja de palomitas a rebosar. Han salido volando como ciento diez por todas las direcciones, menos mal que no había nadie todavía. Belén se echa a reir cuando le hago ver el aspecto que presenta los alrededores de mi butaca en contraste con la sala tan pulcra. A ver si me va a reñir alguien. Me siento como si estuviera representando un gag de Mr. Bean recogiendo palomitas a toda velocidad, alejándolas con el pie del pasillo al escondite que hay entre butacas. Que apaguen pronto la luz, por favor.

Veintiocho, veintinueve, treinta…

Bajo mi punto de vista, en las últimas décadas, el cine español ha contado con dos niños actores tocados por la magia del duende, lo que les distancia sideralmente de todos los demás: son Ana Torrent y Juan José Ballesta. La mirada de ella, la sonrisa de él y la franqueza de ambos cautivan a la cámara.

Treinta y seis, treinta y siete, treinta y ocho…

“7 vírgenes” es una película fascinante y extraña. Esa imagen estática de una ventana con la persiana casi hasta abajo dice más de su interior que si accediéramos a esa estancia. Esos pies que asoman de un colchón tendido en un balcón, tras una noche sofocante, cuentan por sí solos la biografía del durmiente, del que no hace falta ver siquiera su rostro. Hay un personaje (Ana Wagener) que lo dice todo sin abrir la boca apenas para decir 4 palabras en toda la proyección. De hecho, los actores, todos, si están brillantes es porque a lo mejor no actúan en una película que, a lo mejor, es un documental.

Cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete…

48 horas de permiso fuera del reformatorio para asistir a la boda del hermano. 48 horas de libertad y desenfreno. 48 horas es el tiempo necesario para abrir los ojos a la verdad.

Dice el director de la película que “para la mayor parte de la gente, los protagonistas de la película no existen, forman parte de una realidad localizada en la sección de sucesos; un accidente geográfico inexplorado y ajeno a la clase media de cualquier país. Es probable que alguna vez hayamos cruzado los límites transparentes de su territorio, pero no hemos sido capaces de descifrar su lenguaje de gorras y ciclomotores. Es más fácil darle un significado al miedo que nos hace bajar la mirada cuando coincide con la de ellos y seguir desconociendo ese pequeño mundo. Pero existen”. Es cierto. Eso es lo que más inquieta de esta película inquietante: que, sin conocerlo, “eso” te resulta familiar, de alguna manera sabes que está ahí y que es así.

Cincuenta y cuatro, cincuenta y cinco, cincuenta y seis…

Quizá “7 vírgenes” no es la representación ficticia de un pedazo de existencia, sino que es la vida misma la que consiente representarse, durante 86 minutos, ante nuestros ojos.

Sesenta.

(mírate)

Gráfico 11 diciembre, 2005

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Si tuviera que plasmar gráficamente el proceso de aprendizaje de una obra musical, dibujaría un triángulo. Empiezas desde la base estableciendo un primer contacto con la obra y poco a poco vas ascendiendo hacia la cima. Por supuesto, ese ascenso no está exento de tropiezos e irregularidades en el camino; no es un ascenso llano. Llega un momento en que, al fin, pisas cumbre y sientes la satisfacción correspondiente y proporcional al esfuerzo invertido mientras llenas los pulmones de aire fresco. Pero la cosa no termina ahí. La experiencia te dice que la satisfacción es todavía mayor porque sabes que ese instante va a ser breve; a continuación inicias, inevitablemente, el descenso por la cara opuesta.

¿Y cómo es posible que tal cosa suceda si el camino que conducía a una interpretación satisfactoria tras superar las dificultades todas, las mecánicas, las físicas y las químicas, ha concluído? Pues es posible, a la vista de la evidencia. Pues sí que es usted rarito. Pues no le digo que no, pero no debo ser el único porque oiga usted a tantos y tantos músicos, de primera, octava y última fila. ¿Les ocurre algo similar? Les ocurre algo similar. Acuérdate de Gould, que defendía distanciarse de la obra si había que tocarla en público. Distanciarse de ella para reencontrarla, para redescubrirla. Para volver a sentirla nueva. Quizá sea ese el secreto.

