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Rastro 20 noviembre, 2005

Escrito por emejota en : Análisis, Asuntos propios, Música , 4 comentarios , trackback

Observemos lo que ocurre en este pentagrama. Muestra una misma escala de notas que, progresivamente, se va haciendo más larga. En el primer compás ocupa dos tiempos; en el segundo, tres; después necesita cuatro y hasta cinco al final. Es el rastro de migas de pan que Pulgarcito deja a su paso conforme se adentra en el bosque encantado de Ravel.

Mientras va desprendiéndose de los trocitos que más tarde le señalarán el camino de vuelta a casa, Pulgarcito tararea una larga melodía para ahuyentar los temores que le inspira ese lugar tan extraño sin saber que allá arriba, hay alguien que lo observa en silencio: son los pájaros, dispuestos a dejarse caer sobre el apetitoso rastro interminable. Que no se extrañe nadie entonces si la melodía anterior vuelve a sonar, íntegra, esta vez en el registro agudo. Es la manera que tiene el cuentacuentos de mostrarnos a los pajarillos dando cuenta del festín que, en forma de sendero, ha dejado el infeliz de Pulgarcito momentos antes. Que no se extrañe nadie, tampoco, si de pronto empiezan a faltar notas y los espacios vacíos empiezan a ocupar en el papel pautado los lugares que antes estaban ocupados. Cuando llegue la hora de regresar, Pulgarcito volverá a situarse al principio del pentagrama que encabeza este post, pero se quedará con las ganas. Mala suerte.

A mí, que Pulgarcito se quede para siempre perdido en el bosque me da pena pero, si tengo que ser sincero, me preocupa más buscar la manera de contar ese cuento con cuatro manos, en lugar de con palabras. Ayer, en el ensayo de “Ma Mère l´Oye” nos dimos cuenta de lo difícil que nos lo pone Ravel. Qué puñetero. Andamos sobre el teclado siguiendo el rastro de migas y las manos del uno tropiezan o molestan a las del otro. Yo le digo a Javier, mi pareja en esta aventura pianística, que eso pasa porque Ravel nos hace ir muy juntitos para que no pasemos miedo en ese lugar tan extraño y él me dice, resignado, que tendremos que irnos acostumbrando. Hemos quedado para el miércoles pero yo llevo un buen rato de domingo dejando caer migas para ir practicando.

Dolor 19 noviembre, 2005

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 5 comentarios , trackback

Esta mañana me ha despertado el dolor. Con el cuerpo completamente rígido, tumbado boca arriba, he recordado por un instante que ya había olvidado lo que se sentía en momentos así, tan distantes en el pasado, diarios entonces, cuando comprobabas que no despertabas de una pesadilla sino que era el sueño el que te despertaba a una de verdad y se desentendía de tí. Como sentía una opresión fuerte en la caja torácica he intentado iniciar un pequeño movimiento que me permitiera girar pero ese diminuto esfuerzo ha supuesto que lo que parecían miles de cristales o alfileres se clavaran en el pecho y en el costado, cortándome la respiración, con lo que he vuelto a quedar boca arriba, con la mirada puesta en el techo, respirando despacio, para evitar más pinchazos.

Desentumecer milimétricamente el cuerpo de cara a preparar el esfuerzo de incorporarte y sentarte en la cama, paso previo a levantarte para acudir a la cocina y buscar el analgésico e inflamatorio correspondiente es una empresa que, en trances así, te parece titánica. Ya ves, considerar una heroicidad imposible algo tan sencillo como incorporarte de la cama, un sencillo movimiento cotidiano tan insignificante que ni le prestamos atención.

Sobra decir lo que ocurre cuando con los ojos cerrados y los dientes apretados decides que ya, que tienes que hacerlo. Luego te quedas unos minutos sentado, esperando a recuperar el aliento, sintiendo que el terremoto que te ha sacudido por dentro se calme. Las fuerzas entonces las tienes que concentrar y proyectar en el siguiente paso: ponerte en pie, valorando que tendrás que afrontar entonces las réplicas del movimiento sísmico, y aún después tendrás ante tí la larga senda hasta la cocina. El reloj marcaba las 7 y 10 y la niebla calaba la acera. Será eso, he pensado en uno de esos engaños que te haces en momentos así, en los que buscamos cualquier agente externo como responsable de lo que te pasa, en lugar de pensar: “a ver si es que está despertando la cosa.”.

Lo siguiente es meterte en el cuerpo algo, un par de galletas, cualquier cosa que haga fondo de estómago, a pesar de que vas a tomar el omeprazol para protegerlo. No vaya a ser que por ponerle un parche a un destrozo hagamos un agujero en el estómago. Meterte un par de galletas en momentos así, aunque sean las de chocolate de toda la vida, esas que tanto te gustan, es un suplicio. Ahora viene el proceso inverso: vuelve sobre tus pasos, lentamente, sin girar un milímetro el cuerpo ni a un lado ni a otro; deja caer el cuerpo con cuidado cuando llegues a la cama, siéntate, espera unos minutos y ánimo que viene lo peor pero ya es lo último, tumbarte. Y a esperar.

