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Año nuevo 31 diciembre, 2005

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Hay un momento del año en el que todos hacemos lo mismo y es el instante de tomar las 12 uvas. Ya lo cantó Mecano en aquella canción maravillosa (“entre pitos y gritos los españolitos, enormes, bajitos, hacemos por una vez algo a la vez…”). Tengo la costumbre de imaginar rostros de diferentes personas cada vez que que suena una campanada y cojo la uva correspondiente del plato y me la meto en la boca y pienso: él o ella también está haciendo lo mismo, y experimento una curiosa sensación. Esta vez, la última me la he dedicado a mí mismo: he pensado en mí mismo tomando la última uva mientras tomaba la última uva. No lo sabe nadie todavía, pero esa última uva ha cerrado un ciclo y va a abrir otro. Está decidido: año nuevo, vida nueva, pero de verdad. No hay que tomar la expresión al pie de la letra, claro, pero tengo la sensación de que los últimos tres años he estado izando velas, atando cabos y llega el momento de tomar la iniciativa, tomar el timón, e iniciar un rumbo distinto, que es el rumbo que me lleva a ser yo mismo. Creo que ya sé lo que quiero, creo que ya sé quien soy, ahora necesito confirmarlo. Hacia allá parto, con cierta curiosidad, sin prisa pero con decisión.

Mis felicitaciones a todos, la bienvenida a Mozart en su año (un deseo: ya que lo vamos a tener hasta en las tartas de chocolate, que ya he visto varias, a ver si hay suerte y alguien, de paso, nos desvela el secreto de su milagro) y una dedicatoria: a Leon Werth, cuando era niño.

Carta 30 diciembre, 2005

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No, no me ha sorprendido encontrarme contigo. Tú, que me conociste bien, sabes que no miento si te digo que, de alguna forma, he sabido esta mañana que tenía que pasar cuando al salir de una tienda y pararme ante el semáforo, he sentido una inquietud extraña, un vacío en el pecho y he pensado en tí. Por eso esta tarde, cuando he levantado la cabeza y te he visto a pocos metros viniendo con alguien en dirección contraria a la mía, no me ha sorprendido. Quién lo iba a decir, ¿verdad? Hace un par de años, la mera posibilidad de encontrarme contigo, aunque fuera de lejos, me hubiera causado espanto y habría huído despavorido. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya?

No, no me ha sorprendido verte pero no te negaré que ha sido toda una conmoción. Sobre todo el abrazo, del todo inesperado, tanto que no he podido saber si me confortaba o me escocía. La caprichosa casualidad ha querido que tuviéramos que compartir unos metros que a lo mejor se nos han hecho interminables o a lo mejor nos han sabido a poco. Como era de esperar, no has dejado de hablar de manera despreocupada, como si nada hubiera ocurrido. Las situaciones incómodas siempre te han hecho actuar así pero el tono te delata. Yo he respondido apenas con monosílabos porque ayer toqué a Ravel y Ravel, recuérdalo, me deja un tiempo sin saber qué decir. Sin embargo, he escuchado atentamente todo lo que me contabas, lo que ha sido de tí en este tiempo; te he escuchado con sumo interés a pesar de que todo eso yo ya lo conocía: lo dicho y lo que no has dicho, por falta de tiempo o porque ya pasó el tiempo de decir según qué cosas. Contradictorio en alguien que no quiso volver a saber, lo sé. Soy un caso, cosa que ya sabes de sobra.

Lo que no conocía es lo que contaban tus ojos. Siempre has hablado mejor con los ojos o, por lo menos, cuando el discurso de las palabras no concordaba con el de los ojos, aprendí (me costó) que había que hacer caso a estos últimos. En tus ojos, esta tarde, he visto que ya has conocido el dolor. No sé dónde ni cuándo, ni cuánto te ha afectado, pero ha ocurrido seguro. Has cambiado. Yo también. Me pregunto qué habrás visto tú en mis ojos, qué habrás sentido al verme, qué te ha hecho aceptar un segundo abrazo, esta vez mío. Tú eres la única persona que ha sacado de mí lo mejor y lo peor. Siempre te agradeceré lo primero, me costará perdonarme lo segundo aunque algo es algo: hubo un tiempo en que te estuve muy agradecido por haber sacado de mí lo peor y hacer los ensayos contigo.

