Archivo por días: 6 diciembre, 2005

Suspensión

Tras las anotaciones que en días anteriores he dedicado a reflexionar sobre la figura del retardo y a la correspondencia entre la música y el texto que se canta, se me ocurre que podría concluir esta “trilogía involuntaria” buscando un ejemplo en el que el uso del retardo venga justificado por la expresión del texto. Y es que anda rondando por mi cabeza desde hace días un fragmento que me parece precioso aunque reconozco que no pega mucho sacar a colación los “Responsorios de Semana Santa” de Tomás Luis de Victoria ahora que deberíamos estar ensayando el “Adeste fideles”. Pero pasan dos cosas: una, que si lo dejo para Semana Santa igual se me olvida, con la cabeza que tengo; y dos, que vete tú a saber si para entonces “La Idea del Norte” no será un recuerdo lejano. Por si acaso, he decidido ponerlo, y otro día ya sacaremos las panderetas y las zambombas. Hay tiempo para todo.

El ejemplo que propongo está sacado del “Amicus meus”, que habla de la traición de Judas y sus remordimientos de conciencia posteriores. El texto dice así:

“Aquél a quien yo bese, ese es; prendedle.
Esa fue la maldita señal,
cometió asesinato con un beso.
El desgraciado rechazó el precio de la sangre
y finalmente se ahorcó”.

Lo que nos interesa es el último verso, que en latín, que es la lengua que utiliza Victoria, se escribe de esta manera:

“et in fine laqueo se suspendit”

Las intenciones de Victoria giran alrededor de ese “suspendit”. Lo primero que llama la atención es que la obra no termina en tónica sino que queda “suspendida” en la dominante. Los músicos saben a qué me refiero (aunque esté “tonalizando” a Victoria); los que no sean músicos, que no se me asusten porque lo van a comprender igualmente sin problemas: las palabrejas anteriores vienen a decir que la obra termina… sin terminar, dejando una sensación en el oyente de que falta algo, de que la cosa queda sin culminar, como en puntos suspensivos. Ello obedece a la intención de ilustrar musicalmente ese “suspendit” que a Victoria le interesa tanto. Pero eso sólo es el principio.

Ahora vamos a echar un vistazo a la partitura para ver la manera en que la música subraya este momento tan dramático:

Los cuatro pentagramas que vemos representan las cuatro voces del conjunto coral. Observemos lo que ocurre en el tercero, en la voz de los tenores, concretamente en el penúltimo compás, marcado en rojo: de entre la frondosidad del tejido polifónico, surge de repente una señal. Victoria rompe la suavidad del trazo de la línea melódica obligándoles a efectuar un salto abrupto, un cambio de registro hacia la región de los agudos. Un gesto así tiene que oirse, debe oirse. Lo que pretende Victoria en ese instante que va a configurar el clímax de la composición es “suspender” la melodía allá arriba, entre las líneas superiores del pentagrama y no sólo eso, sino que además esa nota suspendida va a ser prolongada invadiendo el compás final (el retardo), desplazando de su sitio a la última nota y manteniendo en suspenso la resolución definitiva. Por ese motivo, si nos fijamos, la sílaba “-dit” que entonan los tenores es la única que no coincide con las demás voces que sí han conseguido simultanearla en el mismo lugar.

Sobra decir que el efecto resultante es de una belleza sobrecogedora.

Puntuaciones

Si abres un periódico por la retaguardia y ves las películas que van a pasar hoy por la tele verás una fila de estrellitas al lado del título. La frase “vamos a ver ésta que le ponen 5 estrellas” es una expresión muy socorrida. Nos gusta puntuar y que otros puntúen.

Durante años, las madrugadas de la extinta Antena 3 Radio fueron testigo de una experiencia de paranoia colectiva alrededor de la voz de Carlos Pumares en aquel programa de título ambiguo que acompañó las noches de estudio de nuestra adolescencia: “Polvo de estrellas”. Durante horas, la centralita de la calle Oquendo 23 se colapsaba de gente que llamaba únicamente para dar lectura a interminables listas de películas para que el ínclito Pumares, como si de un gurú se tratara, emitiera su juicio infalible: buena, mala, ¡OBRA MAESTRA! (con esos gritos que hacían saltar los aparatos del control de la emisora), siguiente, una basura, no la he visto ni pienso y cosas así. Y punto. Quiero decir que la gente se conformaba con eso, sin ir más allá, sin pedir una explicación, sólo una, que justificara la respuesta del santón; se diría que hasta les hacía ilusión o, peor todavía, era como un alivio saber que Pumares consideraba buena una película que a tí también te lo había parecido aunque al llamar te arriesgabas a la traumática experiencia de que el “maestro” discrepara contigo y te obligara a desterrar para siempre de tu memoria un grato recuerdo.

A mí siempre me ha llamado la atención que en el mundo del cine se puntúen las películas (con estrellitas, con puntos, con lo que sea, el caso es puntuar) y que en el mundo de los libros también. Pero sobre todo me llama la atención que en el mundo de la música se puntúe… a los intérpretes. Uno puede puntuar “Ordet”, de Dreyer, por poner un ejemplo entre miles, o una obra de Borges, qué se yo; pero a nadie se le ocurre, al parecer, puntuar “La Pasión según San Mateo”, de Bach o la “Sinfonía de los 1000” de Mahler o un divertimento de Haydn. Es muy curioso. Personalmente siento como una especie de alivio que así sea pero no puedo dejar de preguntarme las razones que nos conducen a esta exclusión, porque no sé si lo hacemos por sentido común e inteligencia o por ignorancia o por puro snobismo intelectual. A veces he intentado ponerme en la piel de un crítico que tuviera que entregarse a esta misión y me bloqueo: ¿qué puntos (con sus décimas!) se merece el “Requiem alemán” de Brahms? ¿qué criterios debería seguir para hacer la media que diera como resultado la calificación final? ¿dónde debo buscar las diferencias entre la Pasión según San Mateo y la de San Juan, de Bach, para decantar los puntos de más de uno a otro plato de la balanza?

Introduzco el tema de las comparaciones porque nos gusta tanto como puntuar. Estos días me está llamando mucho la atención que la totalidad de las críticas de la última película de Woody Allen, “Match Point”, se empeña testarudamente en someterla a comparaciones con sus anteriores trabajos como único objetivo: que si remite a tal y cual o que si, en el fondo, tiene trocitos de ésta y aquélla aunque no se parezca en nada a todo lo anterior. Qué manía. Una cosa es que una obra sea un eslabón en la cadena creativa de la carrera de un artista estableciendo relaciones o explorando nuevos territorios a partir de la experiencia previa y otra que esa comparativa nos haga perder de vista la propia obra.

Voy a cambiar las tornas: voy a mirar desde el mundo de la música, donde no se suele puntuar a la obra, al del cine y la literatura donde sí se puntúa y en donde, en tantas ocasiones, la puntuación es el resumen rápido y único reclamo de nuestra atención de un análisis epidérmico e inconsistente. ¿No esteremos haciéndoles un flaco favor de esta manera? ¿No les estaremos haciendo de menos, sin pretenderlo?

En fin. Yo escuchaba “Polvo de estrellas” de Pumares todas las noches, no sabría puntuar con décimas “Annie Hall” y me siento incapaz de comparar el Concierto para piano Nº 27 de Mozart con el 23. Respeto a quienes lo hagan, por supuesto, y hay quien lo hace con cierta gracia incluso. Por mi parte, yo me entusiasmo con lo que me apasiona y no puedo resistirme a la tentación de comunicarlo a quienes me rodean, pero no tengo balanza para medir.