A las 11 te despiertas. Ya no hay alfileres ni cristales que se te clavan por dentro; lo sabes porque inicias un tímido giro hacia el costado con miedo y no pasa nada, en todo caso un eco dolorido lejano, como una agujeta leve. Te levantas y sientes, a pesar de todo, que el cuerpo ha acusado lo sucedido horas antes. Te mueves con cierta torpeza que no sólo es física; te sientes como si te hubieran dado una mala noticia y no sabes muy bien dónde has puesto la cabeza. La niebla ya se empezaba a levantar.

El pensamiento se anima con la idea de que a media tarde, vuelvo a casa de Javier y Mila con nuestro Ravel a cuatro manos, que bajo ningún concepto se va a suspender, como ya les he dicho por teléfono, que el Voltarén hace milagros. Nos toca sacarle los colores a “La Emperatriz de las Pagodas” y adentrarnos en “El bosque encantado”, las piezas de “Ma mère l´oye” que nos faltan por ver. Luego viene la cena y la tertulia al calor de la mesa; que envuelva la niebla la casa si quiere. Cuando uno tiene un despertar como el que he tenido hoy, la felicidad se encuentra en un plan así. Eso es lo que aprendes.

Desconocido 18 noviembre, 2005

Escrito por emejota en : Cine, Series, Televisión , 6 comentarios , trackback

El Chaplin desconocido Si me pidieran una lista que recogiera los libros, discos o vídeos raros más ansiados, esos que una vez tuviste y que perdiste en algún préstamo (ay, esos préstamos) o esa película que viste cuando ni siquiera había video para llevártela debajo del brazo, mi lista de deseos estaría encabezada, sin dudarlo, por la magnífica serie documental “El Chaplin desconocido”, que elaboró la británica Thames TV allá por los 80 y que tan hondo impacto me causó en mis años de adolescencia.

Pues mira tú por dónde que los amables señores de Amazon, tan hábiles ellos en el trato con el cliente para que no se les escape sin que se note, me acaban de enviar un e-mail diciéndome que como comprador el año pasado de cierta porción de celuloide rancio quizá me interesaría saber que el próximo día 29 sale en dvd “The unknown Chaplin” y he dado un salto de alegría.

“El Chaplin desconocido” era un meticuloso trabajo de los historiadores Kevin Brownlow y David Gill tras haber recuperado miles de metros de celuloide, la mayor parte en estado de putrefacción, lo que daba a la cosa un aire aún más clandestino si cabe, un carácter casi espectral a las alucinantes imágenes que se entreveían y que según Chaplin nunca deberían haber salido a la luz. Mostraban las tomas falsas de secuencias míticas, lo cual no deja de ser algo muy atractivo pero no lo mejor, ni de lejos, que lo que venía a continuación. Porque se mostraba ante los fascinados ojos del espectador el proceso de la progresiva transformación de las secuencias a cada repetición, añadiendo detalles, suprimiendo cosas, variando elementos, que revelaban a las claras la enfermiza obsesión perfeccionista de Chaplin hasta alcanzar la toma ideal.

El título del trabajo, dividido en 3 capítulos, no podía hacer más justicia al contenido, desde luego, porque lo mejor era contemplar a un Chaplin del todo distinto al que luego veíamos en la toma definitiva. Recuerdo, porque se me quedó grabada en la memoria, la imagen de Chaplin sentado en el decorado nevado de “La quimera del oro” en un momento crítico del rodaje, a punto de suponer el colapso de la película; se le ve solo en la nieve, apartado, con el rostro descompuesto, tenso, oscuro, y la cosa impresionaba todavía más dado que aparecía en aquella imagen caracterizado de su amable personaje. La sensación era muy extraña: era como ver un ser hundido, demacrado, un ser derrotado y vencido con la piel de un inocente payaso.

El documento no tiene desperdicio. Yo ya lo he tachado de la lista y he hecho una reserva. Por cierto que la portada es horrorosa.

e-mail 17 noviembre, 2005

Escrito por emejota en : Asuntos propios, Glenn Gould, Música , 2 comentarios , trackback

Alguien me dijo el otro día que cuando envías una carta deja de pertenecerte y pasa a ser propiedad del destinatario, que puede hacer con ella lo que quiera. Lo digo porque esta tarde me he encontrado un mail de una de las personas asistentes al ciclo de conferencias sobre Gould y aunque la he recibido en mi dirección personal considero que contiene argumentos lo suficientemente interesantes como para atreverme a transcribirla aquí, aunque sea parcialmente. Y es que el mensaje vuelve a demostrar que no hace falta “saber” de música para conocerla bien y poseer una más que notable capacidad de apreciación que permita ahondar en ella. También demuestra algo que vengo constatando, con estupor, desde hace muchos años y que ya he manifestado en anteriores ocasiones en este mismo blog: que las observaciones más agudas e inteligentes sobre Gould las he escuchado siempre de personas que no eran músicos.

