Archivo por días: 26 diciembre, 2005

Hielo

Si el parte meteorológico no falla, hoy nos libraremos, al fin, de un curioso fenómeno climático que nos ha mantenido perplejos durante varios días. A veces ocurre que se dan ciertas circunstancias (ahora no recuerdo cuáles) que hacen que el valle del Ebro quede cubierto por una persistente niebla que se estanca durante varios días, creando una especie de blindaje bajo el cual todas las horas tienen la luz de plomo del atardecer y donde el termómetro no deja de estar en negativo ni siquiera en las horas centrales del día. Las bajas temperaturas han llegado a producir en varios momentos que la propia niebla se congele dejando caer minúsculos cristales de hielo. Lo curioso es que fuera de los límites del valle por los que transcurre el río el tiempo es plenamente anticiclónico y brilla el sol, pero aquí, mientras tanto, a las continuas temperaturas negativas (-8) le sumamos la densa humedad que acentúa la sensación de gelidez. La niebla moja el suelo que, inmediatamente, se congela, convirtiéndolo en una pista de patinaje; los carámbanos cuelgan de las guirnaldas de bombillas que atraviesan las calles y las cañerías de agua se han congelado en muchos puntos de la ciudad. Pero lo que más ha llamado la atención ha sido el aspecto que presenta el paisaje que nos rodea: todo está blanco y, sin embargo, no ha caído un copo de nieve. Es puro hielo. El aspecto que presentan los árboles es fantasmal, como si se hubieran calcificado.

A raíz de ésto, el viernes empezó a llamar a la puerta un resfriado pero no le hice mucho caso. Qué visita más inoportuna, a punto de estrenar el Ravel y la nariz amenazando con gotear sobre el teclado o que un estornudo se lleve la partitura por los aires. Imagínate. Lo que faltaba. Esta noche, que hemos acompañado a Merche a su casa después de cenar, el resfriado me esperaba en el portal. Pesadito que es el resfriado. Por si las moscas, hace un rato he echado mano de la Couldina efervescente, que mañana toca ensayo general, pero hace una media hora he recordado que a mí la Couldina me deja tristón, echo polvo, mira tú qué cosa más tonta. Qué cosas más raras son los efectos secundarios, te tomas un “alivio sintomático de los procesos leves de resfriado” (pone algo así, no me hagas ahora mirarlo que con la Couldina tambíén me entra pereza) y te entra una melancolía espesa. Una vez escuché en la radio a alguien que aseguraba que el Frenadol le ponía de muy mala leche, por eso yo nunca tomo Frenadol, sino Couldina, pero mi precaución por los efectos secundarios del Frenadol me hacen olvidar, siempre, los de la Couldina, hasta que pasa media hora y me empiezo a sentir una tristeza pegajosa y una pereza gris. Así que me voy a acostar ya y, con permiso, dejo hasta mañana los comentarios por responder. Es la Couldina, fijo.