Puntuaciones

Si abres un periódico por la retaguardia y ves las películas que van a pasar hoy por la tele verás una fila de estrellitas al lado del título. La frase “vamos a ver ésta que le ponen 5 estrellas” es una expresión muy socorrida. Nos gusta puntuar y que otros puntúen.

Durante años, las madrugadas de la extinta Antena 3 Radio fueron testigo de una experiencia de paranoia colectiva alrededor de la voz de Carlos Pumares en aquel programa de título ambiguo que acompañó las noches de estudio de nuestra adolescencia: “Polvo de estrellas”. Durante horas, la centralita de la calle Oquendo 23 se colapsaba de gente que llamaba únicamente para dar lectura a interminables listas de películas para que el ínclito Pumares, como si de un gurú se tratara, emitiera su juicio infalible: buena, mala, ¡OBRA MAESTRA! (con esos gritos que hacían saltar los aparatos del control de la emisora), siguiente, una basura, no la he visto ni pienso y cosas así. Y punto. Quiero decir que la gente se conformaba con eso, sin ir más allá, sin pedir una explicación, sólo una, que justificara la respuesta del santón; se diría que hasta les hacía ilusión o, peor todavía, era como un alivio saber que Pumares consideraba buena una película que a tí también te lo había parecido aunque al llamar te arriesgabas a la traumática experiencia de que el “maestro” discrepara contigo y te obligara a desterrar para siempre de tu memoria un grato recuerdo.

A mí siempre me ha llamado la atención que en el mundo del cine se puntúen las películas (con estrellitas, con puntos, con lo que sea, el caso es puntuar) y que en el mundo de los libros también. Pero sobre todo me llama la atención que en el mundo de la música se puntúe… a los intérpretes. Uno puede puntuar “Ordet”, de Dreyer, por poner un ejemplo entre miles, o una obra de Borges, qué se yo; pero a nadie se le ocurre, al parecer, puntuar “La Pasión según San Mateo”, de Bach o la “Sinfonía de los 1000” de Mahler o un divertimento de Haydn. Es muy curioso. Personalmente siento como una especie de alivio que así sea pero no puedo dejar de preguntarme las razones que nos conducen a esta exclusión, porque no sé si lo hacemos por sentido común e inteligencia o por ignorancia o por puro snobismo intelectual. A veces he intentado ponerme en la piel de un crítico que tuviera que entregarse a esta misión y me bloqueo: ¿qué puntos (con sus décimas!) se merece el “Requiem alemán” de Brahms? ¿qué criterios debería seguir para hacer la media que diera como resultado la calificación final? ¿dónde debo buscar las diferencias entre la Pasión según San Mateo y la de San Juan, de Bach, para decantar los puntos de más de uno a otro plato de la balanza?

Introduzco el tema de las comparaciones porque nos gusta tanto como puntuar. Estos días me está llamando mucho la atención que la totalidad de las críticas de la última película de Woody Allen, “Match Point”, se empeña testarudamente en someterla a comparaciones con sus anteriores trabajos como único objetivo: que si remite a tal y cual o que si, en el fondo, tiene trocitos de ésta y aquélla aunque no se parezca en nada a todo lo anterior. Qué manía. Una cosa es que una obra sea un eslabón en la cadena creativa de la carrera de un artista estableciendo relaciones o explorando nuevos territorios a partir de la experiencia previa y otra que esa comparativa nos haga perder de vista la propia obra.

Voy a cambiar las tornas: voy a mirar desde el mundo de la música, donde no se suele puntuar a la obra, al del cine y la literatura donde sí se puntúa y en donde, en tantas ocasiones, la puntuación es el resumen rápido y único reclamo de nuestra atención de un análisis epidérmico e inconsistente. ¿No esteremos haciéndoles un flaco favor de esta manera? ¿No les estaremos haciendo de menos, sin pretenderlo?

En fin. Yo escuchaba “Polvo de estrellas” de Pumares todas las noches, no sabría puntuar con décimas “Annie Hall” y me siento incapaz de comparar el Concierto para piano Nº 27 de Mozart con el 23. Respeto a quienes lo hagan, por supuesto, y hay quien lo hace con cierta gracia incluso. Por mi parte, yo me entusiasmo con lo que me apasiona y no puedo resistirme a la tentación de comunicarlo a quienes me rodean, pero no tengo balanza para medir.

Un pensamiento en “Puntuaciones

  1. Anonymous

    La vida, por desgracia, está llena estrellitas, de cero a cinco, y de notas, de cero a diez. Consecuentemente las personas miran más a la nota que al disfrute o al aprendizaje. Si se eliminasen las notas que miden a los escolares, por ejemplo, otro gallo cantaría. “Si quieres que alguien disfrute de la Música no lo mandes a un Conservatorio, si quieres que alguien disfrute de la Literatura no lo lleves a Educación Secundaria” (la frase no es mía)…y así sucesivamente. Las pocas excepciones, que se dan, no justifican el fracaso de la mayoría.
    Como tú, emejota, pienso que las balanzas son para otra cosa.

    Tim

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