Así que, omitiendo la identidad del comunicante (a quien aprovecho para mostrarle mi agradecimiento también a través de este medio) y suprimiendo algunas cuestiones de carácter personal, he aquí un extracto de lo que he recibido:

“Buenas tardes, emejota.
Soy del segundo grupo, de ese que quedó en silencio casi religioso ayer por la tarde. En primer lugar, agradecerte el valor de lanzarte a la aventura de unas conferencias como estas. Sin tu valor, hubieramos perdido un privilegio, y sospecho que tú un sueño. Porque ha dado la impresión desde el principio que más allá de la pasión cariñosa que pones en todo lo que haces, en éstas habia mucho de ti. Asi que supongo que todos hemos salido ganando.
(…)
Ayer, viendo aquella filmación, creí comprender por qué canturreba Gould. Independientemente de sus extravagancias, (…) en Gould hay un grado de comunicación, de comunión con la música muy especial. En vez de canturrear parecia que hablara con la musica, que dialogaran ambos y de ese dialogo salía un virtuosismo que la arrancaba de donde estuviera encerrada, y la liberaba desde su piano para que cogiera vuelo. (…) Yo no entiendo de musica lo suficiente, pero a diferencia de otros interpretes que “interpretan”, Gould parece liberar la musica, casi como si fuera un pianista de Jazz. La diferencia es que no improvisaba, claro, pero dejaba que la musica fluyera,con las notas precisas, pero con su propio ritmo, con su propio vuelo, como si volara como humo de cigarrillo hacia el techo de la sala, ligera, grácil, feliz.

En ese Norte intimista, solitario, alejado del “ruido” de la humano, supongo que es donde la musica y el podian escucharse, comprenderse, fundirse sin interferencias.

Supongo que si fuera un melomano ortodoxo, le odiaria. Pero como sólo soy un ser humano al que le gusta la musica, Gould ha conseguido que su autenticidad, su genuina y arrolladora sinceridad, comunicara conmigo, y con él la música que ¿interpretaba? o ¿dejaba fluir? o ¿liberaba? o simplemente, surgía.

Un abrazo y ánimo. Estamos deseando que nos sorprendas de nuevo y nos hagas avanzar, en esta inhóspita tierra nuestra para todas estas cosas, en el camino de la sensibilidad, del reconocimiento interno, de ese camino de sentimientos que es la música.”

La carta me ha calado hondo.

Coda 17 noviembre, 2005

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Una vez, tras impartir un curso durante varios días, se acercó una señora que se identificó como psicóloga y me dijo algo que me dio que pensar: “en estas charlas te vacías emocionalmente, ¿ya te ocupas de recargar las pilas después?” Le pedí más información al respecto porque ante el cansancio físico todos sabemos cómo recargar las pilas, un buen sueño reparador, por ejemplo, pero me di cuenta de que no sabía qué había que hacer para recargar las pilas emocionales. La respuesta fue poco concreta, la verdad, quizá porque cada cual es distinto; habló que a veces un paseo en silencio bastaba, o un rato dedicado a tí mismo, o qué sé yo. Y terminó diciendo: si no recargas las pilas emocionales, te vendrá un bajón. Eso ya lo sabía yo: me pasa siempre. Es mi particular “resaca”. ¿Lo ves?, dijo ella, pues tenlo en cuenta.

Así que hoy he decidido tomarme el día libre y dedicármelo a mí mismo. Después de pasar una temporada en el Norte se me ha ocurrido coger un tren regional para viajar al sur, a Zaragoza, rumbo a la FNAC. A comprar cd´s y dvd´s. Por el camino, Raquel me ha mandado un mensaje al móvil diciéndome que no gastara mucho, que nos conocemos. Lo ha escrito con una sonrisa, como si lo viera, a veces se ven esas cosas entre las letras. Tampoco es que uno disponga de un gran capital, ojalá fuera así, por lo que no había peligro, pero ha estado bien el recordatorio.

Al llegar me he dado un largo paseo, tranquilamente, porque la tarde estaba deliciosa, despejada y fresca, tan largo que debería haberlo escrito así: laaaaaaaaargo paseo y quedaría más ajustado a la verdad de los hechos. Luego he entrado en la tienda y tras pasar un par de horas arriba, abajo, y vuelta para arriba, éste ha sido el resultado de mi compra, que contiene hallazgos inesperados y emocionantes, como por ejemplo el dvd del histórico recital de Vladimir Horowitz en Moscú, recién salido del horno (por fín!). Luego he ojeado los nuevos lanzamientos de la imprescindible colección “classic archive” de EMI, que trae el recital de “La bella molinera”, de Schubert, a cargo de Dietrich Fischer-Dieskau acompañado al piano por Christoph Eschenbach en una grabación de 1992.

