Hurto

“Empezaron los frailes a entrar en la iglesia y la hallaron a oscuras. Ya estaba conforme el hermano responsable con el castigo que no dejarían de aplicarle por una falta que no sabría explicar, cuando se observó, y fue por el tacto y el olor, que no era aceite lo que faltaba, que allí estaba derramado por el suelo, sino las lámparas, que de plata eran. Estaba aún fresco el desacato, si así se puede decir, pues las cadenas de donde habían colgado las susodichas lámparas oscilaban aún mansamente, diciendo, en lenguaje de alambre, Hace poco, hace poco.”

José Saramago, “Memorial del convento”. Traducción de Basilio Losada.

7 pensamientos en “Hurto

  1. Anonymous

    He regresado de un viaje extrainternetario. Y cuando vuelvo a este territorio virtual me encuentro de nuevo con Saramago. La imagen de los alambres que hablan ya dicen mucho del Maestro. Mucho Saramago. Mucho.

    Saludos, emejota.

    Tim

  2. emejota

    Saludos, Tim

    Nombrar a Saramago como Maestro, y hacerlo con mayúsculas me ha conmovido. Sobre gustos no hay nada escrito, por supuesto, pero no acabo de comprender la “ceguera” (debería decir ¿sordera?) de muchos ante la hermosa cadencia melódica de su narrar, oral, como de quien cuenta una historia alrededor de la lumbre. Que no acabe de comprenderlo no supone que no lo respete. La frase quizá sobra, pero mi experiencia en la blogosfera me ha enseñado a puntualizar.

    Para mí, el “decir” de Saramago es medicinal, balsámico, como los efectos que la música de Scarlatti obran en Blimunda. A veces enseño música con las frases de Saramago, y a veces no he conseguido que aprobaran un examen de formas o de armonía pero he conseguido un lector apasionado para quien “El año de la muerte de Ricardo Reis” se ha convertido, para siempre, en un año inolvidable. Este blog seguirá nombrando a don José, es inevitable. Cuando duele porque cura, cuando te sientes féliz para acompañar la dicha, dulcificándola. No lo puedo evitar.

    Un abrazo

  3. C.

    Abundan en la novela los fragmentos extraordinarios, como éste del hurto, y varias veces he debido detenerme a paladear alguno.

    Así que, después de la Inglaterra de los magos -y a pesar de haber ido después de ellos, con un listón tan tan alto-, estoy disfrutando mucho de esta obra, con lo que nuevamente agradezco que me sirvas de guía literario. Es un chollo.

    Y voy ahora con el “efecto Memorial”, que creo que tiene que ver con tu descripción de las percepciones del ritmo de esa prosa.
    Pues bien, a una le cuesta un buen rato dormir. Costumbres que se han asentado en la infancia -pensar, imaginar, rememorar en la hora mágica de la entrada al sueño- pueden convertirse en un sazonador del insomnio en la edad adulta, con las preocupaciones, las tensiones, las ausencias… A veces son pensamientos; otras, melodías las que se cuelan en las duermevelas. Agradables, persistentemente tristes, directamente plomizas…; las hay para todos los gustos. A menudo se coordinan: una melodía de fondo sobre la que van desenrollándose los pensamientos.

