Archivo por días: 24 noviembre, 2005

Retardo

El gran hallazgo de la polifonía occidental es la figura del retardo. Es un artificio contrapuntístico que se produce cuando una nota se prolonga más de lo debido invadiendo adrede el acorde siguiente, desplazando de un codazo a la nota que debía sonar en su lugar. En el momento de la “invasión”, señalada en el ejemplo con una crucecita en rojo, se produce un momento de inesperada tensión que necesita de pronta resolución. La razón se debe a que la nota invasora no concuerda con el acorde invadido: disuena con él. Y nuestro oído reclama que las aguas vuelvan a su cauce, buscando la confortable consonancia.

El retardo es un hallazgo porque supone el primer intento plenamente satisfactorio de utilización de la disonancia como elemento expresivo: demuestra a las claras la paradoja de que en la turbia disonancia reside, precisamente, la belleza del instante. Hay retardos y retardos, claro. Soy de la opinión de que la grandeza de un contrapuntista se mide, en buena parte, por su buen ojo a la hora de cazarlos y colocarlos en el papel pautado. Un buen retardo te clava su aguijoncito ardiente en el pecho. Eso hacen las cosas bellas.

También sostengo la hipótesis de que el origen de dicha figura podría estar en la reverberación natural de las naves de las iglesias y catedrales donde sonaban las primitivas polifonías. Me explico: quizá hubo un momento en que un acorde pleno y sonoro dejara un residuo en el aire que, por un instante, interfiriera involuntariamente en el acorde siguiente, y si la combinación sonora fue la adecuada puede que dicho efecto acústico no pasara desapercibido al oído sensible de algún maestro contrapuntista. Es una hipótesis, como digo, pero me gusta pensar que pudo ser así.

Hace un par de años fui invitado a pronunciar la conferencia de clausura de unas jornadas que conmemoraban el centenario de Miguel Servet. Como el asunto iba del homenajeado y su tiempo, me pidieron hablar sobre la música de la época. En estos casos se trata de conferencias-chollo, para qué nos vamos a engañar: das una visión muy general y amable del asunto y a correr, que a esas alturas de las jornadas los asistentes están hasta el gorro de sesudas ponencias. Pero yo tengo una especial habilidad por complicarme la vida, y para la ocasión no se me ocurrió otra cosa que soltar mi teoría sobre el origen del retardo. Para más bemoles, el público asistente (en su mayoría médicos, dada la condición de Servet) no era un público especializado y para hablar del origen del retardo hay que hablar sobre qué es un retardo y para eso hay que… Pero yo, erre que erre, me puse a ello.

Tras arduos esfuerzos, buscados los ejemplos adecuados, inventada una grafía rudimentaria que supliera la notación musical pero que, a su vez, fuera capaz de representar eficazmente el mecanismo del retardo en cuestión para los no iniciados, me puse a hablar ante la pantalla y frente al videoproyector. Para mi sorpresa, me encontré con un auditorio que seguía mis explicaciones con los ojos abiertos como platos enmedio de un silencio absoluto. Extrañado en un primer momento por la fascinación que el retardo ejercía entre mi auditorio, pronto perdí todo temor al naufragio del asunto y me entregué a mi labor con entusiasmo.

Pero fue en el mismo instante en que el aire se poblaba de un encadenamiento de retardos de Tomás Luis de Victoria, en uno de los ejemplos de audio que llevaba preparados, cuando caí en la cuenta, de golpe, de la cruda realidad: el auditorio, compuesto mayoritariamente por médicos como ya he dicho, no examinaba con fascinación las evoluciones del retardo sino que me examinaba a mí (!) no perdiendo detalle de la deformidad de mis dedos, o de la rigidez de mi cuello. Por un momento no supe si echarme a reir o llevarme las manos a la cabeza. Opté por tomármelo con sentido del humor, aunque confieso que me sentí como un bicho raro observado por los visitantes del zoo.

Cuando la conferencia terminó se produjo una escena propia de película de Berlanga; una hilera de médicos pasó ante mí, como quien te da las condolencias, y a cada apretón de manos en lugar de darme la enhorabuena me preguntaban cosas raras como: ¿espondilitis anquilosante? ¿artropatía reumatoide? ¿tratado con ciclosporina? ¿metotrexato? Al fin, en último lugar, alguien me dijo que la hipótesis acerca de que el origen del retardo pudiera estar en un efecto acústico natural le había parecido muy interesante. Sorprendido, fui yo entonces quien hizo la pregunta: ¿reumatólogo? Y él me contestó: arquitecto. Me pidió mi número de teléfono para quedar un día a tomar algo y charlar más detenidamente sobre el asunto y yo se lo dí encantado.

Aún estoy esperando.