Cuando te has ido me he sentido muy confuso y todavía tengo un nudo en el estómago que ha ido ascendiendo por el pecho y que saldrá en forma de berrinche o de llanto, llanto que ya conoces, como yo conocí el tuyo. La primera vez que me viste llorar fue porque llorabas. No pude soportarlo. Hay veces que llorar es bueno pero para hacerlo hay que encontrar el motivo. ¿Cuál fue el motivo de aquel llanto tuyo? Desde hace un rato tengo el llanto en la garganta pero todavía no sé qué hay que llorar: si el encuentro, el recuerdo o la despedida. Porque lo de hoy ha sido algo que teníamos pendiente: decirnos adios como Dios manda; hacerlo con una sonrisa, con buenas palabras, con el tono dulce y un tercer abrazo.

En el recuerdo de los buenos tiempos, te busco, te encuentro, y te deseo lo mejor.

Recuerdo 30 diciembre, 2005

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A principios del pasado verano, fui a casa de Javier Romé a pedirle la mano. En realidad, ya puestos, le pedí las dos, que es lo que necesitaba para poner en marcha el proyecto Ravel. En pocos segundos me dio el “sí quiero” ante la sonrisa de Mila, su mujer, y lo volvió a decir tras decirle que lo pensara bien y recordarle que 8 de mis 10 dedos tienen prótesis y que 6 no funcionan. De paso, dejé caer lo de las chocolatinas, y que tuviera en cuenta el “factor temblor”, él ya sabe qué es eso, lo ha vivido muchas veces, y de que en mi porción de partitura no iba a aparecer ninguna anotación porque me despistan los números y yo la música la siento por el tacto y de otra manera las cuentas no me salen. Le dije eso y un par de pequeñas manías más. “No importa”, dijo él. “Pues tú verás”, dije yo. “Menuda pareja”, sentenció Mila levantándose para salir al jardín. Desde ese mismo instante, iniciamos una estrecha convivencia armoniosa, eso sí, en régimen de separación de bienes: esta parte del teclado para ti, esta parte para mí; este “fa” me lo quedo yo, este “sol” te lo puedes llevar, que no tengo sitio.

Durante todo este tiempo hemos vivido juntos una experiencia que nos ha enriquecido mutuamente. Hemos trabajado mucho y muy duro pero también hemos disfrutado muchísimo. En la foto de arriba, que pongo aquí a modo de recuerdo, la lamparita ilumina el sendero que debemos recorrer hasta el corazón de las historias de Ravel. Esa es la parte visible, la que regalamos ayer a todos con todo el corazón. Lo que ocurrió en la trastienda, con sus momentos hilarantes y su espacio para que afloraran las emociones, queda para nosotros, intacto, para siempre.

Agradecimiento 29 diciembre, 2005

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RavelYa lo he dicho en anteriores ocasiones: a mí, Ravel me deja sin voz. Como hoy he tenido que interpretarlo en dos conciertos no me salen las palabras, al menos no todavía. De momento, después de cenar han salido algunas lágrimas, de las buenas, y en las manos todavía ha quedado un resto del calor que se forma cuando pones el corazón en la punta de los dedos y lo proyectas a todos los corazones. Hasta que consiga volver a ponerlo en su sitio lo que necesito es silencio. Ha sido una experiencia maravillosa. 260 gracias.

Inocentada 28 diciembre, 2005

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Sin hacer ruido, como quien hace una travesura sin que nadie se entere, esta tarde nos hemos desplazado a una pequeña localidad cercana (10.000 habitantes) para tocar nuestro Ravel a 4 manos, que estrenamos mañana (ya hoy) en sesión doble porque la venta de localidades ha funcionado muy bien. Ha sido una especie de ensayo general con público.