Creo que lo que ocurre es que llegado ese instante en el que algo se estremece por dentro y te dice: “ya lo tienes”, inevitablemente va perdiendo frescura; es como si a partir de entonces, por muchos medios que pongas para evitarlo, lo que hasta entonces era una búsqueda con los cinco sentidos puestos se va transformando en una repetición mecánica. Y cuando te das cuenta de ello y pretendes recuperar la satisfacción que te reportó la vista panorámica que contemplaste en la cumbre del triángulo caes en el mayor de los errores, porque fuerzas una interpretación artificiosa que sólo puede dar como resultado una caricatura de lo que entonces fue una pose natural. Ya lo dijo el sabio: “en el ser humano, la felicidad está en la búsqueda”. Pues va a resultar que es cierto en todos los sentidos y que cuando encuentras lo que buscas empiezas a perder el interés (aunque te resistas).

Todo esto viene a cuenta (y a cuento, nunca mejor dicho) de que desde ayer, a la caída de la tarde, estamos perdidos en el bosque encantado junto a Pulgarcito. Ocurrió que el martes alcanzamos cumbre y yo no dije nada, sólo toqué madera, cosa fácil porque estaba sentado al piano, pero el miércoles se escapó un pasaje que, casualidad, nunca se había escapado antes; el jueves ya eran tres o cuatro, y un problema con el pedal izquierdo que hasta ese momento no habíamos percibido. El viernes, la pavana de la bella durmiente casi nos duerme a nosotros y ayer, mientras seguíamos al cortejo que acompañaba a la Emperatriz de las Pagodas al estanque de nenúfares tropezamos torpemente con un pedrusco que había en el camino y la caída de uno empujó al otro. Para disimular, nos apartamos de la comitiva entre unos arbustos.

Hemos decidido de mutuo acuerdo hacer un alto para distanciarnos de la obra sin dejar que el miedo nos atenace (al menos eso nos decimos el uno al otro, otra cosa son los temores de dentro de cada cual) No hay ensayo hasta el miércoles, tras la rueda de prensa presentación de los conciertos, digo bien, conciertos, porque al final van a ser tres. Esperar al miércoles puede parecer una distancia mínima, pero teniendo en cuenta la minuciosa y disciplinada pauta de ensayos diarios que hemos venido manteniendo supone una pausa considerable.

No pasa nada, entra dentro de lo previsible, es algo normal y superable.

(¿verdad?)

Discurso 11 diciembre, 2005

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El flamante Nobel de literatura Harold Pinter no ha podido ir a recoger su premio porque tiene cáncer y por eso ha enviado un vídeo. Al parecer padece, además, un problema que afecta a su boca pero, curiosamente, ello no le ha impedido aprovechar la ocasión para exponer a través de esa cavidad enferma un discurso impecable e implacable denunciando la metástasis que va invadiendo al mundo a partir de esos dos tumores malignos con apariencia de espinilla molesta que son el tal Bush y el tal Blair. Un aplauso al señor Pinter.

Comunicado 9 diciembre, 2005

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No por esperada, la noticia nos ha caído como un jarro de agua fría a los dvd-adictos. Se acabó el chollo. La cibertienda canadiense dvdsoon cambia de dueños y los nuevos dueños cierran el grifo. Nos han mandado un comunicado vía e-mail diciendo eso mismo pero en inglés y con el tono adecuado a las circunstancias: se acabó. Se acabaron esos precios increíbles, esos descuentos que te hacían pensar que algún error se habría deslizado en la pantalla, que no era posible, se acabó eso de los gastos de envío gratuítos; en fin: que se acabó.

