Inocentada

Sin hacer ruido, como quien hace una travesura sin que nadie se entere, esta tarde nos hemos desplazado a una pequeña localidad cercana (10.000 habitantes) para tocar nuestro Ravel a 4 manos, que estrenamos mañana (ya hoy) en sesión doble porque la venta de localidades ha funcionado muy bien. Ha sido una especie de ensayo general con público.

Ayer por la mañana, a las puertas de la sala donde se iba a desarrollar el concierto, un resbalón en una traicionera placa de hielo me hizo valorar, más que nunca, la decisiva ayuda de las otras dos manos que me acompañan en esta aventura de montar “Ma mère l´Oye” porque si no llegan a sujetarme me rompo la crisma. Cuando minutos después nos sentamos ante el Yamaha de cola percibimos, al instante, que la afinación dejaba mucho que desear, demasiado teniendo en cuenta que dicha afinación había tenido lugar el día anterior, por lo que solicitamos, educadamente, que el afinador diera un nuevo repaso al instrumento antes del concierto. Cuando pulsamos cierto intervalo que a la Emperatriz de las Pagodas le gusta escuchar mientras se toma su baño casi se nos ahoga del susto. Con eso digo todo.

Hoy hemos llegado con dos horas de antelación, la partitura en una mano y la americana en la otra y conforme entrábamos a la sala nos han informado que, tal y como habíamos sugerido, el afinador había retocado de nuevo el piano. Craso error por nuestra parte sugerir semejante cosa: el piano estaba peor. Pero el susto mayor ha venido justo después, cuando nos hemos dado cuenta de que el “do” central, y el “la” que se encuentra dos notas a su izquierda y el “mi” que está a la derecha, una octava más arriba, se quedaban hundidos aun cuando el dedo dejaba de pulsar las respectivas teclas. El hecho, insólito donde los haya (ponte en nuestro lugar porque ya no son dos las horas que faltan para el concierto, sino poco más de una y ya se escucha algo de movimiento fuera de la sala) parecería la inocentada de turno que la fecha del calendario determina si no fuera porque de inocentada no tenía nada. Afortunadamente, hemos descubierto de forma casual que manteniendo accionado el pedal izquierdo continuamente tal suceso no ocurría, quizá porque el ligero desplazamiento del teclado que tal acción produce evitaba que “algo” que no hemos sido capaces de identificar atrapara las susodichas teclas.

Pero el remedio, el parche, tiene, como la Couldina efervescente, efectos secundarios adversos: el pedal izquierdo funciona como sordina, atenua el sonido que sale del piano. Y tocar a través de un velo espeso las minuciosas y variadas dinámicas de Ravel no ha sido agradable. Que, a pesar de todo, el concierto haya resultado muy bien nos ha hecho sentirnos muy satisfechos. Después de lo sucedido, tocar mañana (hoy) va a resultarnos mucho más fácil, dado que el instrumento es excelente, nos es familiar, y el afinador tiene manos de oro.

Dejo anotado, por hecho destacable en lo personal, que por primera vez en mi vida he tocado en público sin que me temblaran las manos. Las causas creo que son muy diversas, y empiezan en la persona que comparte conmigo la mitad del teclado y acaban muy lejos, más allá del bosque encantado que hemos transitado, a la luz de una lamparita sobre el piano, en una sala en penumbra y en cálido silencio.

Un pensamiento en “Inocentada

  1. Rachel

    Dentro de poco vais a convertiros en Les Luthiers de verdad. Creo que lo de ayer superó todas tus vicisitudes catastrofistas ¿no?
    Si después de todo eso salisteis así de contentos hoy va a ser maravilloso.
    Que ganas tengo. Y Wanda que me ha despertado esta mañana para ver si suspende el bingo de hoy o nos da tiempo de ir a echar una partidita antes. Esta mujer no tiene remedio. Y como se ha enterado de que va no se qué emperatriz al concierto que a ver qué se pone. Que habrá que ir con tiempo para coger palco, que ella quiere “ver” desde las alturas…
    En fin, paciencia. Creo que me pasaré entre funcines para veros un poquito. Me llevo la cámara de fotos y muchas ganas muchas ganas de escuchar.

    MUCHA MIERDA

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