Ayer por la mañana, a las puertas de la sala donde se iba a desarrollar el concierto, un resbalón en una traicionera placa de hielo me hizo valorar, más que nunca, la decisiva ayuda de las otras dos manos que me acompañan en esta aventura de montar “Ma mère l´Oye” porque si no llegan a sujetarme me rompo la crisma. Cuando minutos después nos sentamos ante el Yamaha de cola percibimos, al instante, que la afinación dejaba mucho que desear, demasiado teniendo en cuenta que dicha afinación había tenido lugar el día anterior, por lo que solicitamos, educadamente, que el afinador diera un nuevo repaso al instrumento antes del concierto. Cuando pulsamos cierto intervalo que a la Emperatriz de las Pagodas le gusta escuchar mientras se toma su baño casi se nos ahoga del susto. Con eso digo todo.

Hoy hemos llegado con dos horas de antelación, la partitura en una mano y la americana en la otra y conforme entrábamos a la sala nos han informado que, tal y como habíamos sugerido, el afinador había retocado de nuevo el piano. Craso error por nuestra parte sugerir semejante cosa: el piano estaba peor. Pero el susto mayor ha venido justo después, cuando nos hemos dado cuenta de que el “do” central, y el “la” que se encuentra dos notas a su izquierda y el “mi” que está a la derecha, una octava más arriba, se quedaban hundidos aun cuando el dedo dejaba de pulsar las respectivas teclas. El hecho, insólito donde los haya (ponte en nuestro lugar porque ya no son dos las horas que faltan para el concierto, sino poco más de una y ya se escucha algo de movimiento fuera de la sala) parecería la inocentada de turno que la fecha del calendario determina si no fuera porque de inocentada no tenía nada. Afortunadamente, hemos descubierto de forma casual que manteniendo accionado el pedal izquierdo continuamente tal suceso no ocurría, quizá porque el ligero desplazamiento del teclado que tal acción produce evitaba que “algo” que no hemos sido capaces de identificar atrapara las susodichas teclas.

Pero el remedio, el parche, tiene, como la Couldina efervescente, efectos secundarios adversos: el pedal izquierdo funciona como sordina, atenua el sonido que sale del piano. Y tocar a través de un velo espeso las minuciosas y variadas dinámicas de Ravel no ha sido agradable. Que, a pesar de todo, el concierto haya resultado muy bien nos ha hecho sentirnos muy satisfechos. Después de lo sucedido, tocar mañana (hoy) va a resultarnos mucho más fácil, dado que el instrumento es excelente, nos es familiar, y el afinador tiene manos de oro.

Dejo anotado, por hecho destacable en lo personal, que por primera vez en mi vida he tocado en público sin que me temblaran las manos. Las causas creo que son muy diversas, y empiezan en la persona que comparte conmigo la mitad del teclado y acaban muy lejos, más allá del bosque encantado que hemos transitado, a la luz de una lamparita sobre el piano, en una sala en penumbra y en cálido silencio.

Ojos 27 diciembre, 2005

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Joseph RatzingerEstoy leyendo la desconcertante y estimulante novela “Caja negra”, de Pablo Sánchez, que empieza diciendo que “el gran misterio de la vida no es, desde luego, la existencia de Dios. Después de Auschwitz, ese enigma se desvaneció”.

(Yo tiendo a pensar que Dios es otra cosa aunque desde pequeñito los curas y las monjas han hecho grandes esfuerzos por quitarme la idea de la cabeza)

Por si quedaran dudas, hoy nos hemos enterado de que “no es el Espíritu Santo el que dicta a los cardenales el nombre del Papa. La frase no viene en la novela de Pablo Sánchez, sino que fue dicha en 1978 por Joseph Ratzinger, entonces inquisidor, hoy Papa. Al menos, el tipo es sincero en algo.