Luego me he comprado el “Cuento de Verano” de Rohmer, que faltaba en la colección, y “Charlie y la fábrica de chocolate”, de Burton, que me ha recordado las risas de Belén en el cine. Y ahora que no se ría nadie, ¿de acuerdo? Vale, pues ahí va: “Fantomas contra Scotland Yard”. Sí, qué pasa. Hay películas que te marcan en la infancia… aunque luego las ves de mayor y sientes un desencanto horrible y te deprimes. Me parece que la voy a dejar sin desprecintar una temporada.

Por último, he pasado por los cd´s con la esperanza puesta en encontrar los Conciertos para piano de Ravel grabados por Monique Haas y recuperados hace pocas semanas por Deutsche Grammophon. Una vez en casa del pianista Pedro Espinosa le dije que la Haas hacía cosas muy bonitas en algunos Raveles y por poco me echa de su casa, con lo hospitalario que era el hombre, que te acogía como si fueras su hijo. Y sí, la Hass es un poquito de andar por casa, vale, pero sólo por lo bonitos que le salen los surtidores de agua en los “Juegos de Agua” y el gusto que le pone en algunos instantes a las piezas de “La tumba de Couperin” merece un respeto. El otro día leí en una publicación lo de la aparición del cd con los conciertos y aunque confieso que me parecieron un plato quizá demasiado fuerte para la Haas decidí que había que echarles un vistazo. Se han visto muchas sorpresas.

Se me ha pasado la tarde volando pero me he sentido relajado y entretenido, a pesar del soponcio que casi me da cuando en la caja registradora ha aparecido la cifra a pagar en lucecitas verdes. Al salir a la calle empezaba a oscurecer y se me ha puesto la misma tristeza en el pecho que me pesaba en los atardeceres de Barcelona cuando salía de las visitas del doctor Rotés, por lo que me he acordado de la psicóloga y de su comentario y de que todavía debo tener la cosa emocional bailando un poco. Me he comprado un donuts, que a mí el azúcar me “pone” y un botellín de agua. En el tren me he quedado dormido (eso también es un poco raro) pero me he despertado tan fresco, oye, así que aquí me tienes de lo más parlanchín, sin haber sacado siquiera la compra de la bolsa. Tengo un mail esperándome con el título “gould” que me intriga y que voy a leer enseguida, en cuanto me de una ducha.

Crónica (y IV) 16 noviembre, 2005

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Tengo que reconocer que la última de las conferencias del ciclo Gould ha sido algo peculiar: sólo he hablado durante 10 minutos. Lo he advertido nada más comenzar: “hoy voy a hablar muy poco, apenas 10 minutos; el resto lo dirá él”. Y la razón que ha motivado esa brevedad en mi exposición se ha debido a la proximidad al corazón del Norte, final de nuestro trayecto. Cuando alcanzas la frontera del Norte ocurren cosas extrañas. No es que no puedas entrar, es que no puedes decir. “La Idea del Norte” es un espacio mental, una atmósfera emocional. No hay palabras, o quizá sobran.

He empleado el tiempo en proyectar íntegramente el vídeo que Gould se hizo grabar en el estudio de grabación interpretando su última versión de las “Variaciones Goldberg”, en 1981. No es la misma que apareció, poco después, en disco. El fundido en negro tras la última pulsación ha producido una reacción inesperada en el primer grupo: alguien ha sentido la necesidad de pedir un aplauso y ese desahogo colectivo que rompía un silencio absoluto mantenido durante toda la proyección ha desencadenado una serie de comentarios espontáneos, entusiastas, emotivos y sumamente interesantes. “Yo he sentido su dolor”, ha dicho una voz sorprendida de sí misma, como si hubiera sido presa de una revelación; “a mí me ha despertado ternura”, ha añadido otra voz más pudorosa. Hay quien ha observado que la música no estaba fuera, esperando ser atrapada con las manos y fijada en el teclado, sino que salía de dentro. Pero el conjunto ha percibido la comunión entre el hombre y su instrumento, la “verdad” que se ha materializado en el éxtasis de la interpretación, llamémosle “verdad” a eso que nos embelesa y nos hace sentir que lo que ves nace del fondo del corazón de ese ser a quien, finalmente, hemos encontrado.

La reacción del segundo grupo ha sido igualmente intensa, pero se ha materializado de manera muy distinta. Yo sé por experiencia que cada grupo tiene su propia tonalidad; yo mismo marco un compás distinto ante un grupo u otro, una vez que he podido adivinarles el tono, cosa a la que empleo unos minutos el primer día mientras pronuncio las palabras de bienvenida y el diapasón de dentro trabaja. En el segundo grupo el fundido en negro tras el final del Aria se ha prolongado en el aire de la sala, en la que nadie se ha movido y donde se ha mantenido un silencio sobrecogido como si todavía permaneciéramos allí, imposibilitados de volver.

