Cuenta 12 diciembre, 2005
Escrito por emejota en : Cine , 3 comentarios , trackback
Uno, dos, tres…
Si te colocas frente a un espejo en una habitación a oscuras con las estampas de 7 vÃrgenes, enciende dos velas, contempla el reflejo de tus ojos y empieza a contar. Cuando llegues a 60 podrás ver, en un instante fugaz, tu futuro.
A pesar de la oscuridad, espero no confundir mucho las teclas y poder contar que Belén y yo nos escapamos la otra tarde a ver “7 vÃrgenes”. ¿Por qué tenemos que desplazarnos 80 kilómetros para ver una pelÃcula con buena crÃtica, buena taquilla y premiada (Concha de Plata a la mejor interpretación masculina en San Sebastián), habiendo en nuestra ciudad 10 salas (9 + 1)? Misterio.
Catorce, quince, dieciséis…
A veces, las prótesis de mis manos fallan, es como si se produjera una descarga, un cortocircuito, y las manos se ven sacudidas por un espasmo involuntario durante una fracción de segundo. Pasa poco, afortunadamente, pero esta vez ha tenido que ocurrir al ir a sentarme mientras sostenÃa la caja de palomitas a rebosar. Han salido volando como ciento diez por todas las direcciones, menos mal que no habÃa nadie todavÃa. Belén se echa a reir cuando le hago ver el aspecto que presenta los alrededores de mi butaca en contraste con la sala tan pulcra. A ver si me va a reñir alguien. Me siento como si estuviera representando un gag de Mr. Bean recogiendo palomitas a toda velocidad, alejándolas con el pie del pasillo al escondite que hay entre butacas. Que apaguen pronto la luz, por favor.
Veintiocho, veintinueve, treinta…
Bajo mi punto de vista, en las últimas décadas, el cine español ha contado con dos niños actores tocados por la magia del duende, lo que les distancia sideralmente de todos los demás: son Ana Torrent y Juan José Ballesta. La mirada de ella, la sonrisa de él y la franqueza de ambos cautivan a la cámara.
Treinta y seis, treinta y siete, treinta y ocho…
“7 vÃrgenes” es una pelÃcula fascinante y extraña. Esa imagen estática de una ventana con la persiana casi hasta abajo dice más de su interior que si accediéramos a esa estancia. Esos pies que asoman de un colchón tendido en un balcón, tras una noche sofocante, cuentan por sà solos la biografÃa del durmiente, del que no hace falta ver siquiera su rostro. Hay un personaje (Ana Wagener) que lo dice todo sin abrir la boca apenas para decir 4 palabras en toda la proyección. De hecho, los actores, todos, si están brillantes es porque a lo mejor no actúan en una pelÃcula que, a lo mejor, es un documental.
Cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete…
48 horas de permiso fuera del reformatorio para asistir a la boda del hermano. 48 horas de libertad y desenfreno. 48 horas es el tiempo necesario para abrir los ojos a la verdad.
Dice el director de la pelÃcula que “para la mayor parte de la gente, los protagonistas de la pelÃcula no existen, forman parte de una realidad localizada en la sección de sucesos; un accidente geográfico inexplorado y ajeno a la clase media de cualquier paÃs. Es probable que alguna vez hayamos cruzado los lÃmites transparentes de su territorio, pero no hemos sido capaces de descifrar su lenguaje de gorras y ciclomotores. Es más fácil darle un significado al miedo que nos hace bajar la mirada cuando coincide con la de ellos y seguir desconociendo ese pequeño mundo. Pero existen”. Es cierto. Eso es lo que más inquieta de esta pelÃcula inquietante: que, sin conocerlo, “eso” te resulta familiar, de alguna manera sabes que está ahà y que es asÃ.
Cincuenta y cuatro, cincuenta y cinco, cincuenta y seis…
Quizá “7 vÃrgenes” no es la representación ficticia de un pedazo de existencia, sino que es la vida misma la que consiente representarse, durante 86 minutos, ante nuestros ojos.
Sesenta.
(mÃrate)