    Bueno, pues las noches en que he leído el Memorial antes de apagar la luz, lo que ha entrado en mi cabeza y me ha obligado a pensarlo todo con su ritmo ha sido la melodía-memorial. Verbigracia:
    Estos niños andan nerviosos, como cuando amenaza tormenta, o como cuando es nieve lo que se avecina, o como cuando uno está seguro de que va a producirse una catástrofe doméstica, porque ante esos acontecimientos suelen manifestarse estos otros: gritos, chillidos atroces, correteos, Ahora te quiero, Ahora te odio, y suenan igual, o casi igual, los gritos de alegría que los de Caín, Ahora te casco, Ahora te achucho, Mira, mamá, como se besan en las películas, y entonces nos preguntamos si estos niños no tienen algo de los desgraciados hermanos Tchaikowsky, pero no: éstos tienen madre, quita, quita, pensamiento, Mira, mamá, como luchan cuerpo a cuerpo en las películas, y nos preguntamos entonces, no sé qué nos preguntamos entonces, porque no se me ocurre así a botepronto otro símil literario en que se opongan los hermanos, y los habrá a cientos. Pero, en fin, ya se les pasará. Eso es lo que pensamos y por eso lo decimos. Será la gente bullendo en las calles, será la mezcla de los oratorios barrocos de Navidad con la Marimorena y los peces esos del río que fluye, donde la Virgen se acicala con esos peines de orfebrería, Sí, será esa mezcla, que es capaz de volver esquizofrénico al más pintado, Y el asunto de los Reyes, que se les nota la epidermis blanca, bien blanca, bajo la gruesa capa de pintura negra como hollín, como pizarra, como boca de lobo, toma tropos tópicos, Que no pueden ser los Reyes verdaderos, que los verdaderos seguro que van sólo a Madrid, qué jeta, los de Madrid, Que los pajes no trabajarán en su palacio de Oriente, porque hemos visto en la carroza a Ander, el hijo de la vecina de antes, Pero al final que no, que es imposible que sean los Reyes los padres, por una razón muy obvia, y es que está clarísimo que los Reyes son tres y los padres sólo dos. Y, nosotros, aunque sabemos perfectamente quiénes son los Reyes, asentimos, concedemos, aquiescemos, verbo que ya no existe en nuestro idioma, pero seguro que existió, porque nos queda su participio presente. De dónde si no.

    Bueno, pues así más o menos todo el rato, y durante muuuucho rato. No sé si he conseguido explicame. Pienso que también está contribuyendo el dolor de muela, que se despierta por las noches; bueno, el dolor de la muela que no tengo, claro, y en esto me pasará como a Baltasar con la izquierda amputada, o qué.
    ¿Cuándo desaparecen los síntomas (del efecto-memorial, no de la extracción?) ,-)

  4. emejota Autor

    Has conseguido explicarte perfectamente. Ya has pillado el tono y el ritmo, comprobando que el uno sin el otro no pueden estar o que el uno y el otro se funden en una cosa muy singular. Me temo que los síntomas no desaparecen pero eso es bueno; lo malo sería lo contrario. Yo ahora me iría al “Ensayo sobre la Ceguera” que es de los pocos libros del mundo del que se puede decir que es espantoso y no poder haber dicho algo más bello. El Ensayo es un libro claustrofóbico donde el ritmo se vuelve diabólico. Porque ni se acelera cuando el pulso se nos acelera ni se demora cuando lo mismo para hacernos rabiar: el secreto es marcar un compás de referencia y no separarse una corchea de él, pase lo que pase, aunque la mujer del médico quiera irse con su marido en la ambulancia porque también ella se ha quedado ciega.

    Y para respirar, después haría una zambullida en el maravilloso cuento de “Todos los nombres”. Es el orden perfecto. El Doctor Ricardo Reis, mientras tanto, espera en el Hotel Bragança, conversación no le falta con el espectro de Fernando Pessoa.

    (Los Reyes no son los padres, son las madres)

    ;)

  5. C.

    Qué razón tienes. Llevo toda la mañana de reina madre…

    Pero no sé que haré con lo de los libros. Ando estos días vaciando la casa paterna, y me parece que tendrá que esperar la ceguera, que la lágrima se asoma con facilidad y ya tengo los ojos un tanto sensibles.
    Como no tengo madre, me he buscado para Reyes los cuentos de Susanna Clarke, “Las damas de Grace Adieu”, y a lo mejor me doy otra vueltecita por Desesperanza…

  6. C.

    Lo que me espera en las dos primeras semanas de vuelta al trabajo no me va a dejar tiempo más que para relatos, me temo. Nada de novelones por ahora.

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