Recuerdo que la tarde en que a todos se nos quedó la boca abierta ante la tele cuando su nombre fue dicho, solemnemente, por los micrófonos un nubarrón cubrió el cielo de Roma y un viento borrascoso recorrió la plaza de San Pedro alborotando los hábitos de las monjas que lloraban, no se sabe si de emoción o de espanto. Después, alguien dijo muy serio que, desde luego, Dios no había elegido a ese Papa y semanas más tarde, otra voz menos seria dijo con criterio estético de corte frívolo que hasta el uniforme le sentaba fatal. Hay a quien no le sienta nada bien el blanco.

Hoy cuenta Juan Arias en el periódico que un cardenal brasileño, rompiendo un pacto de silencio muy del gusto vaticano, ha revelado las artimañas de Ratzinger para hacerse con el puesto y, al parecer, entre ellas estuvo la de hacer correr la voz de que su rival sufría de Parkinson. Es conmovedora la caridad cristiana de algunas personas, que tanto se preocupan por la salud del prójimo y le procuran descanso ofreciéndose a cambio para hacerte un favor. Se suele decir que la cara es el reflejo del alma. Yo, desde luego, no veo a Dios en la mirada oscura de este hombre que se escuda con su mano enjoyada tras el defensor de los desheredados.

Hielo 26 diciembre, 2005

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Si el parte meteorológico no falla, hoy nos libraremos, al fin, de un curioso fenómeno climático que nos ha mantenido perplejos durante varios días. A veces ocurre que se dan ciertas circunstancias (ahora no recuerdo cuáles) que hacen que el valle del Ebro quede cubierto por una persistente niebla que se estanca durante varios días, creando una especie de blindaje bajo el cual todas las horas tienen la luz de plomo del atardecer y donde el termómetro no deja de estar en negativo ni siquiera en las horas centrales del día. Las bajas temperaturas han llegado a producir en varios momentos que la propia niebla se congele dejando caer minúsculos cristales de hielo. Lo curioso es que fuera de los límites del valle por los que transcurre el río el tiempo es plenamente anticiclónico y brilla el sol, pero aquí, mientras tanto, a las continuas temperaturas negativas (-8) le sumamos la densa humedad que acentúa la sensación de gelidez. La niebla moja el suelo que, inmediatamente, se congela, convirtiéndolo en una pista de patinaje; los carámbanos cuelgan de las guirnaldas de bombillas que atraviesan las calles y las cañerías de agua se han congelado en muchos puntos de la ciudad. Pero lo que más ha llamado la atención ha sido el aspecto que presenta el paisaje que nos rodea: todo está blanco y, sin embargo, no ha caído un copo de nieve. Es puro hielo. El aspecto que presentan los árboles es fantasmal, como si se hubieran calcificado.

A raíz de ésto, el viernes empezó a llamar a la puerta un resfriado pero no le hice mucho caso. Qué visita más inoportuna, a punto de estrenar el Ravel y la nariz amenazando con gotear sobre el teclado o que un estornudo se lleve la partitura por los aires. Imagínate. Lo que faltaba. Esta noche, que hemos acompañado a Merche a su casa después de cenar, el resfriado me esperaba en el portal. Pesadito que es el resfriado. Por si las moscas, hace un rato he echado mano de la Couldina efervescente, que mañana toca ensayo general, pero hace una media hora he recordado que a mí la Couldina me deja tristón, echo polvo, mira tú qué cosa más tonta. Qué cosas más raras son los efectos secundarios, te tomas un “alivio sintomático de los procesos leves de resfriado” (pone algo así, no me hagas ahora mirarlo que con la Couldina tambíén me entra pereza) y te entra una melancolía espesa. Una vez escuché en la radio a alguien que aseguraba que el Frenadol le ponía de muy mala leche, por eso yo nunca tomo Frenadol, sino Couldina, pero mi precaución por los efectos secundarios del Frenadol me hacen olvidar, siempre, los de la Couldina, hasta que pasa media hora y me empiezo a sentir una tristeza pegajosa y una pereza gris. Así que me voy a acostar ya y, con permiso, dejo hasta mañana los comentarios por responder. Es la Couldina, fijo.