Ya ha terminado todo. Yo no sé si a lo largo de estos tres días he hecho un buen trabajo; pero sí sé que he hecho bien en muchas personas, porque lo he visto y lo he sentido, y eso es motivo más que suficiente para recompensar, con creces, este esfuerzo tan grande en el que he puesto el alma, en el que tengo la impresión de haber perdido algo y haber recuperado otras cosas de mí mismo, y que quedará para siempre en el recuerdo de los momentos inolvidables.

Ahora toca regresar.

Crónica (III) 15 noviembre, 2005

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Contemplar -digo bien- la Bagatela Op. 126, Nº 3 de Beethoven.
Y silencio.

Crónica (II) 15 noviembre, 2005

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Hoy me he levantado con el cuerpo dolorido, como si me hubieran dado una paliza, pero con la mente despejada. Nos espera la segunda etapa del viaje. He recibido un correo electrónico en el que alguien me dice que si Gould llevaba a todas partes su silla yo hago lo mismo con la lamparita. Es verdad. Quizá pueda parecer algo grotesca, así de primeras, esa necesidad mía de dirigirme a los demás en una sala en penumbra, con una lamparita de luz cálida a mi lado. Me horroriza la luz blanca. Soy una persona que le da mucha importancia a las atmósferas y necesito recrear una muy concreta para contar historias que de color y calor.

Ayer tenía miedo a cómo reaccionaría el público al presentarles a Gould. La misma sensación que cuando vas a presentar a alguien que ha venido de visita y avisas de antemano a los amigos que es un poquito especial antes de que asome por la puerta. Por eso aposté por crear un ambiente distendido en el que primara el humor para hacerlo más fácil. Como ya nos conocemos, hoy vamos a adentrarnos en un nuevo territorio: el de las emociones. En realidad ya surgieron ayer, por eso me sorprendió tanto.

Tengo todo preparado para salir. Tengo la costumbre (vale, la manía) de llegar una hora antes y dedicarme al delicioso ritual de ponerlo todo a punto. No me refiero al material que necesito para trabajar sino también a que me gusta pasearme por la sala vacía, alinerar correctamente las butacas, sentarme un rato aquí, allá, asistiendo por un momento a cómo se ve la historia al otro lado. Me encanta ese momento, la espera, y me encanta mimar, también de esa manera, a los que van a venir después. Luego empezarán a llegar los primeros madrugadores y les daré la bienvenida. Me gusta verles llegar. Después desaparezco discretamente en un descuido y voy a por mi chocolatina, sólo son un par de minutos. Hoy llueve. Se respirará bonito.

Crónica (I) 14 noviembre, 2005

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Si echas un vistazo a la lista de viajeros que esta tarde han iniciado la incursión al Norte, encontrarás el nombre de Olga. Cuando se han encendido las luces de la sala de conferencias, la he visto pasar con lágrimas en los ojos y una sonrisa amplia en el rostro, que es un tipo de llanto que a mí siempre me ha impresionado muchísimo porque nunca sabes si llora la sonrisa o sonríe el llanto. Al percatarse de que la miraba me ha dicho que no pasaba nada, pero es que era inevitable quererlo y al decir eso ha señalado a la pantalla donde todavía permanecía la imagen estática de Gould embelesado inclinado sobre el teclado del piano. Ha sido la reacción más destacada de una primera jornada de viaje que ha dejado en el ánimo de los exploradores sensaciones positivas, por lo que he podido percibir.

¿Qué imagen quedará de Gould en ellos? Me lo preguntaba mientras contemplaba sus rostros a la vez que les hablaba. Surgían sonrisas, y de las sonrisas las risas; risas amables, de esas que te dicen que todo va bien, que adelante. También ha habido momentos para el silencio atento y la mirada absorta en las evoluciones de las manos del pianista en la pantalla. Ha sido un primer contacto, una presentación. Yo he sentido el calambre de la emoción. No se me escapa que al pretender hablar del intérprete yo mismo le estoy interpretando; muestro a Gould tal y como lo veo y lo siento y me pregunto cómo interpretaran ellos, a su vez, la imagen que yo les deje como recuerdo de esta experiencia que acaba de emprender el camino.

Ahora toca descanso. Todavía no saben, no se lo esperan, que mañana Gould renunciará.

Norte 14 noviembre, 2005

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Ha llegado el día. Dentro de un par de horas daré comienzo al ciclo de conferencias sobre Glenn Gould que lleva el título de “La Idea del Norte” y que se prolongará hasta el miércoles en sesiones dobles porque han salido dos grupos: uno a las 19:00 y otro a las 20:30. Me toca hacer de guía en esta incursión al Norte que no sé muy bien qué va a depararnos. Confieso que esa incertidumbre me resulta sumamente estimulante. Haré de explorador sentado ante una mesa con la lamparita al lado y el portátil al otro, la sala en penumbra y Gould esperando en la pantalla.

