Archivo por días: 28 noviembre, 2005

Valencia, 316

En el número 316 de la calle Valencia, de Barcelona, se encuentra Audenis. Durante 15 años, cada visita vespertina al doctor Rotés iba precedida por otra, matinal, a esa tienda. Me pasaba horas buscando libros y partituras. Bajaba las escaleras hacia la biblioteca y la señora (¿señorita?) Eulalia, mujer de edad indefinida e indefinible, te miraba por encima de las gafas con gesto serio viéndote pasar hacia las estanterias. Yo me hice mayor transitando esas estanterías. Mis 15 años como cliente asiduo no merecieron una sola peseta de descuento o un detalle tonto, qué se yo, una goma de borrar con la cara de Bach, por ejemplo, o una postal mostrando las tripas de un piano de cola, a pesar de que, tacita a tacita, como decía el anuncio aquel, me fui haciendo, entre otras muchas cosas, con las 19.000 páginas de las obras completas de Mozart, recogidas en 20 soberanos tomos, o la integral de la obra para órgano de Bach, que Bärenreiter distinguía de la obra para teclado (que fue lo primero que cayó, junto con la coral), o la práctica totalidad de la obra sinfónica y camerística de Beethoven, Brahms, Schumann y Mahler, entre otros, sin olvidar todos los lieder de Schubert y el Ravel y el Debussy de la (carísima) Edición Durand.

No estoy haciendo un reproche (si me vieras, estoy escribiendo con una sonrisa tonta, como quien recuerda algo con nostalgia amable) pero guardo una factura de 12003 pesetas (las 3 pesetas son un pico que sobresale del precio del trío para violín, cello y piano de Ravel, que le enseñé al doctor Rotés en su ático de la calle Balmes como prueba de mis alivios) y recuerdo el incómodo instante en que buscaba por el bolsillo las 3 pesetas ante la impasible espera de la señora (¿señorita?) Eulalia diciendo: “tranquilo, no hay prisa”.

Era muy curioso: a veces entregabas la Visa para que la fundieran y mientras esperabas que la maquinita escupiera el ticket correspondiente te entretenías con las chucherías que había en el mostrador, porque en el mostrados pasaba lo que en los supermercados cuando haces cola ante la caja registradora: que te tientan con caramelos, chocolatinas, esas cosas. Aquí había lápices con el cuerpo tatuado con un manuscrito de Mozart, cuadernitos minúsculos de papel pautado y reglas con las teclas de un piano dibujado. Si te encaprichabas, las 12 pesetas del lápiz iban aparte, por supuesto.

También recuerdo con cierto estupor que cuando hacía una compra voluminosa dejaba todo pagado para que me lo enviaran a casa por correo y a los pocos días llegaba un paquete primorosamente embalado. Pues bien: durante 15 años tuve que repetir, a cada visita, todos mis datos personales (15 años escuchando “¿el apellido con ‘g’ o con ‘j’?” de la señora (¿señorita?) Eulalia) y mi dirección sin que a nadie se le ocurriera la práctica idea de abrir una ficha, un registro, qué sé yo.

Hoy, en el transcurso de una clase, he abierto el cuaderno de las suites para cello solo de Bach y ha caido al suelo la etiquetita que Audenis pone en la esquina inferior derecha de las primeras páginas de las partituras. Al agacharme a cogerla me he dado cuenta de que estaba amarillenta, como si fuera un trasunto de la caída de una hoja de otoño de un árbol, y que el adhesivo seco había dejado su huella en el papel. Dirás que es una tontería pero de repente me he sentido raro, como muy mayor, como si cobrara conciencia de repente de que ha pasado mucho tiempo.

Recuerdo con cariño aquellas horas interminables husmeando las estanterías de Audenis, en la calle Valencia, 316, de Barcelona, el lugar donde encontrabas hallazgos emocionantes (el “The Bach reader” de Wolff, la “Orquestación” de Piston, las “Canciones de taberna” de Purcell o el “Contrapunto creativo” que la histórica editorial Labor puso en circulación antes de sucumbir), y te surtías de aquéllo que te iba a acompañar de por vida. Tengo que volver algún día.