Nochebuena 24 diciembre, 2005

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Esta noche, Papá Noel me ha traído lo que había pedido: tranquilidad. La tranquilidad que da sentir la satisfacción de la compañía de mis hermanos, y de mi madre, y la alegría de los sobrinos (la alegría de la Navidad la traen los niños), y la abuela (más abuela que otros años, lo que a cierta edad viene a ser menos) y la conversación relajada, y el brindis porque ya pasó todo y estamos aquí. Juntos. Ha sido el regalo más hermoso. No pido más.
Feliz Navidad.

Columna 23 diciembre, 2005

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Volvía a la tarde en el tren y por las ventanillas no se veía nada por la niebla cuando sonó el móvil. Llamaban de una emisora. Me explicaron que, por costumbre, al final del informativo de la semana viene una columna, a modo de epílogo, como pasa en la última página del periódico. La columna la ocupa cada semana alguien distinto para exponer, en 30 líneas, un comentario político, una reflexión sobre un asunto social o … (no me enteré de más porque aquí se fue la cobertura). Volvieron a llamar. Pues eso, que la columna. 30 líneas. Lógicamente, que tras la explicación viniera el correspondiente encargo no me sorprendió pero sí me entró cierto agobio por varias razones: por no saber qué decir, por sumarle 30 líneas a las 4 manos de Ravel (demasiado estrés para estos días) y porque decirles que no, que era la salida más fácil, me daba rabia porque siempre se portan muy bien conmigo. Si yo tuviera que llenar 30 líneas no hablaría de política y cosas así, te arriesgas a que me salga un elogio de la luz de las 6 y 20 en Noviembre, tú verás (le dije). Es que eso es lo que quiero, algo distinto para terminar el año. ¿Para cuándo? Para ya.

(silencio)

Pues vale. Pues gracias.

Saqué del bolsillo del abrigo una libreta pequeña que llevo siempre y empecé a tomar notas sin pensarlo mucho. Al principio, la columna me salía torcida por el vaivén del tren pero aprovechaba las paradas para reforzar las paredes. Cuando llegué a casa ya me estaba esperando el técnico al otro lado del teléfono para hacer la grabación, así que apenas tuve tiempo de quitarme el abrigo y dejar las bolsas con lo que Papá Noel me había entregado para los sobrinos.

La pongo aquí para que lo que en ella se dice valga para todos. En la grabación no se nota, pero tengo la punta de la nariz helada.

Epílogo.
(2 min, 40 seg – 1,80 MB. Mp3)

Aria 22 diciembre, 2005

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Hoy he asistido a un concierto y he escuchado a una niña de 11 años cantar un Aria de una Cantata de Bach. Ha sido una revelación. Sacudido por una fuerte emoción he comprendido, de pronto, que las Cantatas necesitan de los niños. No se trata de una razón purista (que en música suele producir sinrazones bastante impuras) por el hecho de que fueron niños quienes cantaron, en vida de Bach, esas piezas. A menudo oímos comentarios del tipo: “y pensar que Bach tuvo que componer para aquellos pobres niños desnutridos de la Escuela de Santo Tomás que tanto deslucían sus obras…”, pero hoy me he dado cuenta de que si Bach escribió “eso” y de “esa” manera quizá fue porque vio con claridad lo que yo apenas he conseguido entrever esta tarde al mirar los ojos de esa niña y la expresión de su cara y que, aún así, me ha conmovido tanto: la expresión y la mirada de estupor de quien se siente sobrepasado por aquello que, sin embargo, nace de sí mismo; el pasmo de sentirse instrumento portavoz de un misterio desconocido y al mismo tiempo y quizá por eso recreador de su hermosura. Mirando esos ojos, y por una razón que no sabría explicar, que la garganta tenga telarañas y la afinación se resienta en los intervalos amplios deja de ser una impureza para pasar a ser puro gozo, elemento imprescindible e inseparable del conjunto que armoniza en perfecta consonancia con él como la rúbrica que confirma el milagro.