El apogeo de la tienda fue en estas mismas fechas el año pasado, cuando se sacaron de la manga el invento de la “fidelity-card”, una tarjeta virtual que, durante unas semanas, añadía el 40 por ciento de descuento (sí, no es un error, el 40 por ciento) a la ya de por sí descontada lista de precios. Por los foros corrió la noticia como la pólvora y fuimos legión los que nos gastamos los cuartos, los medios y los enteros. En mi caso, estuve recibiendo paquetitos hasta la primavera (el retraso fue monumental, dada la avalancha de pedidos) Pero la espera merecía la pena: dvds dobles de Deutsche Grammophon de novedad a 8 euros puestos en casa difícilmente se volverán a encontrar, y pagar por packs lo que aquí desembolsas por un único dvd tampoco. Así que hubo que hacer sitio en la estantería para los packs de cine negro y gangsters de la Warner, o los musicales de la Metro, o las ediciones Griffith, Scorsese y Allen, o las alucinantes ediciones de la exquisita Criterion Collection (ese cofre Antoine Doinel, ese “Fanny y Alexander” de 5 discos…), las novedosas series de tv de la HBO, las series míticas (“Doctor en Alaska”, “La Familia Munster”), los “Disney Treasures” para coleccionista, con su lata de metal reminiscencia de celuloide añejo, o las impagables integrales de las series de la Hanna-Barbera (de “Los Picapiedra” a “Los Supersónicos” pasando por los “Autos Locos”). Y tantas otras cosas que, para colmo, en muchas ocasiones no llegaron a salir aquí o bien llegaron habiéndose dejado algún disco de extras por el camino…

Pues se acabó. Algunos ya habíamos abandonado el barco cuando vimos que los motores hacían un ruído raro pero aunque nos ha cogido en el bote salvavidas y con el chaleco puesto la noticia no ha dejado de afectarnos igual. Nos dicen que se van, que dejan la empresa en otras manos y que esas manos, por lo visto, no piensan seguir el mismo rumbo ni muertos, que las cuentas no les salen. En un momento de dramatismo literario afirman incluso que suspenden los pedidos, devoluciones y saldos de crédito pendientes (por eso digo lo del chaleco salvavidas, afortunados hemos sido, los otros supongo que tocarán las teclas necesarias a nivel jurídico para intentar recuperar al menos el dinero invertido).

Mal acostumbrados como estábamos, cualquier otra oferta proveniente de otro sitio nos parecerá, a partir de ahora, escandalosamente cara. Pero me temo que tendremos que ir haciéndonos, poco a poco, a la idea. A lo mejor así hasta nos contenemos y todo. (Nótese aquí un suspiro de resignación) Fue bonito mientras duró. Siempre nos quedará Amazon…

Recordatorio 8 diciembre, 2005

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Cada 9 de diciembre (como siempre sin tarjeta) me pongo a escuchar el Concierto para clarinete de Aaron Copland y me acuerdo de todo lo bueno y lo malo que pasó.

(Déjalo así)

Vejez 7 diciembre, 2005

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Han tenido que pasar 92 años para que esta tarde, viendo coser a mi abuela sentada junto a la ventana, me haya dado cuenta de que se le han venido encima todos de golpe.

Comentario 7 diciembre, 2005

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Tiene escrito Manuel Vicent que “para que el universo quepa en una columna de 66 líneas a 30 espacios es necesario desechar lo que sobra: planetas, estrellas, galaxias, el vacío que existe entre ellas con su silencio de piedra pómez”. Pues que se lo digan al profesor de literatura de mi alumno Daniel porque no se ha debido enterar de esta lección de economía poética. Resulta que les ha puesto en un examen de comentario de texto en el Instituto una columna de Vicent pero el tío la ha transcrito poniendo puntos y aparte porque, al parecer, “así está mejor”. Lo que hay que oir. ¿Y qué pasa con el ritmo interno, con la cadencia, con la melodía? Porque en las columnas de Vicent importa tanto el cómo como el qué y me da que la conciliación armoniosa entre lo dicho y el decir es un arte escurridizo y el esfuerzo y el empeño puesto en ello, semana tras semana, tendrá algún sentido, digo yo.

