Archivo por días: 29 noviembre, 2005

Visita

Han llamado a la puerta y me he encontrado a mi sobrino Carlos, hecho un hombrecito, plantado ante mí de pie por primera vez y mirándome desde muy abajo, sonriente. Ante mi sorpresa por la visita ha respondido con un expresivo “ata” y se ha soltado de la mano de su madre y luego del marco de la puerta que mantenían estable su precario equilibrio iniciando así una breve y tambaleante excursión que le ha llevado a estrellarse contra mi regazo. Yo lo he acogido entre mis brazos, le he aupado, y mientras sentía el calor de su carita en la mía y acariciaba su espalda diminuta me he escuchado a mí mismo decir ay, ay, ay.

(Siempre me ha impresionado mucho que el corazón elija lamentos para manifestar el puro gozo).

Envoltorio

A José M. Sánchez-Verdú, compositor, profesor de composición de la Robert-Schumann-Hochschule de Düsseldorf, Berlín, República Federal de Alemania, le han publicado una Carta al Director en “El País”. Antes de entrar en consideraciones sobre su interesante escrito, confesaré que su tarjeta de visita me ha impresionado: lo de ser profesor de composición de la Robert-Schumann-Hochschule de Düsseldorf, Berlín, República Federal de Alemania acojona (con perdón), eso debe imprimir carácter, no sé, al menos te valdrá para que te hagan un descuento en Audenis.

Se queja el señor Sánchez-Verdú de cierto artículo de Félix de Azúa en el que atacaba “a nombres de la cultura como Schönberg. No sé qué estaría yo mirando en el periódico ese día porque ese artículo me lo perdí pero parece ser que Azúa dijo eso y algunas cosas más. En el fondo yo no sé de qué se asusta el señor Sánchez-Verdú porque, como él mismo dice a continuación, salvo unos pocos ejemplos (Lorca, Gerardo Diego y pocos más) en España los intelectuales han dado la espalda tradicionalmente a la música cuando no se han jactado de su aversión a la misma (Francisco Umbral mismamente). Hubo un tiempo en que yo recolectaba en una carpeta las perlas que los intelectuales dejaban caer sobre música con resultado catastrófico porque, la verdad, hablar de las “maravillosas e intrincadas polifonías gregorianas” que al parecer escuchó cierto día una de nuestras más talentosas escritoras, es algo digno de una atención especial.

De todas formas, la cosa viene de atrás. Se cuenta que, en cierta ocasión, don Miguel de Unamuno se enfadó mucho cuando oyó ensayar a un célebre concertista de guitarra horas antes de su actuación. “¿Se puede saber qué hace usted, hombre de Dios?” le recriminó don Miguel, y el concertista le respondió que practicaba unos Estudios, lo que motivó que don Miguel sentenciara tajantemente: “Pues a estudiar a casa”.

Anécdotas al margen, hay una verdad como un piano en la carta de José M. Sánchez-Verdú. Y es que, tras la exposicíón de las razones de su indignación viene el desarrollo del material temático y es allí cuando denuncia que le damos más importancia a la cáscara que al contenido: construímos auditorios faraónicos que empiezan a proliferar como setas pero nos olvidamos de un “pequeño” detalle: formar adecuadamente a los músicos que habrán de llevar a la gente a esos templos musicales y formar a ese público, creando una conciencia de la verdadera importancia de la música en nuestras vidas. Denunciar que la formación musical es un desastre ya aburre, pero es que es verdad. Y lo que indigna es que nunca ha habido más medios y posibilidades para acceder a la enseñanza musical pero no hacemos nada con eso si las materias y los planes de estudio son tan espantosos. Debussy ya escribió en su tiempo acerca del error de los conservatorios así que eso tampoco es nuevo.

Yo conozco profesores de música con puesto fijo y sueldo de ejecutivo que no escuchan jamás un disco, pianistas que hablan del “Claro de Luna” de Chopin y que hacen estudiar los vapores de Debussy a golpe de metrónomo mientras creen que Maurizio Pollini es el entrenador de algún equipo de fútbol de la liga italiana. No te rías, es cierto. No hace mucho recibí la llamada de uno de ellos solicitándome que le diera clases particulares y yo pregunte que de qué tenía que darle clase y entonces me dijo: “quiero que me des clases para dar mis clases”. Echar una mano ocasional a un amigo no sería la primera vez, y gustoso. Pero verte obligado por las circunstancias a tener que decirle a un “profesional”, por cuatro perras a la hora y con carácter clandestino, lo que tiene que decir a sus alumnos para que luego pueda percibir a fin de mes lo que yo no veo ni siquiera en un trimestre es bastante lamentable. Y eso me pasa por no tener una tarjeta de visita tan acojonante como la del señor José M. Sánchez-Verdú, compositor, profesor de Composición de la Robert-Schumann-Hochschule de Düsseldorf, Berlín, República Federal de Alemania. Ya me lo dijo una vez mi peluquero, poco antes de jubilarse: “Por cierto, ¿que estudiaste tú, emejota?” Yo respondí que música y él se echó a reir como si le hubiera contado un chiste y me miré en el espejo con cara de imbécil. Cuando acabó de reir me dijo: “Venga, hombre, en serio, ¿qué has estudiado de provecho?”.

Al parecer, nada.