Lotería 21 diciembre, 2005

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La verdadera música de la Navidad es la de la lotería. La letanía de los niños de San Ildefonso (¿ha reparado alguien que al cantar los números entonan las notas del comienzo del “Noche de Paz”?), el rumor denso de los grandes bombos girando lentamente, la elevación súbita y emocionada que preludia la llegada del premio, el estrépito de voces y flashes, la puntualización serena del secretario de mesa (contrapunto riguroso a la melodía ornamental), las voces de la radio, vendido en la administración número tal, las risas nerviosas de los agraciados desde la tal administración bautizando la suerte con cava… La música de la Navidad es la de la lotería. Yo espero que este año me toque un pedacito de suerte, pero lo espero para el viernes. Yo ya me entiendo.

Invierno 21 diciembre, 2005

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Más o menos a la misma hora que hacía entrada el invierno, a la caída de esta tarde fría, “La Idea del Norte” recibía la visita número 10.000 desde que el departamento responsable de la contabilidad se puso en marcha en un rinconcito de la trastienda de este blog.

10.000 gracias a todos.

Relatividad 20 diciembre, 2005

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Es probable que, en música, el descubridor de la teoría de la relatividad fuera Haydn quien, en el primero de sus cuartetos Op. 33, de tanta importancia en el desarrollo del lenguaje musical, nos mantiene en vilo durante unos segundos haciéndonos dudar de si lo que escuchamos está en el tono de Re Mayor o en su relativo, si menor. Llamar a eso “teoría de la relatividad” es una licencia literaria, por supuesto, aunque ahora que lo pienso me parece que meterme a disculpar una travesura que la música comete contra la física desde la literatura enreda todavía más la madeja. No importa: voy a tirar un poco más del hilo.

Un siglo después, Johannes Brahms repite el experimento exactamente en los mismos términos (lo que hace suponer que teniendo en mente el caso de Haydn) en el comienzo de su maravilloso Quinteto para clarinete, escrito para el clarinetista Richard Mühlfeld. Las cuerdas comienzan trazando un ondulante arabesco en si menor para, a continuación, iniciar un progresivo descenso que les lleva a concluir, suavemente, la frase. Es entonces cuando el clarinete toma el relevo de la misma nota dejada en el aire por éstas e inicia el camino contrario, un luminoso ascenso, en esta ocasión en la tonalidad de Re Mayor, para repetir, una vez en las alturas, dicho arabesco y, ya puestos allí, expandir su vuelo. No será hasta el momento en que sus alas planeen de nuevo hacia abajo, para tomar tierra y devolver el testigo a las cuerdas cuando se produzca, otra vez, el cambio de tonalidad. De este modo, Brahms pone en relación el modo menor con los descensos y el modo Mayor con los ascensos. Pero el misterio está en los instantes ambiguos donde se produce el cambio.

El archivo de audio que viene a continuación confía en que hayamos tomado buena nota de los detalles: del arabesco, de las subidas y de las bajadas. Siempre hay tiempo de volver a echar una ojeada al párrafo anterior. Toca para nosotros José Luis Estellés junto con el Cuarteto Orpheus. Están soberbios en esta grabación imprescindible y me temo que inencontrable. Las últimas noticias hablaban de que una marca japonesa de utensilios de cocina regalaba en el país nipón el cd si comprabas el juego completo de cacerolas. En música, así se explica la teoría de los agujeros negros.