Esta mañana, probando los equipos, ha ocurrido una cosa curiosa. Me he sentado en una de las butacas de la sala de conferencias vacía y Gould ha aparecido en una filmación en blanco y negro de 1959. Se removía inquieto en su esperpéntica silla de apenas 32 cm de altura y ha vuelto su mirada para preguntarme si el ruído de la madera resultaba molesto. Esa filmación la he visto decenas de veces pero de pronto me ha sorprendido comprobar que quien me hablaba era un extraño al que yo no conocía de nada. Me he acercado al portátil inquieto y he vuelto a poner la grabación y esta vez, al hablarme, he encontrado a la figura familiar que esperaba ver y he sentido una confortable sensación de alivio.

A decir verdad, no es la primera vez que me ocurre. Gould es resbaladizo y hace siempre lo posible por mantener las distancias y esconderse, lo sé bien. Así que he tomado la determinación de hacer lo mismo con él esta tarde. No va a saber por dónde le voy a salir al encuentro, a pesar de que el mapa del guión ha sido trazado concienzudamente estos últimos días para evitar extravíos en la ruta. Cualquiera puede pensar que eso es una tontería, que no sirve de nada. Pero yo ya me entiendo.

Fe 13 noviembre, 2005

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Si nuestro planeta es una pequeña roca que gira junto a otras alrededor del sol; y si ese sol a su vez forma parte de un todo de cien mil millones de soles llamado galaxia; y si a su vez esa galaxia es un grano de arena entre una cifra imposible de galaxias, es absurdo pensar que haya un Dios que se preocupe por la operación de hernia de nuestra cuñada, o del examen de oposición de nuestro hijo. Ese Dios es producto de la arrogancia del hombre, que ha sido capaz de inventarlo y ponerlo a su servicio para no reconocer lo insignificantes que somos.

Nunca he comprendido muy bien la razón que explique por qué hablar de este asunto remueve tantas susceptibilidades cuando, que yo sepa, no se falta a nadie al respeto ni se ofenden opciones personales. Pero sospecho que ese nerviosismo que se genera en ciertas personas cuando uno expresa este tipo de ideas no hace otra cosa que apuntar en la dirección de la tesis principal: que nos inquieta la posibilidad de que dicha tesis sea cierta o que, si nos paramos a pensarla dos minutos, nos demos de bruces con la evidencia aplastante.

Voy a ir más lejos todavía: personalmente no pongo en duda la existencia de una trascendencia que se nos escapa. Pero, desde luego, este Dios que nos están vendiendo desde hace milenios y que el hombre hizo a su imagen y semejanza no cuela. Y todo esto enlaza con dos post recientes a los que todavía doy vueltas: en la presentación de su última novela, Saramago ha dicho estos días que “la religión se alimenta de la muerte”, lo cual es una verdad como una catedral, y que “es demasiada arrogancia por nuestra parte pensar que hay un Dios infinito que piensa en todos nosotros. El universo no sabe que existimos”.

Por otro lado, sigue latiendo en mi interior la frase que el científico dejó caer cierta noche en la tele: “cada vez hay más evidencias que apuntan a que el universo pueda ser una fluctuación cuántica del vacío”, porque tengo la sensación de que tras esa frase se esconde algo grandioso e insospechado que un día nos acercará a la verdadera divinidad. Admiro y respeto a quienes mantienen una fe inquebrantable en una idea de Dios que se desmorona por momentos. Un amigo mío me hablaba el otro día de su madre, de 83 años, de rosario y misa diaria, de ayuno, vigilia y cirio. Se la encontró la otra mañana en la cocina mientras entraba un sol magnífico por la ventana y tras un hondo suspiro la oyó decir: “todo ha sido mentira.”.

Lo triste no es que al final vaya a resultar todo mentira, sino que el miedo nos haga seguir aferrándonos a esa misma mentira mientras la gran verdad quizá está llamando a la puerta en forma de ecuación. Los científicos serán los místicos del futuro.

Colega 12 noviembre, 2005

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Quede constancia de que esta mañana, a eso de las once y media, servidor se encontraba detenido ante el escaparate de una librería dando la bienvenida con la mirada a la nueva novela de Manuel Vicent cuando ha sentido una palmada en el hombro y se ha dado la vuelta. Plantado ante mí, con media sonrisa, es decir, sonriendo sólo de un lado, una boca recta que de repente se curva hacia arriba a la derecha, las manos en los bolsillos y la mirada entrecerrada, como quien mira de lejos o no ve bien, estaba el ínclito Adolfito, de los tiempos del colegio. Después de cuántos, ¿20? ¿22 años? el destino ha querido volver a juntarnos ante la novela de Vicent, cuyo título, por cierto, se me ha olvidado por la sorpresa del encuentro. Como me considero una persona afable y cordial le he dicho que me alegraba de verle y qué cuánto tiempo hacía, madre mía, y que cómo le iba. Que sea cordial no quiere ser que sea original, qué le vamos a hacer.