Hay profesores que tienen la cabeza tan abarrotada de teorías e instrucciones adecuadas de uso que no tienen otro remedio, al parecer, que colocar la sensibilidad en los pies. ¿No tiene la universidad mecanismos de detección, un filtro, qué se yo, algo que alerte ante estas cosas antes de darle el título a alguien que sabrá mucho de cortezas verbales pero poco de certezas emocionales? A mí estas cosas me inquietan bastante y, la verdad, no me he podido resistir a decirle a Daniel: “yo que tú lo dejaba en blanco” pero se ha echado a reir. “¿Cómo voy a dejar en blanco el examen, hombre?”. Pues para protestar, coño. “Ya, pero si hago eso me suspende” Yo le he respondido que eso no importa, porque antes ya le hemos suspendido nosotros a él.

Suspensión 6 diciembre, 2005

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Tras las anotaciones que en días anteriores he dedicado a reflexionar sobre la figura del retardo y a la correspondencia entre la música y el texto que se canta, se me ocurre que podría concluir esta “trilogía involuntaria” buscando un ejemplo en el que el uso del retardo venga justificado por la expresión del texto. Y es que anda rondando por mi cabeza desde hace días un fragmento que me parece precioso aunque reconozco que no pega mucho sacar a colación los “Responsorios de Semana Santa” de Tomás Luis de Victoria ahora que deberíamos estar ensayando el “Adeste fideles”. Pero pasan dos cosas: una, que si lo dejo para Semana Santa igual se me olvida, con la cabeza que tengo; y dos, que vete tú a saber si para entonces “La Idea del Norte” no será un recuerdo lejano. Por si acaso, he decidido ponerlo, y otro día ya sacaremos las panderetas y las zambombas. Hay tiempo para todo.

El ejemplo que propongo está sacado del “Amicus meus”, que habla de la traición de Judas y sus remordimientos de conciencia posteriores. El texto dice así:

“Aquél a quien yo bese, ese es; prendedle.
Esa fue la maldita señal,
cometió asesinato con un beso.
El desgraciado rechazó el precio de la sangre
y finalmente se ahorcó”.

Lo que nos interesa es el último verso, que en latín, que es la lengua que utiliza Victoria, se escribe de esta manera:

“et in fine laqueo se suspendit”

Las intenciones de Victoria giran alrededor de ese “suspendit”. Lo primero que llama la atención es que la obra no termina en tónica sino que queda “suspendida” en la dominante. Los músicos saben a qué me refiero (aunque esté “tonalizando” a Victoria); los que no sean músicos, que no se me asusten porque lo van a comprender igualmente sin problemas: las palabrejas anteriores vienen a decir que la obra termina… sin terminar, dejando una sensación en el oyente de que falta algo, de que la cosa queda sin culminar, como en puntos suspensivos. Ello obedece a la intención de ilustrar musicalmente ese “suspendit” que a Victoria le interesa tanto. Pero eso sólo es el principio.

Ahora vamos a echar un vistazo a la partitura para ver la manera en que la música subraya este momento tan dramático:

Los cuatro pentagramas que vemos representan las cuatro voces del conjunto coral. Observemos lo que ocurre en el tercero, en la voz de los tenores, concretamente en el penúltimo compás, marcado en rojo: de entre la frondosidad del tejido polifónico, surge de repente una señal. Victoria rompe la suavidad del trazo de la línea melódica obligándoles a efectuar un salto abrupto, un cambio de registro hacia la región de los agudos. Un gesto así tiene que oirse, debe oirse. Lo que pretende Victoria en ese instante que va a configurar el clímax de la composición es “suspender” la melodía allá arriba, entre las líneas superiores del pentagrama y no sólo eso, sino que además esa nota suspendida va a ser prolongada invadiendo el compás final (el retardo), desplazando de su sitio a la última nota y manteniendo en suspenso la resolución definitiva. Por ese motivo, si nos fijamos, la sílaba “-dit” que entonan los tenores es la única que no coincide con las demás voces que sí han conseguido simultanearla en el mismo lugar.

Sobra decir que el efecto resultante es de una belleza sobrecogedora.

Puntuaciones 6 diciembre, 2005

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Si abres un periódico por la retaguardia y ves las películas que van a pasar hoy por la tele verás una fila de estrellitas al lado del título. La frase “vamos a ver ésta que le ponen 5 estrellas” es una expresión muy socorrida. Nos gusta puntuar y que otros puntúen.

