Archivo por días: 20 diciembre, 2005

Relatividad

Es probable que, en música, el descubridor de la teoría de la relatividad fuera Haydn quien, en el primero de sus cuartetos Op. 33, de tanta importancia en el desarrollo del lenguaje musical, nos mantiene en vilo durante unos segundos haciéndonos dudar de si lo que escuchamos está en el tono de Re Mayor o en su relativo, si menor. Llamar a eso “teoría de la relatividad” es una licencia literaria, por supuesto, aunque ahora que lo pienso me parece que meterme a disculpar una travesura que la música comete contra la física desde la literatura enreda todavía más la madeja. No importa: voy a tirar un poco más del hilo.

Un siglo después, Johannes Brahms repite el experimento exactamente en los mismos términos (lo que hace suponer que teniendo en mente el caso de Haydn) en el comienzo de su maravilloso Quinteto para clarinete, escrito para el clarinetista Richard Mühlfeld. Las cuerdas comienzan trazando un ondulante arabesco en si menor para, a continuación, iniciar un progresivo descenso que les lleva a concluir, suavemente, la frase. Es entonces cuando el clarinete toma el relevo de la misma nota dejada en el aire por éstas e inicia el camino contrario, un luminoso ascenso, en esta ocasión en la tonalidad de Re Mayor, para repetir, una vez en las alturas, dicho arabesco y, ya puestos allí, expandir su vuelo. No será hasta el momento en que sus alas planeen de nuevo hacia abajo, para tomar tierra y devolver el testigo a las cuerdas cuando se produzca, otra vez, el cambio de tonalidad. De este modo, Brahms pone en relación el modo menor con los descensos y el modo Mayor con los ascensos. Pero el misterio está en los instantes ambiguos donde se produce el cambio.

El archivo de audio que viene a continuación confía en que hayamos tomado buena nota de los detalles: del arabesco, de las subidas y de las bajadas. Siempre hay tiempo de volver a echar una ojeada al párrafo anterior. Toca para nosotros José Luis Estellés junto con el Cuarteto Orpheus. Están soberbios en esta grabación imprescindible y me temo que inencontrable. Las últimas noticias hablaban de que una marca japonesa de utensilios de cocina regalaba en el país nipón el cd si comprabas el juego completo de cacerolas. En música, así se explica la teoría de los agujeros negros.

Brahms, Quinteto para clarinete Op. 115, primer movimiento.
(47 seg – 554 k. Mp3)

Lastre

El mayor lastre que arrastran las series españolas de televisión es su minutaje. El resurgir del formato, hace unos años, fue convenientemente aprovechado por las cadenas exigiendo a las productoras que estiraran el minutaje. El razonamiento era sencillo: si una serie funciona y da audiencia, ¿para qué sentarse a pensar nuevos formatos, para qué arriesgar apostando por nuevos productos? Se va a lo seguro y punto. Las cadenas son muy conservadoras. De esta manera, los guionistas se vieron forzados, a su pesar, a exceder las medidas establecidas por la convención: 23 minutos para una serie de media hora, 46 minutos para una serie de una hora (los minutos sobrantes van para publicidad). En esto los americanos son maestros e inflexibles salvo contadas excepciones excepcionales que, siempre, tienen una justificación, digámoslo así, expresiva.

El mayor mérito de una serie como “7 vidas” es sobrevivir 47 minutos tan espléndida habiendo nacido para durar 23. Otras no tienen tanta suerte, y es que duplicar la duración de una serie de una hora es un disparate. Las 4 o 5 subtramas de cada episodio se dilatan en exceso, el ritmo se resiente, y no todas las series saben salir airosas. Echas un ojo a la escaleta de los episodios de “Los Serrano”, que Globomedia sirve a Telecinco, y te entran agobios: 78 minutos, 72, ¡83 incluso!. Lo de “Los Serrano” (que ha vuelto esta noche) es una pena, porque bien formateada sería otra cosa muy distinta y bastante mejor.

Llenar 80 minutos semanales de tramas que apenas progresan tiene que ser un suplicio para los guionistas; digo yo que será por eso que, de puro aburrimiento, se ponen a jugar. Cómo explicar, si no, que en los pocos minutos que he visto esta noche hayan aparecido, seguidos, tres guiños cinéfilos que nada tenían que ver con la trama: el primero ha sido una alusión a una película de Chicho Ibáñez Serrador (“¿Quién puede matar a un niño?”); el segundo ha sido una parodia bastante literal del famoso discurso del alcalde de “Bienvenido Mister Marshall”, ya sabes, aquello de “como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación…” (hay que imaginarlo con la voz de don Pepe Isbert, ilustre inolvidable); y el tercero, el más evidente, ha sido una recreación grotesca de la escena del hachazo en la puerta de Jack Nicholson en “El Resplandor”, de Kubrick. Digo grotesca porque no era Jack Nicholson en su inquietante papel del desquiciado señor Torrance quien pretendía derribar la puerta tras la que se encontraba una aterrorizada Shelley Duvall sino que era “el Genaro”, matarife de cerdos, quien pretendía ejercer como tal con Antonio Resines (!)

Ignoro si ha habido más guiños cinéfilos pero es que me he puesto el abrigo y me he pasado un rato por “Cheers” (ay)

Cuenta atrás

Échale un vistazo a la imagen (pero no te marees) Nos has pillado con las manos en la masa.

Las manos de la izquierda son las mismas que pulsan las teclas que van dando forma a este blog. Las manos de la derecha son las que me enseñaron, hace muchos años, a desenvolverme en la geografía blanca y negra del piano sin riesgo de perderme. Ahora nos hemos encontrado, lo que añade cierta carga emotiva de carácter privado que se suma a la emoción que surge de la partitura para todos aquellos que quieran escucharnos.

Si te fijas en su mano derecha, comprobarás que está atenta para puntuar una frase como Dios manda en el instante preciso. Sin embargo, mi mano izquierda parece querer salirse de sí misma y ascender como una imagen fantasmal que se separa del cuerpo. Eso pasa cuando relajas la atención y se te sube el santo al cielo. En cualquier caso, ambas, su mano derecha y mi mano izquierda, son barreras fronterizas, guardianes del orden de lo que sucede en el centro de la escena, con las manos sobrantes agazapadas (algo se traen entre manos) en las que recae, en el instante en que fue captada la imagen, la responsabilidad principal del asunto.

Ya queda menos.