El ínclito Adolfito me ha mirado de arriba abajo y curvando todavía más la sonrisa del lado derecho, al punto de convertirla en algo grotesco, ha respondido: “a mí me va de puta madre pero tú seguro que estás hecho polvo como siempre, ¿no?”. Ante ciertas cosas uno necesita siquiera de unos segundos para asimilar y decidir el siguiente paso a dar pero es que, sin darme tregua y mientras me hacía un nuevo barrido con la vista de arriba abajo ha soltado lo siguiente: “al menos tendrás dónde trabajar, ¿no?”.

En ese momento me he dado cuenta de dos cosas: la primera, que la cordialidad me había abandonado huyendo a esconderse en algún lugar remoto y la segunda, que no así mi capacidad de asombro, que permanecía fiel junto a mí, como ha quedado de manifiesto tras escuchar la tercera andanada de Adolfito: “por lo menos te podrás entretener algo con lo de la música porque tú sigues con la chorrada esa de la música, ¿o no?”. Al fin he podido hacerme un hueco en el interrogatorio, que ya era hora porque casi me perforo el labio inferior con los dientes y justo cuando abría la boca ha llegado la perla final: “oye por cierto, ¿lo tuyo es de morirte? Es que no me acuerdo”. Al fin he hablado para responderle que ni puta idea si lo mío es de morirme pero que seguro que lo suyo es de nacimiento. El trozo de sonrisa ha desaparecido fulminantemente del rostro del ínclito Adolfito y mostrándose ofendido me ha soltado que “vaya, tio, que tampoco hay que ponerse borde, ¿no?”, y se ha marchado todo digno.

Hay que joderse.

Encargo 11 noviembre, 2005

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El parte de batalla es el siguiente: se me ha formado una dolorosa contractura en la espalda como resultado del exceso de horas delante del teclado del ordenador. Se va acercando la hora del parto y empiezo a notar las contracciones. Esto se ha convertido en un duelo: o puede Gould conmigo o puedo yo con él. Desde ayer he conquistado otra habitación donde he colocado el portátil y el material sobrante. Voy y vengo por el pasillo. Mari ya no dice nada quizá porque, al menos, me he afeitado. En el desayuno he mirado por la ventana la mañana desapacible y he estado a punto de volverme y decirle que a lo mejor somos una fluctuación cuántica del vacío pero en ese mismo instante ha sonado el teléfono: un encargo de una Asociación de Belenistas, que quieren un artículo. Lo que me faltaba. Me pidieron uno el año pasado y cuando estaba a punto de decirles educadamente que no, que lo sentía mucho, me dijeron sobre qué debía tratar, y era la cosa tan difícil que dije que sí sin dudarlo. Mira que me fastidia, pero los retos me ponen, no lo puedo remediar. Y me fastidia porque luego lo paso fatal.

Me dijeron: se trata de escribir un texto mínimo, como de cristal, sobre el efecto que produce la audición del “Noche de paz”. Tela marinera. A ver, por dónde se agarra eso, díme. Estas cosas te tienen que atrapar por algún sitio y mí lo que me llamó la atención, lo que me resultó estimulante y atractivo, fue equiparar el fondo con la forma, es decir, que el recogimiento y la fragilidad de la archifamosa melodía navideña se correspondiera con una estructura literaria liviana. Y además, el matiz de que no se trataba de hablar de la música, sino de la impresión producida por la música. Demasiado difícil así que, ¿cuándo tengo que entregarlo?

Por la tarde me empezó a rondar la ansiedad así que fui a dar un paseo. Caía una niebla que calaba hasta los huesos. Iba pisando las hojas caídas de los árboles sobre el pavimento mojado y, pensando en el dichoso artículo, me decía a mí mismo que prohibidas las sensiblerías baratas. Ante mi sorpresa, de pronto la vocecita de dentro me dictó la frase con la que debía empezar el artículo. Sin previo aviso, sin un carraspeo previo que anunciara su llegada; como si alguien de quien te fías te dijera al oído: tome el camino que tome el escrito, tiene que empezar así, hazme caso. Y eso fue el colmo, porque si ya de por sí el encargo era difícil, a la vocecita no se le ocurrió otra cosa que dictarme al oído la siguiente frase:

“Lo que nos conmueve de la nieve es que no hace ruído al caer”.

Así tenía que empezar. Llegué a casa pensando la manera de hilvanar eso con la melodía del “Noche de paz” pero fui obediente y le hice caso y a primera hora de la mañana ya tenía el artículo entregado. Parece ser que a ellos también les conmueve que la nieve no haga ruído al caer porque me han vuelto a llamar. Pero este año es imposible: mientras fluctúe entre habitación y habitación pasillo a través tras los pasos de Gould no puedo dedicarme a otra cosa. Digo yo que si todos los años se canta el mismo villancico bien podrían poner el mismo artículo. La nieve viene incorporada.