Durante años, las madrugadas de la extinta Antena 3 Radio fueron testigo de una experiencia de paranoia colectiva alrededor de la voz de Carlos Pumares en aquel programa de título ambiguo que acompañó las noches de estudio de nuestra adolescencia: “Polvo de estrellas”. Durante horas, la centralita de la calle Oquendo 23 se colapsaba de gente que llamaba únicamente para dar lectura a interminables listas de películas para que el ínclito Pumares, como si de un gurú se tratara, emitiera su juicio infalible: buena, mala, ¡OBRA MAESTRA! (con esos gritos que hacían saltar los aparatos del control de la emisora), siguiente, una basura, no la he visto ni pienso y cosas así. Y punto. Quiero decir que la gente se conformaba con eso, sin ir más allá, sin pedir una explicación, sólo una, que justificara la respuesta del santón; se diría que hasta les hacía ilusión o, peor todavía, era como un alivio saber que Pumares consideraba buena una película que a tí también te lo había parecido aunque al llamar te arriesgabas a la traumática experiencia de que el “maestro” discrepara contigo y te obligara a desterrar para siempre de tu memoria un grato recuerdo.

A mí siempre me ha llamado la atención que en el mundo del cine se puntúen las películas (con estrellitas, con puntos, con lo que sea, el caso es puntuar) y que en el mundo de los libros también. Pero sobre todo me llama la atención que en el mundo de la música se puntúe… a los intérpretes. Uno puede puntuar “Ordet”, de Dreyer, por poner un ejemplo entre miles, o una obra de Borges, qué se yo; pero a nadie se le ocurre, al parecer, puntuar “La Pasión según San Mateo”, de Bach o la “Sinfonía de los 1000″ de Mahler o un divertimento de Haydn. Es muy curioso. Personalmente siento como una especie de alivio que así sea pero no puedo dejar de preguntarme las razones que nos conducen a esta exclusión, porque no sé si lo hacemos por sentido común e inteligencia o por ignorancia o por puro snobismo intelectual. A veces he intentado ponerme en la piel de un crítico que tuviera que entregarse a esta misión y me bloqueo: ¿qué puntos (con sus décimas!) se merece el “Requiem alemán” de Brahms? ¿qué criterios debería seguir para hacer la media que diera como resultado la calificación final? ¿dónde debo buscar las diferencias entre la Pasión según San Mateo y la de San Juan, de Bach, para decantar los puntos de más de uno a otro plato de la balanza?

Introduzco el tema de las comparaciones porque nos gusta tanto como puntuar. Estos días me está llamando mucho la atención que la totalidad de las críticas de la última película de Woody Allen, “Match Point”, se empeña testarudamente en someterla a comparaciones con sus anteriores trabajos como único objetivo: que si remite a tal y cual o que si, en el fondo, tiene trocitos de ésta y aquélla aunque no se parezca en nada a todo lo anterior. Qué manía. Una cosa es que una obra sea un eslabón en la cadena creativa de la carrera de un artista estableciendo relaciones o explorando nuevos territorios a partir de la experiencia previa y otra que esa comparativa nos haga perder de vista la propia obra.

Voy a cambiar las tornas: voy a mirar desde el mundo de la música, donde no se suele puntuar a la obra, al del cine y la literatura donde sí se puntúa y en donde, en tantas ocasiones, la puntuación es el resumen rápido y único reclamo de nuestra atención de un análisis epidérmico e inconsistente. ¿No esteremos haciéndoles un flaco favor de esta manera? ¿No les estaremos haciendo de menos, sin pretenderlo?

En fin. Yo escuchaba “Polvo de estrellas” de Pumares todas las noches, no sabría puntuar con décimas “Annie Hall” y me siento incapaz de comparar el Concierto para piano Nº 27 de Mozart con el 23. Respeto a quienes lo hagan, por supuesto, y hay quien lo hace con cierta gracia incluso. Por mi parte, yo me entusiasmo con lo que me apasiona y no puedo resistirme a la tentación de comunicarlo a quienes me rodean, pero no tengo balanza para medir.