Brahms, Quinteto para clarinete Op. 115, primer movimiento.
(47 seg – 554 k. Mp3)

Lastre 20 diciembre, 2005

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El mayor lastre que arrastran las series españolas de televisión es su minutaje. El resurgir del formato, hace unos años, fue convenientemente aprovechado por las cadenas exigiendo a las productoras que estiraran el minutaje. El razonamiento era sencillo: si una serie funciona y da audiencia, ¿para qué sentarse a pensar nuevos formatos, para qué arriesgar apostando por nuevos productos? Se va a lo seguro y punto. Las cadenas son muy conservadoras. De esta manera, los guionistas se vieron forzados, a su pesar, a exceder las medidas establecidas por la convención: 23 minutos para una serie de media hora, 46 minutos para una serie de una hora (los minutos sobrantes van para publicidad). En esto los americanos son maestros e inflexibles salvo contadas excepciones excepcionales que, siempre, tienen una justificación, digámoslo así, expresiva.

El mayor mérito de una serie como “7 vidas” es sobrevivir 47 minutos tan espléndida habiendo nacido para durar 23. Otras no tienen tanta suerte, y es que duplicar la duración de una serie de una hora es un disparate. Las 4 o 5 subtramas de cada episodio se dilatan en exceso, el ritmo se resiente, y no todas las series saben salir airosas. Echas un ojo a la escaleta de los episodios de “Los Serrano”, que Globomedia sirve a Telecinco, y te entran agobios: 78 minutos, 72, ¡83 incluso!. Lo de “Los Serrano” (que ha vuelto esta noche) es una pena, porque bien formateada sería otra cosa muy distinta y bastante mejor.

Llenar 80 minutos semanales de tramas que apenas progresan tiene que ser un suplicio para los guionistas; digo yo que será por eso que, de puro aburrimiento, se ponen a jugar. Cómo explicar, si no, que en los pocos minutos que he visto esta noche hayan aparecido, seguidos, tres guiños cinéfilos que nada tenían que ver con la trama: el primero ha sido una alusión a una película de Chicho Ibáñez Serrador (“¿Quién puede matar a un niño?”); el segundo ha sido una parodia bastante literal del famoso discurso del alcalde de “Bienvenido Mister Marshall”, ya sabes, aquello de “como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación…” (hay que imaginarlo con la voz de don Pepe Isbert, ilustre inolvidable); y el tercero, el más evidente, ha sido una recreación grotesca de la escena del hachazo en la puerta de Jack Nicholson en “El Resplandor”, de Kubrick. Digo grotesca porque no era Jack Nicholson en su inquietante papel del desquiciado señor Torrance quien pretendía derribar la puerta tras la que se encontraba una aterrorizada Shelley Duvall sino que era “el Genaro”, matarife de cerdos, quien pretendía ejercer como tal con Antonio Resines (!)

Ignoro si ha habido más guiños cinéfilos pero es que me he puesto el abrigo y me he pasado un rato por “Cheers” (ay)

Cuenta atrás 20 diciembre, 2005

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Échale un vistazo a la imagen (pero no te marees) Nos has pillado con las manos en la masa.

Las manos de la izquierda son las mismas que pulsan las teclas que van dando forma a este blog. Las manos de la derecha son las que me enseñaron, hace muchos años, a desenvolverme en la geografía blanca y negra del piano sin riesgo de perderme. Ahora nos hemos encontrado, lo que añade cierta carga emotiva de carácter privado que se suma a la emoción que surge de la partitura para todos aquellos que quieran escucharnos.

Si te fijas en su mano derecha, comprobarás que está atenta para puntuar una frase como Dios manda en el instante preciso. Sin embargo, mi mano izquierda parece querer salirse de sí misma y ascender como una imagen fantasmal que se separa del cuerpo. Eso pasa cuando relajas la atención y se te sube el santo al cielo. En cualquier caso, ambas, su mano derecha y mi mano izquierda, son barreras fronterizas, guardianes del orden de lo que sucede en el centro de la escena, con las manos sobrantes agazapadas (algo se traen entre manos) en las que recae, en el instante en que fue captada la imagen, la responsabilidad principal del asunto.

Ya queda menos.