Feliz Navidad.

Duda 10 noviembre, 2005

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Una noche salió un científico en la tele y soltó la siguiente frase:

“Cada vez hay más evidencias que apuntan a que el universo pueda ser una fluctuación cuántica del vacío”.

A mí, la verdad, aquello me sonó a verso, hasta me lo aprendí y todo; pero igual se trata de una raíz cuadrada con decimales o de una advertencia apocalíptica. Desde entonces espero encontrarme un día con alguien que tenga la amabilidad de sacarme de dudas.

Identidad 9 noviembre, 2005

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 14 comentarios , trackback

La persona a la que más he querido en mi vida nunca se percató de mi existencia. No se lo reprocho. Durante varios años la ví pasar puntualmente a través de mi ventana prácticamente a diario. Por supuesto, lo que yo tanto quise fue una recreación personal y ficticia que atribuí a esa imagen adorable como quien pone un traje a alguien, soy consciente de ello; seguramente la realidad de esa persona era muy otra. Pero tengo una teoría según la cual sólo en la distancia puedes apreciar detalles que la proximidad no te permite. Por ejemplo, la casualidad quiso que una tarde, ante mi sorpresa, la persona a la que me refiero acudiera a una cita con un grupo de gente en la esquina enfrente de mi ventana. La ví venir apresuradamente porque llegaba tarde. Al cruzar la calle dio un pequeño traspiés y cuando alcanzó la acera observé una cosa muy curiosa: a su gente le sonreía despreocupadamente pero yo pude ver cómo descargaba la vergüenza de tan tonto desliz propinando con la mano un disimulado golpecito de rabia en el poste de una señal de circulación. Aquel detalle se me quedó grabado. También mantengo que la mejor manera de apreciar cómo es realmente una persona es contemplarla distraída, y eso lo tienes fácil si miras pasar a la gente por la calle.

De todos estos años de observación a través de la ventana, de espera ansiosa, (se retrasa, no viene, qué le habrá sucedido, ay madre) de elucubraciones que iban construyendo una biografía imaginaria (a qué se dedica, a quién conoce, qué le disgusta, por qué llora si es que llora, que alguna vez llorará, deja que te abrace entonces, anda) sólo supe su nombre de pila, que me lo decía a mí mismo mil veces al día por lo bajo como si de un mantra se tratase y una tarde de Mayo, sabedor de sus horarios, metí en un cajón el sentido común y salí a su encuentro. Yo la veía venir y se me aceleraba el pulso pero al final no pude ni mirarla porque en el instante en que pasé a su lado sucedió algo del todo imprevisto: oí su voz. Lo que dijo exactamente fue “… y eso es difícil”, con sus puntos suspensivos, como para olvidarlo. Es difícil transmitir las emociones que puede deparar escuchar a alguien decir lo difícil que es algo, aunque no sepas qué es ese algo tan difícil, con lo que me hubiera gustado poder ayudar. Yo lo que supe fue cómo sonaba su voz y ese descubrimiento me dejó fuera de combate por un instante; el hallazgo que, junto a su nombre, fue lo único tangible que me dejó.

Si anoto ésto a estas horas, que a otras horas no sé yo si sería capaz de anotarlo, y a ver mañana cómo queda a la luz del día que si no lo borro, es porque yendo a comprarme unas galletas de chocolate para merendar la he vuelto a ver. Así, de repente. En la misma puerta de la tienda, después de tantos años de ausencia. Empujaba un carrito de niño y le he sujetado la puerta para que pudiera salir. Al pasar a mi lado me ha dado las gracias con el mismo tono con el que una lejanísima tarde de jueves dijo “… y eso es difícil”, con puntos suspensivos y todo, pero por un instante brevísimo se me ha quedado mirando como si le sonara de algo, y puedo asegurar que no ha sido una apreciación fruto de mi inventiva. A mí se me ha escapado una sonrisa, aunque tampoco creas que muy amplia.

El encuentro me ha dejado perplejo porque no he sentido nada. A ver, maticemos: nada en relación a las emociones que me recorrían el cuerpo en su día con sólo verla venir a lo lejos. Lo que he sentido ha sido una mezcla entre simpatía y nostalgia tontorrona, como cuando te encuentras con alguien del colegio, de los buenos tiempos, qué se yo. Hubo un tiempo en que la mera posibilidad de tener que sostener una puerta abierta para dejarle paso habría supuesto el mayor de los éxtasis e inmediatamente ese momento pasaría a engrosar la colección de tesoros junto a su nombre y su voz, que son las únicas cosas ciertas que me quedaron de ella. Pero hoy yo me he ido directo a por las galletas de chocolate que, por cierto, no quedaban, qué fastidio. Qué cosas más raras nos pasan.